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De papas y obispos: Jesús en el templo

Enrique Falcón

Por estas cosas de ser cristiano, mucho me han preguntado mis amigos no-creyentes sobre mi posición personal ante la «cuestión de los Papas Conciliares» que Juan Pablo II canonizó no hace mucho tiempo, como si se tratara en ello de dirimir el espíritu “verdadero” del cristianismo y —cosa que me sorprende aún más— como si ese supuesto “espíritu del cristianismo” pudiera ser definido mediante la comparación de tan sólo dos figuras, curiosamente emparentadas en el ser varones, italo-occidentales, blancos, católicos, sacerdotes y obispos de Roma.

Aunque reconozco mis simpatías (con dudas) hacia la figura de Juan XXIII y mis antipatías (sin dudas) hacia la de Pío IX, también es cierto que a mis amigos no-creyentes les respondo con el recuerdo de “otros” cristianos (algunos de ellos, invisibles; otros, invisibilizados; y otros, hasta públicamente conocidos) que, al menos para mí, representan con mayor tensión utópica y mejor encarnación histórica una fidelidad más digna al rostro de la iglesia de (o tras) Jesús. No voy aquí a enumerar a estos hombres y mujeres —en otros lugares su memoria ya quedara reaparecida bajo las balas de los poderosos—, pero sí imaginarme la reacción de Juan XXIII y de Pío IX ante una improbabilísima irrupción de Jesús (y los suyos) en —ni más ni menos— la Plaza de San Pedro. Es alguien entonces —el que está junto a mí— a quien le da por imaginárselo, hoy, de nuevo sin tener donde caerse muerto. Y no precisamente en el escenario vaticano, sino Jesús-inmigrado (bastante probable, una mujer) pisando las calles de alguno de estos barrios de periferia donde uno se encuentra con buena parte de los 50 millones de personas que viven en la UE por debajo del umbral de la pobreza. Y es ese alguien en mí quien también lo imagina hoy trenzando lazos y haciéndose cercano, pequeño entre los últimos, y por ello peligroso. Con la piel manchada, provocador o tierno, un Jesús así pensado ante cuya presencia los pudientes globalizados procurarán, desde luego, evitar el olor. Un Jesús así pensado que tardará bastante tiempo en marchar a enfrentarse al Templo (un MacDonald’s, por ejemplo), tras pasar antes por Roma. Y es en la Plaza de San Pedro donde poco a poco ha entrado, acompañado por algunos de esos con los que va, como hiciera a sus cuarenta años, en el 33 e.v., en La Explanada (la del templo en Jerusalén). Por aquello de los números simbólicos —los 12 de Jacob—, distingo entre ellos a: un jesuita, dos guineanas (una legal; la otra, no), un niño, un cura obrero, una monja secularizada, un carpintero homosexual, un poeta heterosexual, una trabajadora laboralmente flexibilizada, un etarra reconvertido y dos mujeres protestantes. Y con ellos, Jesús: diciendo de lo suyo en una esquina de la plaza, a mitad de un revuelo espantado de hombres y palomas. Reacciones: Pío IX les ignora, la policía local romana los arresta, nadie sabe nada; Juan XXIII se siente sacudido por un momento, la policía local romana los desaloja, nadie sabe nada; Juan Pablo II el Canonizador ni los mira, Ratzinger les abre un expediente, la policía local romana los saca de la plaza y detiene a una de las guineanas (la del vestido verde). Nadie sabe nada.

Días más tarde, ante el MacDonald’s, el de los cristales ahora rotos, Jesús es conducido a comisaría por las fuerzas globalizadoras del Nuevo Templo Mundial.

Enrique Falcón | 13 de abril de 2005

Comentarios

  1. egami
    2005-04-14 22:09 No sé si será un Jesús, ni siquiera sé si podría ser un Aníbal. Tal vez el problema es que Roma ya no está en Roma, y no hay Cartagos ni Belenes, y Asdrubal murió en España, ¿no?. E.S.
  2. ricardo
    2005-04-15 20:24 Precioso texto. Y necesario. No todos los cristianos estamos de acuerdo con la Iglesia. Ni siquiera todos los católicos.
  3. daniel
    2005-04-21 20:51 Hola Quique, te preguntaba hace un momento en un correo tu opinión ante el nuevop papa. Ya la veo aquí. Desde mi respeto a los creyentes que están en la primera línea de tantas luchas, no creo que pueda esperarse nada de la Iglesia institución, o mejor dicho, nada bueno. Abrazos.


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