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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

El consolado traductor de Baudelaire

Marcel Proust, entre 1908 y 1909, tomó abundantes notas y esbozó largos pasajes de un proyecto literario, Contra Sainte-Beuve, a medio camino entre el ensayo y la novela, que acabaría abandonando, o, mejor, que acabaría siendo digerida por En busca del tiempo perdido. Su carácter inconcluso y fragmentario demoró una primera edición hasta 1954, y desde entonces la polémica sobre la puesta en página impresa de la obra no ha cesado: un síntoma de ello es que, en su edición española (edición de Antoni Marí y Manel Pla, Anagrama, 2005) parece más un cajón de sastre de los apuntes de crítica literaria de Proust que una obra coherente, aunque sólo fuese en la imaginación de su autor. En realidad, yo hubiese preferido una edición de los fragmentos que Proust desperdigó en sus cuadernos, al modo de un Libro de los pasajes de Benjamin, que algunos de nosotros abrimos al azar para reanudar su lectura, como otros la Biblia o el Robinson Crusoe.

La edición española no está mal, aunque pervivan en ella defectos tan españoles que el sustantivo ‘edición’ que le acompaña casi debiera asimilarse a ‘gripe’. Algunos de esos defectos, justo es reconocerlo, tienen un origen anglosajón: pensar que las notas a pie de página entorpecen la lectura del texto, por ejemplo. Exiliarlas a un apéndice es tanto como decir que no son necesarias, y, en ese caso, ¿para qué publicarlas? Otros, no, como pensar que los índices de nombres y temas no son necesarios, en este caso de manera tan categórica y taxativa que, directamente, no se publican. El editor español piensa que el lector es idiota, y que por tanto más vale no recordárselo proporcionándole instrumentos que le recuerden que puede dejar de serlo. Es curioso, por otro lado, que esto suceda con una obra de Proust, que escribió “En realidad, cada lector es, cuando lee, su propio lector. La obra del escritor no es más que una especie de instrumento óptico que ofrece al lector con el fin de permitirle discernir lo que sin ese libro puede que no hubiese visto en sí mismo.” Es como si el editor español proporcionase al lector un microscopio pero le escatimase un kit de lentes de diferentes aumentos.

Con todo, sí hay en esta edición un vicio mayor que dificulta la comprensión del texto. No sé si llamarlo baja autoestima del traductor. Se trata de utilizar traducciones previas de las citas de otros autores en el texto, en lugar de traducirlas de nuevo uno mismo. No creo que sea pereza, como digo. En todo caso torpeza, o idolatría por el oficio de traductor. En el caso del Contra Sainte-Beuve uno de cuyos capítulos es una de las lecturas más penetrantes y valiosas que se ha hecho de la poesía de Baudelaire, se utiliza para citar a éste último la traducción de Las flores del mal de Carlos Pujol publicada en Planeta. Eso sí, se tiene el buen sentido de ofrecerla a continuación del original francés. El problema es que la traducción de Carlos Pujol es aquello que llamamos “una traducción literaria”, es decir, parafrástica e inventiva. Siguiendo con la analogía óptica de Proust, es como coger el catalejo del revés.

Si la esencia del Contra Sainte-Beuve de Proust es que las vicisitudes biográficas de un autor difícilmente nos dirán algo sobre el valor de su obra, la esencia del ensayito sobre Baudelaire es que “El hombre que vive en un mismo cuerpo con un gran genio tiene poco que ver con él, que es a él a quien conocen sus amigos, y que en consecuencia es absurdo juzgar al poeta a través del hombre o de lo que opinen sus amigos, como hace Sainte-Beuve.” Dicho en plata, que aunque Baudelaire fuese un despreciable lameculos en su vida pública (o Sainte-Beuve lo hiciese aparecer como tal), fue “cruel es su poesía, cruel con infinita sensibilidad, de una dureza tanto más sorprendente cuanto que esos sufrimientos que escarnece, y que presenta con tal impasibilidad, advertimos que los ha experimentado hasta en lo más hondo de sus nervios.” Y a continuación Proust expone numerosos ejemplos comentados que ejemplifican la “crueldad” de Baudelaire, algo que algunos de nosotros llamaríamos más bien la falta de consuelo que ofrece su poesía. Buscar consuelo es una constante de la psicología humana, y encontrarlo en la literatura, en el arte, un ejercicio frecuente en sus sujetos. Digo encontrarlo porque la literatura, como el arte, no siempre lo ofrece. E incluso algunos de nosotros consideramos que, cuanto más ofrece, menos valor tiene, pues atesora menor mérito. Para Proust ese mérito radica en la capacidad de Baudelaire para enfocar su microscopio lingüístico con cruel, es decir, con profunda precisión, diseccionando, si es necesario, su objeto: “tal vez esa subordinación de la sensibilidad a la verdad, a la expresión, sea en el fondo signo del genio, de la fuerza, del arte superior a la piedad individual”.

La traducción que Carlos Pujol hace de la poesía de Baudelaire desfigura completamente esa crueldad, esa carencia de consuelo que ofrece su poesía como escalpelo para ese lector que, cuando lee, es lector de sí mismo. Elimina completamente el filo de sus versos, la profundidad de sus palabras. Pero con ser malo, puede que sea peor que los editores del Contra Sainte-Beuve no se hayan dado cuenta de que la traducción que ofrecían de los versos de Baudelaire volvía completamente incomprensibles las apreciaciones de Proust. Si alaba la capacidad de Baudelaire para expresar el dolor humano sin apartar la mirada, ni la palabra, (“¡ah!, ese estremecimiento de un corazón al que se lastima”, dice Proust) a propósito de un verso de Harmonie du soir: “Le violon frémit comme un coeur qu’on afflige”, en lugar de ofrecer justamente esa traducción, “El violín se estremece como un corazón al que se lastima”, se da la traducción de Pujol, “Se estremece el violín, corazón en zozobra”, del que ha desaparecido cualquier atisbo del dolor que la maldad humana provoca. Aún involuntariamente, el resultado es que la traducción ofrece una versión roma, sin filo, consoladora, de un verso tallado con punta de diamante, uno de los pétalos de las flores del mal.

Los ejemplos pueden extenderse prácticamente a todos los versos citados de Baudelaire. He revisado las otras traducciones de Las flores del mal que poseo, y en todas he apreciado esa falta de atención a la palabra precisa, a la expresión justa, la falta de atención, en definitiva, a la óptica del instrumento que el autor quiso ofrecernos para que nos leyésemos a nosotros mismos durante nuestra propia vivisección.

Josep Izquierdo | 15 de agosto de 2008

Comentarios

  1. Marcos
    2008-08-15 22:17

    Pep, en tu tónica de agudeza y precisión. Es cierto lo que apuntas sobre la generalidad de las ediciones “críticas” en España: suelen dudar entre la edición para analfabetos o la filológica hiperescpecializada, sin término medio; algo de eso apunto en otro lado.

    Pero, y sin ningún tipo de sarcasmo ni segundas intenciones, ¿por qué no afrontas tú mismo esa labor de traducción? Desconozco tus conocimientos de francés, pero el criterio ya lo tienes.

    Saludos

  2. Josep Izquierdo
    2008-08-16 04:17

    Hola Marcos,

    Sí, yo tuve misma impresión que tú cuando leí Paraíso cerrado: otro trabajo a medias. O peor, otra antología de un poeta (Jaime Siles) para poetas. No hay forma de que la edición en España encuentre el término medio, y el lector medio, con soluciones tan sensatas como la que propones. Y es peor si pensamos que una editorial como Galaxia Gutemberg hubiera vendido exactamente los mismos ejemplares de una como de la otra. Es decir, que cuando cuesta lo mismo hacer las cosas bien o mal, siempre elegimos hacerlas mal. O que, como en realidad hay que pagarle un par de miles de euros más al antologador para que acabe el trabajo, mejor nos los ahorramos porque, total, lo van a comprar los mismos…

    Con todo, insisto en que el Contra Sainte-Beuve hay que leerlo, y en la traducción castellana si no se domina el francés, para entender a Baudelaire, pero sobre todo para entender a Proust.

    Y en cuanto a traducir a Baudelaire, …vita brevis!. Creo que soy más útil, de todos modos, señalando que el bisturí está romo que metiéndome a afilador de cuchillos ajenos. Estoy convencido de que en este país son más necesarios críticos que eleven la tensión intelectual que traductores. Puede que cuando ese desequilibrio se resuelva, me piense lo de Baudelaire.



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