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Torreón de Tramoya por Rosalía Ramos

Desde la posición privilegiada del que ve sin ser visto, Rosalía Ramos, filóloga culpable de Las notas de Doxa Grey, desvela con respeto los 4 de cada mes los entresijos de la caja escénica, las esencias de los textos, los engranajes actorales y, en definitiva, la magia que se despliega sobre y en torno a las tablas. Eso que puede lograr que el espectador, frente a un escenario, se olvide hasta de sí mismo. O tome conciencia, en plena catarsis, de quién es y a qué ha venido.

Por qué en China no hay teatro de calle

“Deberíamos organizar algo de teatro callejero. Yo hasta que no vine a España no había visto nada parecido.”

Esto fue lo primero que me dijo una compañera de trabajo, profesora china de español, después de una reunión en la que se habló de preparar actividades para una fiesta de estudiantes. Fiesta en la que, obra y gracia del sistema universitario chino, los alumnos están obligados a participar, al menos los de los primeros cursos. Por cierto, al final no salió elegida ninguna de las propuestas escénicas, pero sí la de la sangría.

Las palabras de Zhang Ling, Olivia para los amigos hispanos, me sorprendieron, aunque no tanto después de lo que voy viviendo aquí. Cuando añadió que admiraba la creatividad que se respiraba en España, me sentí de pronto afortunada. Porque sí, estaremos a la cola de Europa en muchas cosas: Actores a los que no se les paga, recortes por doquier, dificultades en cada esquina y mejor no hablemos de lo bien considerado que está el grado de artes escénicas en España.

Pero aun así, ya fuera en años de bonanza o los que tocan ahora, de crisis, se siguen intentando crear buenas piezas escénicas. Hay, y creo que habrá siempre, un buen puñado de gente con talento que busca, que inventa y que se las ingenia de una u otra forma para sorprender al espectador, donde les dejen, o donde se pueda, en espacios pequeños, en casas particulares o en donde siempre se ha hecho teatro, que ha sido en la misma calle. Y eso por no hablar de festivales como el Fringe, en Edimburgo, o cualquier buskers festival , porque entonces ya nos morimos todos de la envidia.

Bien. Pues nada de esto ocurre en China. Claro que hay festivales de teatro. Claro que se estrenan obras. Pero no se ve en ningún momento a ningún artista callejero que no sea un mendigo ciego tocando el erhu o un domador que azota monos amaestrados en cualquier calle comercial supuestamente tradicional, ésas que han sido transformadas en decorados de cartón piedra repletos de tiendas de seda y de palillos. Las pocas veces que se organiza alguna representación o algún desfile, son actividades de carácter tradicional, falsamente folclórico, organizadas con algún interés turístico o lucrativo. Y ni los propios chinos, muchas veces, sabrían decir qué es lo que se está representando.

Aparte de estas muestras perfectamente organizadas, espaciadas y controladas, no hay espectáculos contemporáneos de calle. No existen esta clase de muestras callejeras, sean del tipo que sean. Porque aquí no gusta la improvisación. No gusta la sorpresa en ninguno de sus aspectos. Porque la sorpresa perturba la armonía. Y la armonía, en China, no significa otra cosa que censura. Si a los dos minutos de una simple guerra de almohadas aparece la policía a restaurar el orden, qué no se hará con los textos o las acciones performativas. El espacio público en las ciudades chinas está, ante todo, para colocar stands de ferias, o para, eso sí, bailar aeróbic o cualquier tipo de baile de salón, en grupos de cincuenta o más, con música a todo trapo ante la atención curiosa de los turistas. Eso es en las ciudades grandes. En Shanghai, capital económica y símbolo del progreso y el cosmopolitismo.

Sólo el tiempo dirá si esto puede cambiarse. Si la apertura social y económica (sobre todo esto último) de China en los últimos años va a terminar en una libertad de ideas. De momento, el cambio cuesta imaginárselo.

Rosalía Ramos | 04 de mayo de 2013


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