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	<title type="text">Libro de Notas - La bota de Panenka</title>
	<subtitle type="text">diario de los mejores contenidos de la red en español</subtitle>
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	<updated>2022-09-06T17:49:23Z</updated>
	<author>
		<name>Marcos Taracido</name>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
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		<published>2007-06-19T06:31:47Z</published>
		<updated>2007-06-19T01:29:50Z</updated>
		<title type="html">La liga de Houdini</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Se ha repetido mucho que el Madrid se ha llevado la liga sin dar espectáculo, pero evidentemente eso es falso. Lo que ha sucedido es que no se ha sabido apreciar la naturaleza del despliegue escénico, algo nunca visto en décadas, una revisión de Houdini a once voces.</p>

	<p>Con ese ingente proyecto por delante, los comienzos fueron extraordinariamente duros, bandeados entre la incomprensión y las imperfecciones propias de los primeros pasos hacia lo excelso. Pero nadie ha demostrado nunca que debiera ser fácil. Al contrario: se trataba de algo tremendamente cercano a lo imposible. Houdini se pasó una vida completa inventando artilugios que aparentemente lo empujaran al borde de la muerte, generalmente por ahogo, para luego escapar de ellos. Horas de ensayos y rediseños para inventar un riesgo dominado pero que se lanzara a los ojos de los espectadores como el filo mismo de la muerte volando hacia el gaznate de Houdini. Artefactos emocionales en los que entraba Houdini, pero en los que sentían sumergirse todos los que ocupaban una butaca. A eso iban. A colgarse boca abajo en un bidón de agua y perder el aliento, el color y la esperanza, hasta estallar finalmente con un último gran suspiro brillante y explosivo. Houdini era el terror que ninguno de ellos se atrevería nunca siquiera a rozar.</p>

	<p>Así que tomen a once tipos dispuestos a alcanzar lo mismo, pero todos al tiempo. Imposible, por supuesto, qué otra cosa se podría pensar. Varias veces se ahogaron en el tanque de agua, como la noche que el Recreativo de Huelva volvió a casa después de haberle metido al Madrid tres goles en el Bernabéu. No era tristeza aquello, sino angustia, asfixia. La de 70.000 personas que ni siquiera sabían que habían ido a ver a Houdini.</p>

	<p>Por supuesto que podrían haber olvidado esa insensatez. Podrían haberse dedicado a cualquiera de las especialidades circenses cultivadas por el Barça: la bella chilena de Ronaldinho rematando al Villarreal, los fascículos de autorretrato de Maradona esbozados por Messi, otra vez Ronaldinho y una falta casi recién inventada contra el Werder Bremen, atravesando un túnel bajo una barrera saltarina… Podrían, sí, haberse entregado a esos bellos gestos inútiles, sepultados luego por empellones como el 4-0 con el que el Getafe los sacó de los raíles de la Copa del Rey. Podrían, sí, podrían…</p>

	<p>O quizá no. Tal vez sólo les quedaba la salida absurda de meter la cabeza en una bolsa de plástico, consumir el aire, y esperar a que el golpe del aliento recién recuperado al retirar la bolsa provocara la magia, o la ilusión de la magia. Así que continuaron por la senda de Houdini, descolgándose por barrancos con un único seguro no más sólido que el cordón de una bota. Más perfectos cada semana, a medida que colocaban los pies descalzos sobre el cortante filo del final de todo.</p>

	<p>Contra el Sevilla alcanzaron el descanso perdiendo 0-1, y al empatar Robinho abandonó el campo con una tarjeta roja, por ver si podían terminar el truco con un jugador menos. Pudieron: 3-2.</p>

	<p>Contra el Espanyol, la cosa debía ser distinta: 1-3 al descanso. Hasta llegar casi a las fronteras últimas del partido y terminar 4-3. Culminaron trucos similares contra el Deportivo (0-1, y 3-1 final), contra el Recreativo (2-3 en la última jugada) y contra el Zaragoza (2-2 en la penúltima coordinados con otro 2-2 de Tamudo en otra parte).</p>

	<p>Eran ya, casi sin duda, grandes maestros del escapismo colectivo, y por eso no se entendía a quienes entraron el domingo en el Bernabéu convencidos de estar llegando a apoyarse a un lugar con barra libre. Quedaba la última pirueta. Empezar perdiendo 0-1 contra el Mallorca, y llegar así al descanso y sin Van Nistelrooy, lesionado. Después, como si ese último número incluyera automutilación dentro del tanque de agua, también salió del campo Beckham, mientras aplaudían, absurdos y marcados con gafas de sol, los Cruise y Victoria.</p>

	<p>Aquello era como correr sin piernas, y cada vez con menos aire. Quedaban sólo 22 minutos cuando Reyes empujó un pase que había armado Higuaín después de un control hacia el interior taponado del área. Pero eso no bastaba, era sólo como asomar la cabeza medio segundo para seguir luego sufriendo bajo el agua. Hasta que quedaban sólo nueve minutos. El siguiente paso del gran truco final fue un remate de Diarra con el cogote que comenzó una carambola que terminó en el culo de un defensa, y luego dentro.</p>

	<p>Lo que le sucedió a los 70.000 espectadores después de aquello quizá no llegó a conseguirlo nunca el mismo Houdini. Porque hubo incluso redoble unos segundos más tarde, una curva nítida que dibujó Reyes hacia el fondo de la portería y el final de la función perfecta de los nuevos escapistas blancos.</p>

	<p>Sólo eché de menos, después, en el paseíllo de resucitados, que arrastraran unos juegos de cadenas para quien quisiera comprobarlas en lugar de ir a intentar meterle mano a la Cibeles.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-06-12T06:22:42Z</published>
		<updated>2007-06-12T01:57:08Z</updated>
		<title type="html">La mano del monaguillo</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Esas cosas, en 18 segundos, funcionan como una borrachera repentina, como si uno se bebiera la primera copa y la siguiente fuera ya la décima, de repente. Y ahí andaba Calderón saltando sobre la hierba, como si en lugar de un partido hubieran jugado dos, y ya no quedara nada más hasta llegar a la Cibeles. Pero la sincronía de Van Nistelrooy y Tamudo atravesando el sueño del Barça resulta tan improbable que no es extraño que uno termine pensando que puede volar, o lo que sea.<br />
<center>·</center><br />
De Messi sólo cabe pensar ya que es un tipo que escribe su leyenda con faltas de ortografía, alguien que dibuja el autorretrato de Maradona repleto de borrones. Un 4-0 del Getafe casi borró de la memoria aquella alucinante carrera a través del Camp Nou, aquel calco de la que le coloreó Víctor Hugo Morales al Pelusa. El sábado, le enterraron el otro gol, el de la mano de dios. Si yo fuera jugador del Mallorca empezaría a pensar que la prima que “ofrece” Messi van a pagarla en billetes falsos.<br />
<center>·</center><br />
Desde Francia llegan rumores de que el Barça va a fichar a Henry, que tiene casi tantos años como el “acabado” Van Nistelrooy.<br />
<center>·</center><br />
En pleno vuelo sumergido en el vodka imaginario recién caído sobre la Romareda, Calderón se sintió repentinamente enamorado de Capello, de Beckham. Como aquella noche que Jesús Gil hizo las paces con todo el mundo, el presidente del Madrid podría haber llegado a besar en la boca a José Antonio Abellán. Pero le queda un tramo, que podría terminar sentándole como mil resacas. Aunque, claro, después de esos 18 segundos…<br />
<center>·</center><br />
Quizá inconsciente, Calderón le susurraba ayer a Raúl que tenían en las manos la camiseta de la décima Copa.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-06-05T08:28:08Z</published>
		<updated>2007-06-05T08:28:08Z</updated>
		<title type="html">Los males de la calma chicha</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Este fin de semana sin fútbol de verdad, sólo con esos dos goles medio de rebote, provoca las sensaciones de diez jornadas sin viento en medio del océano, a pocas millas ya de la única isla con agua fresca. El Madrid, el Barça, el Sevilla, acelerando hacia el final, casi sin fallos, y de repente se corta la función. Y en la pausa, uno sólo imagina que se va a ir todo a la mierda, que el día que vuelva a soplar aire volverá a ser todo como al principio de la liga.<br />
<center>·</center><br />
El viento, su ausencia incluso, dicen, tiene efectos sobre la cabeza que van más allá de lo físico. Lo tuve bien presente al oír a Guti pedir que se quedara Fabio Capello: “Un club grande debe dar continuidad al entrenador”. Como si no le tuviera miedo a los efectos de la calma chicha, como si ya no recordara lo que llevan medio año diciendo. Como si no se dieran cuenta de que los únicos que han cambiado son ellos. Pero dan la impresión de estar convencidos de haber encontrado una pata de conejo que por fin funciona. Sin pensar en el viento.<br />
<center>·</center><br />
Más meteorología. Esto lo dice Claudio Ranieri: “La decisión de la Juventus de ficharme es como un rayo en un cielo sereno: ha realizado una elección bella, difícil, pero eléctrica. No me lo esperaba, pero a la Juventus no se le puede decir no”. Los de la Juve, recién salidos de la alcantarilla de la Serie B, lo que deben de estar pensando es qué sucederá con el rayo el día que alcancen una final, contra quién se estrellará esta vez el tipo que todavía no ha encontrado su pata de conejo. Por si acaso, comienza lanzando precauciones: “Lo más importante es no decir que ganaremos el título liguero el próximo año”.<br />
<center>·</center><br />
La ausencia de viento, en el otro lado: “Todos quieren darse las cabezas contra las paredes”, dice Messi. Han tenido tiempo para hacer cuentas: estuvieron 10 puntos por delante, y ahora… Ahora todavía queda el rato del partido contra Liechtenstein para que vuelva a moverse el aire y se lance de nuevo todo cuesta abajo, por fin con el vértigo de un final como los de Tenerife, pero sin Buyo.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-05-22T08:51:40Z</published>
		<updated>2007-05-22T08:51:40Z</updated>
		<title type="html">La dislocación atlética</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>En Madrid la semana pasada transcurrió adornada con las dudas atléticas acerca de su partido contra el Barça. Con dos tendencias: los que deseaban colarse cuanto antes en la Uefa, y aquellos que lo que querían era impedir que el Madrid ganara la liga y que para eso preferían que los puntos del domingo se los llevara el Barça. Y las dudas de muchos atléticos fueron reales. Atravesaron la semana inseguros de si preferían que su equipo ganara o perdiera, y terminó sepultado bajo un 0-6, la mayor goleada de su historia en casa.<br />
<center>·</center><br />
En el descanso, cuanto el Atlético perdía ya 0-3, empezaron a verse ya atascos en las puertas de salida del Calderón. Después, durante el segundo tiempo, cada nuevo gol del Barça empujaba a la calle a otro grupo de atléticos, con la cicuta bailándoles todavía en el estómago. Eso, y también los goles, los ve siempre con mayor perspectiva el portero. Pichu, cuya conclusión de la tarde es que ser portero “es jodido” tuvo tiempo para pensar en su dislocada hinchada: “A la afición no se le puede decir nada, porque si hay que achacarle algo a alguien es a nosotros. Lo único que sí te incomoda de tu afición, que es la que te apoya y siempre ha estado con nosotros, son ese tipo de comentarios de que estaban en contra de que ganáramos”.<br />
<center>·</center><br />
Poco antes, mientras los atléticos estaban a punto de salir a recoger seis balones de sus redes, el Madrid  sacaba a pasear otra vez en Huelva su truco de los últimos días: descolgarse voluntariamente hacia el precipicio, al borde de estrellarse, al límite de las fuerzas, casi sin aire incluso. Permitió que el Recre remontara dos goles y les empatara cuando ya no quedaba tiempo, y entonces Higuaín atravesó el campo (aunque en la dirección equivocada), Gago encontró a su espalda un pasadizo imposible para mandarle el balón a Roberto Carlos, y marcaron el 2-3, que les dejaba primeros hiciera lo que hiciera el Atlético. Pero no de cualquier forma: de nuevo enfilaron la semana borrachos de sí mismo. Hasta el mareo. Con la convicción de Houdini.<br />
<center>·</center><br />
Estas exhibiciones suicidas del Madrid las contempla Messi con la pequeña dosis de confianza que le otorga la incredulidad: “Ha ganado dos partidos sobre la hora, pero esperemos que el tercero no lo ganen. Ellos están bien, pero nosotros seguimos ahí detrás y esperando que caigan”. Como quien espera que Houdini se ahogue en el tanque de agua para robarle el resto de las funciones que tuviera contratadas.<br />
<center>·</center><br />
Y mientras el Madrid y el Barça juegan al borde del precipicio, el Sevilla se mueve repartiendo esfuerzos con el aplomo de quien sabe que puede golpear el último. Se mantiene a sólo dos puntos de la cabeza mientras gana su segunda Uefa, y lo hace aguantando sin agitarse un gol que les empataba en los últimos suspiros de la prórroga. Ahí estaba Palop: una noche metió un gol para poder seguir adelante y en la final detuvo tres penaltis.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-05-15T09:41:21Z</published>
		<updated>2007-05-15T09:41:21Z</updated>
		<title type="html">El hat trick de Pandiani</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Días de gestos bellos e inútiles. El Espanyol, de escala en Madrid en su viaje hacia la final de Glasgow, vuelve al vestuario en el intermedio con un 1-3. Minutos antes, Pandiani se había deslizado de rodillas por la hierba celebrando su tercer gol: tocó tres veces la pelota, y las tres fue para colocarla en la red de Casillas, que no entendía nada, teniendo en cuenta que se suponía que después de ganar al Sevilla ya sólo estaban a unos centímetros de la liga. Pero el Madrid juega ahora a lo Armstrong: juega a que se descuelga por detrás, para regresar desde el hundimiento y aplastar al pelotón. Como si sólo pudiera ya ganar en plan héroe, sumergido en un estadio delirante. Quizá es cierto, quizá es el único modo que tiene el Madrid de recordar lo que es: fingir el delirio de los grandes días.<br />
<center>·</center><br />
El gol de Messi pasó el jueves, de repente, de instante de puro Maradona a carrera de patio de colegio. Con el Barça desapareciendo bajo un 4-0 del Getafe, queda la única esperanza de que Messi, futbolista inexistente fuera del césped, no haya visto el partido que trituraba su gol de anuncio. Aquel sueño colectivo. Eto’o dice que salió avergonzado del campo el Getafe, pero Messi…<br />
<center>·</center><br />
Las portadas de los diarios traían ayer a Rijkaard abrazando a Puyol, lloroso, apoyado sobre su pecho, mirando hacia arriba, al entrenador, como el niño que no entiende por qué han desaparecido todos sus juguetes. Sobis acababa de meterle la pelota entre las piernas a Valdés, y el Madrid se colocaba primero. A pesar de todo. De Capello, de Calderón, de la magia de Ronaldinho. Quedan cuatro partidos, pero esa mirada de Puyol…<br />
<center>·</center><br />
Se aprietan el Madrid y el Barça, empatados a puntos, y en ese atasco se deja de mirar atrás, donde llegan el Sevilla a dos y el Valencia a cuatro. Bien podrían adelantarles mientras se retan mirándose a los ojos, tan cerca.<br />
<center>·</center><br />
Más hipnótico que capturar con la puntera un balón que viene volando 50 metros es detener el tiempo, como en esos instantes que Silva agarró la pelota después de un rechace dentro del área y se paró, a dos metros de la puerta. Caído el portero, caído el defensa, espacio para el gol. Y esperó. Nadie puede decir cuánto. Suspendido el tiempo, ni siquiera el portero logró descifrar el truco. Siguió tendido mientras Silva respiraba, hasta que decidió empezarlo todo de nuevo, y empujó el balón.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-05-08T06:20:48Z</published>
		<updated>2007-05-08T01:31:38Z</updated>
		<title type="html">Domadores</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>El enigma del giro del Bernabéu, descifrado en parte. Esa famosa caldera que asustaba visitantes hasta que se deshacían, pero que ahora provocaba tembleque a quienes tenían que vestir de blanco. Emerson se pasó semanas en el banco aterrorizado por la bestia, que aunque no lo parezca es como una bestia cualquiera. Sin comida, se vuelve contra el domador: arranca brazos y hasta la cabeza. Necesita alimento para rugir en la dirección adecuada. Como remontarle al Sevilla un partido que pareció imposible. Entonces, sí que puede Beckham trepar por un poste hacia el interior de las fauces. Sin miedo. Vuelto el Bernabéu a su sitio.<br />
<center>·</center><br />
Fin de semana de prolegómenos, más de caricias que de remates. Se recordarán de estos dos días sobre todo los pases, muy por encima de los goles. Los pasillos intermitentes que de repente adivinan Ronaldinho y Guti. Caminos que sólo existen un instante y que se cierran a las espaldas del balón, con un delantero ya corriendo hacia la portería. Pases que hacen olvidar goles.<br />
<center>·</center><br />
La incompatibilidad de la gloria con lo cotidiano: comprar el diario, llenar el depósito con combustible sin plomo, pegar un sello o sufrir un robo. Reina le paraba penaltis al Chelsea para llegar a la final de la Champions mientras le desvalijaban la casa. En parte para no destrozarla allí mismo: el coche lo quemaron en otro lugar, de madrugada, quizá terminando de celebrar que el Liverpool le va a dar otra oportunidad al Milan.<br />
<center>·</center><br />
Se confirma lo siempre sospechado: lo mejor que le podía suceder a la liga es que terminara cuanto antes. Sólo el fina aproximándose provoca que asomen ciertas muestras de altura, como Eto’o sacando pecho (un pecho enfundado en blanco ese día): “Otro te diría que preferiría tener al Real Madrid a nueve puntos, pero un gran campeón necesita que el que le sigue esté fuerte. El Madrid está fuerte y es nos hace aún más fuertes”. Dice que prefiere ganar la liga en el último segundo, aunque quizá eso sea demasiado tarde.<br />
<center>·</center><br />
Por lo demás, Maradona tampoco ha conseguido matarse esta vez, y lo han devuelto a casa para que siga buscando el modo.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-04-24T10:01:42Z</published>
		<updated>2007-04-24T10:01:42Z</updated>
		<title type="html">Flotar con Messi</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Maradona, de psiquiátrico en psiquiátrico, no da siquiera la oportunidad de tirar ya por él las lágrimas definitivas, ni tampoco la esperanza de olvidarnos de la costumbre de descifrar partes médicos mentirosos. Maradona, demasiado lento y abatido ya para cruzar un césped, se ha tirado en la puerta de entrada a la leyenda, para bloquear el paso. Vuela Messi enloquecido por medio Camp Nou, y poco después cuenta el Marca que Maradona, de repente, se despertó, vio el gol y sentenció: “Es un golazo”, y volvió a caer sumergido en los sedantes. Creo que después de contar eso también los reporteros descansaron, como si aquello probara que no se habían equivocado al ver lo que vieron. Y pudieran ya disfrutarlo. Entonces, sí.<br />
<center>·</center><br />
Recordando los quiebros de Messi y los jugadores del Getafe caídos en la hierba, se pregunta uno si esa coreografía hubiera existido sin Maradona. No deja uno de pensar cómo se habría contado eso sin que antes hubiera sucedido lo de México, cómo se habría explicado sin la parrafada delirante de Víctor Hugo Morales. Aunque esta vez esa narración de gran gesta se produjo al final, cuando había entrado ya la pelota, mientras que Morales, ya desde el pase del Negro Enrique en el centro del campo se comportó como un visionario, o como un perfecto lunático.<br />
<center>·</center><br />
Durante el descanso, en el vestuario, los defensas del Getafe se lamentaron seguramente de no haber alcanzado a Messi con una buena patada. Y ahí se esconde la verdadera diferencia entre el gol de este chico y aquel contra los ingleses al que se ha querido igualar, quizá por la nostalgia de un ángel caído. Los defensas ingleses, en aquella semifinal de la Copa del Mundo, probablemente habían dormido con la foto del Pelusa sobre la cabecera de sus camas, sumergidos en pesadillas en las que el 10 les hacía gamberradas más leves que las que luego les clavó. Sin embargo, los del Getafe… sólo iban a jugar una semifinal de la Copa del Rey de España, en un campo que estaba poco más que medio lleno.<br />
<center>·</center><br />
Y mientras se le dan vueltas a si Messi es Maradona o es Messi, y entonces a ver qué es Messi, el Barça languidece contra el Villarreal, y el Madrid, montado sobre una volea de Van Nistelrroy que no se ha comparado con nada, se acerca de nuevo a sólo dos puntos, y uno por detrás del Sevilla.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-04-17T10:05:50Z</published>
		<updated>2007-04-17T10:06:14Z</updated>
		<title type="html">Pinball sobre la hierba</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Las alegrías vienen como cojas estos fines de semana sobre la hierba. Tullidas. El Barça gana aire en la primera posición, pero lo hace con un gol trompicado, después de dos rebotes, marcado por Navarro, que realmente jugaba en el equipo contrario. Un gol prácticamente de pinball, con el único mérito de la casualidad y la intención. Un gol después del que todos querían abrazar a Saviola, el último que la empujó al palo, desde donde volvió a la espinilla de Navarro. Era ya el minuto 88, y querían abrazar a Saviola, a quien el año que viene no desean ver vestido así. Y habrían abrazado también a Navarro, si se hubieran atrevido. Algo debió de ver el del Mallorca, que después del partido reclamaba al menos la mitad de la prima que iban a cobrar los otros por ganar la liga.<br />
<center>·</center><br />
Lejos de aquí, donde el fútbol parece que se juega en el fondo de una hondonada, se levanta Ronaldo sobre sí mismo. Ha marcado cinco veces en diez partidos con la camiseta del Milan. Dice que el año que viene va a volver a ser el mejor del mundo. Como si de nuevo, fuera ya de la depresión blanca, le gustara el fútbol. Como si le quedara tiempo y hubiera calculado hibernar un año en el banquillo de Capello.<br />
<center>·</center><br />
No se sabe bien si Higuaín se lesionó o se rindió. Ni tampoco si los médicos le estudian la pierna o la vista. Corre el chico hacia la portería, cien veces podría hacerlo, y no la encuentra. Podría pasarse la vida girando con el balón alrededor del portero sin conseguir distinguir los palos blancos para disparar dentro. Tira Higuaín en un mano a mano y siempre le pega al portero. Cualquiera se habría caído al césped como él, pensando en cualquier otro deporte.<br />
<center>·</center><br />
En Vigo llevaban seis meses sin ver ganar a su equipo, y ahora los niños se compran camisetas del Celta con el nombre del entrenador. Si hay que salir de un bar en el que se están recibiendo demasiados codazos y demasiadas pocas cervezas, Stoichkov es el indicado para sacarle a uno de allí a empellones. <br />
<center>·</center><br />
Raúl: “Si tengo las puertas abiertas, que me lo digan”.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-04-10T10:10:13Z</published>
		<updated>2007-04-11T11:18:43Z</updated>
		<title type="html">Las rendijas del fútbol</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>En los minutos que no sirven, esos segundos pegados ya al silbatazo del árbitro, algunos encuentran rendijas de felicidad. En Mallorca, con el tiempo vencido, entró el domingo al campo Óscar Trejo, un chico argentino recién aterrizado de Boca. Tal como estaban las cosas, el que salió seguramente prefirió ir a sentarse, quizá enfiló incluso el vestuario, y se perdió cómo el chico se colaba por pliegues que él acaba de despreciar y, después de dos recortes, alargaba la pierna izquierda para marcarle a Abbondazieri, casi con el billete de avión todavía en el bolsillo.<br />
<center>·</center><br />
A menudo, la gloria se agazapa en esos rincones ciegos de tiempo despreciado. Como en aquellos dos minutos que el Manchester rescató una noche para dejar a Kahn desparramado sobre un poste.<br />
<center>·</center><br />
Algunos de estos recovecos son tan dudosos como Guille Franco tumbado sobre el área de Villarreal mientras Fabiano Eller les metía de cabeza el 1-0. Pero les volverá a suceder, porque en ese equipo sólo Forlán entiende el manejo de esos lugares neblinosos: “Si a mí me cae ese balón dentro del área, yo hubiera chutado a gol, y luego ya habríamos visto lo que pasa”.<br />
<center>·</center><br />
Se sigue mirando con asombro el lugar que ocupa el Madrid en la clasificación. Pierde el Barça, pierde el Valencia, empata el Sevilla, y se quedan los blancos a dos puntos del primero. Se mira con asombro el trayecto, pero el asombro no debería ocultar un giro salvaje producido en el Bernabéu, que aplaudió que volviera Emerson, el que no se atrevía a jugar allí. Y con esos aplausos, Emerson le colocó a Raúl de cabeza una pelota que Diarra había mandado por el aire como si Diarra no fuera Dirra, ni Emerson fuera Emerson, pero que Raúl convirtió en gol, como si fuera Raúl. </p>]]></content>
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	<entry>
		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-04-03T08:40:18Z</published>
		<updated>2007-04-03T08:40:18Z</updated>
		<title type="html">Velar a Maradona</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Coincidiendo con que ya ha pasado un cuarto de siglo de las Malvinas, Maradona prueba una nueva manera de matarse. Esta vez cambió el truco, y en lugar de recurrir al inflado humano simplemente agarró un vaso de whisky, que es algo que se ha visto mucho más. De ahí el menor éxito de público a las puertas de la clínica. Desprovisto ya de las botas de tacos, Maradona decidió seguir su carrera de ilusionista fuera del césped, pero se ha convertido en una especie de David Blaine al revés: agotado lo más difícil ya hace años, se dedica a rebajar la dificultad. Del gol al trago.<br />
<center>·</center><br />
A pesar de todo, Maradona conserva el dominio sobre espacios de la memoria inalcanzables para nadie más. Messi, ese niño autista que se convierte en bestia al calzarse la camiseta del Barça, ampliaba esta semana los terrenos del asombro al preguntar quién es Arrigo Sacchi: “Lo siento, no sigo mucho el fútbol”, dijo. Sólo oír Maradona le saca un gesto de saber de qué le hablan. Pero a Maradona le incomoda habitar recuerdos, y parece que no encuentra la puerta de salida.<br />
<center>·</center><br />
Harto de disputar con Eto’o, Ronaldinho ha vuelto a la fantasía. Propietario ya de los sueños y del balón, reparte goles como si jugara con una varita mágica y no se le fueran a terminar.<br />
<center>·</center><br />
En Vigo, conscientes de la imposibilidad de explicar científicamente la capacidad del Madrid para seguir flotando, se dedicaron a reunir amuletos y cabezas de ajo para debilitar a Capello, el nuevo Drácula. Pero el italiano sigue sorbiendo el fútbol de otros y llevándose el premio.<br />
<center>·</center><br />
Las cosas van quedando más claras en el Madrid y el domingo sólo Casillas pudo vestir una camiseta blanca. De ahí también el desconcierto cuando Robinho, después de un rebote en otro partido nefasto del equipo, coló la pelota en la portería y descubrió la camiseta blanca que llevaba bajo la negra. Fingiendo celebrar el gol, los otros le rodearon y le obligaron a cubrirse otra vez. Como si hubieran recuperado el respeto por ese color.</p>]]></content>
	</entry>
	<entry>
		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-03-27T07:32:46Z</published>
		<updated>2007-03-27T01:33:04Z</updated>
		<title type="html">Romario</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Un hombre bajito entró la otra tarde en Maracaná dispuesto a culminar su propia leyenda de una vez. Como si acudiera a reparar un grifo atascado: “Los meto y un minuto después dejo el fútbol”, había dicho Romario antes de entrar. Antes de aquel partido contra el Vasco de Gama le faltaban dos goles para llegar a los 1.000. Después de redondear su figura con aquella cifra, tenía esperándole un contrato para un programa de televisión en el que iba a entrevistar a futbolistas brasileños que juegan en Europa. Se enfrentaba a esos dos tantos con la desgana de un funcionario. Ahí escondía su sorpresa: esa desgana era la misma de aquel instante que sucedió justo antes de romperle el alma a Alkorta con una cola de vaca. El segundo antes de la explosión. Pero el otro día no terminó el trabajo. Se quedó en 999.<br />
<center>·</center><br />
A nadie le importaría que la liga hubiera terminado ya, sin campeón ni nada. Calderón asegura que Robinho es el futuro del Madrid, un futuro en el que él tampoco ve a Capello: “Confiamos muchísimo en él y cualquiera que sea el entrenador que venga en el futuro, no duden ustedes que también lo hará”. En la bola de cristal, dicen que también ve al sevillista Dani Alves, como si en lugar de presidente fuera un coleccionista de cromos. Del otro lado, empiezan a hablar como si fueran grandes: “Tendré que ver cuántos jugadores del Madrid me gustan a mí”, dice Del Nido. Pero todavía no le sale del todo. De momento, es el tipo que deja la mesa de póquer y tiene que pedir un taxi a casa de su hermano.<br />
<center>·</center><br />
Con la liga grogui, la selección española probó a colocarse mirando al fondo del acantilado a ver si así despertaba. Morientes marcaron como si fueran ingleses en racha. Después, sólo el miedo. España es como el Madrid, pero sin los años buenos.<br />
<center>·</center><br />
Ahora, después de pelearse por quién tuvo la culpa de terminar acorralados, esperan ahora en Palma de Mallorca una cita con trampa. Resulta siempre más sencillo pensar en la gloria si enfrente hay alguien que no sea Islandia.</p>]]></content>
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	<entry>
		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-03-20T06:46:09Z</published>
		<updated>2007-03-20T01:46:23Z</updated>
		<title type="html">Porteros</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>La peor angustia del portero no la produce el penalti. Queda ahí todavía espacio para el heroísmo. La angustia transcurre lejos de la propia línea de gol, al otro lado del campo, en zona prohibida, donde nada depende de él. Para Casillas, el peor otro lado despliega sus garras estos días sobre el Bernabéu. Bajo sus palos debe de contemplarse el bloqueo del Madrid al otro lado casi con la misma furia con la que se ve desde las gradas. Quizá por eso ha sido él quien se ha atrevido a decirlo: “Cada vez que llegamos al Bernabéu tenemos miedo escénico nosotros mismos”. Y eso que la siguiente visita que iban a recibir era la del Nástic. Pero el miedo es un ácido capaz de disolver cualquier colección de glorias. Pobre Emerson.<br />
<center>·</center><br />
Superada la angustia del penalti con el pie que le dio la vuelta al partido contra el Barça, Palop terminó el otro día en la Uefa de matar todas las obsesiones. Se metió en el área contraria cuando el Sevilla sacaba un córner, en ese clásico movimiento desesperado que suele terminar con una carrera de espaldas para evitar recibir otro gol. Perdían 2-1, y ahí se había acabado la Uefa. Los porteros normalmente sólo corren hacia el otro lado para no pasar a solas la tristeza de la derrota. Pero Palop puso la cabeza en el lugar donde caía la pelota, y consiguió una prórroga, una segunda oportunidad cruel sobre todo para un brasileño que le había marcado poco antes un alucinante gol con el remate del escorpión.<br />
<center>·</center><br />
En un pedazo de hierba sobre el que flotan todos los domingos toneladas de rabia, Robinho juega al fútbol como un autista. Probablemente, si sus compañeros salieran del campo, seguiría bailando del mismo modo sobre el balón. Incluso si fuera el rival el que abandonara el césped. Si no fuera porque el domingo se le vio celebrando un gol, se podría concluir que sí, que juega al fútbol, pero podría perfectamente estar enredando a solas en el patio trasero de su casa.<br />
<center>·</center><br />
En Huelva, Eto’o salió sin haber decidido aún si odiaba más a Messi o al contrario, así que para sacudirse esa duda boba pateó la primera pelota que le llegó desde más de 30 metros. Un disparo absurdo. Tanto, que el portero ni siquiera entendió que había sucedido y se quedó en el lado equivocado, mientras el balón giraba hacia el otro palo.<br />
<center>·</center><br />
A Messi también le hipnotizó meterle tres goles a Casillas, y como si intentara que aquella noche no terminara nunca, repitió el tercero contra el Recre. La misma exhalación en diagonal hacia la izquierda, idéntico último toque para que no quedaran defensas, y un tiro a la otra esquina clavado al del Nou Camp. Como si hubiera conseguido detener un sueño.</p>]]></content>
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	<entry>
		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-03-13T06:59:35Z</published>
		<updated>2007-03-13T01:00:59Z</updated>
		<title type="html">Messi</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Leía lo que decía Messi el mismo día del partido en una entrevista en <a href="http://www.elpais.com/articulo/deportes/pelota/pienso/juego/elpepudep/20070310elpepidep_5/Tes">El País</a>, y lo que encontraba era una especie de autista de la leyenda. Le preguntaban si le había impresionado Anfield cantando You’ll never walk alone, y respondía: “¿El qué?” Querían medir su emoción del día de la batalla, y se largaba un: “Bueno, es un partido especial porque es el Madrid. Pero, en el fondo, no deja de ser lo de siempre: dos equipos, once jugadores…” Pero después de arrebatarle un sueño al Madrid en el último minuto, como si saliera de pasar 10 minutos bajo el agua sin respirar, con la primera bocanada de aire se acomodó por fin tranquilamente en la historia: “Raúl me felicitó al terminar el partido. Al llegar a casa se lo conté a mi familia, ya que me emocionaba más esa felicitación que los tres goles”.<br />
<center>·</center><br />
Del otro lado, Guti salió al campo después de que sus compañeros decidieron en el vestuario que debía salir. Y Capello aceptó. En esos días en los que los demás le miran perdidos, como si sólo él tuviera el libro de los mapas, en esas ocasiones Guti es lo que sueña que es: un artista capaz de hacer brillar a un equipo que deambula al borde del precipicio. Un tipo con todo el plan en su cabeza y unos movimientos y golpeos de Nureyev.<br />
<center>·</center><br />
Dice Cruyff que el Barça-Madrid fue lo que fue por las imperfecciones de quienes lo jugaron, y uno desea que se repita todos los años esa belleza trepidante de seis goles. Repleta de fallos. Hasta el borde.<br />
<center>·</center><br />
Un año y medio después, Kovacevic agarró una pelota con el pecho y se la colocó al otro lado del defensa para machacar al portero del Mallorca. Después del gol deseado, desaparecen distancias, los 33 puntos que les separan del Barça, por ejemplo. La alegría cruza abismos sin necesidad de puentes, y con Kovacevic gritaron también 25.000 personas convencidas por unos minutos de que no van los últimos en la tabla.<br />
<center>·</center><br />
Ronaldo, el célebre gordo imaginario, con rabia, escupe a su ex entrenador desde Italia (“No que creer en Capello”), y le marca luego, también con rabia, un gol inútil al Inter. Flota únicamente todavía su promesa de dejar que le fotografíen desnudo, quizá sobre una báscula.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-03-06T06:40:33Z</published>
		<updated>2007-03-06T01:40:42Z</updated>
		<title type="html">Confiar en Europa</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Emerson ha terminado de darle la vuelta a la historia del Real Madrid como si tuviera que escribirse de nuevo. Como si nunca antes quienes llegaban de lejos hubieran mirado al Bernabéu con el pánico de quien se asoma al interior de la boca del miedo. Con la certeza de que de allí lo mejor que podían sacar era una invitación de secundario en las fotografías de otros. Algo se intuía, pero ha sido Emerson quien ha confirmado que el escorpión puede morir infectado por su propio veneno. El domingo habría preferido cien veces ponerse la camiseta del Getafe que la del Madrid.<br />
<center>·</center><br />
El pie de Palop. Perdido ya en el lado derecho, volando hacia la nada: ese pie olvidado en el centro rescata todo un partido, un campeonato entero. Recupera incluso un estadio sumergido en una botella de cocacola volante. Un equipo adormilado despierta de la pesadilla que estaba inventando Ronaldinho con ese lanzamiento que iba a ser el 0-2. Contra el pie de Palop rebota el penalti, pero también se estrella la tarjeta roja que ha dejado amputado el Sevilla, que sigue jugando como si todavía sintiera al jugador sobre el campo. Como si tuviera más, incluso. Sobre ese pie de Palop se levanta un Sevilla inmenso que termina acorralando al Barça contra su portería. Se va el Barça a Anfield todavía con el zumbido del temblor de los palos persiguiéndole, de tantos golpes que recibió mientras deseaba el final.<br />
<center>·</center><br />
En algunos asientos del Bernabéu todavía se sienta gente que vive convencida de que la pócima que les despierte se la darán a beber de la copa orejuda, como tantas veces ha sucedido. Y miran a Múnich como quien otea el horizonte esperando el regreso de la tribu cargada de licores y cabelleras. Como también mira Raúl, consciente de que es lo único que les queda.<br />
<center>·</center><br />
Los vuelos a Europa transforman. Rijkaard pisa Inglaterra y parece convertido en Mourinho cuando dispara sobre Rafa Benítez: “Para mí es estupendo jugar contra un entrenador que ya lo sabe todo; pero alguien que dice saberlo todo es que sabe muy poco”. Como si todavía le quedaran naipes escondidos en las mangas.<br />
<center>·</center><br />
Y mientras el Madrid y el Barça se colocan ante sus propios fantasmas (primero en Europa y el sábado en el Nou Camp), Hugo Viana se frena al borde del área, y engancha la zurda a un balón que atraviesa la diagonal, donde lo encuentra Morientes, que coloca al Valencia un poco más cerca.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-02-27T06:56:02Z</published>
		<updated>2007-02-27T01:09:36Z</updated>
		<title type="html">Goles inventados</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Para Ronaldinho, Eto’o funciona como una especie de punta afilada cuyos pinchazos lo elevan por encima de sí mismo. Vuelve el camerunés a jugar hace un par de semanas y el brasileño despierta repentinamente, como si se hubiera apoyado sobre cristales rotos. Eto’o se descubre el torso en la portada de Rolling Stone, y Ronaldinho amaga está a punto de quitarse hasta los pantalones mientras intenta que no le explote la risa en la cara. Acabada de descubrir el modo de destrozar aquel dilema que enloqueció a Ronaldo: “Cuando marco, soy grande; si no, estoy gordo”.<br />
<center>·</center><br />
Conserva todavía cierta belleza el esfuerzo de imaginar goles, de nuevo como si no existiera la televisión. En un restaurante lejano me cuentan el 3-2 del Madrid al Bayern, la velocidad de los cuatro primeros goles, los dos de Raúl: el primero después de un recorte a Kahn dentro del área. Quien lo relata tampoco lo ha visto: sólo ha leído como lo contaba otro. Pero durante esos instantes en los que inventamos el gol enfrente de un plato, resurge Raúl, recuperado de nuestros recuerdos más relucientes. “El máximo goleador de la historia de la Champions”, nos decimos. Si no hubiera salido nunca de aquel restaurante, el Madrid podría levantar tranquilamente otra Copa de Europa dentro de unas semanas.<br />
<center>·</center><br />
La carrera de Ronaldinho desde la banda izquierda, con un primer sombrero mientras hacía equilibrios sobre la cal de la banda, pareció como inventada. Un fino trabajo de escapista por callejones muertos. Recortes con imán dentro del área, burlando dos defensas que casi se estrellan uno contra otra, mientras él redondeaba una trayectoria recién asfaltada entre ellos. Hasta que se acaba el aire entre la línea de fondo y Aranzubia, que al final se atreve a acercarse y lanza un manotazo que se tropieza contra un gol del que ya empezábamos a acordarnos. Uno de esos no-goles a lo Pelé.<br />
<center>·</center><br />
En Sevilla, debe de ser terrible una semana de chanzas en los bares. Como un matón a punto de perder el control, el presidente del Betis advierte: si la policía le obliga, no va a tener más remedio que dejar pasar al campo al presidente del Sevilla, pero dice que no se hace “responsable de lo que le pueda pasar”. Está claro que no esperan que el marcador termine contando algo distinto de otro 0-0.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-02-13T06:06:18Z</published>
		<updated>2007-02-13T02:07:50Z</updated>
		<title type="html">El carrusel sevillano</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Incapaces de marcarse un gol, se persiguen alrededor de un palco intentando al menos lanzarse un mordisco certero. El Sevilla y el Betis viven enloquecidos por el 0-0, que convierte en imposibles las chanzas en los bares. Hasta esa deslumbrante Uefa del Sevilla podría haberse oscurecido sólo con que Robert hubiera acertado con el penalti. Pero parecen condenados a dar vueltas alrededor de sí mismos, jugando dos veces a la semana, sin marcar, mientras los presidentes, como niños bobos, tratan de provocarse el daño que conseguiría un gol.<br />
<center>·</center><br />
El Barça ha atravesado su depresión invernal convencido de que aquello terminaría el día triunfal en que regresara Eto’o. Y allí estaba el domingo en el banquillo del Camp Nou, después de haberse acostumbrado de nuevo a las botas la semana anterior, dispuesto a sanarlo todo, como un hechicero zulú. Ante su mirada, despertó Ronaldinho de un sueño espeso, como soñado entre barro. De nuevo flotaba, y en uno de sus vuelos marcó hasta de cabeza.<br />
<center>·</center><br />
Durante esa depresión invernal, incluso Eto’o vivía convencido de la gigantesca catarsis colectiva que iban a provocar sus pisadas sobre la hierba del Camp Nou. De ahí el desconcierto. Fue aquel día, pero sin él. Tanto, que no quiso salir al campo cuando Rijkaard dijo que había llegado el momento. Algunos jugadores eligen un instante en sus vidas sobre el que dibujan una raya, y a partir de esa línea fingen no soportar ya más papeles secundarios. <br />
<center>·</center><br />
En San Sebastián, la lengua de Beckham, disparada hacia las cámaras. Su rabia había viajado directamente desde una urna de cristal dentro de la que se sentaba con su madre al gol. Sin pasar por Capello.<br />
<center>·</center><br />
Los jugadores del Madrid piden ahora que vuelva Cassano. Los siguientes en la lista son Ronaldo, Zidane, Figo… Una historia dentro de un retrovisor es lo que ahora intentan dibujar. Pero en ese retrovisor no parece que queden reflejos suficientes. </p>]]></content>
	</entry>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-02-06T06:02:26Z</published>
		<updated>2007-02-06T00:02:54Z</updated>
		<title type="html">El rugido del Bernabéu</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Antes de los pañuelos del final del partido, volaron otros. Era ya el minuto 40 de la segunda parte, el Madrid perdía 0-1 contra el Levante, y los que iban de blanco andaban como mirando si crecía el césped o realmente estaba quieto. Ahí salió la rabia del estafado, explotó el runrún de toda la tarde, y esa vez no pudo disolverlo el volumen del himno en la megafonía. Calderón dice que el público del Bernabéu realmente no está con el equipo, pero en estos días de desguace son precisamente ellos los únicos que parecen recordar qué es el Madrid. Y exigen gestos a la altura del recuerdo. Sufren con la distancia entre lo que han visto y lo que ven.<br />
<center>·</center><br />
En esa primera acometida de las gradas, en mitad del juego, cuando todavía quedaban minutos, Raúl fue el único que pareció golpearse de repente la cabeza y recordar. Los espectadores ni siquiera necesitaron la seña final del árbitro para alarmarse y estallar. Algo está a punto de romperse en aquel estadio, y Raúl jugó cinco minutos enfurecidos, corriendo a por cualquier balón, empujando, sacando un córner, agarrando la pelota para colocarla en su sitio. Es la estampa del derrumbe. Juega a trompicones Raúl, tropezándose, como hacía Julio Salinas, apoyándose en los defensas para sostenerse en pie. Se engancha en sí mismo y cada jugada parece que va a ser la última. Pero es el mejor del equipo. Así que cuando finalmente caiga probablemente desaparezca todo lo demás con una palmada que parecerá una palmada de ceniza.<br />
<center>·</center><br />
En Italia, los próximos partidos se van a jugar en estadios vacíos, como en medio de una especie de pesadilla nuclear. No está claro qué puede sobrevivir menos tiempo: el fútbol sin paisaje o un pez boqueando sobre la cubierta de un barco.<br />
<center>·</center><br />
Después de perder por primera vez en la historia contra el Levante en el Bernabéu, Capello no tenía dedos para disparar peinetas a 70.000 personas, así que se fue a la rueda de prensa y le dio las gracias a los ultras por ser los únicos que apoyan al equipo. Da la impresión de que sueña con esos estadios italianos vacíos, sin una memoria gritona que en el minuto 40 le ponga delante lo que es aquel lugar y los destrozos que le está provocando.<br />
<center>·</center><br />
Por lo demás, está claro que la liga sigue huérfana.</p>]]></content>
	</entry>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-01-30T06:44:35Z</published>
		<updated>2007-01-30T03:45:23Z</updated>
		<title type="html">Calderón y el avión del Torino</title>
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		<id>tag:librodenotas.com,2007-01-30:77c262b7562572606450a68115f67ab6/43f3cea1ac18de0df79dc15227d8a7e2</id>
		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Se sienta uno por la noche en el restaurante del Bernabéu, y antes que la comida mira el césped, iluminado y vacío, como si en lugar de ahí abajo estuviera pegado en un álbum de fotos. Y sobre la alfombra verde, dibuja aquella trayectoria imposible de Marsal una tarde de noviembre de 1957 contra el Athletic de Bilbao. Y oye a Di Stéfano, que le dio el pase y se lo quedó mirando: “Dejó un tendal en el suelo. Un tendal de gente. Como si se cayera la ropa que estaba colgada, igual”. Al paso de culebra de Marsal cayeron sobre ese césped que ahora se mira desde una mesa, dentro del área, Etura, Garay, Orúe, Canito y el portero, Carmelo. Sucedió hace 50 años.<br />
<center>·</center><br />
Sobre la hierba del Bernabéu se imaginan ahora sólo historias antiguas. Parece que hubiera sucedido una tragedia que se hubiera llevado por delante la línea del tiempo. Como cuando el imponente Torino de los 40 murió al completo estrellado contra un muro cuando regresaba a casa desde Lisboa, un día de mayo de 1949. La conexión del siguiente Torino con aquel que se aplastó en la basílica de Superga sólo podía encontrarse en el color de la camiseta y en algún ramalazo de horror. Casi lo mismo sucede con el Madrid: queda el blanco, quedan Casillas y Helguera, y queda Raúl, que no juega. Algunas noches hay que preguntarse si Ramón Calderón no sueña con acabar con ellos y empezar desde el principio, como si no hubiera existido su equipo. Pero entonces, atraviesa el verde Marsal en el interior de la memoria, que es el único campo en el que el Madrid sigue siendo el Madrid.<br />
<center>·</center><br />
De cuando en cuando, mirar a los ojos del precipicio fabrica gigantes instantáneos. Después de que todos los jugadores del Torino se aplastaran dentro de un avión, el equipo juvenil siguió jugando el campeonato. Quedaban cuatro partidos. Los ganaron los cuatro, y se llevaron el scudetto. <br />
<center>·</center><br />
Ante otro precipicio, el domingo, el Nàstic le colocó un 4-0 en 42 minutos al mismo Espanyol que poco antes había flotado con la brillantez del delirio por encima del Barça. Incluso Pinilla, que había marcado su último gol en 1999, le encontró un rincón a Kameni.<br />
<center>·</center><br />
El Sevilla sólo se había asomado a su propio vértigo, el que le provocó de repente, sentir que podía ganar. Pero Kanouté encontró el mismo carril de antes para empezar a enchufarle goles al Levante.<br />
<center>·</center><br />
Al Madrid parece que no le sirven los precipicios y persiguen un avión estrellado. Y lo hacen sin pensar en los efectos de romper la línea del tiempo, sin recordar que cuando llegó el mundial del 50, Italia, obsesionada todavía con los pedazos de fuselaje alrededor de Superga, decidió viajar en barco a Brasil, un campeonato del que sólo se recuerda lo que le hizo Uruguay al orgullo local.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-01-23T06:32:58Z</published>
		<updated>2007-01-23T01:47:04Z</updated>
		<title type="html">La liga invisible</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>El desconcierto de alcanzar la mitad del campeonato y encontrar cinco equipos pegados. Se elogia mucho la emoción de nuestro fútbol, como no queriendo ver que se ha vuelto perfectamente invisible. Ha desaparecido el Barça, donde sólo brilla Saviola, un tipo al que desde que empezó el curso no hacen más que reservarle billetes de avión para que se vaya a cualquier parte. Pero ese jugador inexistente es el único filo que atraviesa el Camp Nou estos días, mientras Ronaldinho sólo baila al son de los silbidos. Ha desaparecido el Madrid, que únicamente se fía de Gago, un extraño que nunca había estado allí. No juega un equipo al que temer, ni siquiera al que odiar lo suficiente. El Nástic llegó el domingo a su partido sin el deseo de sangre de reyes con el que hasta ahora se bajaban allí los equipos de su autobús.<br />
<center>·</center><br />
Sin gigantes desaparece el fútbol y entonces quien tiene que decir algo, agarra las palabras a los sólo tres puntos que separan al primero del quinto. Disuelta la ilusión en la desidia, queda el espejismo matemático: “Los números no mienten”, se lee en la web oficial del Real Madrid, que también asegura que la de este año es la mejor temporada del equipo de los últimos años. Se pueden contar hasta siete victorias fuera de casa, y muchos cientos de millones de euros de un contrato de televisión y otro (a punto de anunciarse) para adornar las camisetas. Se puede contar eso, pero resulta imposible relatar un solo momento memorable sucedido sobre la hierba. Y resuena Valdano: “Nadie va a ir a celebrar a la Cibeles una cuenta de resultados”.<br />
<center>·</center><br />
Villa y Reyes arreglan sus partidos en dos instantes en los que los partidos habían desaparecido, detenidos alrededor del balón quieto. El Valencia y el Madrid se mantienen entre esos cinco equipos al frente con una sola patada, en dos arrebatos minúsculos para los que no habría hecho falta que se cambiara de ropa ninguno de sus compañeros.<br />
<center>·</center><br />
A pesar de todo, las semanas se atraviesan con cierta ligereza. Ayuda la fascinación de contemplar un naufragio en el que nadie parece encontrar más bote salvavidas que un puñado de números. El presidente Calderón dispara contra su público, contra sus jugadores, contra su antecesor, mientras intenta soltar lastre. Hasta que se llega a la pieza de mas peso, célebre por sus batallas contra la báscula. Entonces al Madrid le entra el síndrome del maltratador: si no es para mí, para nadie. Y se podría hundir tranquilamente amarrado a Ronaldo. Y resuena Lorenzo Sanz: “El jugador que no quiere estar en el Real Madrid no es jugador para el Real Madrid”.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-01-16T06:33:07Z</published>
		<updated>2007-01-16T02:33:48Z</updated>
		<title type="html">El Tamudo volador</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>El fútbol sobrevive a los cálculos. Aunque cuando el fútbol se ahoga, lo primero de lo que se echa mano es de un cuaderno rayado. Pero el fútbol aguanta. Respira con golpes como el derechazo de Saviola, un desahuciado que, durante unos minutos, sostuvo en el campo al Barça. El gol del empate fue un suceso tan absurdo como que él siga jugando en el equipo de Rijkaard, que lo ha despreciado desde el comienzo, como una anomalía en la estructura perfecta. Pero es en esas imperfecciones donde muy a menudo se agarran los partidos: sobre los requiebros de lo inesperado se construyen algunas leyendas.<br />
<center>·</center><br />
Saviola tumbó al imposible Kameni y a su imposible temporada con un único disparo. Durante los cinco minutos siguientes debió de pensar algo parecido a eso. Hasta que Tamudo planeó en plancha entre el punto de penalti y el área pequeña, medio metro sobre el suelo, y colocó el balón con la cabeza en una esquina que Víctor Valdés no tuvo tiempo de imaginar. Flotaba Tamudo hacia el pase de Sergio Sánchez del mismo modo que el Espanyol flotaba sobre el Barça, un gigante pesado atascado en el fango. Flotaba Tamudo como un trazo perfecto. Como si no fuera a caer. Y en ese preciso instante del vuelo, incluso antes del gol, Saviola regresó al olvido de su lucha inútil.<br />
<center>·</center><br />
Después del vuelo, destrozadas sus cuentas de nuevo, Rijkaard reventó un cristal del banquillo, como si así pudiera conseguir que todo terminara. Del otro lado, el Espanyol se movía en una de esas tardes perfectas en las que el deseo casi se corresponde con lo que hacen los pies, una de esas tardes en las que se aprietan los dientes cada vez que el balón sale fuera, para contener el miedo de que suene el silbato y el encantamiento se acabe. Aguantaron todavía otra jugada de precisión, un pase con la delicadeza de la cámara lenta que Rufete terminó empujando a gol.<br />
<center>·</center><br />
En el Bernabéu, Capello se reservó el brazo hasta que le confirmaron que había ganado 1-0 al Zaragoza. Entonces, después de meses persiguiendo fantasmas por todas partes, creyó identificarlos en dos señores que desde el principio de la temporada se sientan detrás de su banquillo, y les disparó un dedo en dos peinetas rabiosas.<br />
<center>·</center><br />
Antes de lo del dedo, Capello había buscado en otros lugares. Había encontrado a Ronaldo desnudo en la ducha, y allí mismo le había soltado un broncazo. Había amenazado con colocar sobre la báscula a todo el mundo después de las navidades. Había prohibido a Cassano jugar un partidillo de entrenamiento. Había mandado a Helguera con los juveniles. Había prohibido la entrada del público a los entrenamientos. Había vigilado los bares madrileños. Pero el fútbol no estaba allí, y los dos tipos sentados detrás de su banquillo debían de estar carcajeándose mientras Capello lo buscaba. Hasta que sucedió. Contra todos sus planes, pero sucedió.<br />
<center>·</center><br />
A cualquiera en el Bernabéu debe de haberle dejado entre el pasmo y la indignación ver a Baptista enchufarle cuatro golazos al Liverpool en una sola tarde. En Anfield. Y eso que falló un penalti.<br />
<center>·</center><br />
La llegada de Beckham a Los Ángeles se anuncia en páginas completas de The New York Times: “Verano de 2007, Beckham viene a América”, como si se fuera a estrenar su película. Aunque quizá…<br />
<center>·</center><br />
Mira uno a Beckham en ese palco, junto a su madre, fascinado por esa especie de resurrección que todos vieron en el gol de Van Nistelrooy, y no será capaz de encontrar a un futbolista. ¿Dónde esconde el deseo de permanecer, de un gol como el de Zidane en la final de Glasgow? Hay lugares en los que no se pueden escribir historias como aquélla, y Los Ángeles es uno de ellos.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-01-09T06:07:48Z</published>
		<updated>2007-01-09T01:13:05Z</updated>
		<title type="html">Náufragos en Riazor</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>En el instante exacto en el que el Madrid se colocara a un milímetro de desaparecer, quienes le odian acudirían enseguida a lanzarle una soga. Vendrían de toda Europa. Mucho más que su presidente, serán siempre sus rivales los que aseguren que el Madrid no está tan mal. Lo hizo el entrenador del Deportivo: “Son un Mercedes que van a jugar contra un cochecito”, dijo horas antes de aplastar el Mercedes como si se tratara de una miniatura de papel. El Madrid es un analgésico perfecto, pero absolutamente ineficiente si se le anula la leyenda. Los tres puntos del Dépor no sólo les sacan de la zona de los que bajan: la emoción de la hazaña casi los dispara hacia arriba, como si en lugar del analgésico se hubieran tomado un whisky.<br />
<center>·</center><br />
Para Raúl, ir a jugar a Riazor debe de ser como pasar los domingos en un parque al que también va un niño enorme que siempre le roba la merienda, las canicas y los tebeos, y que además le patea el culo y le rompe los pantalones. Una maldición inabordable. Todavía no ha conseguido ganar allí un partido de Liga, y circula entre el barro como buscando un padre que frene al niño enorme. “No podemos volver a dar esta imagen”, dijo al final. Pero en sus ojos de náufrago no se encuentra una sola pista de que puedan conseguirlo.<br />
<center>·</center><br />
Algo oscuro merodea el Bernabéu. Gago no tenía miedo el día que, con Di Stéfano al lado, le entregaron la camiseta; pero poco antes de volar hacia Riazor para estrenarla de verdad, ya le había alcanzado cierto tembleque: “No vengo a salvar a nadie”. Fue poco después de ver a Cassano intentando colarse en un partidillo de entrenamiento, y a Capello echándole del campo. Poco después de ver a Cassano mirar un entrenamiento sentado sobre una nevera portátil.<br />
<center>·</center><br />
Antes, por las noches, los jugadores se contaban historias de gloria. Como aquella de Redondo a Raúl, en la habitación, la noche antes de la final que le ganaron a la Juve: “Raúlo, ¿te imaginás que mañana sos campeón de Europa”. Ahora parece que sueñen todas las noches que juegan en Riazor y no pueden escapar.<br />
<center>·</center><br />
Mijatovic decía ayer: “Se han detectado todos los problemas y somos capaces de resolverlos”. Una vez, al día siguiente de las historias que se contaban Redondo y Raúl, Mijatovic marcó después de un recorte y 32 años. Pero ahora habla desde lo alto de una corbata.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2007-01-02T07:05:46Z</published>
		<updated>2007-01-02T07:35:12Z</updated>
		<title type="html">Noches sin fútbol</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Nada les duele más que ver los partidos desde el banquillo, o correr en los entrenamientos, lejos del balón. Un futbolista que no juega deja de ser un futbolista. Sin embargo, un aficionado puede que lo sea un poco más en épocas sin competición. Se para la Liga, y viendo lo que viene enseguida, se pone uno a soñar con un par de noches perfectas del Madrid contra el Bayern de Múnich, y serán esas noches mucho más perfectas que cualquiera de las pifias de los desamparados de Capello en los últimos meses. Serán, quizá, como aquella vez que Hugo Sánchez, en un campo alemán helado, marcó un gol de falta desde un lateral, a pocos segundos del silbatazo del árbitro, cuando el Madrid perdía 4-1. Era sólo la mitad de una remontada que terminaron dos semanas después en el Bernabéu, en una noche perfecta.<br />
<center>·</center><br />
También hay tiempo para imaginar los respingos que puede provocar aquel Liverpool que le remontó un 3-0 al Milan mirando a los ojos a Ronaldinho y a Eto’o, que ya debería estar de vuelta, y que tiene mucho menos miedo que ellos. Y la electricidad de Villa marcando un gol por la escuadra en San Siro, después de colarse entre las franjas azules y negras de las camisetas. Y después los cuartos de final, y las semifinales… ay. El fútbol sucede en muchos instantes, y en infinidad de mentes.<br />
<center>·</center><br />
En Inglaterra se divierten viendo cómo pierde puestos el cascarrabias arrogante de Mourinho, con esa pinta (corbata deshecha, barba olvidada) de bebedor de whisky en un bar de carretera. El portugués se cabrea porque no pueden jugar Terry ni Cech. Así no puede defender bien, los rivales le huelen el miedo, e insisten en buscar su golpe de suerte contra el Chelsea. Dice que necesita que vuelvan porque son los mejores del mundo, y uno piensa que, en el bar de carretera y en el campo, le vendría bien un amigo como Mourinho. O incluso un enemigo así.<br />
<center>·</center><br />
Algunas noches no hace falta que juegue nadie. Se recuerdan instantes más recientes en los ratos sin fútbol. Otra vez Mourinho. Sus chicos, como si pelearan por la mesa de billar, agarrándole el cuello a los del Barça en el Camp Nou, manteniendo las narices separadas menos de un centímetro. Gigante escupiendo aliento a gigante, con 100.000 tipos asombrados en los asientos.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2006-12-26T06:55:16Z</published>
		<updated>2006-12-26T01:43:39Z</updated>
		<title type="html">Rostros desajustados</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>La cara de Thuram. Se le escapa el Kun, con ese nombre de machetazo, y el Barça termina empatando un partido que jugó contra la nada, contra una especie de muro blando con el que no supo qué hacer, y que aguantaba las embestidas como si no estuviera allí, en el Camp Nou. La cara de Thuram no era sólo la metáfora de que algo se les había roto después de pasar por Japón. También se le habían destrozado unas cuantas fibras de músculo persiguiendo lo único que hizo el Atlético en toda la noche. Un golpe derribó al gigante.<br />
<center>·</center><br />
Ronaldinho atraviesa semanas en las que parece haber olvidado el cuerpo a cuerpo y reconcentra su talento en lances de francotirador. Deambula desajustado, como si escuchara la música equivocada. Para brillar, necesita detener el partido completo alrededor del lanzamiento de una falta. Entonces puede apuntar, respirar, disparar, y burlar a Leo Franco, que también necesita un tipo de pausa límite para atajar el balón: a él parece que le resulta imprescindible que la pelota repose antes de nada sobre la cal del penalti; ahí sí que no falla.<br />
<center>·</center><br />
En los últimos movimientos del brasileño pierden luz los pies y las manos surferas. Los ojos alucinados después de caer en el área sin oír el silbato encierran, más que molestia por no disponer de un penalti, el fastidio de no reconocerse en los propios gestos, infinitamente alejados de los sueños de antes.<br />
<center>·</center><br />
En el Madrid, después de la noche del Recreativo, a Di Stéfano ni siquiera hace falta verle los ojos: aparece en la presentación de Higuaín encogido, como si prefiriera desaparecer antes que verse obligado a fotografiarse junto a otro golpe de magia. Ante la tristeza de la leyenda en retirada, no sabe uno si alarmarse o admirar al niño argentino, que a pocos centímetros de tamaño derrumbe se largó un: “No me da miedo”.<br />
<center>·</center><br />
Mientras ver al Barça y al Madrid ha pasado a ser un refinado ejercicio para escrutadores de rostros, el Sevilla juega. Juega al fútbol. Como si todavía les gustara.</p>]]></content>
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	<entry>
		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2006-12-19T06:33:39Z</published>
		<updated>2006-12-19T01:33:58Z</updated>
		<title type="html">La velocidad del sueño</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Volví a encontrarme el otro con un patio de colegio en el que jugaban 20 contra 20, un guirigay imposible de rebotes, empujones, gritos y apelotonamientos. Los 40 niños se movían de un lado a otro del campo como una bandada de golondrinas que no saben dónde ir. Hasta que de repente se despejó una esquina a la derecha y por allí apareció un niño después de un recorte, veloz hacia la portería, flotando en ese vacío recién inventado. Se movió la bandada hacia él, que la burló con un pase hacia la portería, a otro niño que atravesó el barullo y marcó con un solo toque. La magia: un equipo que abraza al chico que burló los embotellamientos, y que se olvida que patea el balón a un par de centenares de metros de un lugar desde el que le llovían misiles el mes pasado.<br />
<center>·</center><br />
En la final que perdió el Barça, había un brasileño que deseaba ganar con más intensidad que Ronaldinho. Iarley había ensayado estrategias diversas para burlar multitudes en unos cuantos campos de tierra en España. Para flotar y desaparecer después de un buen truco. Su último equipo fue el Ceuta, del que salió con el disimulo de un delincuente cojo. Pero una tarde en la Bombonera inventó uno de aquellos vacíos y se montó encima de su propio sueño. Y allí seguía en el instante en que aguantó la tarascada de Puyol en el centro del campo, y cuando siguió adelante hasta pasarle a Adriano para reventarle entre ambos el momento a Ronaldinho, que había dicho que aquella tarde era “la ocasión perfecta para entrar en la historia”. Pero allí no caben todos los que se apretujan a la puerta.<br />
<center>·</center><br />
La perspicacia de Ronaldo al encontrar la escala con la que funcionan las balanzas: “Cuando marco, soy grande; si no, estoy gordo”. Aparecen ya algunos escrutándole la panza a Ronaldinho, agarrando los prismáticos cuando se saca la camiseta para cambiarla con los del Internacional de Porto Alegre.<br />
<center>·</center><br />
Cruyff, que entrenaba al Barça en 1992, cuando el equipo perdió la otra final como ésta que ha jugado, dice en un periódico que lo raro habría sido que hubieran ganado los suyos. El mismo periódico lleva en la portada un título enorme: “Maldita final”. Entre esas letras queda diluida la fuerza de Cruyff que intenta esconder el deseo para endulzar el dolor. Pero sin un deseo límite resulta imposible dar con la escapatoria entre las decenas de piernas de un patio de escuela, que al final es lo que se interpone siempre entre cualquiera y la gloria, ese instante en el que flota y olvida, convencido de recordar siempre.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2006-12-12T06:32:31Z</published>
		<updated>2006-12-12T09:57:20Z</updated>
		<title type="html">Cruce de túneles</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>El domingo por la noche busco un canal con los resúmenes de los partidos, pero en este lugar de Israel en el que he ido a caer sólo se ve un canal francés, escondido entre copos de nieve. Miro los goles un rato, pero me canso enseguida: no sé quién juega, no entiendo el idioma. Parece que jugaran a otro deporte. Desaparecido el relato, pierde aire el globo. El fútbol sucede a medias en el campo y a medias en la narración. Por eso resultan tan admirables las palabras de quienes crearon leyendas durante las décadas sin televisores.<br />
<center>·</center><br />
En aquel gol de los diez toques de Maradona, el que le marcaron a medias a los ingleses Víctor Hugo Morales y él, se cruzaron dos momentos del pibe separados seis años y muchos miles de kilómetros. En el momento de encarar a Shilton, Maradona se acordó de Maradona: fueron él y su memoria los que acordaron juntos hacer el último recorte. Después del partido, contó que cuando se vio delante del portero se acordó de un instante idéntico que le había sucedido en Wembley en 1980. Aquella tarde, desde el mismo punto, decidió tirar hacia el rincón izquierdo, y le pegó al palo. Argentina perdió 3-1. Aquel poste le volvió a la cabeza en 1986 mientras corría perseguido y se topaba otra vez con el portero inglés.<br />
<center>·</center><br />
Ronaldinho sabía de la existencia del túnel bajo la barrera alemana porque había visto a Rivaldo una noche con una pala, agujereando reputaciones en San Siro. Como quien finge lanzar una rama para ver saltar al perro, Rivaldo empató a tres gesticulando que buscaba la escuadra. Saltó la barrera abriéndole la compuerta al balón, como saltaron también el otro día cuatro alemanes del Werder Bremen a los que les habría bastado con ponerse de puntillas. Ronaldinho, único conocedor del mapa de la fuga, tiró a ciegas, guiado por los trazos del recuerdo de otro.<br />
<center>·</center><br />
Sin memoria alguna a la que agarrarse, flotaban cuatro alemanes en ese instante en que se cruzaban dos túneles. Otro, con medio kilo de gomina sujetándole el pelo, se deslizaba demasiado tarde hacia su palo izquierdo. Allí tirado se le fijaba a Wiese el gol con seis años de retraso: “Me acordaré de esta jugada toda mi vida. Incluso cuando deje el fútbol profesional y vuelva al pueblo a jugar de delantero, seguiré pensando en esa jugada”.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2006-12-05T06:32:43Z</published>
		<updated>2006-12-05T01:33:43Z</updated>
		<title type="html">El penalti y el western</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Se pensó en Sevilla el sábado. Al menos la primera vez. Pocos momentos más insulsos sobre un trozo de hierba que un penalti. Las caídas en el área se celebran con más intensidad que los goles, sobre todo si se producen cerca del final, con el marcador empatado, como le sucedió al Madrid contra el Lyón. Cuando no se ha podido marcar, ahí está el penalti, un gol sin necesidad de disparo, conseguido con instrumento de viento como sustituto de la percusión de la bota. Así de ligero. Un alivio.<br />
<center>·</center><br />
Para la grada del Ruiz de Lopera, el primer penalti del sábado ya había pasado incluso antes de suceder. Oído el silbatazo, el Betis ya tenía el empate. Pero Leo Franco detuvo el tiro de Edu, y se recompuso luego a tiempo de despejar el remate de Juanito. Cuando llegó el segundo, con el Atlético de Madrid aún por delante, el aire que corría era más de estepa texana que de césped del Guadalquivir. Fallado el primero, el penalti se parece ya más a un duelo a revólver que a un gol sin esfuerzo. Leo Franco era un gigante delante de Fernando. No repitió Edu, quizá acosado por la leyenda de los tres que falló Martín Palermo contra Colombia en la Copa América del 99. Fernando, con el peso del primer error, lanzó todavía más cerca del centro de la portería. Paró Leo Franco, pero a Fernando le volvió el rebote. Sin embargo, en aquel momento, bajo los palos, al lado del portero argentino parecía levantarse también el fantasma del Loco Palermo, y Fernando cabeceó fuera. Llega un momento en que los 11 metros miden lo que deciden los fantasmas.<br />
<center>·</center><br />
En el Bernabéu, resucitó Ronaldo eligiendo un instante que le permitiera disimular que aquél era su primer gol de esta liga, de la que ya se han jugado un tercio de los partidos. Pero la puntera amarilla de su bota derecha domesticó un balón que caía desde una diagonal de Sergio Ramos, y el gol se impuso con la contundencia de un uppercut a los pases de baile de Robinho, que hasta entonces habían entretenido el enfado del público. Con un tanto logró noquear una obsesión colectiva por la báscula de casi medio año. Dicen que se oyeron olés en el Bernabéu. Pero el aturdimiento de un golpe no alarga el olvido más de una tarde.<br />
<center>·</center><br />
El malabarismo que mantiene esta semana líder al Barça lo inventó otro equipo. Tamudo, perdido, solo al borde del área, de espaldas al gol, encontró un atajo con el tacón, hacia el centro del área: después, un giro para rodear al defensa y un último toque sobre Palop que destrozaba la ilusión del Sevilla, que se veía primero.<br />
<center>·</center><br />
El Barça sale airoso de raras dislocaciones: su mejor gol lo marca un jugador con otra camiseta, y se pone a jugar contra el Levante como si el Levante no estuviera allí y a través de esos jugadores consiguiera ver a los del Werder Bremen que le esperan esta noche.</p>]]></content>
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		<author>
			<name>David Álvarez</name>
		</author>
		<published>2006-11-28T06:19:32Z</published>
		<updated>2006-11-28T11:44:04Z</updated>
		<title type="html">El olvido de Puskas</title>
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		<category term="Deportes" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>Agotado el espacio para la épica, sólo queda la opción de la fantasía. Un 3-0 a favor no deja terreno para los héroes. Casi imposible resultar memorable. Sólo un sueño destruye la apatía. Ronaldinho no había olvidado el suyo, repetido muchas veces en su habitación, contra la pared. Y lo recuperó en el momento preciso, cuando le caía el balón al pecho y corría a su espalda el defensa Cygan, un inmenso calvo francés que se convirtió en su pareja involuntaria para las portadas del día siguiente. Lo recuperó mientras se giraba hacia la derecha, después de tocar con el pecho, cuando quedó la pelota a la altura perfecta para trazar la chilena. El público del Camp Nou no cantó el gol: se le caían las mandíbulas en un ¡oooh! que también debió de acompañar el portero del Villareal, Barbosa. Reconoce que no se enteró de nada mientras Ronaldinho recuperaba un sueño en su área. Pero le queda un consuelo: “Por lo menos salgo en la foto”, algo que también tiene su valor después de aquel salto insuficiente de Peter Shilton contra la mano de Maradona.<br />
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Puskas murió sin saber que era Puskas, y ésa fue, quizá, la peor parte de la tristeza de esos días. El gigantesco olvido contagió incluso al Madrid &mdash;tan necesitado de memoria&mdash;, que jugando contra el Lyón olvidó que era el Madrid. Corría Robinho como quien planea cargar en solitario contra un ejército infinito. Corría como si no pudiera hacer otra cosa, empujado simplemente por el terror de quedarse quieto. Los demás tipos vestidos de blanco quedaban detrás, como si hubieran desaparecido, fantasmas de la memoria borrada de Puskas.<br />
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En el Bernabéu, las últimas celebraciones nacen fuera del césped. Un mediodía, Ronaldo renuncia a un festín, agarra una manzana y corre un kilómetro más. Y parece que esa manzana escondiera toda la gloria perdida. Otra noche, Cannavaro, un defensa, besaba el balón de oro en París por sus logros con otra camiseta. Calderón lo celebra con la propiedad de quien también ha pagado por los adornos. Desmemoriado ya de los goles del Lyón.<br />
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A Ronaldinho todavía le queda al menos uno de aquellos sueños de niño que es capaz de cumplir. Aún planea el modo de marcar desde el centro del campo. Además de por el siguiente ¡oooh! escupido por 70.000 gargantas, merece la pena que lo consiga por averiguar qué desea después, o si sólo girará ya el cuello para vigilar la báscula.<br />
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