Libro de notas

Edición LdN
El detective del País Borroso por Francisco Serrano

En el último estante de una librería de viejo se encontraron siete cuadernos de tapas rojas escritos a mano, acompañados de notas, extrañas láminas, recortes de periódicos desconocidos y esbozos de artefactos imposibles. El manuscrito narra las peripecias de un detective privado en un mundo sin duda diferente al nuestro, poblado de monstruos y eventos fantásticos. Francisco Serrano se ha arrogado la tarea de dar forma y sentido a estas memorias en “El detective del País Borroso” y Mireia Pérez a ilustrarlas ocasionalmente.

Harpía: Parte Quinta

Me envolvieron de nuevo en una manta y alguien me trajo un café con leche en un vaso de plástico. Me sentaron a una de las mesas de la oficina abandonada y me quedé mirando un viejo pisapapeles de cuarzo. No pasó ni un minuto antes de que un tipo vestido como si hubiera venido a cazar leones arrastrara otra silla frente a la mesa. No levanté la vista hasta que ella se sentó. Llevaba el mismo peinado que le había visto en televisión, un moño severo, muy tenso, que le hacía parecer mayor y afilaba sus facciones.
   ¿Qué tal estás?, dijo.
   Bien.
   ¿Te ha herido?
   No. Pero en cuanto te ataca un pájaro gigante te envuelven en una manta. Tengo miedo de quitármela y que me la cosan con hilo quirúrgico.
   Ni sonrió. ¿Qué ha pasado ahí arriba?, dijo.
   Un accidente.
   Estábamos muy interesados en esa criatura.
   Eso tengo entendido.
   Podríamos haber aprendido mucho. Podríamos haberla curado.
   ¿Revocándole la humanidad? ¿Convirtiéndola legalmente en un monstruo sin derechos?
   Frunció el ceño. Tocó el pisapapeles de cuarzo. Era un requisito imprescindible para que pudiéramos hacernos cargo del asunto.
   Claro.
   No le hubiéramos hecho daño.
   ¿No iba a acabar en un expositor de tu Jardín de las Delicias?

El verdadero motivo de la existencia de la División Especial, de los cazadores de monstruos, era proveer de especímenes extraños al gran proyecto del Museo Nacional de Ciencias Naturales, llamado El Jardín de las Delicias, una extensión del Gabinete Real de Curiosidades que había acabado por absorberlo, un pabellón gigantesco articulado alrededor de dos esqueletos humanos, hombre y mujer, flanqueados en un principio por algunos animales disecados, una pareja de leones, unos pájaros coloridos, y que ahora contaba con novecientas especies diferentes disecadas, desde lémures a elefantes africanos, y esqueletos completos de dinosaurio, recreaciones a partir de restos auténticos de grifos y dientes de sable, caballos de tres dedos, dodos y dingos, una ballena azul y hasta un negro cráneo de cíclope hallado en los Acantilados Llameantes.
   No si hubiera podido evitarlo, dijo.
   Sonreí. Cogí el pisapapeles de cuarzo.
   No me crees.
   Verónica, dije. Cómo podría no creerte.
   Suspiró. ¿Recuerdas la última vez que nos vimos?
   La miré. Se había inclinado un poco sobre la mesa.
   Sí, dije.
   ¿Recuerdas el consejo que te di? Quizá deberías empezar a aplicártelo.
   Dejé el pisapapeles en la mesa. Toqué el vaso con el café con leche tibio.
   Confía en mí, dijo. ¿Qué ha pasado?
   Ha sido un accidente, dije.

Harpía

Fue un mal disparo. El dardo alcanzó al pájaro en el ala izquierda y la atravesó con una pequeña explosión de plumas y sangre. Mierda, dije. Abrí el rifle y busqué otro dardo en el bolsillo. Le quité el capuchón protector con los dientes.

El pájaro saltó fuera del nido, graznando. Mantenía el ala herida pegada al cuerpo mientras arqueaba la otra de manera amenazante. Movía el cuello como un reptil, alternando graznidos con siseos. Miré las garras. Negras y curvadas. Manchadas de sangre vieja. Había huesecillos y cráneos putrefactos de gatos y perros alrededor.

Metí el dardo en el rifle y lo cerré de un golpe. Bombeé aire en el depósito con la palanca. Necesité las dos manos para ajustar el mecanismo.

El pájaro salió del armazón del dirigible. Retrocedí un par de pasos hasta chocar con la carcasa de un ornitóptero. La criatura intentó echar a volar dentro del hangar pero le falló el ala herida. Graznó de dolor.
   Tranquila, bonita, dije.

El interior del pico era igual de rojo que el exterior, como si se le hubiera aplicado un baño permanente de sangre fresca.

Atacó dando un salto. Esquivé el pico e hice una finta para evitar las garras. Rodé con muy poca gracia por el suelo. Las garras chirriaban en el hormigón intentando cazar mis piernas. Me volví y le golpeé con la culata del rifle en el pecho. El pájaro retrocedió. Gateé como pude hasta la cabina de un ornitóptero al que nunca habían llegado a poner los vidrios de las ventanillas y me colé por una de ellas.

El pájaro comenzó a saltar y a aletear sin éxito. Se movía mucho. Apoyé el cañón en el marco de la ventanilla, guiñé un ojo y acerté justo en el pecho de la criatura.

Llevaba todo el día pensando en ella porque su padre había ganado las elecciones e iba a ser el nuevo presidente del gobierno. Intentaba no hacerlo, pensaba en mis propios asuntos, la reunión que había tenido con mi padre, el hombre había volado desde Nueva York para comunicarme que el viejo había sido declarado desaparecido y muerto de manera oficial y que ahora había que gestionar una fortuna cuantiosa, deslocalizada y caótica, que todo iba a ir a mi nombre, que él no quería ya nada del viejo, pero mis pensamientos volvían una y otra vez a ella. Al tiempo que pasamos juntos. A los viajes que hicimos, desde la meseta de Leng a Mongolia. A la tarde achicharrada en las afueras de Nuakchot en la que me disparó dos veces y acertó una.

Nos habíamos reunido en su suite del Hotel Corona, en la Gran Vía. Dos horas después había logrado comprender a medias que entraba en posesión de gran cantidad de propiedades inmobiliarias en Europa y América y al menos unos cinco millones de dólares repartidos por diversos paraísos fiscales. Y eso era sólo lo que no estaba oculto.

Estaba bebiendo a solas un whisky muy caro que me sabía a rayos cuando la vi entrar en el bar del hotel. Llevaba el pelo suelto y estaba muy seria. Se sentó a la barra y pidió algo al camarero. Permanecí mirándola fijamente, quizá no muy convencido todavía de que fuera ella. Por fin se giró hacia a mí, con la copa en los labios, bebió, se me quedó mirando, y se levantó para acercarse.
   No me lo puedo creer, dijo. Había un taburete vacío a mi lado pero se limitó a acodarse en la barra. ¿Qué haces aquí?
   Poca cosa, dije. Me emborracho.
   ¿Tú? ¿Seguro que no es té?
   No lo es. Sabe a mierda.
   Sonrió. En serio, ¿qué haces aquí?
   Tenía una reunión con mi padre, dije. Por lo de la muerte de mi abuelo.
   Oh. Lo siento. No sabía que…
   Gracias. No te preocupes, dije. ¿Y tú? ¿No deberías estar con el flamante ganador de las elecciones?
   Volvió a sonreír. Ya he hablado con él por teléfono, dijo. Es lo máximo a lo que puedo aspirar hoy, creo. Me alojo en este hotel. Hace un año que vivo en Londres…
   Dale la enhorabuena a tu padre, dije. Aunque yo voté por el otro.
   Por supuesto, dijo. Miró su copa en la barra y la hizo girar. ¿Puedo acompañarte?
   No, dije.
   Dejó la copa inmóvil. Vaya, dijo.
   Vaya, dije.
   Todavía estás enfadado.
   Pegué un trago al whisky. Casi lo vomito.
   Estoy enfadado como un cabrón, dije con la voz arrastrada.
   Cogió su copa. Como prefieras, dijo.
   No actúes así. Como si no fuera culpa tuya.
   Murmuró mi nombre. Casi como si lo dijera para sí. Para recordarse con quién hablaba. Hasta tú dijiste que no me quedó más remedio, dijo. Estabas trastornado, fuera de tus cabales. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?
   Tragué más whisky. Contuve una arcada. Podrías no haber disparado a matar, dije.
   Asintió. Pero hice lo que hice. ¿Sabes qué deberías hacer tú?
   Qué.
   Creo que deberías perdonarme de una vez, dijo Verónica.
   ¿Crees que te lo mereces?, dije.
   No.
   ¿Entonces por qué?
   Porque te mueres de ganas de hacerlo, dijo.

Cojeé hasta una ventana. Sí estás herido, dijo.
   Un rasguño.
   Siéntate.
   No.
   Habían instalado focos en la azotea en la que ella había caído.
   Se llamaba Julie, dije. La pobre chica.
   ¿Qué ha pasado?
   Todavía no sé si sabía lo que le iba a pasar. Si llega a comprender lo que le estaba pasando.
   Dijo mi nombre. ¿Qué ha pasado?
   Ya se lo he dicho a tus muchachos.
   Luego leeré el informe.
   Le disparé un dardo tranquilizante.
   Ajá.

Me atacó y cuando el dardo comenzó a hacerle efecto intentó huir. Mala idea. Salió volando por una brecha en la persiana metálica que cierra la pista de despegue del hangar. Después se cayó. Como un plomo.
   Así fue.
   Así.
   Había cámaras.
   Pues perfecto. Podrás verlo tú misma.
   Las cámaras estaban desconectadas. Un error imperdonable, según tu amigo Avendaño, del que se responsabiliza por completo.
   No se lo tengas muy en cuenta.
   Se puso en pie. Joder, dijo. Joder.
   ¿Qué coño te pasa?
   Todo esto ha sido porque no confías en mí, dijo. Podrías haber esperado a que llegara. Podríamos haberla salvado juntos. En lugar de orquestar toda esta estupidez…
   No, dije. Ha sido un accidente.
   Por favor…
   Al final me di cuenta de que ella seguía allí, dije. La pobre Julie.
   Verónica se me quedó mirando en silencio.
   Sus ojos, dije. Ella estaba allí. No te odio lo suficiente para matarla.
   Sacudió la cabeza. Joder, dijo de nuevo. Detective, eres un imbécil.
   Lo soy.
   Diré que te vengan a buscar con una camilla. No quiero verte cojeando por ahí para dar pena al personal.
   De acuerdo, dije. Otra cosa.
   ¿Qué pasa?
   Creo que van a multarme. Sanción administrativa por maltrato animal.
   Te estás burlando de mí.
   Tus muchachos están muy enfadados, pero gracias a la revocación de humanidad es la única chorrada de la que pueden acusarme.
   Me encargaré de ello. Ahora déjame en paz.
   Adiós, Verónica.
   Echó a andar pero se detuvo tras un par de pasos. Dijo mi nombre otra vez.
   Dime, dije.
   Nada, dijo, y salió cerrando la puerta.

El pájaro me alcanzó en el muslo. El pico cortó la tela del pantalón y mi piel como si fueran la misma cosa leve y sin sustancia. La sangre salpicó el cuero del asiento del ornitóptero. Le golpeé en la cabeza con la culata del rifle hasta que escuché un chasquido y retrocedió. Saqué el último dardo y le quité la capucha protectora.

El pájaro graznaba y daba saltos, histérico, incapaz de volar. Saltaba del suelo al techo de los ornitópteros, tropezaba con sus alas y las alas de las máquinas. Cargué de nuevo el rifle. Bombeé aire a la cámara. El pájaro salpicaba gotitas de sangre negra al sacudir la cabeza. Tenía un ojo casi cerrado. Apunté y disparé. Logró revolotear hasta el techo del hangar y luego cayó al suelo.

Salí cojeando de la cabina. El pájaro respiraba pesadamente en el suelo. El segundo dardo le había impactado justo bajo el cuello. El otro había desaparecido ya hacía rato. Apenas podía mover las patas. Los jadeos eran muy humanos. Me incliné y le quité el dardo. Estaba vacío. Miré a la criatura. Los dos dardos no iban a ser suficientes para matarla de una sobredosis. Tenía un ojo vidrioso y negro, el otro tumefacto y casi fuera de la órbita, gracias a mis golpes. No pude moverme durante unos instantes. El ojo no se movía de mí. La garganta se movió de manera convulsa. No emitió graznidos. Dos sílabas. Hilfe! Hilfe!
   Me arrodillé junto a ella. Julie, dije. Lo siento.
   Hilfe!

Lo dijo hasta que cerré las manos entorno a su cuello. Estaba demasiado drogada para resistirse. No podía rodear por completo la garganta, así que me centré en hundir la tráquea con los pulgares.

El ojo de Julie era un perfecto espejo negro en el que podía ver mi rostro. Tiene que ser así, dije. Notaba en la palma de las manos sus músculos luchando por distenderse, por conseguir aire.

Después la arrastré por las patas hasta la brecha que había en la persiana metálica de la pista de despegue vertical para ornitópteros. El viento era gélido ahí fuera. El edificio más alto de la ciudad. Contemplé las azoteas y las luces un momento, temblando, con las manos acalambradas, la pierna goteando sangre.

Se las arregló para caer con gracia, incluso después de muerta, las alas desplegadas, majestuosa y trágica. Pero yo no podía pensar en otra cosa que en el polvo del desierto entrando en mi boca, el repentino calor como si otro sol mauritano se hubiera instalado en mi pecho. El gesto decidido y firme que mantuvo todo el tiempo la mujer que me había disparado y dado por muerto.

Francisco Serrano | 21 de febrero de 2012

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