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La bota de Panenka por David Álvarez

Mirando el fútbol, uno es capaz de aguantar tardes enteras con la vista fija sobre un patatal en el que no sucede nada. Sólo porque puede terminar sucediendo. Incluso en las circunstancias más inverosímiles, en una tanda de penaltis de una final, por ejemplo. David Álvarez (Balazos) sigue buscando a los que vienen después de Panenka. La cita es los martes.

La dislocación atlética

En Madrid la semana pasada transcurrió adornada con las dudas atléticas acerca de su partido contra el Barça. Con dos tendencias: los que deseaban colarse cuanto antes en la Uefa, y aquellos que lo que querían era impedir que el Madrid ganara la liga y que para eso preferían que los puntos del domingo se los llevara el Barça. Y las dudas de muchos atléticos fueron reales. Atravesaron la semana inseguros de si preferían que su equipo ganara o perdiera, y terminó sepultado bajo un 0-6, la mayor goleada de su historia en casa.

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En el descanso, cuanto el Atlético perdía ya 0-3, empezaron a verse ya atascos en las puertas de salida del Calderón. Después, durante el segundo tiempo, cada nuevo gol del Barça empujaba a la calle a otro grupo de atléticos, con la cicuta bailándoles todavía en el estómago. Eso, y también los goles, los ve siempre con mayor perspectiva el portero. Pichu, cuya conclusión de la tarde es que ser portero “es jodido” tuvo tiempo para pensar en su dislocada hinchada: “A la afición no se le puede decir nada, porque si hay que achacarle algo a alguien es a nosotros. Lo único que sí te incomoda de tu afición, que es la que te apoya y siempre ha estado con nosotros, son ese tipo de comentarios de que estaban en contra de que ganáramos”.
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Poco antes, mientras los atléticos estaban a punto de salir a recoger seis balones de sus redes, el Madrid sacaba a pasear otra vez en Huelva su truco de los últimos días: descolgarse voluntariamente hacia el precipicio, al borde de estrellarse, al límite de las fuerzas, casi sin aire incluso. Permitió que el Recre remontara dos goles y les empatara cuando ya no quedaba tiempo, y entonces Higuaín atravesó el campo (aunque en la dirección equivocada), Gago encontró a su espalda un pasadizo imposible para mandarle el balón a Roberto Carlos, y marcaron el 2-3, que les dejaba primeros hiciera lo que hiciera el Atlético. Pero no de cualquier forma: de nuevo enfilaron la semana borrachos de sí mismo. Hasta el mareo. Con la convicción de Houdini.
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Estas exhibiciones suicidas del Madrid las contempla Messi con la pequeña dosis de confianza que le otorga la incredulidad: “Ha ganado dos partidos sobre la hora, pero esperemos que el tercero no lo ganen. Ellos están bien, pero nosotros seguimos ahí detrás y esperando que caigan”. Como quien espera que Houdini se ahogue en el tanque de agua para robarle el resto de las funciones que tuviera contratadas.
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Y mientras el Madrid y el Barça juegan al borde del precipicio, el Sevilla se mueve repartiendo esfuerzos con el aplomo de quien sabe que puede golpear el último. Se mantiene a sólo dos puntos de la cabeza mientras gana su segunda Uefa, y lo hace aguantando sin agitarse un gol que les empataba en los últimos suspiros de la prórroga. Ahí estaba Palop: una noche metió un gol para poder seguir adelante y en la final detuvo tres penaltis.

David Álvarez | 22 de mayo de 2007

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