Libro de notas

Edición LdN
Pura Coincidencia por Santi Pagés

Un telefilm sin historia ni interés. Un culebrón con actores atroces y maquillaje pésimo. Una serie cancelada por falta de audiencia. Una novela gastada por los bordes. Una canción en repeat desde el lunes. Una pared cubierta con fotos de estrellas. Cada sábado, verán descomponerse una vida cuyo parecido con la ficción es pura coincidencia.

Estudio experimental sobre la velocidad de un reloj en movimiento (Parte 5)

Me recibió un familiar olor a humedad y me alegré de haber vuelto a casa. Colgué las llaves en el gancho tras la puerta, crucé el salón esquivando de memoria la mesa del centro, el taburete y el sofá y subí las persianas echadas desde por la mañana para repeler el calor del día. La luz que entraba fue revelando la capa de polvo acumulada sobre los muebles, aferrada a la pantalla de la tele, y que ahora mis desplazamientos habian suspendido en el aire. Miré hacia la puerta de la habitación de Sol. Estaba cerrada. Como siempre. Le llamé. No hubo respuesta. Le maldije por no haber cumplido su turno de limpieza. Otra vez más. Me acerqué al acuario, colocado en el mueble junto al televisor. Solo se escuchaba el borboteo incansable de la bomba de aire. Era un acuario enorme, un cubo de cristal de casi metro y medio, iluminado por dentro por un fluorescente añil, repleto de algas de tallos lobulosos que crecían desde el lecho de gravilla hasta casi rozar la superficie. Entre ellas solían nadar decenas de pececillos, apenas más grandes que un dedo gordo, peces de escamas diminutas y brillantes, de colores tan vivos que parecían pequeñas bombillas de neón. Eran asustadizos. y nadaban casi siempre juntos. Se daban la vuelta en sincronía cada vez que percibían un movimiento brusco en la estancia. Pero aquel día no había ninguno a la vista. Golpeé el vidrio con los nudillos para llamar su atención. Era la señal acostumbrada para anunciar que íbamos a alimentarles. Pero no acudió ninguno. Me estrañó. En el fondo descansaban unas cuantas conchas y piedras llenas de recovecos. Supuse que era ahí donde se estaban escondiendo de mi.

¿Dónde puedo poner el acuario?

Esa fue la primera frase que escuché decir a Sol. Poco a poco, con la ayuda de una carretilla de mudanzas, había subido él solo los seis pisos que nos separaban de la última parada del ascensor cargado con aquel cubículo de cristal sin más previsión que unas cuerdas e imagino que mucha paciencia. Nunca supe de dónde había podido sacar aquel acuario. Era muy excepcional encontrar uno. Demasiado caros de mantener aunque Sol me convenció de que no era necesario pagar carbonos extra, que bastaba colocar una miniturbina en el balcón (yo por aquel entonces no usaba todavía ninguna). Le hicimos sitio junto a la tele. Aún más misterioso sin embargo era el origen de aquellos pececillos que fue trayendo de uno en uno en bolsas transparentes en los días sucesivos. Las normativas sobre posesión de animales domésticos ya eran muy duras por aquel entonces y los animales raros o exóticos estaban prohibidos por completo. Se traficaba con ellos, eso era sabido, pero por lo general solo los ricos podían permitirse atesorarlos y exhibirlos como antaño atesoraban y exhibían coches u obras de arte. Pero Sol no parecía rico. Si lo hubiera sido no habría necesitado acogerse a la Ley de Ocupación y compartir piso conmigo. Durante un tiempo crei que tal vez era el hijo descarriado de alguna familia millonaria aunque no lo pareciera a juzgar por la forma en que vestía. Casi siempre en camiseta negra, nunca le vi llevar pantalones que le llegaran por debajo de las rodillas. Quizá, pensé cuando descarté las otras hipótesis, Sol era un estraperlista. Eso explicaría el acuario. Pero con su barba demadejada y su tierna barriga no daba en absoluto el tipo de criminal rudo y sin escrúpulos que solía aparecer en las noticias de redadas. En cualquier case supe desde aquel primer día en que se plantó en mi puerta con aquella pecera gigante a su lado y presentándose como mi nuevo inquilino que Sol escondía algo, que bajo su aspecto desaliñado, lo relajado de sus costumbres, su poco interés por el orden o las rutinas prácticas de nuestra convivencia existía una corriente subterránea que de verdad le definía y le arrastraba, que solo emergería en ocasiones, y que era la razón última de su dejadez para conmigo y con el resto del mundo. No tardé mucho en comprobar que estaba en lo cierto.
Cuando Sol llegó apenas hacía un mes que María se había marchado. Pocos días antes, mientras veía por televisión la noticia del nuevo y exitoso lanzamiento de Alpha que la transportaba a las estrellas, me había jurado hacer como si nada, continuar con mis costumbres y mi vida, reproducir al detalle mis hábitos de siempre con una obsesión milimétrica que, estaba seguro, me salvaría de la melancolía. Al fin y al cabo los últimos meses con ella los había vivido como si estuviera solo. Durante las semanas iniciales de nuestra coexistencia Sol había intentado relajar las típicas prevenciones del comienzo interrogándome sobre mí, mi antiguo trabajo, el edificio, los vecinos, mis anteriores inquilinos. Teníamos una edad muy parecida, él quizá era un poco mayor, y si yo hubiera querido seguir el juego, preguntarle por sus antecedentes, por su familia o sus conocidos, no habría sido difícil llegar a entendernos. Pero sus preguntas no me resultaban cómodas en aquel momento. Yo me sentía maltratado por el mundo y evitaba responderle o si lo hacía era con frases hurañas y cortantes. Él comprendió enseguida que yo prefería no hablar de ello y no volvió a preguntarme más. Supongo que me dio por imposible. Se dedicó a lo suyo, por ejemplo, a decorar su habitación. Colgó posters de propaganda radical. El que enganchó en su puerta decía No somos chusma, no somos Betas debajo de un logo de Alpha tachado en rojo. Nunca comprendí qué utilidad podía tener colocar esos mensajes que como me tendrían a mí como unica audiencia. Una mala táctica, porque a mi todos esos eslóganes reivindicativos siempre me parecieron vacíos y estúpidos, como gritos que se dan en una discusión cuando se agotan los argumentos. A menudo Sol llegaba cargado con bolsas llenas de libros que decía traer de casa de unos amigos con los que había estado viviendo los meses anteriores. Pronto se quedó sin espacio para ellos en su cuarto y me preguntó con evidente fastidio si le daba permiso para acomodar alguno en los estantes del salón. Le dije que no me importaba siempre que él se encargara de su limpieza. A partir de entonces encontré sus libros por toda la casa. Eran casi todos muy finos (el papel se había hecho muy caro) o muy antiguos. Un día, en el baño, sobre la cisterna, apareció una pequeña pila. El primero se titulaba El Programa Alpha: Cómo nos engañan. Creo que no llegué a ojearlo aunque el nombre de su autor me llamó mucho la atención: C. G. Kunis.
Mi nuevo compañero de piso y yo mantuvimos durante bastante tiempo aquella frialdad más o menos cordial que habiamos pactado de forma tácita hasta que una noche, creo que era sábado, me emborraché solo en mi cuarto. Dentro tenía mucho calor. Fui al salón y me dejé caer en el sofá. Vi la televisión, creo que durante horas, cambiando de canal sin ver ninguno hasta que me dolieron los ojos, despreocupado del gasto que iba registrando el contador de carbonos junto a la pantalla, quizá buscando dejarme una fortuna haciendo una estupidez, una tontería cobarde, para que a la mañana siguiente me doliera algo distinto a lo de siempre.
Sol salió de su habitación aún medio dormido, con los ojos entreabiertos y el pelo revuelto.

¿Qué pasa? ¿Por qué tienes la tele tan alta?
No sé… perdona… no quería… alcancé a decir.

Sol me miró de arriba abajo. Yo estaba tan tirado que la mitad de mi cuerpo casi descansaba en el suelo.

Estás hecho una mierda.
No me digas.
Venga, ya vale. Fue hasta el televisor y lo apagó.
¿Sabes, Sol? Eres un tío muy raro, dije dejandome caer ya del todo sobre el terrazo fresco. Llevas viviendo aquí meses y todavía no te entiendo.
Suelen decime eso, dijo, y se sentó a mi lado. Mira, esto ya lo he visto antes, yo también he pasado por momentos así, todos lo hemos hecho. Así que dime, cómo ha sido.

Le miré. Respiré hondo. Era como si finalmente alguien me hubiera alertado del peligro de desbordamiento y me hubiera dado permiso para abrir todas las compuertas. Hablé. No sé cuánto tiempo. No dejé de hacerlo. Hablé como si estuviera hipnotizado, siguiendo con la mirada los pececillos que bailaban de un lado al otro del acuario mientras me iba brotando todo lo concerniente a María, hasta los más estúpidos detalles, lo que le gustaba comer, cómo vestía, su pefume, su llegada a casa, lo desvalida que me pareció aquel primer día, las conversaciones durante la cena, la noche en que se coló en mi habitación y me pidió dormir conmigo porque tenía frío, los dos años juntos que siguieron, las dificultades cuando me quedé sin trabajo, la distancia que siguió, el cambio en ella, los cajones cerrados de repente, las ausencias, los silencios, aquella revelación en el mercado, la noche en que volvió a dormir en su habitación, la despedida, su viaje con Alpha.
Cuando terminé creí sentirme mejor.

¿No estarás pensando en esperarla los veinte años que dura el viaje?, me preguntó Sol.

Le miré sorprendido. Yo estaba borracho pero no lo suficiente como para que no me turbara descubrir lo que me había negado a admitir hasta entonces. No fui capaz de responder.

Me lo temía. Pues si se ha ido con Alpha será mejor que te olvides de ella para siempre.

Sol se levantó, volvió a su habitación y cerró la puerta tras de sí.

(Continuará)

Santi Pagés | 03 de julio de 2011


LdN en Twiter

Publicidad

Publicidad

Libro de Notas no se responsabiliza de las opiniones vertidas por sus colaboradores.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons
Desarrollado con TextPattern | Suscripción XML: RSS - Atom | ISSN: 1699-8766
Diseño: Óscar Villán || Programación: Juanjo Navarro
Otros proyectos de LdN: Pequeño LdN || Artes poéticas || Retórica || Librería
Aviso legal