Libro de notas

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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Los puntos sobre las íes

Dejemos de lado, por un día, la gramática ortodoxa, y rebusquemos en cajones menos frecuentados del conocimiento del idioma hispano. Veamos algunas curiosidades y anécdotas de las letras, esos garabatos absolutamente arbitrarios con los que intentamos representar gráficamente la torsiones de nuestro músculo lingual, y comencemos con una pregunta simple pero intrigante: ¿por qué ponemos un punto sobre la letra i?

La i que llamamos “latina” es, en realidad, la adaptación al latín de la iota griega, ι, una letra tan pequeña que, desde hace milenios, el dicho de “sin faltar una iota” o “no entender ni iota” se usa para expresar que no falta ni lo más nimio y que no se entiende ni lo más básico, respectivamente.

Por supuesto, en principio no lucía la letra signo alguno sobre su ápice. Pero en los siglos XII y XIII se desarrolla la escritura gótica (littera textualis), con letras marcadamente verticales, rectas y uniformes, que suponen una tortura para el lector, especialmente cuando, escatimando pergamino, se escriben muy juntas y aun sin espacio entre las palabras.

Recreación TrueType de las palabras latinas
minimum inimicus
en gótica textual, típica del siglo XII

Texto manuscrito holandés de 1457 mostrando
puntos sobre las íes (mi mit corten). Abajo, el mismo
escribiente prescinde del punto (mit hoer).


Fragmento de edición princeps de la Biblia de Gutenberg

Así que algunos calígrafos de la época optan por marcar las íes con una pequeña rayita superpuesta; si no todas, al menos las que mayor riesgo de ambigüedad ofrecían.

Seguramente, la cosa no hubiera tenido mayor repercusión ni hubiera resistido el cambio de tendencias estéticas en la escritura, si no hubiera sido porque Gutenberg optó por este estilo de letra para sus revolucionarios tipos móviles, incluyendo sobre la “i” una evidente raya arqueada, y de tal guisa salieron la primera edición de su Biblia y muchos otros incunables, difundiéndose en lo sucesivo esta forma de imprimir la vocal, y aunque las caligrafías manuales no siempre la utilizaban, terminó por imponerse el nuevo “look” de la i latina.

Pero esta curiosidad nos lleva a otra: la “j” también tiene punto. Es lógico si tenemos en cuenta que esa letra nació de la “i”. La “j” no existía en el alfabeto del latín clásico (tampoco existe en el italiano actual) y se incorporó a los alfabetos occidentales para satisfacer las fonéticas regionales, representando una “i-larga” y tomando –en castellano- el nombre de la letra griega “iota”, debidamente modificado para su nuevo fonema: jota.

Sin embargo sorprende el muy distinto uso fonético que se asocia a esta letra en lenguas geográficamente cercanas (inglés, francés, alemán, …) donde, benevolentemente, todavía puede reconocerse un sonido de i-consonante, mientras que el castellano lo emplea con ese sonido velar altamente fricativo que desconcierta al hablante extranjero y que, según se dice, nos legaron los árabes.

El responsable, en buena parte, de este uso “anómalo” fue Antonio de Nebrija, quien lo propuso así en su gramática, aunque su incorporación como letra autónoma dentro del alfabeto no llegaría sino hasta medio siglo más tarde, de la mano del humanista y gramático francés Pedro Ramus (Pierre de la Ramée). Parece que fueron los tipógrafos holandeses del siglo XVI quienes le dieron forma definitiva, por lo que hasta no hace mucho era conocida en imprenta como “jota holandesa”

Durante muchos años, su uso fue confuso, compitiendo con la “g” (ante e-i) y absorbiendo lentamente el sonido palatal-velar de la “x”; hasta bien entrado el siglo XIX encontramos mugeres, execuciones y exemplos, manteniéndose hoy los casos de algunos toponímicos: Axarquía, México, Texas, etcétera, como recuerdo de los días en que la jota aún era una advenediza.

Pero hay una tercera i en nuestro actual alfabeto; hablo, por supuesto, de la “i griega”; y bueno es el nombre, dado que tampoco formaba parte del latín clásico hasta una etapa muy tardía, en la que los cultistas utilizaron la ipsilon, i-breve, para transcribir los términos griegos que la incluían, tal vez para preservar la pronunciación, puesto que el latín la había adoptado inicialmente como “u”, supuestamente pronunciada como en el francés plus o el alemán dünn.

Sin embargo, en el tránsito de la lengua del imperio al castellano, se conservó la y, aunque con el valor simple de i, no por razones etimológicas ni fonéticas ni gramáticas, sino sencillamente caligráficas, pues la I les debió parecer una letra sosa de formas y curvas a aquellos amanuenses que historiaban capitales miniados, mientras que la Y con su forma de cáliz daba mucho más juego; ¡que les pareció más bonita, vamos!

Nebrija reniega de ella, diciendo: La y griega tan poco io no veo de qué sirve, pues que no tiene otra fuerça ni sonido que la i latina. El caso es que, mientras se mantuvo esa moda, muchas de las palabras que comenzaban por i, sobre todo nombres propios, se escribieron con y: Ysabel, Ynés, Yrene, Ybarra, Ybañez, Yberia. De igual forma, y por puro efecto gráfico, se escribía “y” en las palabras que finalizaban con este sonido, donde la equivalente latina podría haberse confundido con una coma u otro signo, así como en el uso como conjunción y, pues al quedar aislada entre palabras convenía destacarla frente al trazo simple de la i.

Con la llegada de la imprenta, la Y capital empieza a declinar, hasta quedar su uso vocálico restringido a la última posición: rey, soy, ley, Uruguay, bocoy, buey, estay, … de tal forma que así como no hay palabra en castellano con y griega vocálica en su interior, tampoco tenemos ninguna que termine en –i átona.

Pero, por suerte para este grafismo, el lugar de i-consonante o semiconsonante, que en nuestra lengua no podía ocupar la j, pues ya hemos dicho que a ésta se le deparó un sonido mucho más áspero, pasó a ser representado por la y, y con este argumento la indulta el propio Nebrija: salvo si queremos usar della en los lugares donde podría venir en duda, si la i es vocal o consonante; como escribiendo raya, ayo, yunta, si pusiésemos i latina, diría otra cosa muy diversa: raia, aio, junta.

Quizá de esta convulsa herencia quedó la fonética de nuestra y griega poco definida, de tal suerte que no hay dos hispanohablantes que la pronuncien de igual forma: palatal aquí, alveolar allá, velar acullá. El fenómeno del yeísmo, indeterminación fonética con la “ll” /ʎ/ lo complica aún más, y pese a que actualmente está más extendida la asimilación de ambos sonidos que su diferenciación, la norma académica sigue preconizando la pronunciación “esmerada” o tradicional.

En Tesoro… (1611), Covarrubias considera i, j, y
como la misma letra, y no incluyó entradas
separadas para las dos últimas.

En fin, el resultado de estas peripecias del grafismo puede resumirse en el hecho curioso de que, en nuestro abecedario, conviven tres “íes”: una vocal, otra consonante y otra semiconsonante; y era la letra más pequeña de la cultura helena…

Esto nos ha de recordar que la ortografía no es una característica natural del habla, sino una convención arbitraria y, por ende, mutable; más todavía cuando ni siquiera la pronunciación de las palabras o letras permanece estable a través de los siglos.

No descartemos que dentro de unos decenios –quizá incluso antes-, no sea admisible la hoy denostada grafía ‘@’ para englobar ambos géneros gramaticales: alumn@s, ciudadan@s, usuari@s. Otra cosa será cómo la vamos a pronunciar y en qué posición del orden alfabético vendrá a aparecer.

Miguel A. Román | 28 de septiembre de 2009

Comentarios

  1. Juan
    2009-09-28 16:52

    ¡Fenomenal artículo!

    En cuanto a la “@”, propongo que se pronuncie precisamente como “i”, es decir, “ciudadanis” y “usuariis”. Así sonará tan cursi como su apariencia escrita.

  2. Pindo
    2009-09-28 21:57

    ¿Y no hay premio al que pueda presentarse esta columna y su columnista? Virgen santa, qué maravilla.

  3. eρHedro
    2009-09-29 00:35

    Nooooooo. La arroba nooooo.
    Ay, ya me he quedado más agustico.
    Conozco mexicanos que felicitan el uso de la x en México y derivados, acostumbrados a que los ibéricos pongan la j.

  4. Francisco
    2009-10-04 10:47

    Los mexicanos usamos la“x” por ser castiza; por ser una letra castellana empleada por Cervantes en Don Quixote. Los que se taen un desorden son los espanoles que no se aclaran con el uso de la “x”.

    La usan en examen, axila, existencia, exito, pero cambian el original ‘luxo’, cultismo latino dificil de digerir, por ‘lujo’.

    Quitan y ponen ‘x’ si asi se sienten al levantarse y las reintegran al acostarse si estan de diferente humor. Cambiaron a ortodojo y luego volvieron a ortodoxo; a convejo y luego volvieron a convexo; a heterodojia, para luego volver a heterodoxia.

    Dignos nombres como Praxedes quedaron en insipideces como Prajedes, Jimenez, Mejia, Javier …

    Es de desear, empero, que si sentis los efectos del lajante, tengais algun retrete anejo a donde esteis.

    Xaludius.

  5. rafa
    2009-10-08 03:46

    …Y cuando menos la i (con su puntito) está admitida sin ninguna objeción en el mundo entero (la acepta el inglés, con lo que ya está todo dicho) pero ¡hay de mí! ¡Qué diremos de la “ñ” co su boina? ¡Esta sí que está discriminada! Desconozco si hay algún idioma, aparte del castellano, que la utilice. Letra humilde donde las haya, perseguida y acosada, que a buen seguro, para su supervivencia, habrá habido de superar peripecias y pruebas sin fin. Y, sin embargo, desde mi punto de vista tiene toda su razón para existir, cuando menos, como decía, en castellano. A ver quién distingue, si no, ordeñadora de ordenadora, pena de peña, mono de moño, cana de caña, y ya puestos, pienso que tampoco es lo mismo un cono que un trapecio.
    Un saludo

  6. Francisco
    2009-10-09 05:58

    Hombre Rafa, no es tanta la necesidad de la boina, se agrega una i y ya esta; es decir, un tripode nunca sera lo mismo que un conio.

    Un saludiux.

  7. Miguel A. Román
    2010-04-21 04:08

    Buenos dias. Muy buena la pagina. Esta leyendo el articulo Los puntos sobre las ies, y me quedo una duda. En el afirman: … no hay palabra en castellano con y griega vocálica en su interior, tampoco tenemos ninguna que termine en –i átona.
    En relacion con lo ultimo, como queda, por ejemplo, la palabra casi, esta i no es átona? gracias por la aclaratoria…MF

    Tiene usted razón. En honor a la verdad hay que apuntar que hasta el siglo XVII encontramos ejemplos escritos de “casy”, ya que, como quiere indicar el artículo publicado, la razón principal de esa y griega final era puramente estética y nunca una norma; de igual forma que en esos siglos pasados se escribió muchas veces “rei”, “hoi”, “mui” o “buei”.

    Sin embargo, pese a ser una simple artimaña gráfica, el uso habitual devino en que la “i” final fuese “y” vocal en prácticamente todos los casos.

    La excepción, que me advierte usted muy perspicazmente, es “casi”. Probablemente no evolucionó igual que las otras porque durante mucho tiempo se alternó con la forma “cuasi” (aún hoy permitida) y esta es traslación directa de la forma latina “quasi” (forma gráfica que también se observó en español durante varios siglos); y puede que inlfuyera también el hecho de ser un adverbio que por norma general es seguido de otra palabra a la que modifica (casi aciertas, tengo casi mil euros), asimilándose con otros modificadores adoptados como prefijo (multi-, mini-, maxi-, poli-). Lo cierto es que, conservar esa -i átona en “casi” fue decisión tácita de escritores e impresores.

    Parece entonces la excepción que confirma la regla, si bien es posible que haya alguna otra (lamentáblemente los diccionarios no permiten buscar por la letra final, así que no puedo descartar otro caso similar sino empíricamente).

    Hay, por otro lado, un pequeño puñado de palabras en castellano actual terminadas en -i átona. Sin embargo la mayoría de ellas son términos procedentes de otras lenguas e incorporados en fechas relativamente recientes: taxi, biquini, espagueti, pichi, quinqui, alioli, güisqui, sirimiri, suchi, caqui, etcétera; además de muchas otras expresiones coloquiales, normalmente formadas por apócope (mili, mini, poli, boli), nombre propios (martini, ferrari) y, por supuesto, disminutivos familiares de nombres (Rosi, Manoli, Fali, Josemari). Como puede verse, ninguna de ellas tiene un historial genuino de castellano culto. Excluyo de esta relación a los monosílabos átonos (si, ni, mi), pues los monosílabos, en esta y en otras cosas, parecen regirse por fuero propio.

  8. óscar
    2010-04-21 06:05

    (lamentáblemente los diccionarios no permiten buscar por la letra final, así que no puedo descartar otro caso similar sino empíricamente)

    Mira Miguel, aquí hay algo: http://stilus.daedalus.es/herramientas.php?texto=i&op=dicinv



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