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Mondo Píxel PG por John Tones y Javi Sánchez

Mondo Píxel PG supone, como el Parental Guidance de su título indica, un punto de vista alternativo y guiado acerca de los videojuegos. Cada viernes, John Tones y Javi Sánchez, miembros del hervidero de visiones con seso sobre lo interactivo Mondo Píxel, contarán en LdN cómo se ha convertido el ocio electrónico en una volcánica explosión de inquietudes pop. Sus ramificaciones en cine, tebeos y música, su influencia en nuestra vida diaria, su futuro como forma de ocio y olla a presión cultural. Cada semana en Mondo Píxel PG.

Volcán

El miércoles 19 de junio Microsoft emitía un comunicado firmado por Don Mattrick, presidente de entretenimiento interactivo (y el nombre de la división ya lo dice todo), en el que daba completamente la vuelta a las políticas online de Xbox One, su próxima consola. Un comunicado tan apresurado que ninguna de las filiales regionales contaba con una traducción para que saliese de forma global. Un mea culpa no exento de agresividad contenida en el que se reconoce que el consumidor, ese hijo de puta, tiene razón, y que a lo mejor se habían pasado de frenada. Y que ya que tenían que rectificar también se iban a llevar las cosas bonitas que podría hacer la consola.

Sólo una semana antes, Xbox One había salido “derrotada” de la feria mundial del videojuego. Microsoft llegó con muchísima exclusiva y juegos propios, algo que normalmente se agradece, pero en esta ocasión no bastaba para tapar que el 21 de mayo habían intentado colar un caballo de Troya en los hogares de medio mundo. El problema es que el caballo era transparente, se veía dentro a los soldados y, demonios,“ni siquiera parecía un caballo”:http://mondo-pixel.blogs.fotogramas.es/2013/05/22/xbox-one-versus-espana-cuanto-hay/: La consola se había presentado con una candidez arrolladora a decirle a la gente que iba a pagar 500 euros a cambio de jugar cómo, cuándo y dónde Microsoft dijera, supervisados por un ojo espía obligatorio llamado Kinect, tan íntimo de la familia que podría reconocernos y “escuchar nuestro corazón”. Que los juegos sólo se podrían revender mediante tiendas “asociadas” a Microsoft y que cada 24 horas la consola se conectaría a Internet para comprobar que todo fuese a gusto de la compañía. De no ser así, la consola serviría para ver la tele en la tele con un mando a distancia por voz (algo que cualquier SmartTV puede hacer vía una app de móvil, por cierto).

En una mezcla de arrogancia y control de daños, los directivos de Microsoft salieron a la palestra a justificar lo injustificable en pura neolengua: que todo eso se hacía por nuestro bien, que no había más alternativas y que, mira, pringado, si no quieres conectarte para que comprobemos que estás en uno de los 21 países donde la consola funciona, cómprate una 360, porque no mereces nada más. Larry Hryb, uno de los rostros de Xbox más cercanos al jugador, se vio obligado a transmitir el lenguaje corporativo en una entrevista con Reddit (enorme comunidad online cuyo boicot organizado había puesto contra las cuerdas todas las relaciones públicas de la compañía), en la que tuvo que afirmar que “toda la consola está construida en torno a la gestión de derechos digitales, no podemos darle mañana a un botón y cambiarlo todo”.

Cuatro días más tarde, el comunicado de Don Mattrick le daba al botón y lo cambiaba todo: Xbox One tendrá un parche de salida mediante el cual la gente podrá jugar con un disco físico, revenderlo cómo le dé la gana, regalárselo a quien le salga de los huevos (el método con calzoncillos consistía en “agregar amigo online, esperar 30 días, ceder licencia”) y conectarse a Internet si le apetece. Xbox One no tendrá límite regional, esa divertida idea por la cual tu máquina fabricada en China no puede reproducir juegos japoneses porque la has comprado en Europa, o viceversa; y también podrá funcionar en más países que esos 21 de salida (algo tan ridículo que, para que se hagan a la idea, permitía a la consola funcionar en España, pero no en Portugal).

Es decir, ahora Xbox es una consola que hace lo mismo que su futura rival, PlayStation 4, con la diferencia de que vale 100 euros más porque lleva obligatoriamente la segunda versión de Kinect, un periférico opcional “que nos cuesta 150 incluir”, según reconoció el propio Mattrick un día antes del apaño. Un periférico que ahora mismo tiene un proyecto de ley dirigido específicamente a él en el Congreso estadounidense: la ley “te estamos vigilando”, una cosa tan maravillosamente yanqui como estúpida, que pide que cada vez que el dispositivo te grabe aparezca en la pantalla un mensaje en mayúsculas sobre fondo negro: “TE ESTAMOS VIGILANDO”. Un dispositivo que iba a ser completamente obligatorio e indesconectable y que dejo de ser lo segundo en cuanto cuatro países levantaron la ceja de la protección de datos, la intimidad y la publicidad abusiva (¿un cacharro que puede reconocer gestos mientras la gente ve la tele? ¿Cuánto pagaría la gente de publicidad por acceder a esos datos?). Ese Kinect. Ese precio. Por el consumidor, todo.

¿Las cosas bonitas que ya no hace? Reproducir tus juegos en consola ajena mediante la magia de internet (“ahora tendréis que llevar el disco”, malditos seres analógicos) y el “family sharing”, algo que sonaba a bosque mágico de las hadas (“hasta 10 amigos podréis compartir vuestros juegos”) pero que, si se confirma cierta filtración —y tiene visos de ser real—, no era más que un festival de demos por tiempo limitado.

El usuario ha gritado y Xbox ha tenido que reaccionar por una sencilla razón: el jugadorazo, ese tipo que ya no importa a largo plazo, es esencial para un lanzamiento. Es el primero que juega, el que se compra las cosas, el que da la murga a los conocidos. Es el que podría haber hundido la consola para siempre (y para Microsoft es algo más que una consola. Es el epicentro de otra estrategia: la que tiene que ver con contenidos audiovisuales, ojo) si en Redmond no cedían. El cambio perjudica a las editoras que se gastan millones de euros para crear juegos que caducan tan rápido como se juegan (todas), pero beneficia al consumidor. Perdemos un trocito de futuro, posiblemente los juegos seguirán siendo demasiado caros en lo digital para no cabrear a las tiendas (algo que habría pasado con o sin restricción de derechos, no nos engañemos), Microsoft salva la cara y, ahora mismo, Xbox One suena casi tan apetitosa como su competencia (algo que es aún mejor para los jugadores: cuando una sola consola domina, perdemos todos). Todo está más o menos bien. Aprendamos.

John Tones y Javi Sánchez | 21 de junio de 2013


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