Libro de notas

Edición LdN
Pura Coincidencia por Santi Pagés

Un telefilm sin historia ni interés. Un culebrón con actores atroces y maquillaje pésimo. Una serie cancelada por falta de audiencia. Una novela gastada por los bordes. Una canción en repeat desde el lunes. Una pared cubierta con fotos de estrellas. Cada sábado, verán descomponerse una vida cuyo parecido con la ficción es pura coincidencia.

Estudio experimental sobre la velocidad de un reloj en movimiento (Parte 1)

En cuanto subí al autobús noté que el sonido del motor era demasiado áspero y supe con certeza que se averiaría. Ningún pasajero más parecía alarmado. Quizás porque aún conservaban el recuerdo del estruendo que producían antaño los motores de combustión, quizás porque preferían ignorarlo. Con aquel calor indigno sobre él, repleto de viajeros, casi todos de pie como yo, el autobús sufría para remontar la calle en cuesta y refrigerarnos al mismo tiempo. Su ronquido mecánico fue creciendo hasta hacerse insoportable, se mantuvo así unos instantes y cesó por completo. Las pantallas de publicidad que en ese justo momento estaban mostrando un nuevo anuncio de Alpha se apagaron, el zumbido del aire acondicionado se silenció y abandonado a la inercia el autobús avanzó unos pocos metros hasta que su impulso se agotó y nos detuvimos.
El conductor, barrigudo y redondo, con un imposible jersey azuloscuro, golpeó con furia el volante y gritó en un idioma que no pude entender aunque el significado de sus palabras estaba bien claro. Apretados, sudorosos, con los brazos en alto agarrando aún la barras, los pasajeros nos miramos los unos a los otros con la resignación que proporciona la repetición de los contratiempos. Qué ha pasado, se escuchó decir a una mujer en voz alta, muy alta, en un tono desesperado, casi despótico. Imperturbables en sus asientos, una mezcla de charlis y fugis intentaban dormir o permanecían absortos mirando por las ventanillas. La pareja de charlis en el asiento al que me aferraba no perdía detalle de los movimientos del conductor cuando este se bajó refunfuñando a inspeccionar el motor, abrió el capó lateral sin tomar precauciones, la candente fibra de la carrocería le quemó los dedos, dio un alarido y maldijo su estupidez repitiendo las expresiones que le habíamos escuchado antes.
Cuando terminó de dolerse el conductor comenzó a explorar el costado del autobús y las pocas conversaciones que mantenían los viajeros se interrumpieron por la expectación. En esa nueva calma comencé a notar el vago olor acre que desprendían los cuerpos comprimidos, su presión sobre mí, la mano invisible que rozaba la mía, la rodilla que se clavaba en mi muslo, la blandura del pecho femenino que rozaba mi codo.
Abran las ventanas por favor, dijo de nuevo la mujer, aquí no hay quien aguante. Su voz venía del final del pasillo del autobús y no alcanzaba a verla. La imaginé perfumada hasta el hedor, gruesa, muy peinada y quise aislarme yo también de todo aquello escapando la mirada por la ventanilla. El sol caía de plano sobre el asfalto vacío. Por la acera de enfrente pasaban peatones protegidos con paraguas negros. Algunos se detenían un momento a observarnos. Una charli de piernas muy finas y sandalias negras. Un hombre de traje con la camisa fuera haciéndole faldones. Después todos seguían de largo. Escuché un traqueteo. Nos adelantaba un carromato de aluminio tirado por un borrico. Eso me hizo sentir impaciencia por primera vez. El conductor era un anciano tan encorvado y delgado que parecía que en cualquier momento iba a plegarse sobre sí mismo como una hoja de papel. El viejo hizo unos extraños ruidos con la boca, sacudió las riendas y la bestia tironeó pesadamente de la mercancía, un amasijo de chatarra y plásticos entre los que relucía un espejo retrovisor roto. Sus reflejos me hicieron recordar los viajes con mis padres, cuando la gente corriente aún poseía coches y viajaba donde le apeteciera. Eché de menos las vacaciones en la costa, las excursiones al centro comercial cuando todavía vivíamos en las afueras, incluso eché de menos las reuniones familiares de rigor, los bodas, los bautizos, el juego de perdernos por el camino que servía a mis padres para retrasar el ritual de los recuentos y los saludos y a mí los besos mojados de mis tías.
Dentro del autobús el silencio ya era total. Cansados, solo queríamos que la avería se arreglara, continuar el viaje, llegar a nuestras casas cuanto antes. La jornada era larga. Muchos de los viajeros aún tenían un par horas de trayecto por delante. Gente que aún vivía en los suburbios, en urbanizaciones consideradas de lujo durante los tiempos de la gasolina, chalets varados en el páramos de la periferia, mal servidos por los autobuses eléctricos, mal iluminados por la poca energía que los vecinos acumulaban con sus paneles, tan lejos de todo, tan difíciles de alcanzar, que ni siquiera las bandas de fugis que merodeaban por las noches se molestaban en saquear. Pero tampoco podían quejarse, pensé, la vida tampoco val en los suburbios. Viajar hasta la ciudad les resultaba un suplicio, eso era cierto, pero todos ellos subsistían con lo que cultivaban en sus jardines reconvertidos en huertos y otros muchos sacaban unos carbonos extras arrendando sus garajes vacíos a alguna familia de fugis recién llegados sin otro lugar donde caerse muertos.
Aburrido hasta el extremo me fijé en los pasajeros que ocupaban los asientos del fondo. En la penúltima fila se sentaba una chica que se parecía muchísimo a María. Me sorprendió no haberme fijado en ella antes. Para entonces ya me había acostumbrado a esos simulacros de encuentros, a creer verla doblando una esquina, entrando de un café, comprando en un puesto callejero, siempre en ese punto postrero, en ese último segundo antes de que ella desapareciera o yo siguiera de largo y que me dejaba con el sobresalto y la duda, y si fuera ella, aunque supiera a ciencia cierta que no podía ser, que María se había marchado con Alpha y llevaba casi dos años alejándose de mi a velocidades siderales aunque para ella no hubieran transcurrido ni siquiera seis meses. Pero aquella chica del autobús llevaba un vestido floreado, uno de esos que a María tanto le gustaban. Eso, y el pelo corto y el tedio en laq miradaue sostenía a través de la ventana le otorgaban un parecido que me resultó enloquecedor. Me ruboricé. Ella debió de notar mi examen, se volvió hacia mí y me miró enfrentándome un reproche. Después fingió distraerse buscando algo en su bolso. Evité seguir observándola pero aquellos segundos contemplando la copia habían sido suficientes para devolverme a la memoria al original.
El conductor cerró el capó con enfado, esforzado subió hasta su asiento y anunció en voz alta que la batería del autobus se había fundido y que sin un repuesto no sería capaz de arreglar la avería. Tendríamos que bajarnos y continuar de otro modo.
¿Viene otro autobús detrás?
No lo sé señora, dijo el conductor arrastrando las eses, no tengo forma de comunicar con la central.
Pues sí que estamos buenos. ¿Y ahora cómo sigo?
Tardamos veinte minutos en vaciar el autobús. Los viajeros más cercanos a las puertas, confusos, aún incrédulos, estaban remisos a salir, como si temieran que en cuanto bajaran el autobús volvería a ponerse en marcha abandonándoles allí con cara de tontos. Otros, como aquella señora, preferían discutir con el conductor, pidiendo responsabilidades, devoluciones, hojas de reclamaciones, o protestaban airados buscando la solidaridad de otros pasajeros, buscando que se les unieran en su furia, gritando cómo está el país, qué asco de todo, mientras se abrían paso a empellones hacia la salida. Cuando por fin llegó mi turno me alivió dejar el sofoco de la cabina atrás, aunque el calor en la calle fuera agobiante y yo no tuviera paraguas con el que protegerme. Me quité la chaqueta, la doblé sobre el brazo y consideré las opciones para llegar a casa. No pude pensar demasiado. El resto de pasajeros se acumulaba alrededor del autobús, desconcertados, ahora enfrentados entre sí, insultándose por los empujones recibidos o cualquier otra afrenta inventada. El tumulto se detuvo cuando la calle se oscureció de repente y todos miramos hacía arriba para encontrar la figura oronda y majestuosa de un dirigible que ahora ocultaba el sol. Se podía escuchar el zumbido lejano de sus hélices. En sus laterales, bajo los paneles solares, estaba escrito el logo y el eslogan de Alpha. Da el salto. El dirigible cruzó el cielo sobre nuestras cabezas y desapareció lento y confiado tras los edificios.
Vi salir del autobús a la chica del vestido de flores. Miró a ambos lados de la avenida y la cruzó corriendo. La falda del vestido se le arremolinaba alrededor de las piernas. Cuando me estaba preguntando si sería buena idea seguirla se me acercó un charly ofreciéndome un paraguas.
Solo medio carbono, amigo, half carbon. Tú necesitas.
La chica desapareció por un callejón sombreado. Yo iba en dirección opuesta. Seguramente era mejor así. Aún me esperaba casi una hora de camino. Podría aprovechar y atravesar los Campos del Retiro. Podría ser un paseo agradable.
Venga, charli, le dije, dame uno.

Santi Pagés | 26 de marzo de 2011

Comentarios

  1. POEMAS
    2011-03-27 03:47

    Me gusta. Espero la 2da. parte! Sds



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