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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Burócratas del mal

Las raíces benjaminianas de esta columna no le permiten sustraerse, aunque solo sea de tarde en tarde, a la tentación de construirse sólo con citas. Aquí tienen una cosecha reciente que camina, más que entre el texto y el hipertexto, entre la realidad y la hiperrealidad en que habitamos.


1. La manifestación independentista de Barcelona me trajo a la mente conceptos de sociología básica, y mejor que mis propias divagaciones, lo ilustrará un pasaje de Georg Simmel:


“En general, el compromiso, especialmente el fungible, es uno de los mayores inventos de la humanidad, además de ser una técnica recurrente en nuestra vida cotidiana. El hombre primitivo, como el niño, sigue sus impulsos y coge todo aquello que le gusta sin preguntarse si pertenece a otro. Además del regalo, el robo es la forma más natural en que cambia la propiedad de las cosas, de ahí que, en las sociedades primitivas, rara vez el cambio se de sin lucha. Comprender que la lucha puede evitarse ofreciendo al propietario del objeto deseado otro objeto del que uno es propietario, de modo que el gasto final es menor que el que supone empezar o proseguir un conflicto, es, en definitiva, el principio de la economía civilizada, de la circulación reglada de las mercancías. Todo intercambio es un compromiso, de ahí que las cosas sean más pobres que todo lo psíquico: el intercambio siempre supone privación, renuncia, mientras que puede intercambiarse amor o saberes sin tener que pagar ese enriquecimiento con un empobrecimiento. Cuando se oye decir que en determinadas condiciones sociales, robar y luchar por robar es algo digno, mientras que comprar e intercambiar son actos viles, es por el compromiso que acompaña todo intercambio, por la concesión, la renuncia, que lo sitúan en radical oposición a la lucha y la victoria. Todo intercambio implica que los valores y los intereses se han objetivado. Ya no importa la simple apetencia, subjetiva y apasionada, que llama al combate, sino que los interesados reconocen el valor de un objeto, un valor que, sin apenas cambiar, puede expresarse con otros objetos. La renuncia al objeto apreciado, a cambio de otro de similar valor, es un medio verdaderamente prodigioso de expresar intereses opuestos sin necesidad de luchar. Esto es el resultado de una larga evolución histórica que ha permitido realizar la operación psicológica de desligar de cada objeto específico su valor universal, de ir más allá de la fascinación de la apetencia inmediata. El compromiso por sustitución, representado en el trueque, manifiesta la posibilidad, aunque se realice sólo en parte, de evitar el combate o de ponerle fin antes de que lo hagan la fuerza de los sujetos.”


Georges Simmel, El conflicto: sociología del antagonismo, Madrid: Sequitur, 2010, pàgs. 86-87.



2. Ahora que todos somos anticapitalistas gracias a la burbuja inmobiliaria, y para moderar nuestra efervescencia, nada mejor que un pasaje de alguien que camina entre la filosofía y la arquitectura:


“La fluidez del mundo contemporáneo sin duda tiene que ver con el deseo de conjurar el pecado nefando en el capitalismo: detenerse. Cualquier interrupción del incesante flujo de movimientos se ve como una pérdida. Desde la moda a la política, el movimiento y, por tanto, el cambio es una garantía de progreso. El tiempo invertido en desplazarse parece aproximarse al destinado a habitar. La consecuencia de ello es que todo lugar, hasta el hogar, se convierte en virtud de esta disposición transitoria en lugar de paso.”


Luis Arenas, Fantasmas de la vida moderna: ampliaciones y quiebras del sujeto en la ciudad contemporánea, Madrid: Trotta, 2011, pàg. 79.



3. Y qué decir de la cochambrosa justificación de las políticas de nuestro gobierno como “lo que hay que hacer”. Pues que el pensamiento se me disparó hacia este pasaje de Zizek sobre los “burócratas del mal”:


“Richard Bernstein tiene toda la razón cuando subraya que los conceptos de “mal radical” y de “banalidad del mal” que emplea Hannah Arendt no son contradictorios, sino absolutamente compatibles: lo que vuelve “radicales” los crímenes nazis contra los judíos es que no fueron cometidos por monstruos “inhumanos”, por “genios del mal” protorrománticos que, a consecuencia de una hybris sobrehumana, en algo así como una perversión demoníaca de la voluntad humana “normal”, deseaban absolutamente cometer los crímenes que cometieron y aceptaron heroicamente su monstruoso mal; no, sus autores fueron personas normales y “decentes” que cometieron actos monstruosos como si no fueran más que una medida técnico-administrativa que se debía poner en marcha. La insistencia de Arendt en que figuras como Eichmann no eran “sádicos perversos” pasa por alto lo esencial, en la medida en que, conforme a una idea preteórica, basada en el sentido común, de lo que es un “sádico”, lo concibe como una persona que desea el sufrimiento que inflige y goza con él. Frente a esto, Lacan insiste en que la característica fundamental de la posición subjetiva del perverso es la actitud de autoinstrumentalización radical, de convertirse en el puro instrumento-objeto del goce del Otro: para Lacan, el sádico perverso no es una figura apasionada, poseída por un mal diabólico, sino un “burócrata del mal” absolutamente despersonalizado, un puro verdugo; su personalidad no presenta profundidad psicológica alguna, no hay en ella una intrincada red de motivaciones traumáticas.”


Slavoj Zizek, El acoso de las fantasías, Madrid: Akal, 2011, pàg. 256.



4. Las tesis de partida de Sloterdijk son que “la Edad Moderna es la era de lo monstruoso hecho por el hombre”, y  que “la modernidad es la renuncia a la posibilidad de tener una coartada”. Es lo que necesitan saber para interpretar la siguiente cita de un prestidigitador del pensamiento:


“Las formas convencionales de modernismo, pragmatismo y populismo cierran de consuno decididamente los ojos ante lo monstruoso a lo que pertenecen: son fanatismos de la normalidad.”


Peter Sloterdijk, “La época (criminal) de lo monstruoso (Acerca de la justificación filosófica de lo artificial)”, en Sin salvación: tras las huellas de Heidegger, Madrid: Akal, 2011, pag. 250.



Y a la que sólo cabe añadir: y del consuelo.

Josep Izquierdo | 22 de septiembre de 2012

Comentarios

  1. Cabana
    2012-09-22 23:54

    Un fanatismo del consuelo. Exigir, con la vehemencia del fanático, que se nos consuele. ¿No es esto lo que hemos exigido en España desde la Guerra Civil? ¿No es la sensación de (por supuesto) fracaso de la Transición, del Estado de las Autonomías, una exigencia fanática de consuelo? ¿Y todo nacionalismo, no resulta ya siempre consolador? ¿No resultará siempre insuficiente, si nuestra exigencia es siempre de consuelo? Los Indignados, ¿no salieron a las calles, a las plazas, en busca de consuelo? ¿No implica el consuelo una búsqueda sin fin de lo que siempre nos faltará?
    Quizá sea el consumo la forma menor del consuelo, y la que produce mayor adicción. Si todas las formas de consuelo implican lo inalcanzable, y nos quitan esta, menor pero igual de adictiva, ¿qué nos queda? ¿Cómo podremos seguir viviendo, si es imposible vivir de lo desconsolados que estamos?



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