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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Steve Jobs como ingeniero de almas humanas

Fue puramente casual que el fatuo entertainment de lanzamiento del iPad de Apple me asaltara mientras ojeaba Obra de arte total Stalin de Boris Groys, uno de mis autoregalos de navidad que todavía no había tenido tiempo de liberar de su preservativa envoltura plástica. No fue tan casual que mi escrutinio empezase por leer el final: un viejo vicio, pues es costumbre que conservo de mis lecturas adolescentes, tan apremiantes todas ellas que sólo encontraba la tranquilidad de espíritu necesaria para completarlas previo conocimiento de su desenlace.

Así, mientras la transmisión en directo diseminaba en el aire mediático un diluvio de wonderfuls, de marvelous, de amazings, magicals, revolutionarys y unbelievables, y otras exclamaciones autoadmirativas de las que me cansé de hacer la lista, las últimas páginas de Groys adquirieron un significado inesperado, más allá de la bizarra identificación funcional entre Jobs y Stalin. Dice Groys:

“Las máquinas de la vanguardia rusa eran, en realidad, máquinas de la subconsciencia, máquinas de magia, máquinas deseantes: debían transformar la subconsciencia del artista y del espectador para armonizarlos y salvarlos, uniéndolos con el subconsciente cósmico.”

Mi irredimible tendencia a dividir la atención entre varias cosas a la vez hizo que “vanguardia rusa” y “Apple” se convirtieran en intercambiables, y comprendí aún mejor la ambición de Steve Jobs: construir y vender máquinas deseantes, esto es, máquinas de la subconsciencia, que rediman al usuario de la necesidad de interrogarse por el significado de la superficie mediática. En cierta medida Steve Jobs ambiciona máquinas transparentes entre el servicio (iTunes, iBooks, AppStore y los que vendrán) y el usuario, algo así como una vía directa al subconsciente del artista y del espectador/cliente para armonizarlos, de manera que uno y otro acaben encauzados hacia una mutua interdependencia. Groys cita a Deleuze y Guattari para explicar el concepto de “máquina deseante”:

“el subconsciente no plantea problemas de significado, sino sólo problemas de uso. La pregunta planteada por el deseo, no es ¿qué significa esto?, sino ¿cómo funciona esto?”

De lo cual se desprende que si el subconsciente encuentra una línea de falla que le permita sortear los problemas de uso (i.e. que le haga obviar la pregunta ¿cómo funciona esto?), ofrecerá una resistencia menor a esa armonización que haga perfectamente empático el equilibrio entre los ítems ofertados y los ítems demandados. Un buen negocio, vaya.

Y si el deseo es tan funcional, tan inhumano e inconsciente que sólo se preocupa del funcionamiento de lo humano y no de su significado, alguien podría creer, con Deleuze y Guattari, que así se han desecho del “sujeto”, de la “conciencia” y de toda mitología, sin percatarse que:

“sólo les están abriendo de nuevo el camino a los “ingenieros de las almas humanas”, a los diseñadores del subconsciente, a los tecnólogos del deseo, a los magos y alquimistas sociales que los vanguardistas rusos quisieron ser y que en realidad Stalin fue.”

Creo que el título de este artículo da la clave de lo que mi cerebro interpretó, y con esa línea de pensamiento abordé el último párrafo del libro de Groys:

“Pero si (…) se logra crear una subconsciencia artificial, un contexto artificial, y nuevas y nunca vistas máquinas deseantes, llamadas, por ejemplo, “hombres soviéticos”, de repente resulta que son capaces de vivir vidas y generar textos que no se distinguen en nada de los naturales, y hacen irrelevantes la diferencia entre lo natural y lo artificial y todos los esfuerzos invertidos en ella. Y estos asombrosos seres, con una subconsciencia artificial, pero con una conciencia natural, resultan, además, capaces de obtener goce estético de la contemplación de su propia subconsciencia como una obra de arte ajena, convirtiendo aquél acto de vanguardia, único y terrible –la creación de arte estaliniano– en un objeto de frívola distracción dentro de las más banales tradiciones pequeñoburguesas.

Les aseguro que yo, un tanto embargado por el espectáculo pequeñoburgués que nos ofrecían desde California, leí “clientes de Apple” en lugar de “hombres soviéticos”, y “tecnológico” en lugar de “estaliniano”. Pero, vaya, seguro que sólo son cosas mías. Ustedes ni caso.

Ah! Y he decidido cambiar a Mac.

Josep Izquierdo | 30 de enero de 2010

Comentarios

  1. Jorge
    2010-01-30 09:40

    Buen dia
    Interesante deduccion, si me permite decirlo, respecto al libro de
    Stalin de Boris Groys. Lo leere. Muchisimas gracias por las lineas de la obra de arte que compartio con nosotros.
    Yo al igual que usted algun dia sere cliente fiel a Apple.
    Saludos!



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