Libro de notas

Edición LdN
Pura Coincidencia por Santi Pagés

Un telefilm sin historia ni interés. Un culebrón con actores atroces y maquillaje pésimo. Una serie cancelada por falta de audiencia. Una novela gastada por los bordes. Una canción en repeat desde el lunes. Una pared cubierta con fotos de estrellas. Cada sábado, verán descomponerse una vida cuyo parecido con la ficción es pura coincidencia.

Estudio experimental sobre la velocidad de un reloj en movimiento (Parte 6)

Tenía hambre. Fui hasta la cocina. Estaba en penumbra. Por la ventana al patio interior entraba la suficiente luz como para no tener que encender el fluorescente. Busqué algo que poder rapiñar, algo que preparar sin mucho esfuerzo entre las sartenes sucias a medio destapar. Me acordé del cazo en el que el día anterior había preparado unas habichuelas con algo de carne deshilachada. Lo encontré vacío en el fregadero. Maldita sea. Mi compañero de piso había acabado con él. Abrí la vaporera y hallé dentro una buena cantidad de arroz aún húmedo. Era lógico que Sol hubiera preferido mi guiso a aquella bola apelmazada. La coloqué en un bol. Abrí una lata de maíz, aparté el líquido turbio, vertí su contenido encima del arroz y aliñé el conjunto con salsa de ternera, un preparado marrón que serviría para mancharlo hasta hacerme creer que estaba comiendo algo más que un mero matahambre. No me molesté siquiera en calentarlo. En ese punto me sentía desfondado. El cansancio de la jornada se me había echado encima. Me había levantado muy pronto. Apenas había dormido la noche anterior, inquieto por las entrevistas de trabajo. Tenía cita en dos escuelas en puntos opuestos de la ciudad y eso me había obligado a coger varios autobuses, siempre llenos, siempre propensos a averiarse, como aquel último en el que para colmo había tenido la desgracia de toparme con una doble de María. Tan desagradable como la espera hasta que llegara mi turno para ser entrevistado era el miedo a no fallar, a parecer responsable y profesional durante todo el tiempo que durase el interrogatorio. Aún peor fue la sorpresa cuando al llegar a la segunda reunión me explicaron que sería en grupo. Ocho personas, cinco hombres, tres mujeres, tan asustados y sudorosos como yo, excepto uno, el que supongo obtuvo el trabajo, el que respondió primero con un “consultaría inmediatamente con usted” cuando el director del colegio nos preguntó qué haríamos si uno de los profesores ayudantes se insubordinara. Me había apabullado todo ese esfuerzo, la incertidumbre, los remordimientos de haber dicho esto, de no haber sabido responder a aquello. Me sentía vacío e inútil como una lata oxidada. No me quedaban fuerzas siquiera para enfadarme con Sol por haberse comido lo que era mío y ni haberse molestado siquiera en fregar los cacharros después. Me resigné. Rebusqué entre la pila de cacharros en el fregadero un tenedor que pareciera más o menos limpio, lo froté entre mis dedos y me marché con mi plato hasta el salón.

Ver la televisión tampoco me fue muy útil para dejar de pensar. Solo encontré noticias que sonaban a viejas. El Presidente había dado un discurso en el parlamento sobre la necesidad de hacer nuevos sacrificios, de aplicar nuevos recortes y planes de ahorro, sobre la urgencia de reducir el consumo de energía y de contribuir más recursos al proyecto Alpha. A los parlamentarios aquellas propuestas debieron de parecerles una buena idea porque al terminar el alegato se pusieron en pie y aplaudieron en unanimidad. Con aquel aplauso pareció cerrarse el escándalo que había explotado tan solo la semana anterior cuando se descubrió que los dos hijos del Presidente viajarían en el próximo lanzamiento de Alpha; y es que si ni el mismo Presidente creía en la salvación de la humanidad y mandaba a sus hijos al espacio, ¿por qué habríamos de creer en ella el resto? El noticiero de otro canal informaba de la caída de un dirigible de crucero en Bangkok por culpa de un repentino tifón. Ningún superviviente. Otras noticias de alcance. Obras de renovación de las barreras marinas de Amsterdam. Incendios cercando San Petersburgo. Más noticias de interés humano. Un perro se salva de una inundación en Perú flotando sobre una plancha de hojalata. Yo comía mi arroz y miraba la pantalla sin demasiado interés, cambiando de canal cuando me aburría demasiado, hasta que me topé con el nuevo anuncio de Alpha, ese que estaban proyectando las pantallas del autobús justo cuando se fundió la batería. En blanco y negro una mujer de unos cuarenta y pocos llevaba con fatiga un abultado carro de la compra hasta llegar un supermercado del que salía una larga cola de gente. Después apareció una chica joven, bastante guapa, de pie en un autobús, apretada por una multitud de fugis con muy mala pinta. En la tercera escena un tipo con traje de unos treinta se quedaba atrapado en un ascensor por culpa de un apagón. En la siguiente un niño trabajaba bajo el sol recolectando de un matojo unos frutos que no identifiqué. Después una sucesion de primeros planos de cada uno de ellos preguntando a cámara “¿es que no hay otra vida?”. La imagen siguiente era la de una nave de Alpha saliendo desde la base orbital muy despacio, movida apenas por la inercia. De pronto los motores explosionaban con una potente luz blanca que servía de corte a la siguiente escena en la que los cuatro, la mujer, la chica guapa, el niño recolector y el tipo del traje, ahora vestidos con monos blancos y relucientes paseaban por pasillos brillantes charlando entre ellos, riendo, hasta llegar a una estancia con varias cabinas de suspensión ya preparadas y abiertas en las que se introducían sonrientes, felices, que después se cerraban sellándoles del exterior, momento que daba paso a un nuevo primer plano de cada uno de ellos cerrando los ojos, cayendo en estado de suspensión con expresión mirífica antes de pasar de nuevo al exterior en el que se veía la nave perdiéndose con un estallido relampagueante en un espacio repleto de estrellas. La última estampa del anuncio era una recreación en tres dimensiones del sistema de Alfa Metris que iba centrándose en Metris Tres, el planeta más parecido al nuestro, que aparecía como una esfera azul celeste atigrada de nubes blancas. Por detrás de Metris Tres, antes de fundir en negro, amanecía la frase Alpha. Da el salto.

Era difícil no sentirse atraído por aquel argumento, por la posibilidad de abandonar las penurias de lo cotidiano, las miserias que soportábamos día a día, y lanzarse en un viaje de veinte años a un mundo nuevo aún por explorar o manchar, con la esperanza de poder permanecer allí o de que al menos la Tierra fuera a la vuelta un lugar mejor. El viaje interplanetario era caro, mucho más que caro. Tenía un precio imposible. Un pasaje costaba más de lo que la vasta mayoría de la población podía ahorrar en una sola vida. Pero eso no parecía importar demasiado. Nunca entendí cómo pero de algún modo, en un cortocircuito de la lógica, muchos creían que era posible reunir aquella enorme suma y vivían bajo la ilusión de que en un golpe de suerte lo lograrían. Un desconocido e inesperado golpe de suerte como el que al parecer había tenido María. Otros cuantos, menos esperanzados aunque más locos, se atrevían a firmar los llamados “préstamos intergeneracionales” con los que hipotecaban parte de los futuros ingresos de sus hijos para poder pagar su propio pasaje. El viaje interplanetario implicaba tantos gastos, tantas dificultades, que cuando se hizo técnicamente viable muy pronto quedó claro que ningún país podía hacer frente por sí mismo a los tremendos costes que suponía desarrollar la tecnología requerida, construir un prototipo capaz de alcanzar Alfa Metris y mucho menos poner en orbita la base desde la que efectuar los lanzamientos sin el obstáculo de la gravedad terrestre. Alpha nació para eso, para coordinar los esfuerzos del mundo. Una organización global con el poder de someter todos sus recursos y dirigirlos en pos de la empresa más gigantesca que la humanidad había conocido. Porque nuestro planeta agonizaba y la única opción parecía ser aquel plan descabellado e imposible: Lanzarse al espacio con la esperanza de que alguno de los planetas que giraba alrededor de nuestra recién descubierta estrella gemela pudiera albergarnos algún día. Mandar colonos, extraer recursos, crear bases permanentes, tal vez terraformar aquellos mundos, viajando hasta allí a 0.948 veces la velocidad de la luz, en algo menos de tres años de ida y vuelta pero que con la traición de la Relatividad de la que nos advirtieron los relojes de Einstein y Larmor pasarían como veinte para los que nos quedáramos en la Tierra.

Qué absurdo. Cuando María regresara no parecería que por ella hubiera pasado el tiempo. Yo en cambio sería casi un viejo.

No todos estaban a favor de Alpha, por supuesto. Algunos teníamos una perspectiva más práctica del asunto. Los sacrificios, el racionamiento, las colas de abastecimiento, la asignación individual de carbonos, las leyes sobre ocupación de viviendas, La Prohibición, todo aquello era necesario con Alpha o sin ella si queríamos evitar terminar con los dodos y los dinosaurios en el catálogo de especies extintas. Otros en cambio eran mucho más hostiles, Sol entre ellos, como no tardé en averiguar gracias a sus lecturas, sus posters y nuestra conversación aquella noche, a partir de la cual su actitud hacía mi se había hecho mucho más hiriente. ¿Todavía esperando a tu novia?, me preguntaba con sarcasmo cuando me descubría viendo anuncios o noticias sobre Alpha, o si me encontraba buscando ofertas de trabajo en el boletín de empleo se metía conmigo llamándome “beta”. Sé bien que no quería ofenderme con aquello, que según su visión estaba intentando despertarme del letargo en el que “el sistema” nos tenía sumidos. Según los grupos de extremistas, como por ejemplo los radicales violentos del Frente de Liberación de la Tierra, el proyecto Alpha era un fraude a escala planetaria, una estafa por la cual los pobres estábamos pagando el billete de salida a los ricos que nos tentaban con la zanahoria de una vaga posibilidad de salvación a cambio de obligarnos a trabajar para ellos y a aguantar los pilares del mundo mientras este se venía abajo. Incluso algunos dementes afirmaban en sus delirios que Alfa Metris no existía y que todo era un montaje para salvar a los poderosos llevándolos a una base secreta en Marte o en la cara oculta de la Luna según las versiones. Cuando nació Alpha hubo manifestaciones, intentos de sabotaje de sus instalaciones, pero eso solo sirvió para aumentar el control policial sobre los que se llamaban a sí mismos “La resistencia”. Yo tenía la certeza de que Sol pertenecía a alguno de esos movimientos antialpha. Con frecuencia traía mochilas y bolsas que metía en su habitación. Lo que allí llevaba no eran libros. Tal vez armas o bienes prohibidos, aparatos electrónicos portátiles cuya posesión estaba penada con la perpetua o con años de trabajos forzados. Una noche me levanté al baño y vi un tenue resplandor blanco al otro extremo del pasillo. Me asomé más y pude ver que aquel halo provenía la puerta entreabierta de la habitación de Sol. Le llamé sin acercarme y de inmediato aquel fulgor se apagó. Qué quieres, preguntó desde dentro en un tono desagradable. Le di las buenas noches y volví a mi cama sin querer buscar más problemas. Jamás le mencioné aquel incidente pero desde entonces siempre cerraba su cuarto con llave al irse. Su comportamiento esquivo terminó de convencerme de que escondía una tableta, un aparato para almacenar información que era común en Oriente pero que aquí solo manejaban personas de clase alta y funcionarios de la mayor graduación.

Terminé mi plato. El noticiero destacó que el número de lanzamientos de Alpha ya había superado el del año anterior y a continuación un tipo con corbata al que no reconocí anunció de manera triunfal que la producción doméstica de alimentos había crecido más de un 200% el anterior semestre. Un paso más hacia la autosuficiencia, dijo. Entonces sonó la puerta abriéndose. Era Sol. Entró en el salón. Parecía muy nervioso.

(Concluye en la próxima entrega)

Santi Pagés | 17 de julio de 2011


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