Libro de notas

Edición LdN
En casa de Lúculo por Miguel A. Román

Miguel A. Román entiende la cocina como el arte de convertir a la naturaleza en algo aún mejor. Desde comienzos del milenio viene difundiendo en Inernet las claves de ese lenguaje universal. Ahora abre aquí, los días 12 de cada mes, su nuevo refectorio virtual.

El manuscrito cartujo (I)

Hace 5 años, con motivo del aniversario de un amigo, le regalé este texto de sesgada temática gastronómica, junto al objeto del que trata. Como su extensión rebasa con creces la media de esta columna, y para no distraer a mis lectores –que tienen cosas mejores que hacer– ni fatigarlos con mi prosa, he pensado en dividirlo en dos entregas; pero por otro lado, y para no tener la trama en suspenso durante un mes, excepcionalmente la segunda parte aparecerá aquí el próximo domingo 16 de mayo (salvo que el editor de LdN me despida antes).

PREFACIO

Mi amigo Pedro cumple años. Entre las muchas pruebas de intelecto e imaginación a las que la vida moderna nos somete destaca la de ofrendar un presente a un amigo varón. Entiéndase a un buen amigo y añádase que el aludido ya posee en su inventario personal cuanto de bueno puede adquirirse en el comercio dentro de los límites en que mi base imponible se mueve.

Un servidor, cuando no sabe qué regalar que pueda agradar al homenajeado opta por algo que me guste a mí mismo, de tal manera que cuando menos pueda garantizar la utilidad y calidad legítima del producto (me sería imposible regalar un juego de palos de golf, pues soy un absoluto ignorante en tal materia); y, en el caso más negativo imaginable, es decir, que me sea devuelto con desdén, al menos me quedaré con algo que me venga bien (¿qué coño haría yo con un juegos de palos de golf???).

En tal tesitura un libro es siempre una opción interesante: un amigo fiel cuyas páginas están siempre dispuestas a hablarnos para hacernos olvidar nuestros minúsculos problemas –o, según el caso, incluso aportar soluciones- y si lo relegamos durante lustros al anaquel ocioso, nunca nos lo reprocha.

Con tal ilusión, el día de la efeméride de 2005, me sumergí en un local del ramo y paseé un rato ante la oferta editorial. Profunda decepción. De un tiempo para acá los autores de la letra impresa parecen haberse vuelto monotemáticos. Prácticamente todos los títulos evocaban argumentos en torno a crípticos mensajes, presuntos misterios encerrados tras vidrieras góticas, cuya revelación siempre parece otorgar el dominio absoluto del mundo a su ambicioso poseedor. Pareciera que monjes, caballeros y nobles de otros tiempos no hubiesen tenido mejor entretenimiento que plagar el mundo de códices emborronados con charadas de semanario. Iluminados omniscientes y conjurados de credos diversos detentando la nomenclatura de ilustres personajes renacentistas que mal pueden defender su inocencia en tales complots.

Tras cuatro siglos de evolución desde de la primera novela moderna, paréceme que vamos hacía atrás en tal arte y regresamos a los libros de caballería, con lo que no me extrañaría que un día de éstos algún lunático, que echara su hacienda en tales fábulas, asalte la catedral de Burgos a golpe de piqueta en busca del tesoro del rey Salomón.

“Basura”, murmuré para mi capote, “¿qué mente pueril puede concebir indescifrables símbolos en obras maestras de la pintura expuestas al público y al escrutinio de los expertos, cortesanos del renacimiento envueltos en secretos de alquimistas, monjes de capucha baja y oración perpetua portando entre sus vestiduras manuscritos centenarios para ponerlos a salvo de inquisidores, gobiernos interesados en hacerse con fórmulas cabalísticas, conocimientos ocultos durante siglos bajo un manto de silencio que de salir a la luz reportarían singular beneficio a sus poseedores?”

Salí pues de la librería sin ejemplar alguno y, por tanto, con el obsequio de mi amigo como asignatura pendiente. Frente a este establecimiento había otro no menos espiritual pero con muy otro tenor: una licorería. Tampoco el alcohol de buen año es mal agasajo, pensé, y con esta idea crucé el umbral para encontrarme en una estancia desierta rodeado de vetustas botellas llenas de polvo por fuera y de gloriosos caldos por dentro.

– Hola, ¿alguien me atiende?
– Aquí, arriba – sonó una voz sobre mi cabeza. Ningún mensaje celestial. Al parecer el almacén estaba situado sobre un falso techo al que se accedía por una tosca escalinata de madera.
– Quería comprar una botellita de algo especial, con significado e historia –grité al hueco.
– Suba, suba. Y tenga cuidado con la escalera.

No era vano el aviso, pues el quinto peldaño crujió bajo mis pies, oscilé y a punto estuve de desandar lo subido con la cabeza como base.

– ¡Uy, hombre de Dios! ¿Se ha hecho usted daño?
– No, no ha sido nada, un torpe traspié. – Levanté la vista a mi interlocutor y me quedé petrificado. Aquel sujeto vestía alba sotana sin ceñir, rematada en picuda capucha que ocultaba su testa casi por completo.

…vestía alba sotana sin ceñir,
rematada en picuda capucha…

– Siéntese, por favor. Tómese una copita y disuelva en el alcohol el susto. Se le ha descompuesto el rostro. –y mientras esto decía con un discreto pero evidente acento galo, me alargaba un catavinos donde había vertido un exiguo dedo de un líquido esmeralda.
– No, si mi estupor no es por el tropezón, sino… – pero hube de interrumpirme. Mientras escrutaba el desordenado almacén una extraña imagen llamó mi atención: Dos hermosas mujeres, de cabellera muy arreglada, se me mostraban completamente desnudas mientras una de ellas le hacía un sensual tocamiento en el seno a la otra. A los pocos instantes mi vista se acostumbró a la penumbra y entendí que aquella lujuriosa visión no era sino un cuadro, una reproducción de una obra de arte que no me era completamente desconocida.
– ¿Está mirando la pintura?
– Me suena de algo
– Es muy posible. Es una de las más conocidos del Louvre, aunque su autor es anónimo. La rubita es Gabrielle d’Estrees, concubina de Henri IV de Francia, una preciosa historia de amor…
Charmante Gabrielle,
Percé de mille dards,
Quand la gloire máppelle
A la suite de Mars…

…se me mostraban completamente desnudas
mientras una de ellas le hacía un sensual
tocamiento en el seno a la otra.
– … si no fuera porque es más bien una vulgar historia de sexo, política y hay quien dice que de brujería.
– ¿Por qué sujeta ella un anillo?
– Nadie lo sabe. Se supone que es un presagio de boda, la chica pretendía ser reina de Francia en lugar de Margarita de Valois, legítima esposa del rey.
– ¿Y por qué aquella otra mujer le toca el pezón?
– Tampoco se sabe. Eso, monsieur, es uno de los grandes misterios del arte. El pintor pareció querer dejar un mensaje oculto a la posteridad. ¿Está bueno el licor?

Casi no le había prestado atención a la bebida que me había dado, pero tras un par de sorbos había notado que, aunque duramente alcohólica, el sabor era suave, fresco y agradable, y remotamente evocaba forestas antiguas, umbrías y aromáticas.

– Está muy bueno. ¿Cómo se llama?
– “Elixir de Longue Vie”, Elixir de larga vida
– ¿Me toma el pelo? ¿de qué está hecho?
– Nadie lo sabe… o casi nadie.
– ¿Cómo es eso?

El hombre sonrió, me estudió desde el fondo de su capucha, inclinando la cabeza, como si se sintiera intrigado, y empezó a hablar como si lo hiciera para sí.

– Es curioso. Hoy es 16 de Mayo… ¿Cree usted en las coincidencias?
– En absoluto –respondí.
– ¿Le importa que le cuente una historia…? Es algo larga.
– Me encantan las historias, pero si es tan larga como dice, hágame un favor y devuelva a esta copa su nivel original de ese elixir.

Mi interlocutor accedió divertido a la demanda y, arrellanando su cuerpo en un sillón frente a mí, se atusó los faldones de la sotana y comenzó a hablar con la cabeza echada hacia atrás, como si desde muy lejos le vinieran a la memoria los acontecimientos que iba a contarme…

CAPITULO I. El jinete de Vauvert.

Gabrielle d’Estreés, la mujer rubia del cuadro, falleció en 1599, cuando contaba tan sólo 26 años de edad, supuestamente por complicaciones en el parto del tercer varón que engendró de su real amante. Aunque la mortandad puerperal de la época era abundante, no faltaron en la corte rumores de envenenamiento, pues sus enemigos eran sobrados en número y poder. De ella se dijo también que practicaba la brujería y que conocía pócimas y remedios para todo uso, de los que se valía para obtener el favor de los hombres –que fueron muchos en su corta juventud-, tanto para excitar el deseo en sus pretendientes como para aguantar con ellos largas y tórridas sesiones de alcoba, sin que estos excesos o el paso de los años alteraran su apetecible figura ni su aporcelanado cutis.

Haya o no algo de verdad en todo esto, lo que sí es cierto es que casi seis años después de su muerte, tuvo lugar el comienzo conocido de esta historia:

La tarde del 16 de Mayo de 1605 –hace hoy exactamente cuatrocientos años- un jinete solitario abandona el infecto núcleo urbano de París y se adentra en el dédalo de bosquecillos que rodean la capital de Francia. Tras una corta cabalgada llega a las puertas del monasterio de Vauvert, cerca de donde hoy se encuentran los deliciosos jardines de Luxemburgo. Con el pomo de su espada a modo de aldabón golpea sin parar la puerta hasta que el hermano portero le franquea el paso.

– ¿Qué os trae a este lugar de oración?
– Quiero hablar con el abad –escupe como quien está acostumbrado a mandar y ser obedecido.
– El abad está dirigiendo la oración de vísperas. Si al menos me decís quién le reclama…

El visitante se echa atrás la capa en la que se embozaba y deja al descubierto una rica casaca cubierta de reconocibles blasones.

– Decidle que François-Hannibal d’Estrées, Marqués de Coeuvres, Par de Francia y Mariscal de la artillería del Rey está aquí, sin escolta, y que tiene prisa por volver a palacio antes de que caiga la noche.

Si el joven novicio se ha aturrullado algo por la retahíla de títulos, por las armas bordadas en oro sobre la pechera o por la desenvoltura marcial del fornido militar, no lo demuestra ni por asomo, y sin más respuesta que un silencioso asentimiento de cabeza desaparece bajo un arco en un lateral de la estancia, dejando al impaciente caballero solo durante varios minutos hasta que llega ante él el superior del convento quien, por todo saludo, descubre su tonsurada cabeza y la inclina respetuosa y silenciosamente.

…desaparece bajo un arco
en un lateral de la estancia…

– Ese silencio en que se envuelve vuestra congregación es ciertamente irritante –masculla el noble- En fin, a lo que vamos. ¿Podéis entender algo en este documento?

El abad toma en sus manos el avejentado papel que se le ofrecía. Escrito por una mano femenina en obsoleta carolingia, casi todo el texto está en latín, salvo algunas palabras en arcaico francés popular. En la cabecera del manuscrito puede leerse claramente “Elyxir de la Longue Vie”, y a continuación una extensa relación de nombres de plantas y especias seguidas las más de las veces de la abreviatura “fol.” (folii: hojas) o bien cantidades medidas en adarmes, tomines, ochavas, escrúpulos y óbalos. Pese a lo menudo de la letra y a carecer prácticamente de párrafos explicativos de algún ambiguo procedimiento, la fórmula prácticamente llena las dos caras del documento.

– Algo entiendo –susurra el abad-, pero sin duda el hermano apotecario podrá aclararos mejor…
– Al diablo con ello –salta el de Coeuvres-. Hace años que el códice de donde lo he arrancado obra en mi poder y desde entonces ha pasado por apotecarios, médicos, alquimistas y otros supuestos hombres de ciencia sin que ninguno de ellos haya obtenido más que brebajes sólo aptos para ahuyentar a las sabandijas. Si de algún aprovechamiento sirve a vos o a vuestra orden, quedáoslo en buena hora; y si no, disponed de él incluso para quemarlo si así os place. Ahora, si me disculpáis, tengo prisa.

Y sin esperar una despedida, que sabe que no va a ser pronunciada, abandona el convento al galope tendido por el mismo camino por el que había llegado.

(continuará…)

Miguel A. Román | 12 de mayo de 2010

Comentarios

  1. Marcos
    2010-05-12 19:52

    ¿Ven? He aquí una prueba de redacción editorial abierta, libre, en la que los redactores toman sus propias decisiones sin necesidad de que sean ratificadas por los Jefes, porque hay un clima de confianza y mutua admiración.

    (Miguel, estás despedido)

    Bonito regalo para tu amigo, a ver cómo sigue…

    Saludos

  2. Céu de Buarque
    2010-07-02 03:42

    Qué historia fantástica. Me reí a carcajadas. Por suerte, ya vi que está la segunda parte. Entonces, me voy volando…

    Te felicito Miguel, ha sido un verdadero placer.

    Saludos,
    Céu



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