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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Política Ponzi

Una de las consecuencias de la globalización económica y mediática es la fragmentación social. No hay contradicción en ello, casi es una ley física: genera una resistencia en sentido contrario. El aparentemente extraño auge de los nacionalismos y de la extrema derecha “culturalista”, como en Holanda o en Estados Unidos con el Tea Party, pueden ser analizados como componentes del multiculturalismo, en la medida en que son formas culturales: como universos del multiverso.

Una de las características de la fragmentación como consecuencia de la globalización es que mantiene una relación distante con los condicionantes económicos. No inexistente: distante. Puede que sea la expresión de un malestar económico (y no cabe duda de que la crisis la ha acentuado, signo inequívoco de que esa relación existe), pero ese malestar no se expresa en un simple balance de ingresos y gastos, en todo caso de expectativas y fracasos. Aún así podemos intentar hablar de mecanismos económicos en un sentido antropológico que deriva hacia lo puramente filosófico (Valéry, Bataille), e incluso la política como teologia (Agamben), o la psicopolítica (Sloterdijk).

Expongamos, pues, un análisis político en estos términos: un universo posible en el multiverso que habitamos: la política Ponzi.

Seguiré libremente para ello la explicación que del esquema Ponzi hace la Wikipedia. Se trata del pago de rendimientos exagerados a los primeros inversionistas en un negocio gracias al dinero aportado por los nuevos inversores, engañados por la promesa de grandes beneficios. En un esquema Ponzi el agente principal es al tiempo una persona y una estructura financiera que interactuan directamente con las víctimas. Esa estructura financiera está formada, a su vez, por reclutadores que se benefician directamente de su labor mediante incentivos o porcentajes sobre lo captado, y pueden ser substituidos sin peligro para la estructura. A diferencia de las tramas piramidales, que colapsan rápidamente porque demandan un número exponencial de nuevas aportaciones, las tramas Ponzi pueden sobrevivir logrando que la mayoría de los participantes “reinviertan” sus ganancias. Un esquema Ponzi parte de la desconfianza hacia la realidad económica, y la explota a través del supuesto acceso a información privilegiada, esto es, el supuesto acceso a patronos.

Ahora imaginen que la promesa de rendimientos exagerados para los primeros inversores fuese la concesión de una canonjía pública o privada del tipo contrato por adjudicación directa, o mediante concurso amañado (esto, claro está, para los grandes inversores), puesto de trabajo, mejoras económicas por concesiones administrativas directas (tipo encargar todos los cafés del ayuntamiento al mismo bar), facilidades para la asistencia sanitaria inmediata, para la mejora de la educación de los hijos, etc. La moneda de cambio no es tanto el voto como la fe, la confianza. Y con los grandes inversores la fe es amistad (ya saben, “amiguitos del alma…”). Y porque, además, la fe son votos. A medida que se capta y se acumula nuevo capital, crece la capacidad para beneficiar a los nuevos inversores. Esto es, una vez conseguido el poder o el gobierno, deben dedicarse los recursos a mantener contentos a los nuevos inversores, y a que se vea que éste es un negocio que produce beneficios para quien invierte en él. De lo segundo se encargan los mismos inversores beneficiados. El crecimiento del esquema se mantiene mientras los recursos sean abundantes, pero incluso en el momento en que estos alcancen su límite o escaseen, es posible mantener el esquema siempre que los beneficiarios reinviertan su confianza. Esta confianza puede ser realimentada mediante la moneda que está en la base del sistema: el deseo, es decir, la estimulación de la idea de carencia y de sentimientos de insuficiencia de toda clase. Traducido en nuestro caso ejemplar: enemigos exteriores para reforzar la envidia, en la base del deseo, y política de grandes eventos que estimulan la avidez, y por tanto el permanente sentimiento de carencia que la acompaña.

Pero ustedes dirán: “los esquemas Ponzi, tarde o temprano, terminan por caer”. Bueno, terminan por caer los que caen. Es decir, los que se encuentran en uno de estos tres casos:


  1. El estafador escapa con la pasta. Excepto para los idiotas como Roldán (¿se acuerdan de Roldán?), no es una opción en la política Ponzi: siempre ganas más si te quedas y te esfuerzas por mantener el esquema mediante la corrupción y el patronazgo.
  2. El sistema se viene abajo porque la inversión baja, por ejemplo, en épocas de crisis que el mismo esquema Ponzi ha contribuido poderosamente a crear, en que la menor afluencia de recursos obliga a pagar beneficios políticos a la baja, o suspender su pago. Es un problema si no se tiene el control de los medios de comunicación, ni el poder no ya de reportar beneficios, sino de sustraer el beneficio ya obtenido, o incluso alienar el patrimonio consolidado.
  3. El sistema queda al descubierto porque un órgano regulador o una autoridad superior (por ejemplo, la judicial) fiscaliza la contabilidad y decreta (esto es, hace público) que los beneficios que produce el esquema en realidad no existen, o no deberían haber existido. Esto es un problema si no controlas los poderes superiores (llámese Tribunal Superior de Justicia de Valencia o Dios, qué más da), ni la opinión pública, otra vez sometida mediante la identificación entre el estafador, la empresa y sus clientes participando de un mismo destino.
  4. Cuando esto sucede, como en el caso Gürtel, en que los intentos de los poderes del estado por clausurar el negocio son fallidos, los estafadores tienen el abuso de decir que no se respetan los derechos (no ya los suyos, sino los de todos) y que no les dejan beneficiar al pueblo. Como le sucedió al mismo Carlo Ponzi.

    El problema de Carlo Ponzi fue su falta de ambición. Si en 1920 hubiese entrado en política, como sus arrobados inversionistas de demandaban, hubiese pasado a la historia como el inventor del sistema de gobierno del siglo XXI: la política Ponzi.

Josep Izquierdo | 09 de octubre de 2010


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