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La brigadista

por Hilario Barrero

Martes, 20.- Ya no podrá ir a ninguna manifestación y desear que la policía la detenga y algún fotógrafo, al verla tan aparentemente delgada y frágil, le haga una fotografía que The New York Times publicará al día siguiente. Ya no podrá sentirse una heroína de la revolución frustrada.

Ya no podrá enviar dinero a Castro o volver a suscribirse, un año más, al boletín de los Amigos de la Brigada Abraham Lincoln.

Ya no podrá enviarnos cada primavera, como un regalo de amistad, unos bulbos de amarilis rojas.

Ya no podrá ponernos por debajo de la puerta las notitas telegráficas pidiéndonos que le compráramos en la Cooperativa un tomate, dos patatas, cinco naranjas… ni tampoco decirnos “grazie” repetidamente, no importa que le dijéramos que en castellano era “gracias”.

Ya no podrá llamarnos con voz temblorosa desde el suelo pidiéndonos ayuda para que subiéramos a levantarla y, una vez en pie, decirnos que ya no nos necesitaba y que nos podíamos ir.

Ya no podrá dejarnos bolsas colgadas en el pomo de la puerta con libros de poesía, ni negarse a entrar al apartamento y sentarse, prefiriendo estar de pie en la puerta enseñándonos su pecho izquierdo que se asomaba como un animalito asustadizo a los vaivenes de su cuerpo tambaleante.

Ya no podrá ponerse las camisetas protestatarias llenas de chapas abogando por causas imposibles, ni emocionarse con una sonata de Beethoven, o escuchar a todo volumen una emisora de radio de izquierdas. Ya no podrá asistir a los mítines en los que, conociéndola, le daban cinco minutos de tiempo para que expusiera sus quejas.

Ya no puede mirarnos con sus ojos cansados, arrastrar su cuerpo deteriorado, ir de hospital en hospital y de hospicio en hospicio, ya no puede volver a su casa, a una casa llena de papeles, de polvo, de olvidos, de telarañas, de flores secas, de bombillas de luz amarilla, una casa con un piano mudo oculto entre montañas de libros, postales de sus viajes a España o a Francia clavadas y arqueadas por el tiempo y el calor en las paredes sucias.

Ya no podrá escuchar las canciones de la Guerra Civil española, hablarnos de su madre, o verla como se le iluminaban lo ojos, sin duda recordando su tiempo de maestra, cuando le contaba cosas de mis alumnos o mis clases.

Se ha muerto en un hospital cuando deseaba con todas sus fuerzas volver a su casa donde pensaba que si volvía no se moriría. Se ha muerto una mañana luminosa de otoño y nos ha dejado un poco más solos y más tristes.

Como una nube de nieve o una bomba de frío en el refrigerador siguen envueltos en una enorme bolsa de plástico los antibióticos que su sobrina trajo porque el refrigerador de Estelle había dejado de funcionar. Ya no necesita los antibióticos, ni el aire, ni la luz, ni los periódicos que almacenaba y no leía.

Uno se extraña de que se muera alguien con el que había compartido parte de su vida y salga el sol, los colegiales inunden la calle de ruidos y de vida al salir de la escuela y se caigan las hojas de los árboles.

“La voy a echar de menos” —dices, mientras caminamos por un sendero alejado y solitario del parque cubierto de hojas amarillas. Ya no tendrás que subirle en noches frías de invierno la sopa que le hacías para darle el calor que no tenía, ni hacerle el flan o la tortilla española que tanto le gustaba.

¿A quién le ha de contar ahora que su abuelo leía a Pushkin en ruso? A estas horas lo único que puede hacer es leerle la cartilla a la que la esperaba hacía tiempo. La avariciosa compañera pronto va a saber que ha escogido un duro hueso de roer.
Se ha muerto sin nadie, como vivió toda su vida, nuestra querida brigadista. Se nos ha muerto Estelle.

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Fragmento del diario 2009 de Hilario Barrero, autor de los diarios Las estaciones del día (2003) y De amores y temores (2005) y Días de Brooklyn (2007).

Hilario Barrero | 22 de octubre de 2009

Comentarios

  1. Cayetano
    2009-10-22 17:09

    Descanse en paz. Esta entrañable señora se hizo como de la familia para quienes leimos los dos anteriores diarios.

  2. Alberto
    2009-10-22 18:23

    Cualquiera que haya leído los diarios de Hilario y tenga sangre en las venas ha acabado queriendo con toda la sinceridad del mundo a Estelle y ha deseado siquiera pasar un ratito con ella escuchando sus historias fuera del tiempo, del espacio, de cualquier lugar. Después de tres diarios uno acababa por pensar que Estelle era mucho más inmortal que nosotros y que sería ella la que nos vería desaparecer y ella la que nos lloraría. Ahora siento que se ha ido uno de los últimos mohicanos de verdad, una puerta temporal que se cierra y que en cierto sentido nos mantenía conectados con un tiempo donde palabras como “lucha”, “revolución” o “principios” tenían un sentido.

    Descansa en paz, querida Estelle, que me has hecho llorar esta mañana con tu marcha. Y un abrazo de los amigos que te leen, Hilario.

  3. candi
    2009-10-23 01:02

    Descanse en paz, Estelle, de admirable coraje. También era un poco nuestra. En los sucesivos diarios la echaremos de menos. La próxima primavera veré crecer una amarilis —blanca— y le pondré su nombre.

    Un abrazo, querido Hilario.
    Candi

  4. Jesús Aparicio González
    2009-10-26 21:45

    Los lectores de los diarios de Hilario Barrero conocemos hoy que nos ha dejado alguien de la familia, pero no nos deja del todo, pues se hace más presente, resucitada, en la palabra de Hilario y en nuestro recuerdo.
    Descansa en paz, amiga Estelle, y cuida de nosotros.

  5. marta
    2009-12-09 04:44

    ellos sonbuenos ni se que son



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