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¿Por qué debo yo publicar mis poemarios en formato digital?

por Alber Vázquez

Llevo quince años publicando libros de poemas y, aunque tampoco es demasiado, sí he tenido tiempo suficiente para descubrir algunas cosas respecto a este mundo. No son grandes conclusiones, la verdad, pero a mí me han servido de mucho para hacerme un idea de por dónde han ido los tiros y, sobre todo, de por dónde han de ir.

La edición de poemarios en España ha estado siempre más para allí que para acá. Hablo de cualquier tipo de edición y de cualquier tipo de poemario. Y de cualquier autor. Esto está fatal. Como todo, se me dirá. Pues sí, como todo. Pero yo, al menos, a esto le veo cierto futuro. Que a día de hoy, ya es mucho decir.

En España se publican libros de poesía de dos formas: en pequeñas editoriales con más voluntad que recursos y en grandes editoriales con fundamento. Las primeras las conozco muy bien, porque siempre he publicado en ellas. Mis libros, en consecuencia, han tenido una difusión más que limitada. Recuerdo con cariño un caso especial en el que uno de mis libros se puso a la venta en una sola librería. En una sola librería de toda España. Allá estaba, en el escaparate, junto a otros libros de otros pobres tipos que, como yo, no venderían un ejemplar ni a su madre. Pero yo era joven y, mira, aquello bastaba.

Como digo, en España también hay buenas editoriales que publican con medios y proyección. O eso creía uno. Resulta que el pasado verano se me ocurrió recomendar a una amiga el último libro de un autor para mí muy querido: se trataba de “Los hombres intermitentes”, de Francisco Javier Irazoki. La editorial que lo publicaba era ni más ni menos que Hiperión y mi amiga, ni corta ni perezosa, se echó a la calle con la intención de comprárselo. No lo logró. No lo logró y no porque mi amiga estuviera en el culo del mundo, no: mi amiga estaba en Sevilla y en una ciudad de las dimensiones de Sevilla no consiguió comprar un ejemplar de un poemario editado por una gran editorial española sólo unos pocos meses antes.

Bien, ya vale de tanta reflexión que no nos lleva a ninguna parte. ¡Datos, aquí lo que cantan son los datos! A ello: Hace un par de años, una pequeña editorial logroñesa tuvo la amabilidad de dar a la luz mi último poemario hasta la fecha, de título Desencriptación de la medusa. Fuimos hasta allí, lo presentamos, nos tomamos los vinos de rigor y asunto resulto. El libro lo habrán leído unas cuantas personas. Poquitas, más bien. Esto es España, eso es Logroño y yo soy yo. Y uno no tiene ya edad para engañarse.

Pero mira tú por dónde, mi libro gustó a un ilustrador de la tierra, Fernando de la Iglesia, y se puso a dibujar para mí. El resultado me impactó. A mí, que casi nada me gusta, aquello me pareció impresionante. E impresionado como estaba, decidí que había que poner aquel resultado al alcance de más gente. De mucha más gente.

Se nos ocurrió hacer una versión digital del libro y la pusimos en Internet para que todo aquel que quisiera cogerla, lo hiciera. Ya va por las 10.000 descargas. De acuerdo: sé que 10.000 descargas no son 10.000 lectores. Pero sí son 10.000 vistazos, y eso es mucho más de lo que cualquier poeta puede desear. Bastante más.

Yo no me esperaba que esto fuera así. Pero resulta que lo es. Por una puñetera vez en la vida, algo salió bien. De la forma más tonta, además. Salió bien y a mí me convenció de que si la poesía tiene algún futuro, ese futuro está en Internet. En el formato digital.

¿Para qué quiero yo que mis poemas se impriman en no sé dónde si luego nadie tiene interés en llevarlos al resto de lugares del mundo? Los míos y los de cualquier premio Cervantes, entendedme lo que os digo. La poesía interesa a unos cuantos, pero no a los suficientes como para que sea rentable imprimir, encuadernar, embalar, transportar, distribuir, exponer… Buf, sólo enunciarlo ya resulta agotador. Y todo por unos cuantos poemas.

Así que a mí ya no me cupo más duda. Me sigue pareciendo de cine el libro impreso de toda la vida. Pero me parece aún más de cine el libro digital. ¿Por qué? Porque está ahí, siempre a mano. Porque no cuesta nada y molesta bien poco. Y porque basta un poquito de suerte para ser mil veces más leído que de cualquier otra forma.

Y esa es la madre del cordero. La poesía, se pongan como se pongan algunos, es un formato que tolera bien el ecosistema digital. Mirad, yo no he sido capaz de leerme nunca una novela en la pantalla de un ordenador. De acuerdo, sí en una PDA y sí, seguramente, en cualquiera de esos dispositivos de tinta electrónica que están a punto de hacer su aparición.

Pero poemas en mi ordenador los he leído a manta. A miles, me atrevo a decir. Y me encanta hacerlo. ¿Sería mejor leerlos cómodamente tumbado en mi sofá? Pues sí, pero la cuestión no es esa. La cuestión es: ¿sería mejor leerlos en la pantalla de un ordenador (o en una impresión casera realizada con mi propia impresora) o no leerlos jamás de los jamases porque nunca habría tenido conocimiento de su existencia? Pues hala, que cada cual se responda a sí mismo.

Por eso estoy entusiasmado ante la aparición de esta nueva colección de libros de poemas en formato digital. Porque es exactamente lo que yo, como poeta, necesito: ¡que me lean, por Dios! Lo demás, todo lo demás, resulta irrelevante. De verdad.

Me gusta regalar mi poesía. Por eso, insistí desde el principio en que mis libros aquí tenían que difundirse gratis. Que todo el que quiera llevárselos, se los lleve. Sin más consideraciones. Adelante, coge mis poemas y léelos si lo deseas. Creo que el editor te va a pedir que, sólo si te da la real gana, le des un euro a cambio del poemario. Bien, me parece bien. Esta gente tiene sus gastos y si hay que arrimar el hombro con un euro miserable, se arrima: ahí va mi euro antes que el de nadie. Pero en lo que a ti y a mí respecta, quiero decir una cosa. Una cosa más y me callo ya: si tú eres uno de esos que se ha tomado la molestia de bajarse mi libro a tu ordenador, quiero que sepas que yo ya estoy pagado. Sólo con ese gesto. Ha sido un placer y hasta la próxima.

Alber Vázquez | 23 de junio de 2008

Comentarios

  1. Miguel A. Román
    2008-06-24 05:01

    Pues yo, lector, debo agradecer y encomiar la iniciativa. Y así lo hago: Gracias, Alber.

    Uno lleva años dilapidando textos mínimos por Internet; mejores o peores, pero siempre con la honradez de que la intención y el esfuerzo fue casi el mismo, y la calidad del resultado es, en parte, responsabilidad de la musa de turno, que a veces me hace caso y otras me elude, y en otras incluso me sabotea.

    Al cabo del tiempo me los vengo encontrando aquí o allí, haciendo la guerra por su cuenta, lejos de mi paternal mirada.

    A menudo aparecen apócrifos, como si fueran hijos de padre desconocido. Pero eso, aunque no me agrada, tampoco me irrita en exceso. Más me duele cuando me vienen mutilados o descontextualizados, y no tanto por que uno los concibió como un conjunto coherente e indivisible, como porque creo que hurtan al lector una parte que, si yo se la puse, sería por algo, y eso que se pierden.

    Porque el autor tiene sus derechos, pero el lector también. Y uno escribe para el lector, y la mejor satisfacción personal —que es el único derecho al que no pienso renunciar como autor— es que el lector quede satisfecho, y que me lo agradezca, aunque lo haga para su capote, aunque nunca sepa que fui yo quien se lo escribió.

    Por eso te lo agradezco, porque soy tu lector y te lo mereces, no por la calidad de tu obra (que de eso ya hablaríamos), sino por la generosidad en crearla para mí, aunque luego te la pague (que de eso ya hablaríamos).

    Y todo esto, lo que tú has dicho y lo que yo te digo, me machaca la cabeza con un verso no cualquiera de un poeta no cualquiera:
    Y al cabo, nada os debo; debeisme cuanto he escrito.

  2. Radical beach
    2008-06-25 06:03

    Podrías dejar un link para leer tus textos?
    Gracias por este testimonio. Soy poeta también y es de culo en boca publicar en papel

  3. rolando gabrielli
    2008-06-26 00:51

    Lo importante, mi estimado amigo, son los textos, son ellos los que terminan hablando por la poesía que se escribe…Yo envié un libro por correo electrónico, editado en papel, a solicitud de una vieja amiga de las letras y nunca me respondió...Ella quería el libro físico…Por ahora este homenaje a Jorge Teillier, poeta chileno, que no conoció Internet…Muchas felicidades. R
    JORGE TEILLIER: POETA SUR

    Rolando Gabrielli

    Jorge Teillier es la pedagogía de la ausencia. El viento blanco, que la infancia no ignora. Siempre llegaba del pasado, aunque tendiera la mano al futuro. La palabra en el resplandor. Arrastraba un verbo en la ilusión residual. Poesía del ayer sin pasado fijo, con su tiempo detenido. La provincia en la inmortal sombra de su infancia. La mágica vida de un presente eterno. El Poeta en estado de gracia. La poesía con su misterioso cuerno de silencio. La poesía en el reflejo, que el espejo esconde en su memoria. ¿La poesía sigue los pasos del poeta o los da por él?
    Teillier giraba detrás de la rueda, sólo una señal, la huella el guiño. En ese mundo de apariencias reales, destellos evanescentes, encontraba un nuevo rostro su poesía. Poeta Sur, que siempre habitó en la Aldea Global. Muy próximo al molino y la carreta o a la estación de trenes, Teillier cuadraba su propia teoría del Lar. El círculo íntimo de la palabra. Sin embargo, prefirió morir de ciudad. Respiraba en la asfixia del verbo, su poesía de andén. No le inmutaba el ocio, lo compartía en la cotidianidad diaria, casi con nostalgia, casi con aburrimiento, casi desprendido de todo lo que le rodeaba. Poesía de la conciencia en y del desamparo. Poeta de un camino. El que traza la poesía sin aspavientos. Poeta del Lar, bautizó su entorno poético, la profundidad real de sus días, el paso del temblor de la hoja. La poesía requiere ese saco sin fondo. La luz que sólo el pozo conoce. La señal que no es certeza, aunque acabe el camino.
    Poeta del ocaso. Teillier se dejó consumir por los medios días santiaguinos, esos atardeceres grises, desdibujados en el canto de las horas muertas. El poeta y la ciudad deambulaban en sus desencuentros, mientras sus sueños permanecían casi intactos en la provincia, Lautaro. Su imaginación vivía en y del Sur. Los trenes, el granero, la calle principal, el mesón del bar del pueblo, las caras tristes de los mapuches, el río, los antepasados, La Frontera, y aún así, forastero de forasteros. El poeta se veía en el Otro espejo y cruzaba el río. La noche sobre el tiempo del poema. ¿La ciudad, un andén forzado? ¿La ciudad, la realidad real como la manteca frita? ¿La ciudad, el gran bar? ¿La ciudad, agoniza conmigo? ¿La ciudad, poncho que nos arrastra a todos? ¿La ciudad, nos arrebata el sueño? ¿La ciudad, es la gran provincia? ¿La ciudad, con su abrigo de alquiler? ¿Cruzar la calle, es dejar la ciudad?.
    El río nos cruza todos, los pasos, van y vienen, la ciudad los conoce y siente a todos. Su lomo, rodillas, ambas caderas, gran nariz, las manos alzadas, se pierde la figura en sus huesos, labios grises, ojos de cielo nublado. ¿Qué hacía Teillier deambulando por Santiago? Venía de La Reina, helado en las mañanas, recién afeitado, con su abrigo santiaguino, unos libros, dedos cuadrados, casi morados, atravesaba Macúl, por el Pedagógico de la Universidad de Chile, cargado de sus versos nostálgicos de futuro, premoniciones, pájaros raros de sus bolsillos. A Jorge lo inventó el Sur, la lluvia, su propio olvido. Caminaba por la vereda azul de la ciudad, en su propio mundo y a veces pienso que nunca quiso salir del primer día de clases. Se sumergió en un cuento de hadas y se hizo bautizar en cada primavera. Poeta del guijarro alumbrado en el camino.
    Teillier no sucumbió a las modas literarias. Fue lector, devorador de libros. Echó raíces desde joven. Se alineó a su propia sombra. Tocó la flauta de la Escuela Lárica, que él creó. Sur-Sur, una visión del mundo del desarraigo. Se consumió en su vertiginoso y borrascoso azar. Vivió los días aciagos de Pinochet y se atrinchero en el Bar La Unión Chica con el poeta Rolando Cárdenas y otros contertulios de Nueva York 11, un nombre y número que marcarían el siglo XXI. Teillier sobrevivió en esa esquina como capitán de un barco anclado en una ciudad sin puerto, de oleaje mudo, avasallado, capitanía ferozmente devorada. Era un poeta bajo Estado de Sitio, y se mantuvo en arresto cuartelario en El Bar La Unión Chica, por orden de la sobreviviencia.
    Jorge Teillier Sandoval, autor de Para ángeles y Gorriones, El cielo cae con las hojas, Poemas del País de Nunca Jamás, Crónicas del Forastero, cultivó su mito como pocos poetas de Chile y América latina, y convirtió la poesía en un acto de vida.
    Lo conocí en tiempos de la Crónica de un Forastero, libro que nunca terminó de gustarle, lo encontraba cojo, forzado, sin el vuelo que él esperaba en sus versos de transparente nostalgia, profundos, sutiles, llenos de Des(esperanza), desarraigo, la nostalgia del Paraíso perdido. Gran lector de los poetas y narradores franceses, Teillier ancló su poesía en un Sur mítico, reinventado, y su infancia le llevó agua hasta el molino de su muerte.

  4. Ana Lorenzo
    2008-06-27 03:28

    Alber, mil gracias por tus libros de poesía en la red —mil gracias a todos los de Editorial Libro de Notas que han publicado hasta ahora— y enhorabuena por este artículo. Te doy toda la razón del mundo: no es solo ya la edición, sino la distribución.
    Yo vivo en Rivas, pero voy a Madrid (que está aquí al ladito) a menudo. Y me acerco a librerías como Marcial Pons (cierto que no a la de humanidades, vale, a la jurídica, pero igualmente tiene de todo) o como Antonio Machado (esa sí que es de las que tiene un fondo admirable); bueno, pues aun así, sin encargarlos, si busco tus libros de poesía editados en papel, o los de Francisco Serradilla, o los de Germán Machado (ya, ya sé que para niños no, pero para adultos), o los de Hilario Barrero, no hay manera: lo sé porque lo he hecho.
    Si, de todas formas, te unes luego a lo de Bubok, avisaréis, supongo.
    Un beso.

  5. nice
    2013-07-29 13:29

    Muy bueno el artículo que refleja una realidad que por mas que no guste, es, más allá de lo que piensa la “masa”. El otro día leí una entrevista a un poeta de Vigo, David Fernandez Rivera y donde también muestra su realidad muy similar a la aquí descrita.

    la nota se encuentra en http://www.editorialrove.com/index.php/entrevistas/34-entrevista-a-david-fernandez-rivera, la recomiendo para todos los poetas que seguramente se sentirán representados.

    un saludo



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