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Tele por un tubo por Ramiro Cabana

Ramiro Cabana es comentarista de radio y televisión. Tele por un tubo dejó de actualizarse en agosto del 2006.

OPIO

Hola, queridas. A ver mis notas. A veeeeeeeeeeer. Vale. Hoy toca Caso abierto, que lo dan por los canales digitales, y creo que también lo han echado por la tele normal. La broma es que este programa lo he visto varias veces y me parece tonto y siempre que lo veo me gusta y me sigue pareciendo tonto, pero no me quejo. Porque aunque me parezca tonto es entretenido de una manera clásica y no tonta, que no está mal. Por lo menos no es un programa tonto sin ambigüedades. O sea tonto a secas y lo mires como lo mires.

(El programa va sobre una detective que rescata casos antiguos sin resolver y los resuelve.)

Para programa tonto tenemos cualquier programa de variedades de La Primera. Son esos programas diseñados especialmente para la generación inserso y que sirven para entretener a dicha generación delante de la caja lista hasta que se muera. Porque si están delante de la caja no salen y no gastan dinero, y así no hay que subir las pensiones electoralmente.

Por programa tonto, claro, me refiero, queridas amígdalas, a esos programas que ofrecen un mínimo mínimo mínimo de estímulo intelectual. Porque una cosa es ponerse delante de la tele para desconectar, y otra muy otra que la tele os desconecte a vosotras. Y los programas de variedades, con tanta lentejuela y tanta nada de nada, sirven exactamente para eso. Por eso los echa la tele estatal. Para desenchufaros de la realidad y para que dejéis de pensar que la Conferencia Episcopal es el brazo armado del PP. No vaya a ser que os guste pensar eso y os convirtáis en hinchas.

Pero en fin. Voy a contestaros rápidamente a vuestra intrigante pregunta acerca de por qué creo que Caso abierto es un programa tonto. Es un programa tonto porque es un programa religioso sin religión. Os lo explico. Tiene que ver con el final. Al final, cuando la chica ha resuelto el caso y el equilibrio por fin ha vuelto al mundo, al universo, al cosmos entero, vemos en cámara lenta cómo aparece entre la gente el fantasma de la víctima olvidada y ahora vengada para agradecer la resolución de su caso. En cámara lenta, ¿eh, guapas?, para que os fijéis bien en que los muertos también saben ser agradecidos. Eso es equivalente a creer en santos y todo eso del panteón de dioses menores de nuestra religión estatal.

También el programa es religioso en el sentido de que uno de sus cometidos es ofrecer consuelo al espectador, o sea a vosotras. Para tranquilizaros. Para que creáis que la justicia existe, incluso después de años de olvido y silencio y momentos en los que cualquiera pensaría que el mundo ya se ha acabado y que lo que queda es una especie de resaca. Con todo lo divertida y física y moralmente placentera que es una resaca.

En otras palabras, alguien vela por nosotros, o por vosotras, que por mí ya vela mi administrador, que para eso le pago. ¿Y no es eso lo que queréis? ¿Que alguien vele por vosotras? ¿Y no velo y me desvelo yo por vosotras? Vale, sólo lo hago en esto de la tele. Pero para el resto de las cosillas de la existencia civil ya os apañáis, ¿no?

Otra cosa que me llama la atención es que la detective Rush, heroína de nuestra serie, en momentos importantes, cuando alguien cuenta una historia terrible, invita a que la cámara la enfoque a ella y vemos que sus ojos están a punto de estallar lacrimalmente. Es para que sepáis que le importa lo que os ocurre. Es compasiva y emotiva. Justo lo que le pedís a vuestro ángel de la guarda.

Luego también vemos a los otros personajes, a los circunstanciales que tienen que ver con el caso de hoy, en su forma actual y en la forma que tenían hace la tira de años, cuando ocurrió el crimen que la detective va a resolver. Está hablando un tío de cuarenta tacos y de repente vemos a un chaval de quince y de repente otra vez al de cuarenta. Ha cambiado el tío, pero sigue siendo el mismo. ¿Y no es esa la idea de la resurrección de la carne? ¿Esa idea de que por mucho que nos pudramos después de muertos, cuando llegue la hora de la verdad resucitaremos y volveremos a ser los mismos de antes pero más contentos? Bueno, contento yo, que no pienso ir al infierno.

El infierno ha de ser algo así como hacer un vuelo larguísimo (o sea eterno), en clase turista, sin poder fumar, muerto de hambre porque no dan nada y con las azafatas pasando a cada rato con el carrito preguntando de mal humor si queréis algo de comer y/o beber, y sí queréis, pero no lleváis pasta, ni tarjetas de crédito, y además los precios del sándwich de nada con lechuga y mayonesa os parecen abusivos, y estáis viendo a ver si al gordo del otro lado del pasillo se le cae un trocito de bocata al suelo para lanzaros a por él (a por el trocito), y ni siquiera os dan un puto vaso de agua. Eso ha de ser el infierno.

Caso abierto, por lo tanto, amadas mías, es un programa religioso disfrazado de programa de polis. Había un tío peludo que dijo que la religión era el opio del pueblo. Ahora es el opio de la gente que quiere colegios privados para su prole. El verdadero opio del pueblo es, ¿lo adivináis?, ¡la tele! Claro que sí, queridas amigas personas lectoras.

Claro que sí.

Chao

Ramiro Cabana | 22 de noviembre de 2005

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