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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Naufragio

C’est ce que le philosophe Antisthenes disoit plaisamment: que l’homme se devoit pourveoir de munitions qui flottassent sur l’eau et peussent à nage eschapper avec luy du naufrage. Certes l’homme d’entendement n’a rien perdu, s’il a soy mesme. (Montaigne, Essais, (Villey-Saulnier), I, 39, de la solitude)

No sé nadar. Unas fiebres reumáticas me mantuvieron alejado de cualquier ejercicio físico de los siete a los trece años, y del tiempo en que los niños de mi edad aprendían a hacerlo, yo sólo recuerdo el dolor en las articulaciones, el cansancio y la falta de aliento que me provocaba caminar tan sólo hasta la esquina; el oscuro portal de un viejo caserón modernista en la calle de la Paz, en donde un prestigioso cardiólogo de precio proporcional a su reputación y a la antigüedad del edificio tenía su consulta; el anuncio de que mi flojo y desentrenado cuerpo ofrecía múltiples escondites a una infección que parecía querer vivir más que yo; la penicilina que anegó mis venas durante años, y los pasteles con que mi abuela paterna endulzaba las visitas semanales a la consulta del practicante, y el dolor en la pierna que duraba tres días, y la obsesión porque el polvo de la penicilina se deshiciera bien antes de que me la inyectaran, y que así el dolor no fuese insoportable; y los días en casa con la sola compañía de mi madre, siguiendo el curso a través de los deberes que desde la escuela me enviaban con mi amigo Antonio, mientras el resto de la gente, incluidos mis hermanos, poseían un mundo que yo sólo adivinaba a través de lo que veía desde la ventana y lo que entendía de las conversaciones de los demás, y que aún hoy me es tan ajeno como el mundo que leía en los pocos libros que me acompañan en ese piso de tres habitaciones donde los padres y la abuela ya ocupan dos, y sólo quedaba la pequeña para nosotros cuatro. Quizás esto explica que hoy en día pase con extrema facilidad de la claustrofobia a la agorafobia, que encontrarme inmerso en la multitud me desoriente y me desasosiegue hasta el punto de disociar mi cuerpo y mi mente para salir de mí mismo y contemplarla, y contemplarme, a un tiempo integrado y ajeno. Entonces recupero el dominio de mí mismo y, ilusoriamente, el control de la masa: ya me es reconocible como un cuerpo externo a mí que se mueve, piensa y siente como un solo hombre, de quien puedo prever los deseos y los miedos. Es como si la viera, de pequeño, desde mi casa, desde aquella ventana de un tercer, imposibilitado de unirme a ella pero observando con curiosidad como va y como viene, como toma una forma liqüidiforme y cómo fluye, se desmiembra o reabsorbe las partes como el mercurio de un termómetro roto. Quizá por eso no me hacía muy feliz que mi padre se me llevara a ver los partidos de fútbol. Ni los del equipo local, del que él era el presidente, porque sólo el hecho de que él fuese tan conocido me obligaba a un trato social que me aterraba. Ni mucho menos los del equipo de la capital, donde ese cuerpo místico de aficionados alineados en el estadio en horizontal y vertical, reaccionando al unísono con los estímulos que le llegaban del campo de juego, con la alegría, con el aburrimiento, con la tensión, el insulto, la ofensa, la agresión, o incluso la vergüenza y el deshonor por los actos de otros, porque cuando se desbordaba toda aquella energía sobre uno o sobre once, sobre los demás o sobre nosotros mismos, toda mi realidad de niño diferente rompía contra el oleaje humano como una pavorosa evidencia . La última vez tenía diez años, y en un partido de rivalidad regional perdimos por tres a cero y la masa entera contenida a duras penas en el estadio celebraba los goles del contrario y se burlaba, tan ruidosamente como lo pueden hacer cincuenta mil espectadores, de su mismo equipo, como las burlas de mis compañeros cuando, al volver la escuela después del reposo obligado por la enfermedad, decidieron, y decidí, jugar un partido y me pusieron de delantero y no me moví del lado del portero del equipo contrario mientras en nuestra área mis compañeros intentaban evitar los goles casi a garrotazos: no toqué balón, y no jugué nunca más. Todo aquel descomunal empuje descargando perfectamente sincronizado sobre los jugadores su rabia y el odio y el desprecio, toda aquella furia envolviéndome, ahogándome en la histeria como las pesadillas recurrentes desde que era enfermo me ahogaban en la arena mientras yo permanecía encerrado en un cubo perfecto abierto sólo por arriba, que parecía flotar en un espacio negro. Toda la angustia que aún me transmite aquella pesadilla se vuelve cariño cuando recuerdo mi otra pesadilla infantil que la que tengo memoria: una fotografía en color del demonio, bien rojo y brillante, con cuernos, en plano americano, con la punta de la cola en forma de flecha asomándose, y una sonrisa malicioso en el rostro. La foto tenía los bordes blancos y recortes ondulados como de sello, pero convexos, y más que un ser real parecía su retrato en acrílico. Quizás fuese la consecuencia de un miedo impostado, catecúmeno, lo que situaría la pesadilla más bien hacia los siete años, la edad a la que tomábamos la primera comunión entonces. No creo que influyese la anécdota de mi bisabuelo que años después repetiría mi padre: contemplando en la televisión el primer partido internacional entre la selección española y la de la URSS desde la guerra civil, a principios de los sesenta, mi bisabuelo se pasó el partido acercándose al televisor una y otra vez hasta que mi padre le preguntó: “abuelo, ¿qué miras, que te acerca tanto?”. “Que no les veo la cola por ninguna parte. Mi memoria aún mantiene el sueño y el relato de la anécdota como distintos, pero cuando recuerdo uno recuerdo el otro automáticamente, quizás en mi deseo de reencontrar antecedentes familiares con conciencia sobre la única dimensión realmente trascendente del fútbol, la social, o quizá sea simplemente un mecanismo mnemotécnico que, lejos de causas y consecuencias, encadena las imágenes y las palabras, en una sinestesia permanente, por el color, por la forma o por gusto, como la fotografía familiar a raíz del nacimiento de mi hermano el tercero, hecha en la terraza del edificio donde vivíamos, con las mismas orillas blancas y recortes ondulados. Recuerdo que era pascua, una de las dos veces al año en que se tenía que estrenar ropa, y que mi hermana y yo íbamos mudados con un conjunto de pantalón corto de tergal marrón, de ligera reminiscencia vaquera y camiseta a juego, pero mi madre estaba con su bata de boatiné azul claro y blanca, recién parida, y que la foto fue hecha con la cámara de una vecina amiga de mi abuela. Pero el recuerdo es en realidad la representación del recuerdo fijada en el papel fotográfico más que el hecho, del cual sólo he retenido la luz del sol que me cegaba, y más que eso las facciones fruncidas de la cara intentando mantener los ojos abiertos al tiempo que intentaba evitar que penetrara la luz en ellos. Me recuerdo así en todas las fotos de mi infancia, y más adelante: la fotofobia heredada de mi padre me empujaba a buscar con las facciones de la cara un equilibrio imposible entre el deslumbramiento y la ceguera en todas las fotografías de exterior, obligado por la sobreiluminación necesaria para que aquellas cámaras rudimentarias y la poca sensibilidad de la película consiguieran captar algo de lo que pasaba a su alrededor, aunque no conseguían sino un resultado parcial y deformado, como mi rostro: un instante absurdo, infiel, siempre una mentira.

Josep Izquierdo | 09 de mayo de 2009


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