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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

No quiero coche, leré

Si un político sudanés, preguntado por aquello que hacía que una nación fuese una nación, podía responder sin rubor que “la capacidad para fabricar coches”, tampoco ninguno de nuestros conciudadanos dejarían de mencionar el coche como un requisito necesario para llevar una vida plena y libre: prácticamente como un requisito de nuestra humanidad. Puede que hubiera dicho antes, o dijera inmediatamente después, un piso en propiedad. La interdependencia de la economía de la construcción y de la economía del automóvil, no por obvia ha sido señalada con la frecuencia que debiera como el hormigón que constituyó y sostuvo la sociedad industrial de la segunda mitad del siglo XX. No resulta, pues, tan extraño que la ceguera colectiva que afectó a occidente mientras todo fue bien, mientras todos fuimos más ricos y más guapos, incapaz de prever la consecuencia de sus actos, esto es, las consecuencias de sus comportamientos económicos, se haya repetido con la crisis de la economía automovilística. Y puede que peor, en la medida en que la crisis de los carmakers se percibe como una consecuencia de la crisis primera (por la restricción del crédito inmobiliario que, en realidad, se ocupaba en la compra de bienes de consumo, y no de vivienda), y no como una de sus causas.

Ahora que la industria del automóvil está en bancarrota en el primer mundo, parece que quiera hacerse escuchar alguna vocecilla advirtiendo que el problema, si bien coyunturalmente provocado por la ausencia de crédito, en realidad obedecía al sobredimensionamiento de la industria en respuesta a una demanda basada en necesidades psicológicas de honor, libertad y respetabilidad, más que en necesidades de transporte individual. Como si ahora que hemos dejado de ser dioses-sol de ilimitada capacidad de consumo, tuviéramos que contentarnos con hacerle más quilómetros a nuestro carro, y flexibilizar en contrato de trabajo de nuestro Faetón. Pero fíjese el lector que, en lo sustancial, esta voz disidente sigue considerando que la industria del automóvil, y sus clientes, han tenido que humillar la cerviz de sus caballos ante la crisis bancaria, y sólo como consecuencia de la crisis bancaria. Yo me temo que no es así, aunque en realidad me alegre de que no sea así.

La liaison entre construcción residencial y automóvil, como hemos dicho antes, suele ser pasada por alto. En su, por otro lado importante trabajo sobre ¬_Las ciudades y la riqueza de las naciones_, Jane Jacobs apenas presta atención a los medios de transporte para la cohesión de una ciudad-región, aunque bien es cierto que el autofinanciamiento de la movilidad que supone el coche privado se ha acentuado desde la publicación de su libro. Desde los años ochenta la extensión de las zonas de trabajo, residenciales y de ocio más allá de los límites de las ciudades, y con preferencia claramente fuera de las ciudades hubiese sido insostenible sin que el ciudadano asumiese la responsabilidad y la carga económica del transporte. Uno de los mitos que todavía tiene un fuerte arraigo entre nuestros conciudadanos es que el coche es necesario para llevar una vida productiva. Vamos, que hace falta para ir a trabajar. Esto es sólo una parte de la verdad: nuestras ciudades-regiones dependen del vehículo privado para que la periferia alimente la ciudad, y no me refiero sólo al transporte de mercancías y víveres, sino a la vida misma de la ciudad como lugar de intercambio social. En concreto, en nuestro país, la ecuación económica según la cual los jóvenes se desplazan al extrarradio porque la vivienda es más barata cabe matizarla con la necesidad de sumar al precio de la vivienda el del coche necesario para mantener una vida activa en relación con la ciudad, que sigue actuando como centro de intercambio social en la medida en que es el centro económico, administrativo, sanitario y comercial. Puede alegarse que la ciudad se ha “descentralizado” en parte con la aparición de complejos de ocio y comerciales en el extrarradio, pero cabe decir que en realidad esta descentralización no ha hecho más que acentuar la dependencia del vehículo privado, imprescindible para llegar hasta ellos. ¿Alguien sabe de un metro o un tren que pare allí, en cualquiera de ellos?

Pero no me confundan con un ludita de la industria automovilística, por favor. De hecho me conviene que los gobiernos la sostengan y no la enmienden. No conviene que mucha gente comprenda que con lo que me ahorro sin coche propio tengo más tiempo, compro más libros, viajo más, y más lejos, y mi niña tendrá más y mejores posibilidades de formación, de conocimiento y, por tanto, de riqueza. Y aún me sobra para un taxi de cuando en cuando.

Josep Izquierdo | 13 de junio de 2009

Comentarios

  1. Roger
    2009-06-15 10:29

    Bueno, empresas como Google han encontrado que el autobús de la empresa que lleva a los empleados al parque industrial, con wi-fi, asientos cómodos, lugar para poner el café, el portátil, sacan mayor productividad a sus trabajadores. La hora de ida y la de vuelta, que no se pagan, pero sí tienen conexión a la red, les resulta rentable.
    Así que sí, que la sostengan y no la enmienden.



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