Libro de notas

Edición LdN
El detective del País Borroso por Francisco Serrano

En el último estante de una librería de viejo se encontraron siete cuadernos de tapas rojas escritos a mano, acompañados de notas, extrañas láminas, recortes de periódicos desconocidos y esbozos de artefactos imposibles. El manuscrito narra las peripecias de un detective privado en un mundo sin duda diferente al nuestro, poblado de monstruos y eventos fantásticos. Francisco Serrano se ha arrogado la tarea de dar forma y sentido a estas memorias en “El detective del País Borroso” y Mireia Pérez a ilustrarlas ocasionalmente.

El Fantasma: Parte Quinta

Ahora el tiempo es diferente, dijo el fantasma. He tenido tiempo para pensar. ¿Cuánto ha pasado desde nuestro encuentro? ¿Un día? ¿Un año? No tiene importancia. Todo sucede al mismo tiempo. Los acontecimientos de mi existencia previa, de mi existencia material, se solapan, tienen un extraño acompasamiento. Podría decirse que los revivo, pero no es eso en absoluto. Es otra cosa. Secuencias de mis películas, de mis cortometrajes, se me aparecen ahora con la sustancia de lo real, de lo sucedido. Otros momentos de mi vida, casi toda mi niñez y mi adolescencia por ejemplo, tienen el lustre de lo falso. Mi relación con Rebeca Dahlmann brilla con una intensidad injustificada. Nuestra relación fue vulgar, fue por completo mediocre y predecible. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en ella? Y en mi estado actual, o mi no estado, mi ausencia de estado, pensar en algo me lo convoca. Desde vuestro punto de vista me aparezco, lo sé, pero es como si os contemplase por una rendija, por una obertura, desde el tejido mismo de lo material. Rebeca Dahlmann, una de mis estudiantes, condenado a contemplarla en sus momentos íntimos, privados, como si esperase algo, una revelación, una epifanía que me deje libre por fin. Libre para desaparecer. ¿Pero por qué ella? ¿Por qué? Era una estudiante más, atractiva pero no hermosa. Talentosa pero no brillante. Me acosté con ella, cedí a sus avances torpes y tímidos, seducido por mi propia imagen, por la fascinación que ella sentía hacia mí, el viejo y maldito director de cine. Cuando el curso terminó decidí llevármela como ayudante de dirección al rodaje de un par de películas pornográficas que realicé bajo seudónimo. Semejante oficio me permitía mantenerme a flote. Había perdido por completo la pasión por el cine, no tenía ninguna historia más que contar, pero era lo único que sabía hacer. Nunca tuve demasiadas historias, en cualquier caso, y todas están en Las luces. Ya no sentía demasiado interés sexual por ella, aunque compartíamos cama en el hotel. El desespero que comenzó a brotar de ella me irritaba. Sólo quería llamar mi atención y ya no podía. Había visto a demasiadas chicas como ella. Rodábamos durante el día, en pleno mes de agosto, y por la noche hablábamos en la oscuridad, hablaba yo, me gustaba escuchar el sonido de mi propia voz mientras ella se encogía a mi lado, se borraba y se desdibujaba y era indistinguible de cualquiera de mis amantes previas. Una historia vieja, que ya había vivido docenas de veces, y que estaba dispuesto a volver a representar sin un ápice de entusiasmo. Para ella, sin embargo, todo era nuevo y doloroso. El amor y el despecho y el sexo que nos rodeaba. Joven como lo era yo cuando rodé Las luces. Cómo dolía todo entonces, cómo brillaban las ventanas en la noche y cómo quemaba cada gesto. Pero era viejo ya y egoísta también. Sin paciencia para llevar a alguien de la mano. Asumí que Rebeca sería tan insustancial como todas las demás… Pero Rebeca decidió no serlo. No sé cómo sucedió. No lo supe nunca en vida así que no puedo saberlo ahora. Durante el rodaje de la escena de la piscina. Rebeca se había hecho bastante amiga de las actrices y habían estado bebiendo. Bromeaban mientras las maquillaban. Yo hablaba con el cámara y los actores calentaban como atletas que van a disputar una carrera. ¿En qué momento sucedió? Yo contemplaba el monitor y fumaba un cigarrillo, un poco alejado. Rosario, una actriz cubana con la que había trabajado un par de veces, empujó, muy suavemente, a Rebeca dentro de la escena, dentro de la orgía junto a la piscina. Quizá lo habían hablado antes, quizá era eso sobre lo que bromeaban y en el último momento habían decidido hacerlo sin más. Recuerdo que el cámara me miró y yo me encogí de hombros, ni sorprendido ni enfadado porque estropeasen la toma. Dejé que siguieran, sin más. Todos me miraron, las actrices, los actores, incluso Rosario que parecía la responsable de aquello, todos menos Rebeca, que comenzó a tocar un muslo, no recuerdo si era de hombre o de mujer, besó un vientre, no recuerdo si era de la misma persona o no, y yo me encogí de hombros, como si me diera igual, aunque el vello se me erizaba, el cigarrillo me temblaba en los dedos, y unas manos, manos finas y manos gruesas, manos blancas y manos morenas, desvestían a mi amante, a mi amante vulgar, y en su rostro se instalaba algo, un gesto desconocido, y escuchaba su quejido lejano y ahogado por un pene, mientras en el monitor veía un primer plano de su rostro, de su ceño fruncido y ojos párpados aleteantes. Un dolor me recorría el cuerpo, un dolor físico y un dolor de pura maravilla, de puro prodigio, que me agarrotaba el brazo izquierdo, y que duró todo lo que estuvo ella en el monitor, los doce minutos en los que fue rodada, besando, lamiendo, siendo penetrada y besada y lamida, y de los que salió con una sonrisa desconcertada, un aire de sonambulismo, apenas avergonzada pero pidiendo disculpas por haberse entrometido, y nadie dijo nada pero todos le devolvieron la sonrisa mientras recogía sus ropas y se alejaba en busca de una ducha. Y mi corazón que latía acalambrado, mi mano engarfiada y el cigarrillo que se había consumido hasta el filtro, los ojos humedecidos por el dolor, el exquisito dolor, y entonces el dolor pasó, grité una orden a los actores, di unas indicaciones al cámara, y continuamos con el plan del último día de rodaje. Nunca volvimos a dormir juntos. Un mes después, mientras montaba la película en las oficinas de la productora e intentaba hacerla desaparecer de la versión final, me mató un fulminante ataque al corazón. Ella fue lo último que contemplé. Su rostro congelado en la pantalla, la mueca de placer absoluto. No puedes saber de qué te estoy hablando, detective. Es inenarrable. Es el prodigio. El último milagro que pude contemplar.

No supe qué podía añadir al parlamento del fantasma. Permanecí quieto durante unos segundos, encogido dentro del abrigo, en el frío insoportable y la oscuridad casi absoluta. Pero lo cierto es que sí sabía de qué estaba hablando. Mis propios momentos de prodigio se me habían aparecido en un instante convocados, tironeados quizá, por el fantasma, amaneceres en Asia Central, justo al borde de la meseta de Leng, que parecían cada vez un anticipo del fin del mundo, mi mano sobre el cráneo enorme y negro de un monstruo, caliente de sol y petrificado por los milenios, que asomaba del polvo rojo de los Acantilados Llameantes, la visión aérea y enmudecida por las aspas de un helicóptero, de un barrio inmenso de Mogadiscio, y momentos de otra índole, una mano desmayada, caída, los huesos de la muñeca perfilados contra la piel casi translúcida, el delicado encaje de las venas como un tatuaje azul y desvaído, la mano de una amante, una visión tan blanca, tan brillante, que me impedía recordar a su propietaria, una mano que podría haber colgado así ante mí en mi adolescencia o la noche anterior, ser de Rebeca o de Rita o de alguien todavía más remoto, una mano que cuelga lánguida y resume en su ángulo toda una geometría del deseo y la nostalgia.

Entonces, dije, ¿qué vas a hacer ahora?

No lo sé, dijo. No lo sé.

Su silueta tembló y se difuminó.

Espera, dije. Tengo una pregunta.

Qué pregunta, detective.

Es sobre tu película, dije. Saqué las manos de los bolsillos. El frío remitía. Algo había sucedido en el fantasma, en su misma esencia. Perdía intensidad. Su voz sonaba lejana y su frío abandonaba mis huesos. La escarcha se derritió y empapó mi abrigo. ¿Por qué se llama Las luces? Nunca lo he entendido. No hay ninguna…

Es la poderosa luz que ilumina el interior de sus cabezas, dijo el fantasma. Las luces que les salen por los ojos a los personajes como los faros de un coche y les permiten ver que todo es lo mismo, que todo es la misma cosa.

A los personajes no les sale ninguna luz de los ojos, dije.

Por supuesto que sí, dijo el fantasma.


Unas horas más tardé desarrollé los primeros síntomas de un catarro. Me refugié en mi apartamento con un litro de té Red Balk recién hecho e intenté no pensar en nada. Bebía y miraba los dibujos animados con ojos hinchados. No acababa de decidir si contarle a Rebeca Dahlmann todo lo que había pasado. Prefería no hacerlo, pero lo cierto es que también tenía ganas de verla.

Nubes de lluvia se agolparon en el horizonte. No tardé mucho en volver a sentirlo.

¿Estás ahí?

Sí, dijo en el interior de mi cráneo,

¿No has encontrado el camino?

Lo he encontrado.

¿Entonces?

¿Qué hay al otro lado, detective?

Sorbí un poco de té. Contuve un estornudo. Me veo en la obligación profesional de advertirte que, según mi experiencia, no hay nada en absoluto.

Lo entiendo, dijo.

¿Qué vas a hacer?

No lo sé.

Bebí más té. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.

Ya no hace tanto frío, dije. Puedes quedarte si quieres.

No respondió. Apuré la taza de té.

Nunca se lo conté a Rebeca Dahlmann.

Francisco Serrano | 07 de octubre de 2011

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Gul: Parte Séptima [21/05/13]
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Gul: Parte Sexta [21/04/13]
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Gul: Parte Quinta [07/04/13]
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Gul: Parte Cuarta [21/03/13]
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Gul: Parte Tercera [07/03/13]
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Gul: Parte Segunda [21/02/13]
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Gul: Parte Primera [07/02/13]
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Hongo: Parte Octava [07/07/12]
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