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Educación y transhumanización por Manuel Ángel Vázquez Medel

En el siglo XXI, con la “revolución de la mente” (tras la “revolución del músculo” que supuso la revolución industrial), la educación ocupa el lugar central de todos los procesos humanos. Cada 26 del mes en curso, Manuel Ángel Vázquez Medel, Catedrático en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla, ofrecerá nuevas claves educativas para pensar, sentir, comunicarnos y actuar en la nueva sociedad de la comunicación y de los saberes compartidos.

Consiliencia: la unidad del conocimiento en el proceso educativo, desde la comunicación

Soy firme partidario de la superación, en el proceso educativo a todos los niveles, de las estrictas divisiones entre ciencias humanas, naturales y sociales, y de la búsqueda de una confluencia del conocimiento que Edward O. Wilson ha llamando consilience: “La mayor empresa de la mente siempre ha sido y siempre será el intento de conectar las ciencias con las humanidades. La actual fragmentación del conocimiento y el caos resultante en la filosofía no son reflejos del mundo real, sino artefactos del saber (…) La clave de la unificación es la consiliencia (…) William Whewell, en su síntesis Historia de las ciencias inductivas, de 1840, fue el primero en hablar de consiliencia, literalmente un ‘saltar juntos’ del conocimiento mediante la conexión de sucesos y de teorías basadas en hechos de varias disciplinas para crear un terreno común de explicación”. En efecto, si un instrumento necesario para el desarrollo de la ciencia moderna fue la fragmentación del conocimiento, el momento actual debe caracterizarse –sin renunciar a este imperativo de la especialización- por tender puentes y vías de contacto entre las ciencias; por impulsar los nuevos paradigmas de la complejidad y del pensamiento sistémico, que deben gestionarse desde la “Nueva Alianza” transmoderna (Stenger y Prigogine) que no lo es sólo del conocimiento, sino también de una nueva ética de la relatividad científica. Y todo ello debe encontrar el oportuno traslado al sistema educativo, desde sus etapas iniciales, con los correspondientes niveles de simplificación y de motivación.

Las ciencias de la información y de la comunicación, que tanto tienen que ver con los desarrollos de la matemática y de la cibernética, con el nuevo “tercer entorno” tecnológico y maquínico, pero que se proyectan hacia el núcleo mismo de la sociedad y de lo humano, tienen ya un largo recorrido en este proyecto de convergencia y diálogo entre las ciencias, que ha de cuidarse de las imposturas y falsificaciones intelectuales. Y por ello resulta verdaderamente imperativo que se introduzca, de manera práctica, pero también reflexiva, crítica y creativa, la enseñanza de la comunicación en todas las dimensiones de la existencia (interpersonal, grupal, social…).

No es éste el momento de plantear controversias o de abrir debates sobre la naturaleza e implicaciones de la comunicación. Hoy sabemos que todo comunica en el Universo, que la interacción comunicativa es la que explica la realidad complejísima de partículas subatómicas, átomos y moléculas; de las reacciones químicas; de los constituyentes elementales de la biología y de las relaciones de los seres vivos en sus ecosistemas… Sabemos que el ser humano se define, esencialmente, por sus peculiaridades comunicativas y simbólicas (homo symbolicus, homo loquens), y que la sociedad —como muy acertadamente indica Niklas Luhmann— es una red compleja de comunicaciones. Una de las aportaciones mayores del pensamiento de las últimas décadas es la “Teoría de la acción comunicativa” de Jürgen Habermas, y no será fácil explicar los mecanismos de la economía y la política, del derecho o del mundo de la cultura al margen de la categoría central de la comunicación.

Nuestras instituciones educativas —y de manera muy especial la Universidad— deberían estar comprometidas con el desarrollo, en su seno, de una verdadera acción comunicativa, orientada —a través del diálogo y la transdiscursividad— hacia la comprensión y el establecimiento de consensos razonables, un proceso en el que los actores se deben encaminar al entendimiento mutuo sobre normas y valores y no sólo sobre medios y fines, en vez de potenciar acciones estratégicas, teleológicas, instrumentales e impositivas que, siendo acríticas con el sistema, tienden a perpetuar un statu quo casi siempre injusto. Ni el sistema educativo obligatorio, ni el bachillerato ni la Universidad del siglo XXI se pueden construir al margen de esta ética de la acción comunicativa, de esta ética dialógica (K.O. Apel).

A través de la comunicación se construyen imaginarios sociales y se controla la mente de los individuos, y sin la ayuda de complejos procesos e interacciones comunicativas será imposible avanzar hacia la soñada emancipación humana. Otro mundo es posible, necesario, urgentemente inaplazable, desde la triple exigencia de libertad, de igualdad y fraternidad. Nos encontramos en una gran encrucijada de consecuencias desconocidas e imprevisibles, en un proceso no sólo de mundialización, sino de transhumanización, de transformaciones radicales de lo humano. Pues bien: en este proceso, el sistema educativo, desde coordenadas comunicacionales, debe impulsar esos otros modos de pensar, de sentir y de actuar que requiere urgentemente el mundo del presente y del futuro.

Manuel Ángel Vázquez Medel | 26 de septiembre de 2009

Comentarios

  1. Dino
    2009-09-27 03:12

    Interesantísimo. ¿Hay bibliografía sobre el tema?



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