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Historia del feminismo I. Las precursoras

Alfredo Iglesias Diéguez

Las mujeres fueron protagonistas principales de la ola revolucionaria que recorrió Francia entre los años 1789 y 1795. No en vano, fue Théroigne de Mericourt quien lideró al grupo de mujeres que protagonizaron la toma de la Bastilla el día 14 de julio de 1789, la acción que sirvió para que el rey no disolviese a los diputados de la Asamblea que acababan de juramentarse en la sala del juego de la pelota el 20 de junio de 1789. Asimismo, las mujeres, lideradas por Louison Chabry y Renée Audon, fueron protagonistas exclusivas de la marcha de varios cientos de mujeres, la mayoría vendedoras del mercado parisiense de Les Halles, que se dirigieron a Versalles entre el 5 y el 6 de octubre de 1789 para forzar al rey a trasladarse a París, con lo que contribuyeron a poner el poder ejecutivo del monarca bajo el control del pueblo de París.

No obstante, frente a este protagonismo de las mujeres en los principales acontecimientos revolucionarios, los diputados franceses reunidos en la Asamblea Nacional establecieron un cuerpo legislativo en el que la mujer era excluida de la esfera pública. Así, a pesar de que el 1 de enero de 1789 un grupo organizado de mujeres del Tercer Estado presentó una petición al rey, pues quedaran excluidas del derecho a presentar sus peticiones en los cuadernos de quejas oficiales, en la que reclamaban para ellas el derecho a la instrucción, la igualdad de derechos en el matrimonio, medidas legales contra la doble moral, el libre acceso a todos los oficios (incluido el militar) y garantías de igualdad laboral, el 26 de agosto de 1789 la Asamblea proclamaba solemnemente la rousseauniana Declaración de derechos del hombre y el ciudadano y, al día siguiente, esa misma Asamblea confirmaba la ley sálica, que impedía el acceso de la mujer al trono.

Asimismo, a pesar de ciertas propuestas, como la presentada por Condorcet en 1787 a favor de la participación política de la mujer y, sobre todo, la petición dirigida a la Asamblea Nacional el 6 de octubre de 1789, en la que se exigía la igualdad de derechos frente al hombre, el código electoral aprobado por los diputados el 22 de diciembre de 1789 excluía definitivamente a las mujeres de la ciudadanía, una exclusión recogida posteriormente en la Constitución aprobada el 3 de septiembre de 1791. En este sentido, se puede afirmar que, a pesar de la propuesta igualitarista presentada por Condorcet en Sobre la admisión de las mujeres en el derecho de ciudadanía (1790) ante la Asamblea, en la que después de preguntarse si los hombres no tienen sus derechos en calidad de seres sensibles capaces de razón y poseedores de ideas morales afirma que las mujeres deben de tener absolutamente los mismos derechos que los hombres, criticando el hecho de que ninguna de las constituciones llamadas libres recojan ese derecho, y a pesar de la presión ejercida en la calle por la Sociedad de Amigos de la Constitución, fundada en 1790 por Mericourt y Remond, la mujer fue marginada de la nueva etapa que se inauguraba tras la aprobación de la Constitución. Precisamente, frente a esa situación de marginalidad, Olympe de Gouges presentaba ante la Asamblea la Declaración de derechos de la mujer y de la ciudadana el 14 de septiembre de 1791, en la que reclamaba para la mujer los mismos derechos que la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano reconociera exclusivamente para el hombre en 1789, señalando, además, que “la ignorancia, el olvido y el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobiernos”.

De nuevo en 1792, después del protagonismo asumido por las mujeres en el asalto al palacio de las Tullerías el 10 de agosto de 1792, una acción motivada por las sospechas que recaían sobre el rey y que culminó con la proclamación de la República el 21 de septiembre de 1792, había que retomar la batalla por los derechos. En este nuevo contexto, dos mujeres del pueblo, Pauline Léon y Claire Lacombe, fundaron el Club de ciudadanas republicanas revolucionarias, vinculado al movimiento de los Enragés y situado en la izquierda política, el 10 de mayo de 1793. Asimismo, las mujeres volvieron a adquirir un renovado protagonismo durante el nuevo período constituyente, aplaudiendo desde la tribuna las propuestas más favorables al pueblo de París, al que se entendía que representaban en la tribuna pública. No obstante, con la instauración del gobierno revolucionario presidido por Robespierre el 10 de octubre de 1793, que tenía por objetivo principal “consolidar la Revolución, batir el federalismo, socorrer al pueblo y procurarle la abundancia, fortalecer los ejércitos y limpiar el estado de las conjuras que lo infestan”, se suspendieron las garantías constitucionales que se recogían en la Constitución montañesa de 1793, entre las que se encontraba el derecho a la instrucción y el sufragio universal, hasta el restablecimiento de la paz en el interior y en el exterior, por lo que toda actividad política opuesta al gobierno revolucionario fue duramente reprimida, hecho que explica la condena a muerte de Condorcet, quien se quitó la vida antes de ser ejecutado, y de Olympe de Gouges, pues los dos habían apoyado la causa girondina y federalista, no por sus propuestas feministas.

En 1795, después de los acontecimientos contrarrevolucionarios que llevaran al poder a la burguesía termidoriana, las mujeres volvieron a salir por última vez a las calles de París, en esta ocasión reclamando pan y la restitución de la Constitución del año 1793, reconociendo de esa manera que a pesar de la represión del Terror, la vigencia de es Constitución era la condición necesaria para el establecimiento de una república verdaderamente democrática y popular.

A partir de ese momento, reprimido cualquier movimiento político de carácter revolucionario, el legislador estableció como único sujeto político al propietario. En este sentido, la culminación de ese proceso masculino-burgués es el código napoleónico de 1804, inspirado en la excluyente democracia rousseauniana y en el que se establece la definitiva subordinación de la mujer al hombre. Paralelamente, la historiografía masculino-burguesa conservará para la posterioridad a una mujer asociada a la Revolución Francesa: Charlotte Corday, la asesina de Marat, el amigo del pueblo, el 13 de julio de 1793.

El papel teórico de Mary Wollstonecraft
Precisamente, en ese contexto político heredero de Rousseau, cobra una gran importancia política y teórica la obra de Mary Wollstonecraft, quien en Vindicación de los derechos de la mujer (1792) rechaza las tesis misóginas que Rousseau estableciera en el Contrato Social (1762) y en el Emilio (1762), donde sostenía que el hombre era superior a la mujer, que debía recibir una educación que garantizase su función social: satisfacer al hombre y criar hijos. Así pues, en la Vindicación de los derechos de la mujer Mary Wollstonecraft reivindica, con las mismas herramientas teóricas y políticas que empleara Rousseau, la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, estableciendo, entre otras cosas, que muchos de los rasgos del comportamiento y del temperamento que se consideran propios de las mujeres no lo son por naturaleza, son el producto de su situación históricamente dependiente y subordinada; en este sentido, para Mary Wollstonecraft, la mujer libre, como lo fueran a lo largo del Siglo de las Luces muchas mujeres de la aristocracia, está sobradamente capacitada para elaborar conocimiento científico creativo y original, como demostraran Cavendish (1623-1673), Montagu (1689-1762), Châtelet (1706-1749), Bassi (1711-1778), Agnesi (1718-1799) o, entre otras, Paulze (1758-1836), con sus trabajos en el campo de las matemáticas, la física, la química o la medicina, demostrando con hechos que las mujeres podían pertenecer a la academia y participar en la vida pública, como demostraran sobradamente entre 1789 y 1795

No obstante, a pesar de la presencia de las mujeres en la vida pública, las contribuciones teóricas del feminismo y la participación de la mujer en las principales actividades económicas, durante la larga era de los nacionalismos, el período en el que se constituyen los modernos estados nacional-liberales, las mulleres, lo mismo que el proletariado, los esclavos y los colonizados, permanecerán silenciadas durante la larga noche de piedra romántica, un momento en el que la filosofía y la ciencia tomaron el relevo a la religión para legitimar la desigualdad de géneros, clases y razas.

Sigue en Historia del feminismo, II. La represión romántica
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Artículo publicado originalmente en gallego en el periódico Galicia Hoxe. Traducción del autor.

Alfredo Iglesias Diéguez | 31 de enero de 2007

Comentarios

  1. Emiliano
    2007-10-05 01:04

    ME INTERESA EL TEMA DE LA HISTORIA DEL FEMINISMO ...PERO QUESTIMA NO SE PUEDE ACCDER AL ARTICULO HOY 4 DE OCTUBRE DEL 2007.

    SALUDOS

  2. carolline eveng
    2013-02-01 03:38

    hola me gustaria tener mucho mas explicaciones sobre este tema y si es posible que haya libros precisos que traten del sujeto gracias



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