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Butaca no numerada por Alberto Haj-Saleh

Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.

Esto no es una película

Esto no es una pipa, dice el más famoso cuadro de Magritte, llamado en realidad muy acertadamente La traición de las imágenes. Hace casi un año mi admirado Xoán Carlos Lagares, autor de la columna Cartas desde Brasil, hizo un interesante artículo hablando sobre la película que había revolucionado carteleras y mercado pirata en Brasil, película que obtendría el Oso de Oro en Berlín en febrero de este 2008 en medio de una gran contestación crítica entre la que se encuentra la de nuestro cinéfilo de cabecera, Martin Pawley, quien dejó clara su opinión sobre ese premio en un comentario de su propia columna en Libro de Notas. El filme es, en efecto, Tropa de Elite, dirigido por José Padilha y tras leer la columna de Lagares podríamos decir que «esto no es una película».

¿Cómo evaluar en términos puramente cinematográficos un filme al que rodea tantos aspectos sociales, culturales y políticos? ¿Es reaccionaria la película o no lo es? ¿Es realista o demasiado sesgada? ¿Está justificada la violencia brutal que expone o es completamente gratuita? ¿Merecía el Oso de Oro o fue una decisión disparatada, como dijo Pawley? Finalmente: ¿es Tropa de Élite una buena película o no lo es?

Xoán Carlos en su columna hizo un muy buen intento por tratar de evaluar el filme desde todos los aspectos posibles, los más cinematográficos y los relativos puramente a su contexto. El resultado final es una mezcla compleja donde sentimientos, sensación de carencia y valoración artística aparecen imbricados en una suerte de castillo algo inestable en el que la única respuesta válida del autor es el extraño regusto y amargor que le quedó en la boca tras ver la película. Sin embargo hay una afirmación que Lagares sí que hace y que marca toda su opinión sobre el filme: «Tropa de Elite no me decepcionó como película, y sin embargo me pareció sorprendentemente reaccionaria». Miro con mucha distancia y respeto todo lo que cuenta Xoán Carlos sobre la realidad brasileña, que conoce de primerísima mano, y además su visión sobre la misma es siempre medida y analítica. Me cuesta mucho protestar tímidamente sobre algo que él conoce inmejorablemente y que yo sólo huelo lateralmente. Pero yo salí del cine convencido de haber visto una de las películas más anti reaccionarias (si esa expresión existe) que se han hecho en cine. Ahora soy yo el que trataré de explicarme.

En la columna de Xoán Carlos el autor escribe: «En un artículo publicado en O Globo el periodista describe su indignación en el estreno ante la reacción del público, que jaleaba las torturas y asesinatos de la policía y celebraba las críticas brutales que se hacen a los usuarios de drogas, considerados cómplices de la violencia del tráfico». La celebración de la tortura siempre pone la carne de gallina y hace difícil mirar con simpatía al discurso que está provocando ese festejo y, sin embargo, estoy convencido de que la interpretación de lo que sucedía en pantalla por parte de aquel público no obedeció a una exaltación fascista y reaccionaria en el filme de la solución violenta de los problemas sociales; sino más bien un uso “malversado” de algo que pretende exactamente lo contrario.

José Padilha no tiene piedad con ninguno de los protagonistas de su relato, no coloca a ninguno de ellos en una posición de supremacía moral; la locura que gobierna el modo de pensar del protagonista, el capitán Nascimento, funciona exclusivamente como explicación en voz alta de sus actos no como justificación de los mismos. El director no se ahorra ninguna tortura extra, no dulcifica a los policias del cuerpo especial BOPA, no los enternece, no les da una salida humana. La descripción de la sociedad brasileña es el equivalente a la presentación de una bolsa de mierda enorme donde, tal vez, los miembros del BOPA huelan algo menos que los demás. ¿Reaccionario? Al contrario, Padilha enseña de la manera más cruenta que en una sociedad amoral y corrupta los guardianes del orden son los demonios. Más que reaccionario yo casi diría que el filme es evangelizador, hasta moralista. Incluso ese momento en el que se presenta el entrenamiento de los futuros miembros del BOPA a la manera más americana posible, como veríamos en cualquier película sobre marines, la exaltación de la ley de “sólo los más fuertes sobrevivirán” entra en el territorio de la irracionalidad más escalofriante culminada por una frase de orgullo del capitán —“Ni el ejército israelí es tan duro en la formación como nosotros”— que es todo un símbolo de la locura animal que se ha apropiado del punto más alto dentro de las fuerzas de seguridad. Yo no veo “reacción” ni defensa del fascismo: veo advertencia de hasta donde ha descendido el ser humano allí.

Tiene razón mi compañero de LdN cuando dice que en la película hay demasiadas cosas que no se dicen. Apunta y dispara contra diversos estamentos concretos —empezando por la policía y el BOPA y concluyendo con la clase alta universitaria, pasando por los segmentos más bajos del comercio de droga— obviando muchos otros, olvidando razones últimas sociales y políticas que han llevado hasta esa situación. La película prefiere centrarse en segmentos muy concretos, lija los límites de la sociedad y los hace rectos, sin escala de grises, acude a la narración más simplificada. Reduccionista: sí. Reaccionaria: insisto en que no.

¿Y la película en sí merece la pena? Creo que sí, con sus detalles menos atractivos, con carencias y aspectos que me han disgustado pero con un ritmo y sentido narrativo espectacular: esto es una película de acción mucho más cercana a Jungla de cristal ( John McTiernan, 1988 ) que a Ciudad de dios ( Fernando Meirelles y Kátia Lund, 2002 ). ¿Merecía el Oso de Oro en Berlín? A saber, aunque he visto primeros premios en grandes festivales infinitamente peores. Pero supongo que de cine tendremos que hablar en otro momento…

Alberto Haj-Saleh | 23 de julio de 2008

Comentarios

  1. ddaa
    2008-07-23 21:58

    Comparto el punto de vista del autor de la reseña, a excepción de algo que me parece intolerable: poner en pie de igualdad las atrocidades cometidas por la BOPE y las aventuras solidarias de los estudiantes. Y desde luego que echar la culpa a los fumadores de marihuana “burgueses” del caos de las favelas está entre lo delirante, lo cínico y lo surrealista. Son la prohibición y la corrupción, inextricablemente unidas, la causa principal de que los traficantes de las favelas tengan mejor armamento que la policía.

    Por lo demás, este cuerpo narcofascista no está en absoluto libre de corrupción, como se podría deducir del visionado de la película

    «Tropa de Élite muestra una BOPE que el propio texto del film califica como “incorruptible”, pero no todo es un camino de rosas en la policía militar, sino más bien lo contrario. En los últimos días, 58 policías militares fueron detenidos por su implicación en el tráfico de drogas y por delitos de extorsión en las favelas Santa Lucía, Imbarie, Duque de Caxias y la Bajada Fluminense“»

    http://www.fac.cc/2008/07/tropa-de-elite-pincho-o-pellizco.html

  2. Xoán
    2008-07-24 12:30

    Admiradísimo Alberto, gracias por proponer el debate. No soy un gran conocedor de la(s) realidad(es) de Brasil, simplemente vivo aquí, y sé perfectamente que eso no me da una mayor altura para ver y juzgar una película, aunque sea brasileña. Parto de ese principio.

    Yo creo que tú identificas lo que para mí es un problema estético y político en Tropa de Elite cuando dices que está más, en cuanto producto de acción, para Jungla de Cristal que para Ciudad de Dios. En ese sentido, quien no siente esa realidad como próxima, a quien no le toca, puede verla con la misma distancia con que se ven las piruetas de Bruce Willis. Puede admirar la coreografía de los tiroteos, su ritmo narrativo y todas esas cosas que nos dejan pegados a la butaca. Pero el hecho de que, por otra parte, la película tenga una apariencia documental, casi didáctica, cuando narra los pormenores de la corrupción policial, acaba creando todo tipo de confusiones. Y esos factores también conforman nuestro “juicio estético”, que no se construye en la abstracta contemplación de la idea de Belleza.

    En mi comentario pretendía (sin conseguirlo) entender las causas de ese desajuste en la interpretación que se ha hecho de la película. Al convertirse en un fenómeno de piratería consiguió lo que ninguna película brasileña logra, ser vista por un público enorme para el que las salas de cine son económicamente inaccesibles. Un público que odia, con razón, a la policía y que vio allí el retrato de su brutalidad. Por otro lado, los que sí pueden pagar la entrada del cine se depararon con una versión local de sus héroes de acción, interpretándola desde el punto de vista de quien se siente constantemente amenazado y sólo consigue culpar al otro, al que vive vete a saber cómo en esos lugares miserables que nos afean el paisaje. Las reacciones pro-tortura del público del estreno no son más que el reflejo del fascismo cotidiano que vivimos en una realidad social tan brutalmente injusta como esta, tan insoportable pero que, a pesar de todo, conseguimos soportar (y en esa soportabilidad descansa la semilla del fascismo).

    Lo que más me jodió de la película es que es dura y distante, sin ternura, para contar la brutalidad y los dilemas de la policía (según la voz en off, “corromperse, ausentarse o ir a la guerra”), pero insufriblemente moralista cuando pone en el mismo nivel de responsabilidad a los consumidores de marihuana y a los traficantes. Que tiene la pretensión de contar toda la verdad (así se vendió, con ese mensaje salían las personas del cine), pero decide no hacer referencia a demasiadas cosas, para mí las más importantes (financiamiento del tráfico, tráfico de armas, blanqueo de dinero, producción de exclusión social en masa…). Que en realidad no muestra la favela, y que acaba defendiendo la tesis de que no hay salida, versión tupiniquim del fin de la historia. Y ese reduccionismo se me antoja profundamente reaccionario.

    Viendo después las declaraciones del director, me pareció entender algunas cosas. Insiste en decir que no hay ideología en el filme y habla de su pretensión de mostrar la realidad social “sin política”. Cita incluso la Teoría de Juegos de Nash, como si todo el problema fuera una cuestión comportamental, que tuviese una explicación matemática. Entiendo que no se filie a una ideología como modelo total de explicación del mundo, pero ese renunciar a lo político, tan propio, por estos pagos, de una cierta progresía posmoderna, da en lo que da, al mismo tiempo que resulta extraordinariamente lucrativo. Al final, criticar a los pijos es fácil, mostrar políticos corruptos e idiotas también. Identificar los conflictos de clase (sí de clase) que hacen que el combate al tráfico de drogas mate más gente que las propias drogas ya es otro cantar. Difícilmente el mercado va a asimilar una obra así, y sospecho que Padilha lo sabe.

  3. Martin Pawley
    2008-07-28 20:40

    Les recomiendo el interesante artículo que sobre “Tropa de elite” hizo el crítico y programador argentino Eduardo Antín “Quintín” en la revista Cinema-Scope: http://www.cinema-scope.com/cs34/cur_quintin_elite.html

  4. Alberto
    2008-07-30 04:06

    Con menos tiempo del que quisiera para continuar ahora mismo el debate después los comentarios y del enlace que pone Martin Pawley —continuaremos hablando más adelante, lo prometo—, dejo un enlace más: Jose Padilha escribe sobre Tropa de Elite.


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