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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Mi funambulismo librario

Podría decirse que el título que les propongo es una metáfora sobre la influencia que la diversificación de los soportes escritos ha ejercido sobre mi forma de leer, y sobre las habilidades asociadas. Reconozco que en buena medida es una deformación profesional adquirida durante mis años de academia: siempre a la busca de la cita precisa, de la nota a pié de página esclarecedora, del pasaje que pudiera relacionar con aquello que yo quería decir a mi vez, el resultado fue que me convertí en una liebre de biblioteca: no rata, las ratas roen de a poco; las liebres saltan, a grandes saltos de libro en libro, de este índice de nombres a aquel poema, a aquella nota y más allá a aquel capítulo. Tras una infancia y primera juventud devorando libros de la primera a la última página, dediqué la segunda, y una parte de mi madurez, al funambulismo librario: armado de una larga pértiga mental, recorría los libros por su filo, pasando de una balda a la otra de la biblioteca del Warburg Institute en menos de lo que tardaba Houdini en salir de la pecera en que había sido encerrado en camisa de fuerza, o obligando a los bibliotecarios de la Biblioteca de Catalunya a traerme diez libros a la vez (obviamente, diez era el máximo permitido). Sólo las estrictas normas de las salas de reserva o de los archivos me impedían hacer lo mismo con los manuscritos: allí, los malabares intelectuales debían limitarse a un solo bolo, aunque más bien era como hacer girar un solo plato chino.

Sin solución de continuidad, llegó internet. Creo que he escrito alguna vez que para quienes hemos sido pobres, y para quienes hemos sufrido la miseria intelectual y de infraestructuras educativas y culturales de este país, internet era, y sigue siendo, el paraíso. Muchos de los periódicos y revistas que hoy leo a diario eran para mí poca cosa más que una ensoñación: “sabré que soy rico el día que pueda suscribirme al periódico o revista que me apetezca, y recibirlos en mi casa cada mañana”, me repetía antes de dormir. Era la única razón por la que ser rico tenía algún atractivo para mí (bueno, y viajar). En cualquier caso, mi inercia librariamente funambulesca no disminuyó, más bien al contrario: se multiplicó en proporción directa al número de lenguas que era capaz de leer y al número de pantallas, hoy en día pestañas, que era capaz de visitar en un período determinado de tiempo. La llegada de Amazon empeoró las cosas, pues la facilidad para adquirir libros que realmente me interesaran y no tener que conformarme con el aparador de novedades de mis librerías habituales, por muy bien surtidas que estuvieran, se incardinó en ese habitus ya completamente interiorizado de recorrer los libros, los textos, “com gat qui passàs tost per brases”, como gato que pasara rápido por encima de las brasas, que decía Ramon Llull.

Reconozco que buena parte de mi desprecio por la novela proviene de ese habitus, aunque soy consciente de sus orígenes desde hace relativamente poco. Mis otras razones siguen pesando más que esta última, pero ya no me avergüenza reconocer que en un momento determinado de mi vida me “desacostumbré” a leer novelas, en la medida en que me desacostumbré a leer un libro seguido, desde la primera página hasta la última. No creo haberme perdido gran cosa, sinceramente. Y tampoco quiere esto decir que no haya leído libros “de corrido”, desde entonces: lo he hecho, e incluso novelas, lo que me autoriza a repetir que no creo haberme perdido gran cosa.

Pero todo tiene su lado bueno. E incluso su lado muy bueno. El mejor de mi funambulismo librario es sin duda que, al agudizar mi intolerancia a la lectura reposada, pausada y crédula, se ha exacerbado también el placer que me produce encontrar libros dignos de esa dedicación por mi parte: Sebald la mereció hace años, y consiguió con ello su hueco entre mis lares, pero quien lo ha conseguido más recientemente, e incluso ha hecho que reflexione sobre ello hasta el punto de comunicárselo a ustedes, es Peter Sloterdijk.

El primer libro que le leí, El pensador en escena, publicado en España por Pre-textos, ya destilaba buena parte de lo que le pido a un libro para que mantenga mi atención a lo largo de todas sus páginas: escritura excelente sostenida por una estructura férrea cubierta de pasión por lo que dice. Y el que ahora le leo lo supera: Zorn und Zeit (Cólera y tiempo, cuando se traduzca al español: yo, de momento, lo leo en francés) avanza con la contundencia de un bulldozer y la delicadeza de una gacela por el tema de la cólera, el resentimiento y su manipulación a lo largo de casi tres mil años de cultura occidental, desde el primer verso fundacional (“canta, oh Diosa, la cólera del pélida Aquiles”), hasta el islam político. Podremos discutir sobre sus ideas, pero, si lo leen, discutiremos poco sobre la belleza de su escritura, que, al menos a mí, me hace bajar del alambre y soltar la pértiga. Y hasta me dan ganas de aprender alemán.

Josep Izquierdo | 07 de febrero de 2009

Comentarios

  1. Marcos
    2009-02-07 19:42

    Es curioso, yo tenía exactamente la misma ambición y esperanza respecto de ser rico: lo sería cuando pudiese suscribirme a varios periódicos. Hubo un momento de mi vida en que, todavía lejos de la riqueza (entendiendo tal como la solvencia económica, claro) estuve a punto de suscribirme a uno como desesperado de constatación de solvencia. Y ahora es raro que compre uno pues como a ti se me ha abierto un nuevo mundo en el ciberespacio.

    Saludos

  2. Marcos
    2009-02-08 20:29

    Por cierto, yo también renuncié durante mucho tiempo a las novelas; ahora he vuelto a ellas, pero sólo a cierto tipo. Un ejemplo es precisamente Sebald… Dices que lo lees/leiste, ¿no lo consideras novela?

    Saludos

  3. Ana Lorenzo
    2009-02-08 21:38

    Yo me suscribía a toda publicación seriada gratuita o barata que encontraba medio interesante ( Saber leer, Boletín de la Compañía Nacional de Teatro Clásico … ). Y pensaba: «en cuanto tenga un sueldo estupendo, me voy a suscribir a todo lo que me dé la gana, por fin». Debe de ser también el ansia de haber vivido las épocas de las bibliotecas universitarias sin libre acceso en las que tenías que rellenar una solicitud y esperar a que te trajeran el libro o la revista (si tenías la suerte de que estuviese libre) cual si lo solicitaras en la Nacional o en los manuscritos o incunables del CSIC :-)
    El sueldo estupendo no llega, pero las bibliotecas han cambiado para bien (las escolares no mucho, todo hay que decirlo) y ha llegado internet (o Internet, como prefieran).
    Aun así, cómo hecho de menos poder suscribirme a algunas que tengo en lista y que compro en las librerías que las venden (pocas), a la espera de esa riqueza que se resiste ;-)
    Un beso.
    Por cierto: yo sigo leyendo novelas. Me apunto a Peter Sloterdijk, gracias.

  4. Josep Izquierdo
    2009-02-08 21:52

    Hola, Marcos:

    Lo del funambulismo librario que practicamos (¿no te parece mal que te incluya en el club?) tiene, desde un punto de vista psicológico, la consecuencia inmediata de desdibujar completamente las fronteras genéricas que, por otro lado, sólo eran sólidas en función del medio: me explico. En la era de la imprenta, un solo soporte, el papel, podía ser distribuido en un número finito de formas: encuadernado, agrupado o suelto. Cada una de ellas podía, a su vez, ser subdividido en agrupaciones finitas: suelto, carteles, tarjetas, hojas sueltas, folletos; agrupado, diarios o revistas; encuadernado, libros. Las variaciones de contenido eran, a su vez, finitas para cada subdivisión, siendo menores cuanto menor fuese su diversidad material. El ejemplo claro es el libro: poesía, novela, teatro, ensayo, enseñanza. Y no más. El cambio hacia nuevos medios, hacia la escritura sin imprenta, que apuntó en el XIX (rótulos en las tiendas, la maduración de la fotografía…) y maduró a lo largo del XX (cine, televisión…) culmina ahora con Internet, y ese cambio en el soporte conlleva, necesariamente, nuevas formas de leer (del funambulismo librario, que en realidad es una nueva forma de leer el soporte antiguo, al funambulismo escriturario, saltando de pantalla en pantalla). Baudrillard utilizó una metáfora muy bonita para el desdibujamiento de las categorías epistemológicas tradicionales (a las que respondían los géneros en la era de la imprenta), a la que la mía del funambulismo no le llega ni a la suela del zapato, creo: la cinta de Moebius. Dice, en “Le Xerox Et l’Infinity”: “No hay más bella topología que la de Moebius para designar esta contigüidad de lo próximo y lo lejano, de lo interior y de lo exterior, del objeto y del sujeto en la misma espiral, en donde se entrelazan también la pantalla de nuestros ordenadores y la pantalla mental de nuestro propio cerebro. Y según el mismo modelo la información y la comunicación vuelven siempre sobre ellas mismas en una especie de circunvolución incestuosa: funcionan en una continuidad indefinida, en una indistinción superficial del sujeto y del objeto, del interior y del exterior, de la pregunta y la respuesta, del acontecimiento y de la imagen, que sólo puede resolverse en bucle, simulando el símbolo matemático del infinito.”

    Este largo rodeo es para justificar que, en realidad, categorías como novela, ensayo o poesía han dejado de ser funcionales para mí (y creo que para la sociedad del siglo XXI). Creo que es lo que tu has dicho de otra forma, que vuelves a leer novela, pero sólo de cierto tipo. Yo ahora sólo atiendo a la belleza de su pensamiento y su escritura, y no a su categorización genérica: la etiqueta “novela” ha dejado de tener sentido, si separa al Sebald de Austerlitz del de la Historia natural de la destrucción, o a Melville de Sloterdijk, o la de “poesía”, si me impide considerar a Walter Benjamin como el mejor poeta del siglo pasado. Las etiquetas genéricas ya no son sino logos para uso comercial. Et le reste, sólo el resto (lo inclasificable, el residuo, lo infinito en la medida en que resiste la clasificación, la finitud) est littérature.

  5. María José
    2009-02-08 23:56

    Yo creo que las categorías tienen que ver más con la tendencia (y en muchos casos necesidad) que tiene la mente humana para generar patrones, sobre todo cuando tiene que comunicarse con los demás. Para mí nunca han sido muy funcionales los términos novela, ensayo, poesía…, aunque los utilice con fines didácticos, por ejemplo Absalón, Absalón no entraba en ninguna de esas categorías y muchos de lo que se ha ido escribiendo y lo que vendrá probablemente necesite incluso nuevos adjetivos. Pero al fin y al cabo lo que tu propones: “atiendo a la belleza de su pensamiento y su escritura” es una nueva forma de categorización, decir que Walter Benjames es el mejor poeta supone de nuevo una categoría que como las otras tendrás sus luces y sus sombras.

    Incluso la clasificación de las especies está en constante revisión, según va a cambiando el criterio en el que se haga la misma. Así que lo mejor es tomar todas las categorías con cierta relatividad y aprovechar de ellas lo que pueda ser útil.

  6. Marcos
    2009-02-09 19:36

    Digamos que para uso interno no entiendo de géneros y, de hecho, se puede decir que por lo general mis intereses como lector se dirigen mayoritariamente a aquellos textos inclasificables. Pero efectivamente, para transmitir hacia afuera, sea docencia, sea crítica o sea charla de amigos, resulta necesario recurrir a la clasificación, aunque sea para negarla.

    Saludos

  7. Jesús
    2009-02-10 01:48

    Yo leo a salto de mata (y de pestaña) en internet; no cabe otra: es la única adaptación posible a la sobreabundancia de contenidos que nos ofrece la red. Además, cualquier texto, por bueno que sea, tiende a asumir un carácter efímero y a ser rápidamente sepultado bajo toneladas de novedades. Hay que leer deprisa o no leer; leer en diagonal, a veces varias páginas a la vez, consultar feeds, comentar y leer las respuestas…

    Pero todo este exceso hay que compensarlo: para eso están los textos que piden una lectura tranquila, los libros de sofá o de mesilla de noche.

    Al igual que le sucede a Marcos, disfruto sobre todo con los libros que parecen escapar a cualquier intento de clasificación. Entre otros (Calvino, Perucho, Manganelli…), se me viene a la cabeza el Último Round de Cortázar, y no puedo evitar pensar que es una especie de anticipación literaria del formato blog (Cortázar habría sido, sin duda, un magnífico blogger). Y ahora me surge la pregunta: ¿leería los textos de Último Round con la atención que se merecen si los hubiera su autor los hubiera publicado a través de un blog? ¿O los leería a salto de mata y de pestaña?

  8. Roger
    2009-02-11 01:05

    Algo sobre escritores que prefiguran el blog: El blog de Fernando Pessoa.

  9. Roger
    2009-02-11 01:09

    Ah, y también, esto



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