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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Fallas después de la crisis

Sirva el título de homenaje a Joan Fuster, que en 1958 justificaba la celebración de la fiesta josefina tras la riada que asoló la ciudad de Valencia y sus huertas circundantes en el otoño de 1957, y que hizo pensar a muchos que tal vez fuese de mal gusto celebrarla. Años después Fuster sería quemado en efigie en una falla valenciana por “traidor a la patria”, honor que no creo merecer pero que ansío en secreto pues en este país, valenciano, no se es nadie, para bien y para mal, si no te han quemado en una falla. Releo el artículo en cuestión, “Fallas después de la riada”, y no puedo menos que sonreír ante la clarividente ingenuidad del joven Fuster: tras legitimar por razones “económicas y sociales” el mantenimiento de las fallas de 1958 (nótese el mantra marxista old style: economía y sociedad como uno y lo mismo), es decir, por las repercusiones negativas que su suspensión tendría en el artesanado fallero y en el sector turístico y terciario en general, recurre a la psicología social (entonces sólo psicología) para afirmar su continuidad: es una cuestión de confianza (“su alegre presencia pondrá en nuestros ánimos seguridad, estímulo, sensación de habernos reintegrado en una vida normal y protegida”), y de esperanza (“la sólida vitalidad de nuestro pueblo, o mejor aún, la fe que en tal vitalidad tenemos todos nosotros”). Y culmina con una exhortación que más parece el anuncio de una revolución pendiente per secula seculorum: “Y en la noche de san José, el fuego ciudadano proclamará, con su victoria, la inextinguible esperanza de los valencianos.”

Los argumentos de Joan Fuster en 1958 no deben distar mucho de los que circulaban por la ciudad para autoconvencerse de cuán conveniente era la celebración de las fallas de aquel año (intereses económicos, efecto psicológico sobre la población), y sólo un avezado lector descubrirá entre líneas una vaga esperanza de que manipulación de Franco por mostrar que Valencia se había recuperado rápidamente, a pesar de que no había recibido ayudas económicas como castigo por su herencia republicana, se le volviese en contra, y se extendiese algún atisbo de revuelta entre la población. Pero, ay, en aquellos años las únicas revueltas populares contra las fallas se producían cuando se prohibía el baile nocturno…

La Valencia contemporánea, y sus fallas, nacen de ese contexto: un proceso de vaciado sistemático del espacio físico y psicológico de los valencianos que permitiera, una vez expedito el territorio, el montaje de una gigantesca instalación (instalación en términos artísticos) por la que pulula una serie de actores en performance permanente. La Comunidad Valenciana es, incluso por su nombre, totalmente arbitrario, un objet d’art, incluso un ready-made suspendido en un vacío estrahistórico. Nótese que las primitivas fallas no eran otra cosa que un objet trouvé: trastos viejos dispuestos artísticamente de forma efímera. Cuando el proceso se transformó en una artesanía y nació el “artista fallero”, esa esencia de objet trouvé, lejos de desaparecer, se trasladó paulatinamente a la sociedad y su medio, que fue vaciado para acoger en sí la esencia de las fallas, de modo que la identificación entre la intención artística y el objeto fuese total. Valencia son las fallas y las fallas son Valencia.

Y aún podríamos extender más la esfera hasta alcanzar confines globales: las fallas como índice del mundo. Pocos percibieron las señales de la crisis económica, ocultada durante un tiempo bajo la alfombra de una necesaria desaceleración de la burbuja urbanística en nuestro país. Pero un observador social atento podría haber oído el primer aldabonazo que daría la salida de la crisis inmobiliaria cuando el promotor Juan Armiñana abandonó la comisión fallera de Nou Campanar tras seis años de éxitos y presupuestos que sólo la especulación con ese solar vacío en que se había convertido este país, valenciano, podían sostener. Su última falla costó 900.000 euros, y el presupuesto para la póstuma, que quemará este 19 de marzo, alcanza el millón. El 21 de abril de 2008 dimitió, supuestamente por razones personales, y seguramente ninguna más personal que la conciencia de que se habían acabado los años dorados de la construcción inmobiliaria privada. ¿En abril de 2008 quién decía “que viene la crisis”? Pero no se escandalicen ustedes por el nivel de gasto: el precio no es sólo por un objeto, sino por su función como instalación central de la performance que alcanza toda una comunidad autónoma y sus cinco millones de habitantes, y tenía, y tiene, como todo espectáculo que conforma el fascismo de entretenimiento en el que habitamos, la función de dejar bien claro quién manda. Quien paga. Y tampoco crean que la actual crisis arrastrará, como la riada, polvos, lodos, muertos y políticos, no. Han aprendido mucho, y ahora los bailes nocturnos, abundantes, forman parte de la esencia de la performance y corren a cuenta de los presupuestos municipales y autonómicos, desactivando así cualquier posibilidad real de rebelión contra el orden establecido.

Cuando hablaba de la ingenuidad del discurso de Joan Fuster, quería incidir en su valor profético malgré lui: acertó a describir el cambio de la sociedad valenciana a partir de los años 60, y los fundamentos de la nueva identidad de un pueblo: alegría y prodigalidad ante las catástrofes (¿no premiamos con mayorías más absolutas aún a los responsables políticos de tragedias como la del Metro, que causó ella sola la mitad de muertos que el Turia?), fe en el turismo y en que el eterno retorno de las fallas nos reintegrará, a pesar de la crisis, la actual, y las pasadas y futuras, en una vida normal y protegida. Aunque, como en las maldiciones gitanas, el profeta lamentó después que sus profecías se cumplieran. Y se cumplieron hasta el punto de que Rita Barberá sólo necesita sustituir en aquel artículo la palabra “riada” por “crisis”, y las referencias de Fuster a la solidaridad económica recibida de toda España, por un par de sus exabruptos sobre la insolidaridad del gobierno central para con los valencianos, y así convertirlo en uno de sus más famosos discursos de “autoestima y resentimiento” con que han cimentado su fama y se ha ganado el corazón de los valencianos capitalinos, esos actores sin saberlo de su particular performance política.

Y es que las máquinas de escribir las carga el diablo.

Josep Izquierdo | 14 de marzo de 2009

Comentarios

  1. la hundida
    2009-03-14 19:34

    El eterno retorno de lo mismo. Los valencianos poseen un talento innato para lo kitsch. Se ha discutido mucho sobre si el kitsch es arte o no. Como sea que fuere, la gente lo compra, lo mantiene en sus casas y le quita el polvo una y otra vez entre la higiene y el ritual totémico-mágico. Valencia tira “per dalt braç” (por sobre de lo posible) y lo reduce todo a polvo de cenizas en el mínimo de tiempo y en el máximo de espacio. Con Rita y sin Rita, una barrabasada desprovista de ética social. Los déficits en educación plástica de la comunidad valenciana son los mismos que en todas partes, no vayamos a pensar que son menos con este aparato y exhibición de arte desde el poder. Que sea popular, no dice nada respecto a que sea más participativo. Los catalanes, al menos, aprovechan la escultura kitsch haciéndola de chocolate de mona sugerente al estómago desengañado y nutritiva para todo el mundo. Prefiero creer que en cada valenciano hay un humorista, un crítico y un artista mental. Las fallas y los fuegos de arder son dolorosamente caros e impúdicos y hay que impulsar una ley que los limite a toda velocidad. La ley actual es demasiado permisiva con el consumo y toda esa parafernalia se convierte en una exhibición de mercadotecnia del arder manufacturado en los talleres que están por el negocio como tal. Cuando era pequeña, adoraba a los valencianos porque venían a torear con gags y mentiras bufas, de esas de tebeo y caerse para atrás. Eran la Banda del Empastre y nos partíamos de risa con sus toros toreros y ocurrencias geniales. Todavía los adoro, pero casi que por los textos de Fuster y para de contar. Tanta sobreabundancia puntual contrasta demasiado con la general anemia. ¿Tendrá también que ir el jez Garzón a afinar la balanza del popular sector?



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