Libro de notas

Edición LdN
Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

La boca que habla

Dice Lao Tse: Sólo puedo dar nombre a aquello cuya esencia desconozco.
El novicio, confuso, pregunta a su maestro qué significa esa frase.
-¿Conoces el rosal que crece junto a la puerta del monasterio?
-Sí, maestro.
-¿Recuerdas su aroma en las tardes de verano?
-Claro que sí, maestro.
-Y dime ¿cómo es?

¿No les ha pasado nunca que, teniendo bien perfilado algo en la mente, no han encontrado palabras para expresarlo? Y a la inversa, conociendo la palabra –y eventualmente lo que expresa-, no pueden materializar una definición. Definan “azul” para un ciego, o más fácil (¿?), la diferencia entre azul y verde. Definamos amor, angustia, cansancio, ilusión, …

Generalmente, y así lo defino con frecuencia, entendemos el lenguaje como la transmisión oral del pensamiento. Sin embargo, si una imagen vale más que mil palabras, un concepto vale más que mil imágenes, es decir, un millón de palabras. Y el lenguaje se compone de palabras, mientra que el pensamiento se nutre de conceptos. Así que es un milagro que tan torpe herramienta sea útil a su finalidad, que logremos entendernos pese a la distancia funcional que media entre mente y vocablo.

Sin embargo, sea como sea, no nos cabe duda de que existe una estrecha relación entre ambas facultades humanas. La siguiente pregunta entonces es ¿Quién manda aquí? ¿Pensamos lo que decimos o decimos lo que pensamos? ¿Es nuestro lenguaje extensión de la mente, pese a que existen lagunas verbales como las antedichas? ¿O bien nuestra capacidad de conceptualizar está limitada a aquello que de alguna forma podemos expresar con palabras?

A esta inasible conexión entre pensamiento y lenguaje han dedicado filósofos y científicos noches de claro en claro y días de turbio en turbio desde tiempo inmemorial. Platón ya abordó el tema, pero no fue sino hasta mediados del siglo pasado, cuando la sicología madura como ciencia y las personas que abren trocha en este conocimiento, como Piaget o Skinner, se ponen a la tarea de establecer qué engranajes relacionan psique y habla y cuál de ellos es la pieza motriz.

Entre estos estudios psicolingüísticos se encuentran los que en los años 20 realizó Edwar Sapir, y que posteriormente amplió Benjamin L. Whorf, basándose en la gramática de las tribus amerindias y relacionando sus peculiaridades con la “filosofía” personal de estos pueblos.

La hipótesis de Sapir-Whorf sugiere que el idioma condiciona el pensamiento. La versión “fuerte” de esta hipótesis, o Determinismo Lingüístico, establecería que la forma en que un ser humano concibe el mundo está supeditada a la semántica de su idioma. La interpretación “débil”, o Relativismo Lingüístico, supondría que, si bien el hablante mantiene aceptable control sobre su pensamiento, éste está en mayor o menor medida influenciado por las palabras y reglas sintácticas que le son conocidas.

Aunque Sapir y Whorf se basaron en lenguas tan distintas de las occidentales como los dialectos nativos americanos, podemos encontrar algunos ejemplos aceptablemente aplicables en las diferencias entre dos idiomas mucho más conocidos: español e inglés.

En castellano, el verbo “esperar”, según el DRAE, tiene tres valores:
1. tr. Tener esperanza de conseguir lo que se desea.
2. tr. Creer que ha de suceder algo, especialmente si es favorable.
3. tr. Permanecer en sitio adonde se cree que ha de ir alguien o en donde se presume que ha de ocurrir algo.

Sin embargo, el inglés define cada grado de espera en tres palabras distintas: hope, wait y expect, según la probabilidad e inminencia del suceso que se aguarda. Similar ejemplo tendríamos en el concepto español “desear”, que en inglés puede matizarse como “wish” o “desire”.

Esto significa que mientras un británico “waits for a taxi” y “hopes a miracle”, un español o un chileno esperan taxi y milagro con el mismo verbo, cuando el grado de confianza en el suceso es bien distinto… ¿o tal vez no son tan distintos para una mentalidad hispana?

Entonces ¿son los hispanohablantes más resignados ante la espera que los sajones? o, dicho de otra forma ¿por qué en el idioma castellano no se ha diversificado el anhelo en el léxico y en el anglosajón sí?

Pero, además de los elementos “reales” que expresan verbos y sustantivos, podríamos extender estas diferencias de idioma y conceptualización a elementos gramaticales proporcionados por la estructura sintáctica: El verbo “gustar/agradar” en español es intransitivo. Esto significa que la única forma de subjetivizarlo es tomando al hablante como sujeto pasivo pronominal: me gusta la fruta, de forma que un análisis gramatical parece revelar que el acto de gustar es propiedad intrínseca de la fruta y el indivíduo es víctima pasiva de ese atractivo, al que no puede sustraerse. Sin embargo, el equivalente sajón “like” es transitivo, es decir, es propiedad del sujeto y hace con él lo que quiere: I like fruit, dejando al complemento directo al albedrío del actor.

¿Sufrirían entonces los bilingües una especie de ezquizofrenia? No necesariamente, pero no son pocos los bilingües que reconocen que en ocasiones usan una u otra lengua dependiendo de las circunstancias, de lo que quieran expresar o incluso de su estado de ánimo. Aun si esto fuera exagerado, es frecuente que un bilingüe introduzca en una frase en un idioma términos de su otra lengua que, a su juicio, son más apropiados a lo que quieren expresar.

Un conocido, que trabaja como directivo en un entorno bilingüe español-alemán, me contaba que el trato diario con los empleados se desarrolla en español, pero cuando tiene que echar mano de su autoridad utiliza el alemán. No es tanto, como alguno supondrá, porque el germano sea un idioma más autoritario, sino que, según me explicó, en español tutea a sus subordinados, y un rapapolvo hablando “de tu” le parece poco adecuado, pero cambiar al “usted” en esas circunstancias podría parecer sarcástico, así que usar el Sie alemán le parece simplemente formal.

¿Qué hay de cierto y falso en todo esto? Por un lado parece razonable pensar que un pueblo construye una lengua propia, en base a sus preferencias, cultura y entorno. No me cabe duda de que ciertos elementos del lenguaje son moldeados por los pensamientos colectivos de cada comunidad y de alguna forma lo hacen así más propio, más “personal”. Cuando los romanos conquistaron Iberia impusieron su lengua, el latín, pero los nativos la fueron modificando poco a poco hasta forjar el idioma castellano. Similar proceso ocurrió cuando estos castellanos llevaron su idioma a América. ¿Por qué una sociedad matiza un idioma que les llega ya “perfectamente” construido? Quizá porque no le satisface completamente, porque no se adapta como un guante a su idiosincrasia, porque no es la lengua de su pensamiento.

Por otro lado, la hipótesis de Sapir-Whorf aplicada al pie de la letra, contiene cierta peligrosidad ideológica. Algunos hallarían en ella pretextos segregacionistas y reforzarían tópicos nacionales y actitudes nacionalistas. Pero además daría validez a políticas de forzamiento lingüístico, como la implantación del lenguaje “políticamente correcto” o la satanización del “machismo lingüístico”, dando argumentos a quienes creen posible cambiar el modo de pensar simplemente cambiando el modo de hablar.

En lo que refiere al aspecto científico de esta cuestión, las hipótesis whorfianas han sido criticadas y rebatidas por otras tendencias más ligadas al aprendizaje, como el innatismo que propone Chomsky o los razonamientos que aporta Vigotsky, y hoy no son, en general, muy tomadas en cuenta. Sin embargo, es posible que mientras no dispongamos de herramientas que permitan “leer” el pensamiento abstracto, sin palabras, no podamos resolver satisfactoriamente los enigmas de los encuentros y desencuentros entre nuestra mente y nuestras palabras.

Nota: el título de este artículo, La boca que habla, es un pequeño homenaje a la excelente columna de María José Hernández Lloreda en LdN, El ojo que ve

en Wikipedia
Sobre Vigotsky (incluye enlace a Lenguaje y Pensamiento de ese autor)
La lengua de los indios Hopi

Miguel A. Román | 28 de febrero de 2009

Comentarios

  1. María José
    2009-03-01 20:44

    El debate sigue abierto, con muchas investigaciones que no han llegado a una conclusión definitiva sobre el asunto. He oído (aunque no sé qué tiene de cierto) que en chino no hay el equivalente al condicional y que eso les hace no plantearse, de la forma tan frecuente en la que lo hacemos nosotros, qué habría ocurrido si las condiciones hubieran sido diferentes. No sé, pero a mí me cuesta creer que esto no sea una característica común del ser humano, se exprese o no con un condicional. Por ejemplo, con relación a la percepción del color, también se decía que los esquimales diferenciaban más tipos de blancos. Luego leí que en experimentos de discriminación no se encontraban diferencias, parece que lo que ocurre es que tienen más nombres para los distintos tipos de blanco, porque es su entorno es muy útil, pero luego sí los diferenciamos igual, aunque no los reconozcamos con un nombre. Pero en este tipo de cosas, es raro el experimento que no desdice al anterior.

    No sé si conoces “El instinto del lenguaje” de Pinker, no lo he leído pero compañeros míos que trabajan en habla dicen que es muy interesante.

    Ya te lo he preguntado otra vez, ¿por qué nos quitas la “p” de psicología? Teniendo en cuenta tus conocimientos de ligüística siempre me produce curiosidad.

    ¡Ah! y muchas gracias.

  2. Marcos
    2009-03-01 21:19

    Apasionante.
    Mi granito de arena, insignificante por acientífico: entiendo que el pensamiento antecede al lenguaje, y lo entiendo por una percepción subjetiva: “sentimos” cosas que no somos capaces de describir con palabras (de ahí buena parte de la literatura); y apreciación “lógica”: los mudos de nacimiento, ¿acaso no piensan?
    De ser así como digo, tu ejemplo de la palabra “esperar” sería la consecuencia lógica de distintas maneras de “pensarla” en el ámbito anglosajón y en el hispano.

    Saludos

  3. Miguel A. Román
    2009-03-02 06:35

    Escribo “siquiatra”, “sicología”, “sicólogo”, “soriasis” y “Tolomeo” porque se puede —está admitido— y como parte de una cruzada personal para recordar a la gente que esa P no se pronuncia, ni hay que expeler un soplido al principio de la palabra ni, mucho menos, acompañarlo de aspersión salivar que suele ir a parar a mi corbata preferida. Sí escribo psique porque es un tecnicismo y “sique” podría confundirse con condicional+relativo (si que). De todas formas es un guiño personalísimo en esta columna, pero aclaro que la recomendación académica es favorable al uso de la ps inicial en la escritura, y desde luego en los textos técnicos.

    El tema de los nombres para la nieve entre los esquimales o los colores del verde en los yanomami, no altera la percepción, pero sí la memoria. Es decir, es más fácil para ellos recordar qué matiz de blanco o verde se asocia a un suceso recordado. Así un indio amazónico puede decirte sobre una tabla de tonos verdes cuál es el más parecido a uno visto previamente, porque tiene nombre. Pero un modisto también, pues usará el mismo “truco”: verde hierba, manzana, esmeralda, oliva, …

    En chino mandarín, hasta donde yo sé, no tienen conjugaciones verbales (ni modos, ni tiempo, ni persona, ni número…), apoyándose en partículas que podríamos describir como adverbios. Pero la cuestión es si un pueblo hubiera prescindido del condicional porque no es su forma de ver la vida o si su filosofía es así porque no podrían expresarse de otra forma. Huevo o galllina. Parece más lógico pensar lo primero. Huracán es palabra caribe, hasta que regresó Colón no existía en ninguna lengua europea… porque no hacía falta.

    No he explicado el innatismo y las teorías de Chomsky (que desarrolla Steven Pinker) porque exceden el ámbito de esta columna, pero en líneas básicas suponen que las personas —y los niños en concreto— poseen genéticamente un lenguaje simbólico interno, incluyendo las conexiones gramaticales necesarias para que sea funcional, y en su aprendizaje del idioma materno lo que hacen es ponerles “nombre” a esos símbolos que, dicho sea de paso, serían universales. Esto responde, supongo, a la pregunta de Marcos, pues un sordomudo que no conociera el lenguaje de signos y fuera analfabeto, seguiría teniendo esa lengua simbólica en su pensamiento.

    Pero los símbolos, ojo, son limitados. Uno, efectivamente, no tiene los mismos sentimientos si espera la llamada de una novia, la nota de un examen o el autobús, como tampoco el agricultor que espera una buena cosecha tiene la misma inquietud que el espera sacarse la lotería. Se puede esperar activamente, de forma pasiva, impacientemente, con flema… Pero según Chomsky solo habría unos pocos símbolos internos para todo ese abanico de matices, de lo contrario el sordomudo, o el niño que va descubriendo el mundo, se volvería loco intentando clasificar todo ese material en gradientes infinitos.

  4. María José
    2009-03-03 05:12

    Miguel Ángel, ya sé que está permitido escribirlo sin “p”, pero es que es algo muy carácterístico de la disciplina, de hecho, el símbolo que idenfica a la psicología es la “psi” griega. Y leer un artículo sobre las relaciones pensamiento y lenguaje con la palabra “sicología” produce cierto choque.

    Además, no sé, pero yo no he oído a nadie pronunciar la “p”. Y lo de la “psique” para no confundirlo con “si que” no cuela :)

  5. rafa
    2009-03-09 19:19

    Viene muy a propósito de esto, creo, la novela 1984, de Orwell. Es significativa la incidencia del autor en el sentido de la enorme importancia que para un régimen dictatorial tiene el control del lenguaje. Sin olvidar otros métodos igualmente drásticos, se pretende someter al ciudadano manipulando el idioma; los conceptos desaparecen o se crean valiéndose de la lengua, hasta el punto que, paulatinamente, se va creando un habla artificial al servicio del régimen. En fin, el tema es infinitamente más complejo, pero lo apunto aquí porque no he podido evitar que me lo recordara. Hay otro aspecto fascinante en todo este tema: me refiero a cómo, en los inicios de la civilización, originan las lenguas, cómo se crean. Indudablemente el hombre, ya dotado de inteligencia, se haría entender con los miembros de su grupo; esos gestos, gritos, todas esas manifestaciones visuales o auditivas, con el tiempo, fueron convirtiéndose en lenguaje, y un lenguaje diferente según el lugar donde se originara. Es un maravilloso milagro y, como tal, de imposible de comprender. Otra cuestión, sería el paso de convertir la lengua hablada en escrita,… pero es que no terminaríamos nunca.

  6. Merche
    2009-03-09 21:33

    Tan sólo apuntar que me ha encantado el artículo, tremendamente interesante.

    Un pequeño comentario desde la ignorancia completa sobre el tema: siempre he tendido a pensar en las distintas evoluciones de una misma lengua en las diferentes zonas geográficas de una manera muy similar a la de las especies desde el enfoque de Darwin. Con la lengua gallega la “atomización” de determinados rasgos y su posterior evolución según el punto de Galicia en el que te encuentres (en mi propia ría tendría varios ejemplos) es algo tan llamativo que sólo lo puedo achacar a determinadas condiciones de cada microentorno en particular. Igual es una barbaridad. No lo sé.



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