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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Mezcolanzas en positivo

El idioma es patrimonio de sus hablantes, una herencia cultural cuya importancia va más allá de la simple función comunicativa: es una materia representativa del pensamiento colectivo, de la peculiar forma de conceptualizar el universo desde el punto de vista diverso de cada comunidad. Dicho sin tanta alharaca: cada pueblo habla como piensa.

Esto, dicho tan sobriamente, podría parecer exagerado, pero lo ilustraré con algunos ejemplos. Uno de ellos, anécdota únicamente, es el dicho atribuido a Napoleón “imposible no es francés”, que intenta reflejar la resolución que el general esperaba de sus súbditos, hasta el punto de dar por foráneo el término y excluirlo así de la idiosincrasia patria. El recurso es extremo, pero la intencionalidad tiene cierta lógica.

Pero, de forma más científica, podemos entrever esta realidad semiótica en el hecho de que algunas lenguas amazónicas tienen decenas de palabras que significan “verde”, debido a la necesidad de diferenciar los tonos infinitos del color más abundante en su entorno. No es asombroso que, además, estos indígenas sean capaces de diferenciar sin problemas entre dichos matices, demostrando que el concepto se refuerza infinitamente cuando puede ser representado inequívocamente por una palabra. Y, en sentido contrario, los determinantes numerales en estas lenguas primitivas son parcos (uno, dos, tres, muchos), dada la infrecuente necesidad de tener que recurrir al detalle de conjuntos supernumerarios.

En esta línea argumental se incluye también la duda del neófito en una lengua extranjera cuando ha de elegir entre matices distintos a los que maneja en su lengua materna; como cuando un castellanoparlante ha de decidir si es apropiado “good afternoon”, “evening” o “night”.

Por ello, y llevando más allá este conocimiento, debemos recordar que cada vez que adoptamos un término venido de allende fronteras, abrimos una puerta a una forma de pensar que nos es extraña, y eso debería, cuando menos, alertarnos.

Sin embargo, la defensa de la lengua propia, como la de cualquier otra expresión de cultura, debe hacerse con afecto y respeto desde el sentido común, y no desde un recalcitrante y cerril inmovilismo. Con cierta frecuencia se nos amonesta, y muchas veces desde voces muy encumbradas, contra el uso de barbarismos, cuando a veces no son del todo innecesarios, no siempre sustituibles por vocablos ya presentes en el diccionario (sin alterar de algun modo el concepto); o bien se nos proponen como alternativa grafías manieristas (ver baipás)

Pero la aceptación de palabras extranjeras no es necesariamente pecado. Antes bien, como en los cruces sexuados en la naturaleza, la introducción de genes nuevos enriquece y renueva. De no mediar este mecanismo aún hablaríamos sánscrito prebabeliano.

A veces la necesidad, la realidad de un nuevo concepto o simplemente un matiz incorporado o la evidente funcionalidad y concisión (que son rasgos de un idioma maduro), recomiendan, e incluso exigen, incorporar un vocablo a nuestra vida; como no dudaríamos en comprar un nuevo destornillador para un nuevo tipo de tornillos, aunque en nuestra caja de herramientas hubiese ya muchos destornilladores… adecuados para los otros tipos de tornillos.

¿Han intentado buscar un término castellano válido para ese cotidiano adminículo de oficina que llamamos clip? Pues apúntense otro similar que empieza a hacer sus pinitos en el castellano oral y escrito: postit, evidentemente derivado de la marca registrada por 3M y que, nos guste o no, introduce un concepto donde emplear “nota adhesiva” queda desafortunadamente forzado y algo ambiguo (y no sería la primera vez que una denominación comercial adquiere rango de sustantivo común: rímel, ferodo, bambas, etcétera).

Sabrán ustedes exactamente qué cosa es el aftershave y para qué sirve, pero tal vez nunca se han parado a pensar que, en una defensa a ultranza del purismo castellanizante, deberían referirse siempre a este afeite con el larguísimo e ineficiente sintagma de loción–para–después–del–afeitado (hace meses, en un intercambio de correos con un autorizado lingüista, convinimos en que, en el castellano de hoy, debiera bastar con “loción”, ya que este genérico producto preparado para la limpieza del cabello o para el aseo corporal, raramente tendría otro significado a la fecha; sin embargo, el uso no se ha impuesto por sí mismo).

El término escáner –del inglés scanner–, torpemente sería sustituido por “rastreador”, sobre todo cuando “escanear” ha incorporado a nuestra cultura una forma de inspección electrónica (ya sea en documentos, exploración médica o códigos de barras) conceptualmente muy diferente de “rastrear”, “explorar” o “escudriñar”.

Entre los recién llegados al idioma, no únicamente hay vocablos sajones (aunque realmente sean abrumadora mayoría). El afgano, lengua que ni remotamente es cercana a nuestro espacio cultural, nos ha traído talibán, como curioso sinónimo de fanático (el DRAE aún lo limita a los sectarios afganos) y que rápidamente ha desarrollado un derivado: talibanismo. Me recuerda este vocablo al arabismo “hashasín” que nos dejó para siempre el término asesino (y, de éste, asesinato).

Este enriquecimiento bienpensante de nuestro diccionario no debe, sin embargo, ser jamás utilizado como excusa para el efecto contrario: el empobrecimiento de nuestro legado cuando, por ignorancia o esnobismo, relegamos nuestros propios vocablos para tirar de barbarismos poco excusables; como la televisiva señorita que en un programa de máxima audiencia, nos anunció un break, cuando en realidad quería expresar pausa, intermedio, interrupción, descanso, paréntesis, inciso, reposo, alto, interludio, entreacto, … o, si quería dar la nota, digresión.

Miguel A. Román | 28 de febrero de 2007


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