Libro de notas

Edición LdN
En casa de Lúculo por Miguel A. Román

Miguel A. Román entiende la cocina como el arte de convertir a la naturaleza en algo aún mejor. Desde comienzos del milenio viene difundiendo en Inernet las claves de ese lenguaje universal. Ahora abre aquí, los días 12 de cada mes, su nuevo refectorio virtual.

El manuscrito cartujo (II)

(Viene de aquí )

CAPÍTULO 2. El apotecario de la Grande-Chartreuse

Más de un siglo pasó sin que se tuvieran noticias de aquel manuscrito, salvo la sospecha de que pudo tener algo que ver con la carta, fechada en 1611, en la que el poderoso cardenal Richelieu agradecía al abad de la cartuja de Vauvert la redoma que recibió conteniendo un medicamento admirablemente efectivo contra la facheuse maladie que le aquejaba.


…se encuentra en la ladera del monte Chartreuse.
La casa central de la orden cartuja, fundada por San Bruno en 1084, se encuentra en la ladera del monte Chartreuse, cerca de Grenoble. En aquel frío valle alpino alejado del mundo, los silenciosos monjes dedicaban su vida a la oración y el recogimiento. Los escasos momentos que no dedicaban a Dios o al reposo lo empleaban en las industrias que permitían al convento sobrevivir… y aun proporcionarle una cómoda situación financiera.

Así, en la Grande-Chartreuse, los bosques circundantes proporcionaban a los monjes buen carbón que, en las herrerías del convento, domeñaban piezas de hierro muy apreciadas en la provincia. En vez de la tradicional forja de fuelle y martillo, los cartujos fueron los primeros en erigir “altos hornos” y emplear la fundición, siendo reconocidos como los precursores de la moderna metalurgia. Aún hoy pueden verse en Grenoble pomos, verjas y otras piezas de metal grabadas con la cruz y el globo, insignia inconfundible de la orden.

Sin embargo, desde principios del XVIII la situación no era tan halagüeña. De orden del Rey el uso de la madera como combustible quedaba estrictamente limitado. Más que una legislación precursora de aires ecologistas, el edicto real pretendía cercenar el enriquecimiento de los nobles terratenientes a costa de esquilmar las forestas que abundaban en sus propiedades. Sin embargo, a los monjes cartujos, carentes de otros ingresos, la normativa les había puesto en un severo aprieto. La puntilla a esta precaria situación la dio el fuerte ascenso del uso de carbón de hulla hacia 1735, dando al traste con la economía del convento.

– Hermano abate, probad de esto.

El hermano Jerome Maubec era un individuo raro. Más allá del silencio monacal aparecía como un hombre solitario y en ocasiones huraño, que permanecía encerrado en su “laboratorio” rodeado de frascos y extraños aparatos, faltando con frecuencia a las oraciones cotidianas, aunque cumplía la atención sanitaria de los monjes con más que aceptable efectividad. Y ahora estaba allí, ofreciendo una jícara mediada de líquido al abad que, no sin cierto remilgo, sorbió un poco. No bien húbole llegado al gaznate, las mejillas del monje se incendiaron mientras violentas toses intentaban expulsar los restos del bebedizo al que su organismo le había vetado paso franco.

– Por amor de Dios, Jerome. ¿qué es esto?
– Es un medicamento nuevo.
– Pues más parece un veneno.
– Bueno, tal vez me ha quedado un poco fuerte, todavía tengo que mejorar la fórmula, pero os aseguro que es un remedio maravilloso. Es justo lo que necesitábamos.
– ¿De qué hablas, hermano?
– Del “Elixir de la larga vida”, lo encontré en un manuscrito en una saca de libros procedentes de Vauvert. Se ha de preparar con hojas y hierbas frescas, y la mayor parte de ellas crecen en estos montes. Podríamos recogerlas, preparar la medicina y venderla en los pueblos…

Al abad aquello no le pareció una gran idea, pero tal como estaban las cosas cualquier forma de obtener ingresos era de tener en cuenta. Así que dejó al apotecario seguir con la “investigación” sobre aquel supuesto elixir.

En parte por la extraordinaria complejidad de la fórmula original, pero también por el perfeccionismo de Jerome Maubec, los días y meses se sucedieron sin llegar a un resultado satisfactorio.

– Hermano Antoine ¿estás ahí?
– Si, hermano Jerome. – la voz joven del novicio sonaba a vida nueva en la oscura celda.
– Escúchame bien: en mi mesa de trabajo se encuentra el códice en el que llevo años trabajando. A su lado encontrarás otro manuscrito con la trascripción que he ido realizando. Tú eres el único en este convento que puede concluirlo.
– Hermano, te pondrás mejor y tu mismo lo acabarás.
– Escúchame te digo, majadero. Yo me voy ya de este valle de lágrimas. Hazme caso: desecha aquellas especias foráneas y caras que crecen en tierras de infieles en beneficio de las que Nuestro Señor hace brotar cerca del convento. Destila siempre a fuego suave y empéñate en desechar las cabezas y las colas con holgura. ¿Lo has entendido?
– Si, hermano.


Destila siempre a fuego suave…
(Destilería de la orden en Marsella, 1930)

Jerome fue a decir algo más, pero un acceso de tos le sobrevino y sus blanquísimas vestiduras recibieron un rocío carmesí, mientras Antoine le guiaba la diestra dibujando la señal de la cruz…
Lux aeterna luceat eis, Dómine: Qum sanctis tuis in aeternum: Quia pius es. Requiem aeternam dona eis, Dómine: Et lux perpetua…

El resto de la oración la siguió con el pensamiento. No merecía la pena romper el silencio monacal para los oidos de un difunto.

Sólo unos meses más tarde, en 1737, las primeras gotas del “elixir de larga vida” salían del alambique conventual. El aguardiente glauco de más de 70º era embotellado y cargado en las alforjas de una mula que el hermano Charles distribuía en los mercados de Grenoble y Chambery bajo el nombre, menos ostentoso, de ““Elixir Vegetal de la Grande-Chartreuse”

Pese a ello, en el convento, Antoine y sus ayudantes refinaban cada vez más la secuencia de plantas y los procedimientos a aplicar, obteniendo en 1764 un licor de 55º que denominaron “Elixir de la Salud”, y cuya demanda, todavía limitada a la región del Dauphiné, creció espectacularmente en pocos años, saneando, si no los cuerpos de sus clientes, al menos las arcas del convento. Los malos tiempos parecían haber desaparecido para siempre.

CAPÍTULO 3.- Liberté, Egalité et Fraternité.

El viajero, pese a su evidente fatiga, no cesaba de agitarse inquieto en el sillón. Tal era su estado de excitación que con frecuencia se levantaba de un salto y caminaba a zancadas por la estancia. El abad se intranquilizó al verle en ese estado y vestido sin sus hábitos cartujos.

– Hermano Philippe. Tranquilízate. Cuéntame qué te sucede.
– Ay, hermano. Las noticias que te traigo y los hechos que he visto con mis propios ojos han exterminado para siempre el sosiego en mi corazón. Vengo de París, y allí el mundo se ha vuelto loco. La asamblea del pueblo, llamada los “Estados Generales” han arrebatado el poder al Rey y le han hecho preso a él y a toda su familia. La turba corre por las calles levantada en armas y en las plazas han construido el diabólico invento de un tal doctor Guillotín que continuamente llena cestos con las cabezas de desdichados que ellos llaman “enemigos del pueblo”. Hace dos días escuché que el Rey Luis y la reina también han sido víctimas de tan innoble cadalso. En un principio fueron los aristócratas y sus familias los objetos de su ira, pero pronto extendieron sus aguijones contra el clero. Entran en las iglesias y en los conventos pasando a cuchillo no importa sin monjas o sacerdotes y luego arramblan con todo lo que encuentran de valor. Yo logré huir con la protección de Nuestra Señora y me encamino a Suiza a buscar refugio entre los benedictinos. La “revolución”, como llaman a esta demencia, se extiende por toda Francia como un charco de sangre y pronto llegará aquí.

En efecto, en 1792, a los tres años de la toma de La Bastille, los revolucionarios se encaminan al convento de la Grande-Chartreuse. El padre general, Dom Nicolas-Albergati, da la orden a los hermanos de que se dispersen y busquen refugio dónde y como puedan.

– Padre general, ¿qué hacemos con el manuscrito?
– Guardadlo en lugar seguro y que se quede allí hasta que volvamos al convento.
– ¿Y si no volvemos nunca, hermano?
El silencio que siguió poco tenía que ver con la regla de San Bruno. Los hermanos miraron en derredor estremecidos por la idea de la desaparición del convento y su comunidad.
– Está bien. Haced una copia y que uno de los hermanos que trabajan con los alambiques lo lleve consigo allá donde quiera Dios que vaya.

Pero el monje encargado de tan crucial misión no pudo eludir a los ciudadanos de la revolución y a los pocos días daba con sus huesos en un calabozo de Burdeos. Por milagro divino, en el registro exhaustivo que le hicieron sus captores en busca de monedas o joyas, pasaron por alto volver del revés sus vestiduras… en cuyo forro se hallaba cosido el documento donde se revelaba el secreto del convento.

– Dom Basile, Dom Basile… acérquese aquí.
– Calla, por Dios, hermano. Que me comprometes. Aún no han descubierto que fui fraile y en breve me sacarán de aquí.
– ¿Fuiste? Aún eres cartujo.
– No, hermano. Nuestra orden, como otras, se ha extinguido para siempre. Nuestra misión en la tierra ha fracasado.
– No digas boutades. Toma este manuscrito, guárdalo tú. Es la salvación para nuestra orden. Cuando todo esto acabe llévalo al convento de Grenoble y reanudad la industria que nos ha permitido sobrevivir estos años.
– Pero hermano, yo no sé nada de plantas ni alquitaras.
– No importa. Allí encontrarás hermanos que sepan interpretarlo. Dios no puede habernos abandonado para siempre.

Cuando Dom Basile Nantas llegó a lo que había sido la casa principal de los cartujos se encontró con un edificio abandonado y saqueado. Pusilánime y desheredado de la fe que profesó, no encontró en aquel manuscrito mayor utilidad que conseguir unas pocas monedas para sobrevivir a la barbarie revolucionaria.

CAPÍTULO 4.- «Est refuseé»

«Dr. M. Liotard. Farmacéutico», rezaba el letrero en una céntrica calle de Grenoble. Además de pócimas, emplastos y ungüentos, en la farmacia de Liotard se despachaba buena conversación, como otras mañanas, una del caluroso Termidor de 1910…

– Así que aún conservas aquel manuscrito.
– Pues sí, aunque poco aprovechamiento le he dado. La fórmula es compleja y farragosa, y yo no tengo tiempo para ir a buscar yerbajos al monte. Apenas he recuperado con él el dinero que le di a aquel aterrorizado fraile para que pudiera abandonar el país.
– Igual Napoleón le encuentra alguna utilidad.
– ¿De qué me hablas?
– El Emperador Bonaparte ha ordenado que todas las fórmulas secretas, inventos y similares sean remitidas al Ministerio del Interior para su examen y evaluar si le puede ser útil al estado en sus campañas.
– Estás de guasa…
– No. Incluso ha creado una oficina denominada “Comisión de Remedios Secretos”.

Así era. Y tal como se requería, Liotard remitió a las autoridades el singular manuscrito que contenía la cadencia de aquel “elixir de larga vida”. Durante meses el documento saltó de una a otra oficina imperial. Al cabo de más de un año el farmacéutico recibió un sobre con el emblema napoleónico. En su interior le era devuelto el conocido papel en casi idénticas condiciones, salvo por el sello rojo en su encabezamiento: “Refuseé”. Napoleón I, mientras tanto, organizaba sus ejércitos en las cercanías de la villa belga de Waterloo.

En 1816, tras la muerte de Bonaparte, los cartujos son de nuevo autorizados a regresar a su casa matriz en el valle bajo el Chartreuse. Al poco Liotard fallece y el convento reclama la propiedad histórica del documento. Este retorna al fin a las manos de los maestros destiladores de la orden, que rápidamente reanudan la producción de lo que ya recibe el nombre simple de “Chartreuse”, en principio sin adjetivos.

Pero en 1838 una nueva redefinición de la fórmula original saca de las alquitaras de cobre un licor de menor graduación, más dulce y suave y de color mucho más ligero. Nace el Chartreuse Jaune –amarillo- y el producto original pasa a denominarse Chartreuse Verde. Estas diferencias, obvias por el color del licor, no figuran sin embargo en las etiquetas que refieren únicamente el nombre del valle como identificación que lentamente va ganando mercados.

CAPITULO 5.- Tarragona

Pero el éxito de esta bebida, ya entonces centenaria, sobreviene en 1848, cuando unos oficiales del ejército alpino se reúnen en las cercanías del monasterio y son invitados a una degustación de Chartreuse amarillo.

– Reverendo padre –el abad no creyó necesario corregir que su tratamiento clerical era el de “hermano”-. Fabrican ustedes un auténtico néctar y es injusto que el mundo no conozca su exquisito sabor y el beneficio que aporta a la salud. Los treinta oficiales que aquí estamos provenimos de puntos distintos y nuestras obligaciones nos llevan de un lado para otro. Pero le aseguro que allá donde vayamos demandaremos una botella de Chartreuse, así que vaya preparándose para llenar muchas botellas.

En efecto, la fama de los aguardientes cartujos se extiende rápidamente por toda Europa. En los albores del siglo XX el Chartreuse se pone de moda en la calle y los palacios, y Nicolás II, Zar de todas las Rusias, regaña severamente a sus intendentes cuando no ve una botella del licor sobre su mesa. Las ventas suben y los magros ingresos del convento disparan la codicia de poderosos enemigos, algunos en el gobierno de la III República Francesa.

“Ninguna congregación religiosa podrá ser constituida sin una autorización por ley. […] Toda congregación podrá ser disuelta y sus establecimientos cerrados por decreto emanado del consejo de ministros”. Así reza el artículo 13 de la Ley de Asociaciones, promulgada en 1901 bajo la influencia de Waldeck-Rousseau. En base a éste y otros artículos de evidente sentido anticlerical –en vigor hasta 1942- en 1903 el gobierno francés disuelve la orden cartuja y expropia el convento de la Grande-Chartreuse.


…en 1903 el gobierno francés disuelve la orden cartuja
y expropia el convento de la Grande-Chartreuse
Ávidos del secreto del licor, Francia concede a la “Compagnie Fermière de la Grande-Chartreuse” la explotación de la destilería. Un ejército de botánicos, químicos y maestros licoreros invade las celdas y patios del monasterio, indagando y buscando el secreto de aquellos elixires que tan pingües beneficios venía reportando a los cartujos. Todo en vano, la empresa constituyó un fracaso y los clientes empezaron a rechazar la marca Chartreuse en beneficio de otra que acababa de llegar al mercado: “Tarragona”.

Y es que los monjes desplazados de Francia vinieron a recalar en la casa que la orden tenía cerca de la capital catalana. Desprovistos incluso de su marca de origen, el manuscrito obraba sin embargo en su poder, y con él reanudaron la producción desde este lado de los Pirineos. Aunque la demanda en España nunca despegó considerablemente, el trasiego de botellas verdes y amarillas través de la Provenza fue continuo durante casi 20 años.

En 1921, la orden recibe la autorización para instalarse de nuevo en suelo francés. Sin embargo, ni la destilería de Fourvoirie ni la denominación “Chartreuse” les son devueltas, así que “Tarragona” siguió produciéndose, ésta vez en la mediterránea Marsella. Esta situación permaneció hasta que en 1929 la compañía Fermiere quiebra definitivamente y los cartujos pueden regresar de nuevo a su hogar y mostrar su nombre original en las etiquetas de los licores.

EPILOGO.- Hasta hoy.

Aunque la destilería anexa al monasterio de Chartreuse fue destruida en 1935 por un corrimiento de tierras, los cartujos –ya sin problemas financieros- levantaron rápidamente otra en Vouron, a 25 Km. del convento. Allí, y hasta el día de hoy, sólo tres monjes conocen el secreto escrito en aquel documento que trajo un día hasta sus manos el Mariscal d’Estreés. Y cada uno de ellos únicamente conoce una parte de la selección y proceso, que van transmitiendo a un ayudante que habrá de sustituirles cuando el Señor les llame a su vera.

Sin embargo los frailes cartujos no están anclados en el tiempo. En 1970 se funda la sociedad Chartreuse Difusión, fiscalmente desligada de la orden y propietaria de modernos medios de destilación, arrumbado el cobre y sustituido ventajosamente por el acero inoxidable. Pero por supuesto, los ingredientes utilizados son únicamente las plantas minuciosamente seleccionadas, el alcohol de melaza y la miel y el jarabe como endulzantes. El punto definitivo lo da el paciente envejecimiento en barricas de roble. A los productos tradicionales, verde y amarillo, se les une desde 1963 el Chartreuse V.E.P. (Vieillissement Exceptionnellement Prolongé)…

– ¿Le estoy aburriendo? Oiga, está usted dormido, despierte amigo, ¡despierte!!!

Abrí los ojos y me encontré en el suelo rodeado de rostros que me miraban mostrando honda preocupación y que se tornaba en alivio según mi visión iba despejándose de estrellitas sobre fondo gris y mi capacidad de palabra se abría paso desde mi lóbulo temporal.

– ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está el monje?
– Se ha caído usted rodando escalera abajo y ha quedado inconsciente.
– ¿De qué monje habla? –preguntó alguien.
– Está alucinando –respondió otra voz.

Logré incorporarme con algo de ayuda y de repente recordé lo que hasta allí me había llevado.
– Tiene usted “Chartreuse”.
– ¿Ese licor que es verde o amarillo? No, es difícil de encontrar aquí.
– (Desmayado, alucinando y pidiendo licor, alcoholizado, el pobre…) -susurraban dos mujeronas mirándome de soslayo.

Afortunadamente uno de los curiosos, más comprensivo, me comentó dónde podía encontrarlo y allí me encaminé mientras manoseaba el chichón que abultaba sobre mi cráneo.


…el feliz propietario de una
botella de Chartreuse Verde
Aquella misma tarde, mi amigo Pedro era el feliz propietario de una botella de Chartreuse Verde –acompañada de una muestra de la versión amarilla-. Además del litro de licor de 55º, le hice saber (por si le hacía ilusión), que la botella contiene 400 años de peripecias de un manuscrito secreto, cuyo conocimiento exacto reside únicamente en tres silenciosos monjes.

Otra cosa es que le guste… pero como habíamos quedado en un principio, con suerte hasta me la devuelve.

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N.del A. Los hechos narrados y los personajes que aparecen son constrastablemente históricos y solo los diálogos han corrido por cuenta de la imaginación del autor.

Para mayor información: Página oficial de Chartreuse-Difusión

Miguel A. Román | 16 de mayo de 2010

Comentarios

  1. Cayetano
    2010-05-17 07:31

    Muy interesante y documentado. Tuve el honor de acompañar a un monje benedictino, de Leyre, recogiendo alguna de las hierbas con las que se elabora su famoso licor que por temas de patente llaman allí “Licor de Leyre”. Hay una “edición especial” del mismo dificil de conseguir por su complejidad, escasez y tiempo que requiere. Si visitais el monasterio no dudeís en hacero con una botella del mismo.

    Un saludo

  2. Ana Lorenzo
    2010-05-18 18:56

    Miguel, a mi hija Marta y a mí nos han encantado las dos partes de «El manuscrito cartujo»; nos hemos reído con el principio y el final (—(Desmayado, alucinando y pidiendo licor, alcoholizado, el pobre…) —susurraban dos mujeronas mirándome de soslayo.) y nos lo hemos pasado en grande con la historia.
    Yo voy a ver si pruebo el Chartreuse Verte o quizá mejor el más suave amarillo.
    Un beso.

  3. Céline (Céu)
    2010-07-02 04:31

    Se me hace agua a la boca, ¡qué suerte la del cumpleañero! Tendré que conformarme con la risa, no creo pueda conseguir el licor por estos pagos.
    Me encantó el relato.

    Saludos,
    Céu
    (fíjate que tienes dos errores de tipeo, por si lo publicas en papel, estaba tan entretenida que no los anoté, perdón.)

  4. Miguel A. Román
    2010-07-02 18:55

    Sí, había varios errores pero la pereza me impedía corregirlos. Ya está aunque puede que aún quede alguno, mis disculpas.

  5. Viena
    2011-06-20 07:20

    Queda una corrección en una cita de año, después de la extremaunción, donde dice 1937 supongo que quiere decir 1737.
    En cuanto al relato, lo he disfrutado mucho. Gracias.
    Aquí va una curiosidad: Tengo un par de recetas de cierto “elixir de larga vida”. Ambos están hechos a base de hierbas y raíces. No son 130, como las hierbas con las que se dice, está hecho el Chartreuse, pero no dejan de ser unas recetas muy interesantes.
    Leer este artículo, la verdad es que me ha animado a hacer estas pócimas, que en el libro en donde figuran, son señaladas como “tónicos” y probarlas ¿Y si fueran también algún secreto antiguo a la espera de reedescubrirse?
    Me emocionan estos descubrimientos.
    Saludos.

  6. Miguel A. Román
    2011-06-20 19:57

    Gracias, Viena, por tu visita. Ciertamente estaba mal la fecha, queda corregido.

    No tengo claro que estas pócimas de saber antiguo y sabor herbal prolonguen la vida, pero no me cabe duda de que la hacen más llevadera.



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