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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

La lengua para quien la habla

Si todo sale tal como está previsto, el mismo día en que salga publicada esta columna mensual, en el marco de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México, tendrá lugar el acto donde las 22 academias involucradas en el proyecto de la “Nueva Ortografía” deberán suscribir y respaldar el texto definitivo que regirá la norma escrita durante algunos años.

Así que, lamentablemente y como nunca hablo de oídas, mi dictamen al respecto del resultado tendrá que esperar al menos a mi siguiente cita con ustedes, ya que el acto está previsto a las 13:30, hora de México, 20:30 en la España peninsular y sería una hora excesivamente tardía para ponerme a pergeñar esta mensualidad.

Y, por otro lado, no pocos de los prenunciados cambios son ya cosa juzgada en esta sala (aquí y aquí) y créanme que no voy a modificar aquellos criterios, menos aún en los casos en que los doctos académicos me dan la razón.

Pero no venían mis razonamientos hoy a esos detalles “científicamente” tratables de la cuestión, sino al hecho (que se me antoja sorprendente) de las polémicas, zalagardas, soflamas, bochinches, garapas y mitotes que se han producido en días pasados a cuenta de un quítame allá esas tildes.

Hombre, que los filólogos, ortotipógrafos, etimólogos y lexicógrafos pongan el grito en el cielo imbuidos de espíritu científico y corporativista me parece razonable. Al fin y al cabo son profesiones lo suficientemente aburridas como para que cualquier algarabía suponga una liberación de la rutina.

Pero que el “pueblo llano” reaccione ante las decisiones académicas de poner o quitar grafema como si se subieran los impuestos o se declarara la ley marcial, colma mi capacidad de asombro. Al parecer realmente piensan que es importante (adelanto: no lo es) y que las mudanzas propuestas son profundas (aclaro: no lo son). Y concluyo que somos pueblos (los de allá y los de acá) para los que el idioma y su uso correcto alcanzan estatura de problema nacional y aun transnacional.

Pero lo que no es de recibo es que si no parecen buenas las disposiciones en materia de normalización idiomática que debaten, acuerdan e imprimen la Asociación de Academias de la Lengua Española, se ejerza simplemente ese derecho al pataleo resignado, en la creencia simplista de que “por la fuerza de la ley” se nos obligará a aceptar unas normas que no son las conformes a la costumbre.

Porque, insisto (y ya son mil), no es así. Las normas las pone quien habla y quienes le escuchan, quien escribe y quienes le leen, primando por encima de cualquier criterio la claridad en el mensaje, la función comunicativa. Y no es ese argumento una llamada a la desobediencia, sino a la conciencia de que el idioma es nuestro y las autoridades académicas únicamente tienen la misión de estudiarlo, entenderlo, aceptarlo y proclamarlo.

En las últimas páginas de la Gramática Esencial del Español, obra de Manuel Seco, mucho más compleja y profunda que lo que podamos entender por “gramática”, el autor incide en esta cuestión y así lo expresa:
Para el hablante español medio, la autoridad máxima, algo así como el tribunal supremo del idioma, es la Real Academia Española. Esta institución oficial nació, en 1713, con un carácter exclusivamente técnico (diferente del de hoy, que es en gran parte honorífico) y con una finalidad muy definida, que está de manifiesto en su lema: Limpia, fija y da esplendor. […] La autoridad que desde un principio se atribuyó oficialmente a la Academia en materia de lengua, unida a la alta calidad de la primera de sus obras, hizo que se implantase en muchos hablantes —españoles y americanos-, hasta hoy, la idea de que la Academia “dictamina” lo que debe y lo que no debe decirse. […] En esta actitud respecto a la Academia hay un error fundamental, el de considerar que alguien —sea una persona o una corporación- tiene autoridad para legislar sobre la lengua. La lengua es de la comunidad que la habla, y es lo que esta comunidad acepta lo que de verdad “existe”, y es lo que el uso da por bueno lo único que en definitiva “es correcto”. La propia Academia, cuando quiso imponer una determinada forma de lengua, no lo hizo a su capricho, sino presentando el uso de los buenos escritores. La validez de un diccionario o de una gramática en cuanto autoridades depende exclusivamente de la fidelidad con que se ajusten a la realidad de la lengua culta común; ninguna de tales obras ha de decirnos cómo debe ser la lengua, sino cómo es, y por tanto su finalidad es puramente informativa. Se puede buscar en ellas orientación, no preceptos.

El problema en todo esto es que las academias, y muy especialmente la española, a fuerza de que los demás las vean como si fueran olimpos infalibles del idioma, podrían haberse creído que sí, que son los amos del cotarro y administradores plenipotenciarios de la cosa idiomática. Y no hay tal.

Tal vez en un tiempo pretérito, donde los niveles de alfabetización eran lamentablemente bajos y, sobre todo, la difusión de material escrito estaba reservada a un pequeño grupo, generalmente profesionalizado, las ortografías podían generarse en sentido descendente: nosotros dictamos, vosotros acatáis.

Pero hoy, en este siglo y con estos medios, cuando yo, mi portera y cualquiera de ustedes puede lanzar su verbo al estrellato de una bitácora, publicar sus versos o sus memorias en formato electrónico abierto a todo lector que acierte a pasar por allí y, en definitiva, utilizar la vieja herramienta de la palabra escrita como mejor entienda y conozca ¿por qué hemos de aceptar las decisiones unilaterales de cuatro señores y alguna señora? ¿Y qué méritos ostentan para tomarlas que todos hayan de respetar? Porque, hasta donde yo sé, ocupan su silla-letra a raíz de un proceso endogámico, designando candidaturas entre amigos y conocidos, procedimiento difícilmente compatible con la norma democrática y transparente que es exigible para administrar bienes públicos, materiales o no.

Y si necesariamente ha de ser así, si la lengua que yo escribo y ustedes leen, tiene que ser (por la razón que sea) regulada desde un cenáculo limitado en número, quiero que sean los hablantes quienes decidan quiénes han de integrarlo. Y en consecuencia declaro que:

Soy hablante de español, es mi lengua materna y en ella pienso, hablo y escribo, y exijo desde el presente MANIFIESTO que se modifiquen los estatutos de las academias de la lengua y en particular la Real Academia Española, de forma que se me permita ser oído y participar, directamente o a través de representantes libremente elegidos, en las decisiones que afecten a la lengua española, patrimonio común y tesoro cultural de todos sus hablantes.

Y va en serio… pero si no me hacen puñetero caso (que es lo más probable), tampoco pasa nada; repito: no es tan importante. Usted siga hablando y escribiendo como le enseñaron y conoce, que si basta para que se haga entender, bien está.

(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)(o)

Otras opiniones:
Ricardo Soca: Mucho ruido y pocas nueces
Miguel Lorenci: El barullo de la ‘ortografía yeyé’
Guillermo Barrios: Escritores contra la nueva ortografía
Facebook: Contra la reforma ortográfica de la RAE

Miguel A. Román | 28 de noviembre de 2010

Comentarios

  1. Almudena
    2010-11-29 02:49

    Genial artículo, tanto por la forma como por el contenido. Además, secundo tu petición: habría que empezar a recoger firmas.

    Sin embargo, discrepo en parte. Aunque la Academia no es infalible, sí es un referente necesario y, desde luego, utilizado. En ese sentido, la polémica tiene cierta razón de ser: en lugar de describir y “normalizar” el uso de la “lengua culta común”, en esta ocasión, ha dictado unas normas que contradicen la forma de escribir de mucha gente no precisamente analfabeta. La Academia ha abusado de su “poder”, aunque sea un poder que los propios hablantes, de forma más o menos gratuita, le hemos otorgado.

  2. Sandro Cohen
    2010-11-29 03:02

    ¡Excelente artículo! Su razonamiento acerca de la cuestión histórica es certero. “In illo tempore” unos cuantos doctos podían dictar cátedra y los demás obedecían, pues eran pocos. Ahora no resulta tan fácil. Las Academias han acertado en expandir sus actividades. Ahora la mexicana, correspondiente a la española, tiene mucho que decir, pues México es el país con mayor número de hablantes del castellano. Antes ni pintaba, o pintaba muy poco.

    Su hipótesis básica me parece correcta: nosotros somos los amos del idioma. Pero los idiomas, como todo cuanto existe, se presta a la entropía. Si queremos seguir hablando el mismo idioma cosa que para mí es muy importante, algo sumamente positivo, sí tenemos que ejercer un poco de control. Es preciso ser un poquito conservadores en esto, a sabiendas de que son los pueblos los que tendrán siempre la última palabra, y ¡ni modo! Pero, curiosamente, ya han pasado 500 años y seguimos hablando el mismo idioma, nos entendemos al 95% (creo yo), tenemos la misma gramática y la misma ortografía. De esto no pueden jactarse ni los ingleses ni los portugueses, cuyos hablantes no se entienden entre sí con la misma facilidad y tienen ortografías divergentes (no en extremo ni mucho menos, pero sí diferentes).

    Yo mismo agregué mis dos granitos de arena: www.sandrocohen.org/redaccion

    Pero más importante ahora será leer la obra publicada por las Academias. Como usted afirma, ninguno de estos cambios es de profundidad.

  3. Aloe
    2011-07-22 21:42

    Yo creo que es maś factible, razonable y racional dejar simplemente de tomarse a las Academias tan en serio como ellas se toman a sí mismas.
    No otorgarles autoridad, porque no la tienen, y ya está.
    Consultar su diccionario… bueno, pero como otro diccionario que sea más o menos fiable.
    O como ver qué dice Google al respecto, que nos da una información rápida y estadísticamente significativa de los usos más generales de los hablantes, o sea, que es un canal directo con los propietarios. Y además, nos permite consultar también rápidamente el uso que hacen hablantes de los que nos fiemos (esas Autoridades indebidamente abandonadas, porque eran como el karma de las redes colaborativas avant la lettre)
    La unidad del español corre menos peligro que nunca. Ya están los medios masivos, internet y las escuelas para eso.



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