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Los anales perdidos por Jose Antonio del Valle

Jose Antonio del Valle escribe la bitácora Vidas Ajenas y ha colaborado en www.Stardustcf.com y www.Bibliopolis.org. Los anales perdidos se publica el día 22 de cada mes y trata de ser una mirada a personajes e historias medio olvidadas por el tiempo.

Machismo a caballo

Hace poco volví a ver por enésima vez la película Braveheart (1995), de Mel Gibson. La secuencia que más me gusta es la que reproduce presuntamente la batalla de Stirling Bridge (1297) en la que las huestes de William Wallace le dieron para el pelo a los ingleses, aunque no de la manera que muestra la película. En ella vemos a los caballeros del rey inglés lanzarse como una jauría de lobos más bien escasa (se ve que los efectos digitales aún no se habían desarrollado del todo para esas cosas) contra los pobres escoceses que les acaban de enseñar el culo para ponerlos de mala leche. En el último momento el grupo de desarrapados se convierte en una línea de disciplinados piqueros que desbaratan la carga de la flor y nata de la caballería medieval.

Me encanta porque es el triunfo de la inteligencia contra la soberbia y además me trae a la memoria todo un compendio de situaciones similares sucedidas a lo largo de la historia.

La caballería como arma que aterroriza y desbarata al pobrecito infante es casi tan antigua como la civilización. Ya en la batalla de Qadesh (1274 A.C), la primera batalla de la que tenemos un relato pormenorizado, los carros tirados por caballos fueron el arma predominante. En realidad, desde que los pueblos de las estepas aprendieron a montar a caballo, la historia de la guerra se puede resumir en una competición entre jinetes más o menos salvajes y ciudadanos de las diferentes áreas civilizadas tratando de contrarrestar su amenaza.

En la época clásica, las formaciones cerradas de infantería pesada como la falange o la legión hicieron de la caballería un arma secundaria. Por primera vez los jinetes vieron que cargar contra un cuadro de escudos y picas podía no ser la táctica más inteligente teniendo en cuenta sobre todo que aún no se había inventado el estribo y la posición del jinete era bastante precaria encima de su montura. Aún así, los grandes generales clásicos lograron integrar la caballería en sus ejércitos y utilizarla con éxito. Tanto Alejandro como Aníbal usaron la infantería pesada a modo de yunque, para fijar al enemigo mientras la caballería utilizaba su velocidad para envolver y golpear los flancos o los lugares claves del enemigo, haciendo las veces de martillo. De este uso inteligente de la caballería en combinación con la infantería pesada surgieron triunfos como los de Issos (333 A.C.), Gaugamela (331 A.C.) o Cannas (216 A.C.).

Normalmente se considera la batalla de Adrianópolis (378 D.C.) como el punto de inflexión en el que la caballería pesada viene a destronar a la legión clásica, y por tanto a la infantería pesada, y convertirse en la reina de los campos de batalla medievales. La verdad es que los ejércitos que se enfrentaron en Adrianópolis eran muy similares, y el romano, formado en gran parte por contingentes bárbaros, estaba muy lejos de ser lo que había sido en la época clásica. Si durante los años más oscuros de la Edad Media la caballería se convierte en la dominadora indiscutible de la guerra es más por las mismas condiciones de la época, la ruralización y feudalización, que impiden crear una infantería numerosa y disciplinada que por otra cosa.

Va a ser la época de las cargas de caballería pesada y de los soberbios y analfabetos señores feudales planteando batallas a base de testiculina. Las cargas que, usadas contra una tropa feudal de campesinos, darán estupendos resultados, pero que también llevarán tremendos desastres a poco que los que estén en frente sean capaces de maniobrar minimamente como por ejemplo en las afortunadamente escasas batallas en las que los ejércitos europeos se tuvieron que enfrentar a los mongoles (Río Kalka en 1223 y Liegnitz en 1241 entre otras), cuyo resultado fue siempre la más espantosa de las derrotas. En nuestro país tenemos más ejemplos de ello en los ejércitos africanos que destrozaron a los cristianos en las batallas de Sagrajas (1086) y Alarcos (1196). Hay que decir en honor de los caballeros medievales españoles que al final aprendieron de sus errores y, a la tercera, consiguieron una gran victoria en las Navas de Tolosa (1212) evitando plantear la batalla como una gran y única carga de caballería. No se puede decir lo mismo de nuestros vecinos del norte.

La historia de la caballería francesa en la Baja Edad Media es la de un gran animal sin cerebro que se estrella una y otra vez de cabeza contra la misma piedra. Podemos comenzarla en 1302, en la batalla de Courtrai, cuando lo mejor de su nobleza se lanzó a galope contra los rebeldes flamencos, que después de todo no eran más que unos pobres burgueses plebeyos, sin reparar en que estos habían puesto zanjas en su camino y estaban armados con picas como en la película con la que comienza esto. El desastre puso de manifiesto que el nuevo auge de las ciudades volvía a crear tropas lo suficientemente disciplinadas como para vencer a los señores emplumados. Hay que decir que la situación se repitió en 1314 en Bannockburn, donde los piqueros escoceses desbarataron a la caballería inglesa. La escena que vemos en Braveheart pertenece en realidad a Bannockburn y no a Stirling Bridge. William Wallace ya había muerto y fue el rey de los escoceses, Robert Bruce, el encargado de enseñarles a los ingleses una lección que no olvidaron, aunque la cosa se haya tergiversado a mayor gloria de Hollywood.

A diferencia de los ingleses, los franceses no parecían dispuestos a aprender. En 1346 una nueva carga frontal de machotes enlatados fue desbaratada en Crécy, esta vez por los ingleses que habían descubierto que el arco largo podía ser un arma terrible. Durante la guerra de los cien años, lo volvieron repetir en Poitiers) (1356) y Aguincourt (1415), aunque en ambas ocasiones hubo un cambio de táctica por parte de los franceses. Pensando que la derrota en Crécy se había debido a que los cuerpos de los caballos muertos habían entorpecido a las siguientes oleadas de caballeros, los nobles franceses cargaron con sus armaduras a pie contra los arqueros ingleses. No es necesario decir que el resultado no fue precisamente el que esperaban.

A los desastres de la guerra de los cien años hay que unir el de Nicópolis (1396) en el que los caballeros franceses cargaron esta vez contra un ejército otomano que los superaba ampliamente en número y en movilidad. Nueva matanza. Y finalmente el de la batalla de Aljubarrota (1385) en la que se enfrentaron castellanos y portugueses. Los portugueses contaban con un contingente de arqueros ingleses, los castellanos con otro de caballeros franceses. Adivinen quién ganó.

A partir del final de la guerra de los cien años, al establecimiento de ejércitos nacionales con formaciones de infantería en cuadro y armadas con picas, se les une el nacimiento de las armas de fuego. La caballería es desbaratada ahora también por los cañones, como en Mohács (1526). Surgen los tercios españoles, formaciones con picas y arcabuces que dominarán el panorama europeo en los siguientes siglos. La caballería se ve reducida a labores de exploración, persecución y ataques de flanco o contra un enemigo desbaratado. Al aparecer la pistola surgen nuevas maneras de combatir a caballo, los llamados dragones, aunque salvo honrosas excepciones como el caso de Lützen), en 1632, la caballería ocupa un lugar secundario que ya va a abandonar en pocas ocasiones.

Murat
No obstante la caballería seguirá siendo el lugar de las élites de la sociedad durante mucho tiempo, acaparando una imagen épica que se correspondía más bien poco con la realidad de la guerra. Durante las guerras napoleónicas hay regimientos de coraceros, húsares, lanceros, dragones, etc, que compiten entre sí por tener el uniforme más vistoso y que lucen sobre todo en los bailes de gala, aunque su utilidad en batalla depende de la ocasión. Así, el mismo Napoleón logra la victoria en Eylau (1807) con una de las cargas más famosas de la historia a cargo de Murat. Eso sí, contra un enemigo expuesto y cansado. Sin embargo en Waterloo (1815) las sucesivas cargas de coraceros contra los cuadros de Wellington, en los que la potencia de fuego y la bayoneta han sustituido a la pica, acabó en una nueva masacre de jinetes.

Y llegamos así a la que es probablemente la más legendaria de las cargas descerebradas de la historia, la de la brigada ligera en Balaclava en 1854, en la que la famosa unidad británica cargó por un error de su comandante a lo largo de un valle de una milla de longitud con artillería enemiga al frente y ambos lados. Con más de un 50% de bajas entre muertos, heridos y prisioneros, la ocasión, que pasó a la historia por el famoso poema de Tennyson, fue un canto al valor de los solados y la incompetencia de sus mandos.

A partir de la guerra de secesión norteamericana, la creciente potencia de las armas de fuego hizo que la caballería se utilizara por su movilidad sobre todo en incursiones más allá de las líneas enemigas que amenazaban sus retaguardias y suministros, en las que brillaron oficiales como el famoso sudista J.E.B. Stuart, al que se le llegó a llamar “el Murat americano”. Donde sí que encontró la caballería su escenario ideal fue en la guerra contra los indios de las llanuras. Otra de las imágenes que han quedado en mi mente desde niño es la carga de Custer en Little Big Horn de Murieron con las botas puestas (1941). Errol Flynn persigue con sus hombres a un pequeño grupo de indios que se convierte tras un accidente del terreno en una enorme masa de hostiles. Al final, se ve obligado a echar pie a tierra y perece heroicamente. Lo cierto es que, una vez más, el cine dignifica la realidad. Custer cargó sí, con tropas insuficientes contra lo que creía un poblado indefenso, y se metió en la mayor concentración de indios de la historia. Al final echó de menos las ametralladoras Gatling que se había negado a llevar porque pensaba que le iban a retrasar.

Durante los compases iniciales de la primera contienda mundial, la guerra de movimientos que llevó a cabo el ejército alemán hizo pensar en un renacimiento del arma de caballería, sin embargo ya en 1914 la realidad se impuso al producirse los primeros encuentros de los jinetes con sus nuevas Némesis, la ametralladora y el alambre de espino. Lo cierto es que la potencia de fuego de las ametralladoras apartó a la caballería de cada vez más funciones, viéndose en muchos casos relegada a la vigilancia de los prisioneros. Durante algún tiempo, no obstante, las grandes cabalgadas volvieron a estar de moda en escenarios secundarios de la guerra como Palestina o la rebelión árabe del comandante T.E. Lawrence, así como en el frente oriental, en el que los grandes espacios y la menor organización de los ejércitos favorecían la guerra de movimientos.

Pancho Villa
Otro lugar en el que la caballería aún floreció durante un tiempo fue la revolución mexicana. En un país atrasado y mal comunicado, con grandes extensiones de terreno y ejércitos irregulares, los jefes guerrilleros como Pancho Villa alcanzaron fama y gloria a base de repetir las viejas tácticas de los caballeros medievales. El choque frontal de la caballería, lo que Gary Brecher denomina “machismo a caballo”. Sin embargo, en 1915 algunos jefes de la revolución como Álvaro Obregón habían aprendido las lecciones del frente occidental. En el mes de abril Villa atacó con sus hombres la ciudad de Celaya, que había sido rodeada por Obregón y sus asesores alemanes con un cinturón de fortificaciones equipado con ametralladoras y alambre de espino. En dos ocasiones durante el transcurso del mes, Villa atacó frontalmente las posiciones de Celaya, y el resultado fue el mismo de Crécy, solo que a una escala muy superior. Al final, su testarudez le hizo perder cerca de 30.000 hombres y dejar de ser una fuerza a tener en cuenta en esa guerra.

Llegamos finalmente a la segunda guerra mundial, y a otro de los episodios que han hecho correr ríos de tinta e incluso han llegado a verse reflejados en la gran pantalla. Estoy hablando de la famosa carga de la brigada Pomorska contra la 20ª división panzer alemana en 1939 durante la campaña de Polonia. De haber existido estaríamos ante el no va más de lo experimentado en Balaclava: el valor suicida de los soldados, y la estupidez supina del mando. Sin embargo, según el historiador Steven J. Zaloga, la leyenda se basa en varios malentendidos. En 1939 la columna dorsal del ejército polaco estaba formada por unidades de caballería, a la que se le había dado una especial importancia por su papel en la guerra contra los soviéticos que siguió a la primera mundial. La caballería había empezado su proceso de mecanización, pero no se componía de unidades que atacan carros blindados con lanzas como dice la leyenda, sino de unidades que se movían a caballo pero combatían como infantería y poseían ametralladoras, armas anticarro y artillería.

Caballería polaca
Fue una de estas unidades la que, tras rechazar el ataque de la infantería alemana, montó en sus caballos y salió en persecución del enemigo derrotado, haciendo una escabechina con sables y lanzas antes de que aparecieran algunas tanquetas alemanas que empezaron a ametrallarlos y los pusieron en fuga. En el campo de batalla quedaron mezclados los cadáveres de los infantes alemanes y los jinetes polacos con sus lanzas. A la mañana siguiente, un corresponsal de guerra italiano fue llevado al lugar por los alemanes. Los tanques aún estaban allí, y el periodista se hizo su propia composición de lo que había sucedido. A partir de ahí, la maquinaria propagandística alemana creó una historia para denigrar a sus enemigos y mostrar lo atrasados que estaban. Curiosamente para los polacos la historia significó justo lo contrario, un canto al valor de sus compatriotas que incluso fue llevada al cine en el film Lotna (1959) de Andrzej Wajda. Posteriormente la caballería polaca jugó un papel mucho menos vistoso pero más efectivo en acciones como la batalla de Mokra, en la que se consiguió retardar a los alemanes, aunque no demasiado.

A lo largo de la guerra habría verdaderas cargas de caballería con sables y lanzas en el frente ruso donde, una vez más, la inmensidad de los escenarios, las malas comunicaciones, y la imposibilidad de mantener un frente fortificado continuo favorecerían el regreso a tiempos pasados, lo mismo que en Yugoslavia, gracias al terreno y a la decadencia de las fuerzas del Eje en los últimos días de la guerra.

Tras la segunda guerra mundial, solo recuerdo imágenes semejantes a las de los esforzados jinetes de esta historia en Afganistán. Quizás sea buen indicio de lo que queda hoy en día de los valores de todos aquellos machotes a caballo.
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ALGUNAS FUENTES

  • Asimov, Isaac. La formación de Francia. Alianza Editorial, Madrid, 2000.
  • Brecher, Gary. Hazañas y chapuzas bélicas. Ed. Booket, Barcelona, 2008.
  • Goodwin, Jasón. Los señores del horizonte. Alianza Editorial, Madrid, 2004.
  • Zaloga, Steven J. Poland 1939: The Birth of Blitzkrieg. Osprey, Oxford, 2002.
Jose Antonio del Valle | 22 de enero de 2012

Comentarios

  1. Jesús M. Pérez
    2012-01-23 03:10

    Entretenido, sí señor.

    Lo de “ejércitos nacionales” yo lo cambiaría por “ejércitos estatales.”. Lo que surgió al final de la Edad Media es el concepto de Estado con reyes que ya no son “primus inter pares” y con una administración pública.

    Los ejércitos nacionales aparecen con la Revolución Francesa, la soberanía popular y el el concepto de nacionalismo. Ya no se pelea por la Corona y el Rey, sino por la Patria.

  2. Jose
    2012-01-23 14:00

    Sí, tienes toda la razón, de hecho al elegir el término ya sabía que no era correcto, aunque me pareció más descriptivo de lo que decía.

    No conocía tu blog, y mola mucho, me lo apunto.


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