Libro de notas

Edición LdN
Pura Coincidencia por Santi Pagés

Un telefilm sin historia ni interés. Un culebrón con actores atroces y maquillaje pésimo. Una serie cancelada por falta de audiencia. Una novela gastada por los bordes. Una canción en repeat desde el lunes. Una pared cubierta con fotos de estrellas. Cada sábado, verán descomponerse una vida cuyo parecido con la ficción es pura coincidencia.

La oración del diablo

Venga, Hierro, dime, en serio, ¿por qué te gusta La velocidad de las cosas?

Pues porque esta escrito cojonudamente y porque es una locura absoluta y porque a medida que lo vas leyendo vas descubriendo más y más conexiones. Es como leer un plan maestro. Yo aún estoy encontrando referencias a personajes que aparecen ahí en otros libros suyos.

Hierro enrolla el periódico con ferocidad y me golpea con él en el hombro.

Y a ti chaval, ¿por qué no te gusta, eh?

No creas que no me gusta. No lo tengo muy claro. Entiendo lo que dices, pero es que al fin y al cabo me parece solo un juego.

Ah, claro. ¿Pero es que tu qué quieres?

No sé, me encojo de hombros, otra cosa.

Hierro agarra otro Ducados y pide dos cañas más. Estamos comiendo de pie, apoyados en la barra, unas pocas raciones, un poco de tortilla y pan para mí. Últimamente no como mucho. Da una calada al cigarro y tose roncamente un par de veces. Cuando se recompone, se atusa el mostacho con el pulgar y el índice y da el último sorbo a su penúltima caña.

Nuestro negocio está bastante bien, ya lo sabes. Se vive más o menos tranquilo. Pero bastantes gilipollas tengo que aguantar ya como para que me vengas tú también con tonterías burguesas. Lo que tienes que hacer es leer más, coño.

Hierro sabe que últimamente tampoco leo mucho.

¿Sabes lo que me pasó el otro día? Entra en la librería una chica, así, muy bien vestidita, con pendientes de perlas, poco más de treinta, y me dice “Oiga, ¿me puede recomendar un libro? Es para alguien que no lee.” ¿Tú te crees? Tiene cojones. Puto Día del Libro.

Haberle recomendado uno del Zafón, le digo para picarle.

Mira, no la mandé a tomar por culo porque me dio la tos, pero ya iba a echarle un broncazo. Menos mal que mi hija se la llevó para el fondo de la librería a tiempo.

Bueno Hierro, las cosas son así. La gente lee lo que cree que tiene que leer, lo que toca. Es como irse a la India, a Estambul, comprarse una cinta de correr o ver la última de Amenábar. Lo que a ti te molesta es que lo que hay que hacer no lo dicte El Partido.

Joder, pero nosotros al menos queremos algo.

¿Y crees que esa clienta no? Lo que pasa es que ella quiere otra cosa.

¿Cómo tú, no?

Qué cabrón eres, Hierro.

Le sonrío, bebo mi caña y miro el reloj. Media hora aún para abrir la librería.

La gente así es inofensiva, le digo como contraataque. A mi me dan más miedo los otros, los locos, los que se toman los libros demasiado en serio. Ya sabemos a lo que conduce eso.

Locos por los libros. ¿Te he contado alguna vez la historia de El Predicador?

¿El Predicador? No.

Pues ocurrió hace unos cuatro o cinco años. Me llegó el rumor de que un tipo muy extraño estaba visitando todas las librerías de la ciudad, una a una, buscando única y exclusivamente un libro. Un libro en concreto. Compraba todos los ejemplares que encontraba. Si no lo tenías, te dejaba el número de un apartado de correos en el que se le podía avisar si conseguías uno.

No es tan raro que alguien se obsesione con un libro. ¿Cuál era?

Uno del que ya no se acuerda ni Cristo. La oración del diablo. Quedó finalista del Planeta a últimos de los cincuenta o primeros sesenta, creo recordar. Nunca oí a nadie decir nada especial sobre él. Pero no creas, eso no era lo más raro de todo el asunto. Tendrías que haber visto al tipo. Media casi dos metros, tenía una barba bastante gruesa y el pelo peinado hacía atrás. Vestía impoluto, oye. Con una levita negra de las que ya no se llevan, y una camisa blanca, perfectamente planchada. Te lo juro por mi calva. Por eso supongo que los compañeros le pusieron el mote de El Predicador.

Pero entonces, ¿quieres decir que llegaste a encontrártelo?

Sí. Una tarde, serían sobre las seis. Se presentó en la librería de repente. Como hacía muy bueno, yo había dejado la puerta abierta. Estaba ordenando unas fichas y cuando levanté la vista allí estaba, de pie, todo lo largo que era, callado, sin decir nada. Me dio un susto de muerte. A partir de lo que me habían contado, yo me lo había imaginado como una especie de Robert Mitchum de La Noche del Cazador, pero cuando le vi supe que tenía que ser él. Lo que no me habían dicho es que llevaba también un maletín negro, como de médico antiguo. Le pregunté qué deseaba, aunque yo ya lo sabía. ¿Tiene La oración del diablo de Andrés Avelino Artis?, me preguntó muy educadamente. Le dije que no, que era un libro muy difícil de encontrar. Él rebuscó en el bolsillo interior de su levita y me tendió una tarjeta. Si lo encontrara por casualidad, ¿sería tan amable de escribirme a esta dirección? Vendré a recogerlo enseguida. Estoy muy interesado en la segunda edición de ese libro. Y cuando pronunció ese “muy”, hijo, no sé por qué, pero me dio un escalofrío. Me dejó paralizado. Cuando ya se estaba marchando, me atreví a preguntarle, ¿es usted El Predicador? ¿Cómo? Perdone, quiero decir, es que he oído hablar de usted. Me han dicho que recorre las librerías preguntando por este libro en concreto. Me sonrío como un tahúr profesional, como si le hubiera adivinado el truco y supiera que no iba a atreverme a contárselo a nadie. Se dio la vuelta y se colocó exactamente en el mismo punto en el que había estado de pie. Sí, supongo que ese soy yo, me dijo. ¿Por qué está buscando ese libro?, le pregunté. No, usted en realidad me quiere preguntar por qué compro todos los ejemplares, qué hago con ellos. Un tío muy listo, ya te digo. No dejaba de sonreírme. Daba mucho miedo. Es muy sencillo, los busco, los abro, compruebo sin son la segunda edición, los compro, es decir, intercambio unas monedas o unos billetes con personas como usted, que después colocan el dinero en su caja y me ofrecen una bolsa, yo respondo que no hace falta, guardo los ejemplares en el maletín, los llevo a casa, los leo y cuando los termino, los coloco en la estantería junto con los otros. Yo estaba alucinando. ¡El tío se los leía todos! La curiosidad me pudo y le pregunté que cuántas copias tenía. Doscientas cuarenta y siete. Pero por qué, por qué ese libro, por qué tantos, ¿es que los quiere todos? Mira, no se me olvida la cara que puso entonces. Tenía unos ojos muy pequeños y muy brillantes, como los de Charles Bronson, para que te hagas una idea. Me sonrió aún más, como si yo fuera un niño al que le estuviera enseñando a mear en la taza o algo así, y va y me dice, lo hago para resucitarlo primero y luego matarlo. Como le he explicado, hago con él exactamente lo que se supone que debería hacerse, incluido leerlo. Le doy al libro una segunda vida, si lo prefiere así. Cuando adquiera todos los ejemplares, caerá irremediablemente en el olvido, nadie recordará que ha existido. Solo yo. Las copias que yo posea serán las únicas que sobrevivirán. Me quedé helado, oye, no me lo podía creer. Le insistí en que todavía no me había dicho por qué tenía tanto interés en La oración del diablo en concreto. Soltó una carajada, y me dijo, no, por nada en especial, el título es bonito, las iniciales del autor son todas aes… ¿por qué no? Si me perdona, y ya que no posee usted ningún ejemplar, he de marcharme. Si consigue alguno, no dude en avisarme, buenas tardes. Yo estaba desquiciado, te lo juro, nada de lo que me había dicho tenía ningún sentido. Cuando iba a salir por la puerta, le pregunté ya a la desesperada que por qué la segunda edición y no otra. Se paró y me dijo, fue la edición que leí por primera vez. Además, resultó muy corta, sólo imprimieron mil quinientos ejemplares, no pensaban que fuera a venderse mucho más, así que me quedan por recuperar mil doscientos cincuenta y tres. Y después de decir eso, se fue por donde vino. No le volví a ver. ¿Qué te parece la historia? Al final puede que tengas razón, chaval. Los peligrosos son los locos por los libros. Oh, vaya, qué tarde se nos ha hecho, ¿no? Venga, que es hora de abrir ya, a ver si culturizamos un poco este país. Hoy invito yo.

Me despido de Hierro en la puerta del bar y enfilo cuesta abajo hacia la librería. La tarde es muy cálida, los niños juegan en la plaza, y los modernos del barrio ya han tomado la terraza de al lado, hablando de sus proyectos y sus naderías desde detrás de sus enormes gafas oscuras. Saco las llaves, me agacho para abrir la persiana metálica y noto un desasosiego extraño. Intento no darle importancia. La subo, con esfuerzo, porque pesa demasiado, debería cambiarla de una vez por otra más moderna, de esas que se abren solas. Entonces creo ver un reflejo en el cristal del escaparate. Me doy la vuelta. Pero allí no hay nadie.

Santi Pagés | 31 de octubre de 2009


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