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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Poder

El poder se ejerce siempre con violencia y tiene por objetivo el sometimiento individual y social. No es una cesión de soberanía, sino una relación de fuerzas que envuelve al individuo y lo atraviesa (lo configura), y por tanto el individuo se define en relación con esa red de relaciones de poder. A vuelateclado, ésta podría ser una definición de poder típicamente foucaultiana. Con sus consecuencias: el enborronamiento del sujeto y, con ello, las teorías “soberanistas” sobre el individuo, de raíz ilustrada, que fundan las democracias occidentales. Pero también produce verdad y conocimiento, por ejemplo el poder ejercido en el ámbito científico y tecnológico. Todo esto, mal digerido, da como resultado el desprestigio de la democracia liberal como forma de gobierno (y la búsqueda de foras auténticas de democracia) y la degradación del conocimiento y la verdad como formas contractuales, carentes de esencia o de correlativo objetivo (que llevan al auge de formas herméticas o gnósticas de conocimiento y de bienestar, tipo homeopatía o medicinas orientales).

Que Foucault cuestione la distinción entre descripción y norma no implica que sus lectores debamos hacerlo, e incluso sospecho que el filósofo francés tuvo más clara la diferencia entre cuestionamiento y negación que quienes le siguieron, y todavía lo hacen desde posicionamientos ideológicos que imponen esa descripción del poder como norma.

Hay momentos en la historia que pueden revelarnos con mayor crudeza que otros cómo funciona el poder en sus formas más desnudas, menos “culturales”. Sin duda la expansión económica, social y cultural que siguió al gran colapso de la sociedad occidental hasta el siglo X es uno de esos momentos, en que los hombres apenas contaban con algo más que sí mismos para sobrevivir y prosperar. Pero también es un momento histórico en donde cualquiera con capacidad para ejercer la violencia social tenía la posibilidad de prosperar y ascender socialmente, incluso hasta lo más alto. El poder es entonces una forma de relación personal, o de coacción personal: es violencia y sometimiento, tanto como afecto y lealtad. Y es un trueque: yo te doy mi riqueza, mi fuerza, mi afecto, y tu me das tu fuerza, tu afecto, tu protección. Si algo caracteriza a la Edad Media es que toda emoción es un acto social. Insisto en el yo y tu, que puede parecer antifoucaultiano, por el emborronamiento del sujeto, pero que en realidad lo es, y profundamente, porque esa forma de trueque desigual es el fundamento de la violencia y el sometimiento que desdibuja al individuo al tiempo que lo envuelve y lo configura. El afecto y el desafecto (permítaseme la expresión en éste sentido, como antónimos, pero también con las connotaciones políticas de desafecto) son el producto de una economía simbólica de intercambio que avanzará hacia el patronazgo, y posteriormente a formas políticas de lo que el mismo Foucault llamará la gubernamentalidad.

Si les parece demasiado lejano, avancemos hacia tiempos más recientes. En el siglo XVIII, en una sociedad clausurada socialmente, las desigualdades, la arbitrariedad, la injusticia y la miseria empujan a la política absolutista a “vigilar y castigar”, obsesionada por la fuerza y las posibilidades de revuelta que las emociones y el cuerpo en que habitan pueden desarrollar. A. Farge, a propósito de los pobres (del pueblo) en el siglo XVIII, cita a Merleau-Ponty: “Los acontecimientos del cuerpo se convierten en los acontecimientos del día”, y sigue:

Sobre todo porque los individuos son pobres. Frente a la precariedad o la adversidad, el cuerpo sufre de lleno el cansancio, los accidentes de trabajo, los golpes, etc. Se encuentra en la primera línea, mientras que el de las otras clases sociales puede colocar entre él y la adversidad determinados bienes materiales (hoteles particulares, casas, tiendas, etc.) y personas a las que se les paga para servirlo y mantenerlo.

En el entorno urbano que analiza Farge las emociones se ven y se dicen, se apoderan del cuerpo y alimentan el espíritu, indisociables de la identidad individual y colectiva de la época. Las emociones son actos políticos que desencadenarán la modernidad con ese estallido emocional que fue la Revolución Francesa. En buena medida somos hijos no de la Revolución, sino de los intentos de encauzarla, de domeñarla por vías diferentes (como los medios de comunicación de masas) al mero ejercicio de la violencia física que, con todo, no desaparece.

Olvidar que todo esto continúa rigiendo nuestras vidas como individuos sociales parece absurdo al tiempo que es la opinión dominante. Su negación supuso en buena medida el fracaso del comunismo como experiencia social, pero también empuja hacia sus límites a la democracia liberal, por ejemplo cuando se la implanta ex novo en sociedades conquistadas, bajo cualquier forma de conquista, o cuando el principal presupuesto de esa democracia, la apertura social que permita al hijo del pobre ser padre de ricos, o de poderosos, no aparecen por ningún lado. Y no lo hace porque la apertura o el cierre social no depende de la forma de gobierno: de ahí la paradoja de que la movilidad social en la España franquista fuese mayor que durante la democracia. Así hoy, nuestra sociedad es “una sociedad frágil, excesivamente preocupada por la amenaza del dolor, siempre "en riesgo", desvalida, infantilizada por la necesidad de protección.”, como dice Germán Cano.

Los políticos del Partido Popular (pero no sólo)  ejercen el dominium señorial extendiendo una vasta red clientelar mediante la protección (económica o asistencial), que deriva en afecto (una emoción, no lo olvidemos, que tiene una inmediata traducción en términos sociales y políticos a través de encuestas de opinión o de comicios electorales). La democracia liberal en su forma típicamente española, es decir, en los gobiernos autonómicos y locales, oculta su papel como mera fachada de ese dominium mediante mecanismos institucionales de ocultación y actos de exaltación del poder en sí (la celebración del poder que está implícita en las políticas de grandes eventos y en la exaltación del político como Dominus) , que en realidad no pretenden esconder la corrupción, sino el cierre social. Y los medios de comunicación reciclan el excedente de afectos hacia emociones de consumo inmediato que, una vez agotadas, dejan el camino abierto para nuevas emociones, aunque siempre las mismas: deseo, envidia, cólera, orgullo, alegría, tristeza, todas ellas combinadas en sus justas dosis ya se trate de fútbol o de sexo. El horizonte en el que se consumen esas emociones, es, naturalmente, el de la felicidad, ese intangible metafísico que ha venido a sustituir al cielo.

Josep Izquierdo | 14 de agosto de 2010


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