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Historia del feminismo II: la represión romántica

Alfredo Iglesias Diéguez

Viene de Historia del feminismo, I. Las precursoras

En 1804 el Código civil napoleónico, en el que se sistematizaron los derechos políticos y las libertades civiles burguesas, se codificó la exclusión de las mujeres de la ciudadanía. Así, de acuerdo con el nuevo ordenamiento jurídico de los estados burgueses las mujeres no tenían derecho a administrar su propia fortuna, a fijar un domicilio propio o a abandonar el domicilio familiar, a ejercer la patria potestad, a mantener una profesión o a emplearse (para lo que necesitaban el permiso del padre o del marido), etc. Así, excluidas de la ciudadanía y al margen del sistema educativo, hubo que esperar al año 1848, en el que se celebró la Convención de Seneca Falls, para que las mujeres retomaran la lucha hacia la conquista de los derechos y libertades que únicamente se le reconocían a los hombres; no obstante, a pesar de la represión ejercida en los primeros años del siglo XIX, las mujeres participaron en el seno de los movimientos abolicionista y obrero y en la defensa de las libertades, como fue el caso de Mariana Pineda, ajusticiada en Granada el 26 de mayo de 1831.

Las mujeres en el movimiento abolicionista

El movimiento abolicionista, que se extendió a partir de 1775 por los principales países europeos y americanos, fue el marco que hizo posible la participación de las mujeres en la actividad política, así como su toma de conciencia de seres doblemente explotados, durante la larga noche de piedra del feminismo (1804-1848); asimismo, esa coincidencia en un mismo campo de actividad entre hombres y mujeres abolicionistas fue la condición de posibilidad de la adhesión de muchos hombres, entre ellos Frederick Douglass, quien participó en la Convención de Seneca Falls, a la causa feminista.

Efectivamente, en los años veinte del siglo XIX se organizó el movimiento abolicionista femenino, en el que, al amparo de la lucha por la abolición de la esclavitud, surge un vigoroso movimiento feminista; siendo en ese contexto de lucha común en el que se tiene que situar el conocido discurso de Angelina Grimké en respuesta a los ataques a que eran sometidas las mujeres que luchaban por la abolición de la esclavitud: “Hasta que no apartemos el obstáculo del camino es imposible que hagamos avanzar el abolicionismo todo lo que estaría en nuestras manos [...]. Puede que afrontar esta cuestión parezca que es salirse del camino [...]. No es así: debemos enfrentarnos a esa cuestión cuanto antes [...]. ¿Por qué, queridos hermanos, no podéis ver la sutil trampa urdida por el clero contra nosotras como conferenciantes? [...] Si este año renunciamos a nuestro derecho a hablar en público, el que viene deberemos renunciar a nuestro derecho a cursar una petición e el siguiente a escribir, y así sucesivamente. ¿Qué puede hacer, entonces, la mujer por los esclavos si ella misma se encuentra a los pies del hombre condenada al silencio?”. En otras palabras, las hermanas Grimké descubren su condición de mujeres explotadas en el seno de su actividad a favor de la abolición de la esclavitud, siendo las objeciones que muchos detractores presentaron a esa actividad política femenina la que les forzó a elaborar un discurso feminista en el que se establece una unidad dialéctica inescindible entre la lucha por la abolición de la esclavitud y la lucha por la emancipación de la mujer, siendo en las Cartas sobre la igualdad de los sexos y la condición de las mujeres (1837-1838), de Sarah Grimké, donde se encuentra la formalización más elaborada de esa unidad entre abolicionismo e feminismo.

Ahora bien, frente a las hermanas Grimké, procedentes de una familia esclavista del sur, que comenzaron a participar en la vida pública norteamericana en 1835, encontrando un público cada vez más numeroso entre la población blanca perteneciente a la burguesía acomodada, las mujeres negras, a pesar de la actividad política de María Stewart en 1831, no tuvieron la misma acogida que las mujeres blancas; de hecho, en la Convención de Seneca Falls, a pesar de la presencia de Frederick Douglass, un conocido defensor de la abolición de la esclavitud y de los derechos de la mujer que huyera de la esclavitud escapando del campo en el que trabajaba, no se encontraba ninguna mujer negra, no siendo hasta 1851, en la primera convención nacional por los derechos de la mujer celebrada en Akron (Ohio), que una mujer nacida esclava, que conquistó su libertad en 1827 al escapar a Canadá, tome la palabra. Era Sojourner Truth, quien en 1850 publicara La historia de Soujourner Truth, una esclava del norte; en aquella convención de Akron pronunció su discurso ¿Acaso yo no soy una mujer?, con el que rescató a las mujeres allí congregadas de las provocaciones procedentes de un agresivo sector masculino; siendo la única mujer negra asistente a la Convención, ella hizo lo que ninguna de sus hermanas blancas podían hacer: demostrar que las mujeres no eran un sexo débil y dependiente para todo de los hombres (en eso consistían las provocaciones machistas) al señalar mostrando su potente brazo musculoso: ¡Aré, sembré y coseché en los graneros sin que ningún hombre me pudiese ganar! ¿Y acaso no soy una mujer? Podía trabajar tanto como un hombre y comer tanto como él cuando tenía comida, ¡y también soportar el látigo! ¿Y acaso no soy una mujer? Di a luz a trece niños y he visto vender a la mayoría de ellos como esclavos ¡y cuando grité, con mi dolor de madre, nadie, sino Jesús, me escuchó! ¿Y acaso no soy una mujer?”.

Durante la década de los cincuenta del siglo XIX, Soujourner Truth fue la voz de las mujeres negras y, por lo tanto, de la lucha por la igualdad de los sexos e de las razas, he ahí su radical importancia histórica en un momento en el que la denuncia de la esclavitud se distanciaba cada vez más de la condena del racismo, como prueba el hecho de que en La cabaña del tío Tom (1851), un relato abolicionista de la escritora Harriet Beecher Stowe, se asumiesen como ciertos todos los estereotipos racistas de la época, lo que a la larga motivó un distanciamiento entre las sufragistas norteamericanas, sobre todo en los años posteriores al final de la Guerra de Secesión (1861-1865), después de que en 1870 se aprobase la 15ª enmienda, por la cual se concedía el derecho al voto a los hombres negros, y los defensores de la igualdad de derechos de la población afromericana; una escisión que será irreconciliable tras el Compromiso de 1877, por el cual se empieza a practicar la que pronto se conocerá como doctrina del “separados pero iguales”, base del segregacionismo racial de los EEUU en el siglo XX.

Las mujeres en el movimiento obrero

Trabajadoras infatigables desde tiempos prehistóricos, en la era de la revolución industrial las mujeres bajaron a las minas y trabajaron en las fábricas al ritmo de los hombres, pero eran peor remuneradas que ellos, siendo, precisamente esa doble condición de explotadas, como mujeres y como obreras, el hecho que les llevó a organizarse desde los primeros años de la década de los treinta del siglo XIX.

Organizaciones como la Asociación por la Reforma del Trabajo Femenino, fundada por las obreras que trabajaban durante 13 horas diarias en el verano y desde el amanecer hasta la noche en el invierno en las fábricas textiles de Massachussets, adquirieron tal protagonismo que en los años cuarenta las mujeres estaban a la cabeza del movimiento obrero en los EEUU, donde luchaban por un único objetivo: conseguir una jornada laboral de 10 horas y mejoras en las condiciones laborales, llegando a presentar peticiones públicas al gobierno del estado y a ser recibidas en audiencia en la cámara legislativa del estado, siendo esa la razón por la cual las mujeres obreras blancas participaron en la Convención de Seneca Falls, porque, como dijo una de esas participantes, Charlotte Woodward, “queremos trabajar, queremos escoger nuestra profesión y queremos recoger nuestro sueldo”. En Seneca Falls, las obreras eran consecuentes con sus luchas: para ellas los derechos de las mujeres era lo más importante que había en sus vidas, como señala Angela Davis en Mujeres, raza y clase (Akal, 2005).

Asimismo, no faltaron mujeres que luchasen por la emancipación de la clase trabajadora europea, siendo quizás los casos más destacables el de George Sand, la escritora francesa que asistió a las jornadas revolucionarias de 1848 y que en su obra proyectó un ideal socialista y profundamente democrático, el de Louise Otto-Peters, una luchadora por los derechos de la mujer que participó en la revolución alemana de 1848 y que en su Periódico de las Mujeres (1849-1852) reivindicaba la reforma de la educación y la mejora de las condiciones de vida de las trabajadoras europeas, o el de Flora Tristán.

No obstante, únicamente Flora Tristán, que en 1839 dejara constancia de sus agudas observaciones sobre el proletariado inglés en el libro Paseos por Londres (1839), fue capaz de articular un pensamiento teórico relevante, reflejado en La unión obrera (1843), en la que defiende la unidad de acción de la clase trabajadora y establece como indisoluble la lucha por la emancipación de la mujer y la abolición de la esclavitud asalariada, y el internacionalismo proletario, así como de desarrollar un notable activismo político, que le llevó a recorrer Francia en los primeros años de la década de los cuarenta animando al proletariado a autoorganizarse para luchar por sus intereses de clase, he ahí la razón por la cual, tras su muerte en 1844, los obreros de Burdeos realizaron una colecta para construirle un mausoleo en el que se lee: “En memoria de Flora Tristán, autora de Unión Obrera, los trabajadores te honran: Libertad, Igualdad, Fraternidad, Solidariedad”.

Sigue en “La lucha por la igualdad y la opinión (Historia del feminismo III)”:http://librodenotas.com/opiniondivulgacion/10641/historia-del-feminismo-iii-la-lucha-por-la-igualdad

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Artículo publicado originalmente en gallego en el periódico Galicia Hoxe. Traducción del autor.

Alfredo Iglesias Diéguez | 09 de febrero de 2007


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