Libro de notas

Edición LdN
El detective del País Borroso por Francisco Serrano

En el último estante de una librería de viejo se encontraron siete cuadernos de tapas rojas escritos a mano, acompañados de notas, extrañas láminas, recortes de periódicos desconocidos y esbozos de artefactos imposibles. El manuscrito narra las peripecias de un detective privado en un mundo sin duda diferente al nuestro, poblado de monstruos y eventos fantásticos. Francisco Serrano se ha arrogado la tarea de dar forma y sentido a estas memorias en “El detective del País Borroso” y Mireia Pérez a ilustrarlas ocasionalmente.

Gul: Parte Segunda

Mi abuelo trajo a Giovanna a la casa de los Pirineos a finales de primavera, unos meses antes del viaje a Nueva Inglaterra. Ahora se me ocurre que ambas casas, la mansión colonial y la masía pirenaica eran simétricas a su manera, en un sentido que nada tenía que ver con la simetría auténtica. La mansión era más grande, era ordenada, un archivador de estancias mientras, que la casa de mi abuelo era un lugar enrevesado, lleno de habitaciones abigarradas, empotradas unas en otras, de tablones sueltos bajo los que se encontraban hatillos de hierbas y huesos de pájaro y cajas de acero son símbolos arcanos pintados; la mansión rodeada de jardines, por muy abandonados que estuvieran, y la casa por una naturaleza apenas domeñada y cuyas tumbas no tenían lápida o señal que las marcase. Su simetría residía en algo diferente, oculto, una manera de disponerse en los acontecimientos, de reflejarse, de erigirse como hitos sólidos en un paisaje que se desvanece.

Por aquel entonces yo todavía vivía con Pedro Devries y su familia, pero me encontraba en una de mis periódicas visitas a mi abuelo. Había pasado con él un par de días hasta que, como solía ser habitual, tuvo que viajar de urgencia al extranjero a solucionar algún asunto. Aquello no me molestó. Pasé el tiempo en soledad, que solo perturbaban las mujeres que venían a limpiar un par de veces a la semana, leyendo libros y viendo películas en un proyector, comiendo lo que las empleadas dejaban preparado y saliendo a dar paseos muy breves en los que el aire tan limpio me dejaba mareado y casi al borde la alucinación. Cuando el coche aparcó frente a la casa yo estaba en el despacho y me asomé a mirar por la ventana. Bajó él, mordiendo un cigarro, con la chaqueta de cuero color café abierta. Después bajó ella. Llevaba una gabardina clara y el pelo suelto, muy negro, brillante al sol de aquel día poco propicio para gabardinas. Me retiré de la ventana como si me hubiera dado calambre. Los escuché abrir la puerta, hacer crujir las tablas del recibidor. Intuí sus voces subiendo por el hueco de la enrevesada escalera. Me senté de nuevo a la mesa en la que había estado leyendo y mirando las ilustraciones de un volumen de la Enciclopedia Imperial. Al cabo de unos minutos la puerta se abrió y mi abuelo dijo: Tenemos una invitada. Ha estado metida en un asunto muy serio y complicado así que haz el favor de comportarte.

Había tirado el cigarro pero todavía olía a tabaco, a tabaco y cuero de caballo, sus olores indelebles. Claro, dije, aunque no lograba recordar una sola ocasión en que no me hubiera comportado en su presencia.

Mi abuelo carraspeó, palpó su chaqueta y sacó otro Faraón. Lo encendió paseando la mirada por su despacho como si esperase encontrar algo de interés. Se quedó mirando la ventana. Ha sufrido mucho, dijo.

¿Qué le ha pasado?

Vampiros napolitanos, dijo.

No pregunté más. Permanecí quieto. Si no se iba es que tenía que decir algo más. Siguió fumando y tirando la ceniza al suelo, el hombro apoyado en el marco de la puerta. ¿Ha hecho buen tiempo?, dijo.

Sí.

Bien.

Yo alternaba entre mirarlo a él y a la ilustración que tenía delante, una representación muy detallada del sitio de Troya, en la que era posible reconocer a Aquiles arrastrando el cuerpo de Héctor con su carro y a otros personajes, definidos por detalles minúsculos de su pose o de su físico, Odiseo contemplando las murallas, el rostro compungido de Helena enmarcado por una tronera.

En fin, dijo. Se llama Giovanna y se quedará con nosotros bastante tiempo. Es mi mujer.

¿Cómo?

Mi mujer, he dicho.

¿Te has casado con ella?

Se concedió una larga calada antes de responder: De alguna manera, sí.

De alguna manera, dije.

De la que importa, muchacho.

Entiendo.

Era la primera vez que lo veía remotamente cerca de estar azorado o incómodo con una situación. Se retiró sin añadir nada más. Por lo general, cuando él volvía de uno de sus viajes, yo abandonaba el despacho, pero aquel día lo tuve para mí todo lo que quise. Preferí no salir a conocer a la mujer todavía.

La conocí al día siguiente, en la terraza trasera de la casa. Al salir de mi habitación, todavía dormido y en pijama, envuelto en una rebeca de lana que me quedaba muy grande. Las noches eran frescas allí y la casa guardaba el frío como un sótano. Me acerqué por el pasillo hasta la puerta corredera de la terraza. Una de las habitaciones de invitados estaba abierta y sobre su cama deshecha había ropa de mujer. Eso significaba que, esposa o no, no había dormido con mi abuelo. O por lo menos no se había instalado en la habitación principal. Era el primer signo relacionado con la mujer que parecía coherente con mi abuelo, esa clase de límite, de distancia. La mujer estaba sentada en una de las sillas de mimbre, con la pequeña mesa de hierro a sus pies. Una taza de café solo. La saludé y la mujer me miró. Llevaba gafas de sol y sonrió. Dijo mi nombre. Sí, soy yo, dije en italiano.

Oh, ¿tú también hablas italiano?, dijo. Tenía un acento napolitano muy fuerte.

Sí.

Yo me llamo Giovanna.

Ya me lo ha dicho mi abuelo.

¿Quieres sentarte?, dijo. Puedes hacerme compañía, si no te importa. Tu abuelo ha salido muy temprano.

Bueno, dije y ocupé la silla de mimbre libre.

Habría hecho más café pero no sé si bebes.

Prefiero té.

Puede hacer un poco, si quieres.

Ya lo haré yo.

Claro, dijo ella. Al fin y al cabo tú eres el anfitrión, ¿no? Yo soy una intrusa.

Sonreí a mi pesar. No, no eres una intrusa, dije. Intenté volver a componer mi expresión de adolescente desdeñoso. Debía de andar cerca de los cuarenta años, mucho más joven que mi abuelo. Era muy guapa y tenía un pelo leonino, brillante. Le observé el cuello, descubierto por su vestido de tirantes verde, como si esperase encontrar las marcas de los vampiros, las heridas gemelas como de punzón.

Te pareces mucho a tu abuelo, dijo.

No, no es verdad.

Ella asintió y siguió mirando el paisaje, los huertos de las masías lejanas, los bosques, las montañas en el horizonte. Se quitó las gafas de sol. Tenía los ojos oscurísimos, cercados por ojeras casi violetas, y los entornó a la luz matutina. Las oquedades bajo los pómulos no parecían naturales para aquel rostro, más bien fruto de un estrés profundo o un dolor constante. Quizá era más joven de lo que había pensado, una mujer que había sido al mismo tiempo avejentada y embellecida por la tragedia. Tu abuelo no me ha dicho si volverá pronto, dijo. Bueno, en realidad no me ha dicho nada, excepto que se iba.

Volverá, dije.

Oh, claro, claro que volverá, dijo ella. Pero creo que de momento quedamos tú y yo por nuestra cuenta.

Sí, eso parece.

Si no te importa tendrás que ayudarme un poco a instalarme, a conocer el lugar, dijo. ¿Puedes creer que me he perdido buscando la cocina? La casa no parece tan grande desde fuera.

Lo sé. Es raro pero te acostumbras.

Tu abuelo me ha dicho que es algo frecuente por estos parajes.

No dije nada a eso porque no estaba seguro de a qué se refería.

Dijo mi nombre otra vez y añadió: De verdad, espero no ser inoportuna. Espero no ser ninguna molestia para ti.

Por supuesto que no, dije. Logré sostenerle la mirada casi un segundo completo. Creo que en ese momento ya estaba perdidamente enamorado de ella.

Francisco Serrano | 21 de febrero de 2013

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