Libro de notas

Edición LdN
El detective del País Borroso por Francisco Serrano

En el último estante de una librería de viejo se encontraron siete cuadernos de tapas rojas escritos a mano, acompañados de notas, extrañas láminas, recortes de periódicos desconocidos y esbozos de artefactos imposibles. El manuscrito narra las peripecias de un detective privado en un mundo sin duda diferente al nuestro, poblado de monstruos y eventos fantásticos. Francisco Serrano se ha arrogado la tarea de dar forma y sentido a estas memorias en “El detective del País Borroso” y Mireia Pérez a ilustrarlas ocasionalmente.

Hongo: Parte Sexta

Devries cogió otro cigarro de la caja con el niño faraón grabado y pareció dudar durante un instante, no sé si sobre encenderlo o quizá sobre si continuar su historia. Finalmente hizo ambas cosas, aderezando la narración con aros de humo y aquel aroma apestoso, picante, como de madera vieja quemada e incendio en una tienda de especias.

Debí haber hecho caso a los recolectores de hongos, dijo. Haber montado en mi mula y seguir mi camino, sin prestar más atención al misterio de los hongos lunares. Bastantes misterios y horrores me esperaban más adelante, en la meseta de Leng, infinitamente más interesantes para mis estudios. Sin embargo me demoré. Encontré excusas para retrasar a mi montura en caminos no tan escarpados, examiné con ojo crítico y demasiada atención las aguas de un arroyo claramente potables, tomé dibujos en exceso detallados de rocas sin importancia y arbustos y bayas sin ningún interés botánico, hasta que por fin me pareció que había motivos para montar el campamento, todavía en las colinas y los valles negros de los hongos lunares. La noche llegó despacio y la esperé sentado a la hoguera, contemplando las llamas amarillas, grasientas, que producía la leña de aquellos parajes. No sé qué esperaba pero esperaba algo. Supe que había llegado al percibir el zumbido misterioso que nos había acompañado la noche anterior, sutil, casi inaudible. La vibración casi mística que acariciaba mi oído interno. Por supuesto me puse en pie y tomé las riendas de la acémila para conducirme hacia el sonido pero el animal repropió y piafó. Monté con dificultad y conseguí que me obedeciese pero cuanto más me acercaba a la fuente del sonido, más se resistía, más tenía que espolearla, hasta que temí herirla sin remedio. La dejé atada a una mata de arbustos que parecía los brazos agónicos de varios hombres quemados. Confié en volver a encontrarla y no extraviarme. Mientras subía y bajaba lomas alcanzaba a ver el resplandor de mi hoguera, una lucecita titilante, cada vez más lejos. Pero el zumbido cada vez era más fuerte, también, sin dejar de ser sutil se escuchaba con mayor claridad, y era todo lo que me importaba. De repente el zumbido era lo más importante. Mi percepción se escindió, llegados a este punto. No sé explicarlo de mejor manera. Era consciente de lo que estaba haciendo, de cómo tropezaba y me hería con las rocas, de cómo caminaba a ciegas ya, de mi mandíbula laxa y del hilo de saliva que comenzó a desprenderse de ella, pero no podía hacer nada al respecto. Caminaba y caminaba hacia el zumbido, sin una voluntad auténtica que guiase mis pasos… Mejor dicho, sin una voluntad propia. Había una voluntad ajena en mí. Una voluntad espantosa, lejana, fría… Traspuse la última loma y vislumbré un valle diferente al que había visitado con los recolectores pero igualmente poblado por los altos hongos lunares. El zumbido borraba todo lo demás. Bajé casi corriendo, sin dejar de babear aunque notaba la boca polvorienta y seca. Me sangraban las manos por mis tropiezos, también los tobillos y donde las zarzas habían desgarrado mis pantalones y mi rostro. Cuando alcancé el valle no pude menos que maravillarme de nuevo, por los hongos brillantes como esquirlas de luna o hielo, por las complejidades que comencé a apreciar en el zumbido, complejidades geométricas, superficies sonoras superpuestas, cada una con su canción propia y distinguible que se entramaba en el conjunto sin una disonancia. Cada círculo de hongos tenía su propia canción, aunque en algunos casos, en los que los hongos habían formado varios círculos que se intersectaban, las canciones parecían ser la misma, una fusión. Una de estas canciones en particular sonaba con especial intensidad en mi cabeza, haciéndome desoír las demás. Crucé entre los hongos, fascinado por su luminosidad, obnubilado como una criatura cualquiera ante los faros de un coche, hasta encontrar la formación de hongos que emitía mi canción. Era la más compleja y prodigiosa. Al igual que el zumbido, su disposición era al mismo tiempo evidente e inescrutable, un diseño que se modificaba según el ángulo desde el que se observase. Los hongos eran los más altos y robustos, obeliscos de materia viva, palpitante. Otros animales habían quedado prendados como yo, una víbora bailaba enhiesta, balanceándose precisa como un metrónomo. Un lagarto se enroscaba sobre sí mismo como si intentara morderse la cola. Una lechuza ahuecaba su plumaje y lo examinaba con su pico subida a una piedra. Nada se posaba o tocaba los hongos. El zumbido creció y creció, aumentó en complejidad hasta alcanzar un paroxismo y entonces los hongos se abrieron, se rajaron de arriba a abajo con una explosión de polvo plateado, luminiscente, que oscureció el cielo nocturno. El polvo se me metió en los ojos y en la boca, saturó mis rasguños y heridas hasta el punto de restañarlos, tosí, escupí, caí de rodillas y seguí tosiendo y escupiendo. El zumbido había cesado y su hechizo se había roto. Los animales huían despavoridos, la víbora dejando su huella sibilina, la lechuza en polvorientos alazos. El polvo se iba posando y la luz de la luna incidía sobre él con increíble belleza, como plata incandescente. El polvo tenía el tacto de la harina muy tamizada. Pero al instante el efecto acabó, el polvo pasó de lo argento a lo ceniciento. Se oxidó, imagino. Los hongos también, habían tomado un feo color marrón y se hundían como carcasas resecas sobre sí mismos….

¿Qué crees que eran esos hongos?, dije.

No lo sé. Algo muy extraño, algo alienígena incluso en ese otro mundo que es tan diferente. Antes dije que había en ellos una voluntad… Es así como yo lo interpreté pero lo más probable es que no hubiera en ellos más voluntad de la que hay en una trampa para mosquitos.

¿Qué sucedió entonces?

Enfermé. Fiebres, mareos, diarreas, todos los síntomas de una intoxicación alimentaria. A duras penas logré recuperar mi acémila y el equipaje que había dejado en el campamento. Olvidé mis proyectos de visitar Leng, por el momento. No relacioné mi enfermedad con lo sucedido con los hongos… No quise hacerlo, mejor dicho. Creo que algo de esa voluntad o ese control ciego de la canción de los hongos seguía en mí… Diciéndome que me marchase, que no pasaba nada, que me marchase lo más lejos posible… Creo que lo que intentaban es que fuera portador de las esporas con las que se reproducen, ese polvo plateado. De ahí el zumbido hipnótico, la explosión… Pero no están diseñados para humanos… Quizá sea eso. Las esporas no entraron en mi organismo y se quedaron dormidas, esperando. Han medrado y me han convertido en lo que contemplas.

Francisco Serrano | 07 de junio de 2012

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Gul: Parte Tercera [08/03/13]
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