Libro de notas

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Ánfora de Letras por Max Vergara Poeti

Apuntes de viaje, recorrido en bote o hidroavión por el Amazonas literario. Imágenes desde el Jardín de Corifeo, lecturas recomendadas por Zenódoto de Éfeso. Max Vergara Poeti es escritor y traductor. Ha colaborado para diferentes revistas culturales y literarias de Colombia e Italia, sus dos patrias, asimismo como de otros países Hispanoamericanos.

Perú

A Perú se le conoce frecuentemente como “la tierra de los Incas”, aunque también podría ser la tierra de una de varias civilizaciones que la habitaron. Las cordilleras andinas que se alzan en Tierra de Fuego para hundirse en las costas colombianas, llegan a una mística comunión en el país, siendo la mejor la Cordillera Blanca. Hay animales de belleza como la vicuña o la muy inquisitiva viscacha, y pájaros desde el pequeño colibrí andino hasta el imponente cóndor de los Andes. Planeando en el cielo con una envergadura de alrededor tres metros, el cóndor es el ave de los cielos más grande del mundo. Sin embargo, los Andes peruanos no son sólo una escena de salvajería natural. Son el hogar de millones de aborígenes que aún machacan la vieja y riquísima lengua antigua que es el quechua, manteniendo intactas sus más rancias tradiciones. El viajero podía pasar semanas en las montañas peruanas explorando, y aún así quedaría insatisfecho. Mi llegada a Perú se produce un tiempo después de mis primeras incursiones en el país, en una temporada de lluvias irremediable, y sólo con la ayuda de un helicóptero militar pude hacer las aproximaciones necesarias a un mundo antiguo mítico en mi próxima novela. De ahí que hay que tener en cuenta la mejor temporada para visitar el país: entre junio y agosto, que coincide con el verano europeo, y el país desborda de turistas. Es sin duda la mejor época para viajar si el interés se centra en las ruinas Incas (incluida Macchu Picchu). Los meses húmedos, entre enero y abril, son fango y cielos brumosos. Es interesante que las festividades populares que son el Carnaval, la fiesta de la Virgen de la Candelaria y la Semana Santa, pertenezcan al calendario invernal. En la costa, la época para nadar en el helado océano Pacífico es entre diciembre y marzo, ya que durante el resto del año, el mar se cubre de la “garúa”, o espesa neblina marina, lo que no impide visitar los puertos, siempre vibrando con su vida alegre.
El siguiente viaje, indispensable para todo primer visitante a Perú, comienza en Lima, sigue a Arequipa y termina en Cuzco y el mundo Inca.

Lima
La capital peruana se halla en un sucio pedazo de costa desértica, moderna y no tan exótica como cualquiera se imagina. Sus calles desbordan de gente, el tráfico es intenso y la polución se abre camino en todas las direcciones. Sin embargo, su posición la reviste de un clima y ambiente que es melancólico, por no decir lúgubre, que sería injusto. Hay múltiples razones para permanecer en la ciudad por varios días, que se resumen en: 1) es el corazón de la cultura peruana, y 2) tiene un bello, alegre y turístico centro colonial. Por ello una excursión a Lima debe primero enfocarse en los museos, luego los edificios católicos y finalmente los demás monumentos.

El Museo de la Nación tiene la mayor colección de arqueología peruana. La exhibición del Museo de Oro del Perú está compuesta por dos colecciones privadas de la familia Mujica Gallo: joyería de todo tipo hasta ponchos tejidos con hilos dorados. El Museo de Armas, en el mismo edificio, es sin duda uno de los mejores que he visto. La mejor pieza es un enorme trabuco, de casi dos metros que se remonta al siglo XIX, y aunque pareciera el arma para cazar un mamut, su placa indica que fue utilizado para la caza de patos. El Museo de Arte da una muestra de arte y mobiliario colonial, como artefactos precolombinos y dibujos que testimonian quinientos años de arte peruano.

La Catedral de Lima, terminada en 1555, fue complementada por una nueva en 1564; vestigios de la original están en el lado sudoriental de la Plaza de Armas. Dos terremotos la destruyeron, por lo que la actual fue reconstruida siguiendo los planos originales. El interior es austero y aburrido comparado con el de otras iglesias hispanoamericanas. Los turistas acuden, con sus libros de historia peruana en mano, para ver el mausoleo de Francisco Pizarro, en una capilla adjunta cerca a la entrada que sobresale por sus mosaicos. Durante mucho tiempo, hubo un debate en torno a los restos del célebre conquistador, pero el gobierno hace ya tres décadas zanjó la discusión: los que están allí son los restos de Pizarro. Vale la pena echar un vistazo al coro y el pequeñito museo religioso en el mismo edificio.

La iglesia de San Francisco, también monasterio, sobresale por sus catacumbas. Ubicada en la esquina de las calles Lampa y Lacash, su gran secreto es una envidiable biblioteca, donde hay volúmenes auténticos del siglo XVI. Esta iglesia es una de las más bellas de Lima, y su arquitectura una mezcla entre lo barroco y lo morisco. Las catacumbas son el cementerio de 70 mil cuerpos, según se estima, y en las criptas abiertas abundan los huesos.

El Convento de los Descalzos, por su parte, de estirpe franciscana, exhibe la maquinaria antigua de una vinería dieciochesca, una celda original de los frailes “descalzos” y más de 300 óleos originales de las autóctonas y valiosas escuelas de Quito y Cuzco.

Uno de mis iglesias favoritas es la de Santo Domingo. A mi parecer, es una de las más históricas, erigida en el terreno que Francisco Pizarro donó al fraile dominicano Vicente Valverde en 1535. El fraile lo recibió como recompensa tras haber acompañado a Pizarro en la conquista. Sin embargo, el lado oscuro de Valverde fue el de haber persuadido a Pizarro para ejecutar a Atahualpa después de su captura en Cajamarca. La construcción de la iglesia comenzó en 1540 y se abrió al público en 1599. Santo Domingo guarda las tumbas de Santa Rosa y San Martin de Porras, como una estatua de Santa Rosa que fue regalada por el papa Clemente en 1669. Otra iglesia de mi agrado es la de San Pedro, una pequeña muestra barroca de la arquitectura limeña, en la ciudad antigua.

La Plaza de Armas es el corazón de Lima, y ocupa 140 metros cuadrados. Lastimosamente no queda nada de la antigua, que se remonta a 1650, pero que fue destruida en 1746. Ante la plaza hay un palacio, el del arzobispado, que sobresale de inmediato por su aire de antiguo, aunque es solo una apariencia, ya que fue construido en 1924. El Palacio Presidencial, y los demás edificios gubernamentales son modernos, pero no tan atractivos como en Buenos Aires, Quito, Santiago de Chile, Bogotá o México. Lo que salta a la vista es la estatua de Pizarro montado en un caballo, cuando se sabe que Francisco, el conquistador, era pésimo cabalgando. Con la Plaza de San Martín ocurre casi lo mismo, uno podría retratarse allí en cualquier otro lugar y sin embargo decir que estuvo en Lima.

Los palacios limeños son interesantes, comenzando por la mansión que es el Palacio Torre Tagle, construido en 1735, una de las mejores edificaciones coloniales que existen en la ciudad. Otra muestra excepcional, de buen gusto, es la Casa Aliaga, que recompensa, adicionalmente, por su exquisito mobiliario colonial, y que fue construida en el terreno otorgado por Pizarro a don Jerónimo Aliaga en 1535: la familia aún habita la casa.

Para divertirse, sin lugar a dudas está la zona de Miraflores, con los mejores restaurantes, bares y centros de compras de toda Lima.

Arequipa

Arequipa es una joya, de belleza a ultranza. Se alza a 2.325 metros sobre el nivel del mar, y da a una de las vistas naturales más sensuales que uno pueda imaginar: a ese precioso coloso llamado “El Misti”, un volcán inactivo con la cima cubierta de hielo que sobresale majestuosamente detrás de la catedral arequipeña y se ve en todo su esplendor desde la Plaza de Armas. Arequipa es un mundo colonial perfecto: es ver a España muchos siglos atrás. La mayoría de edificios brillan al sol, por lo que a esta ciudad se le conoce, muy apropiadamente, como la “ciudad blanca” de Perú. Estando en la ciudad, alguien me dijo: “cuando la luna se separó de la tierra, olvido llevarse a Arequipa.”

El Monasterio de Santa Catalina es el edificio colonial más bello que hay sobre la tierra (no lo dudo). De ahí que no hay que sobrecargar el itinerario en Lima viendo iglesias, porque la ciudad de Arequipa se reserva la mejor. Más que monasterio, como lo sugiere el nombre, es un convento. Ocupa un espacio de 20 mil metros cuadrados, una ciudad dentro de otra ciudad. Gran parte de sus paredes se remontan fielmente a 1580. La fundadora de Santa Catalina fue una viuda de sangre azul, María de Guzmán, que solo aceptaba en la orden a las jovencitas de las mejores familias. Las monjas pagaban renta. Se calcula que cada una de ellas tenía entre cuatro y cinco siervos personales, y un número parecido de esclavos. La vida al interior de este castillo distaba mucho de ser uno muy ascético: se hacían fiestas, y los músicos entraban y salían. Se dice que tras tres siglos de libertinaje, el papa envió a la Hermana Josefa Cadena, una estricta dominica, a poner en regla las cosas. La Hermana Cadena envió a las chiquillas ricas a disciplinarse a Europa y liberó a todos los siervos y esclavos.

La Catedral de Arequipa se encuentra en la Plaza de Armas. Poco queda de su original de 1656, pero la actual fachada es bella. El edificio es uno de 70 basílicas en el mundo que están autorizadas para ondear la bandera y escudos del Vaticano. Tanto el altar como las doce columnas talladas exhiben los doce apóstoles en mármol italiano. La enorme araña bizantina que cuelga sobre el altar fue empacada desde Sevilla, y el púlpito traído de Francia fue hecho a mano de un trozo de cedro. En 1870, Bélgica donó el órgano, que es sin duda el más grande que yo haya visto en América del Sur.

Otras dos iglesias importantes son la de La Compañía y la de San Francisco, esta última famosa por su altar de plata, la primera por su altar de oro de ley.
La Recoleta, un monasterio, tiene en su interior una colección de más de 20 mil libros, entre los que resaltan los llamados “incunables”, volúmenes cuidados que se remontan a 1494. Entre las mansiones y palacios, destaca la Casa Ricketts, construida en 1738, que fuera la residencia del arzobispo; y la Casona Iriberry, como la Casa Moral.

Cuzco
Esta ciudad de 300 mil habitantes, y a la poca modesta altura de 3.326 metros sobre el nivel del mar, es para Suramérica lo que es Katmandú para Asia. Todas las excursiones al antiguo mundo de los Incas, que comenzaba al norte de Chile y terminaba al sur de Colombia, parten desde aquí.

Toda ciudad peruana que se respete tiene su Plaza de Armas, y en Cuzco hay una. La plaza es el corazón del mundo Inca, a pesar de las dos banderas que ondean allí, la peruana y el dignísimo arcoíris de Tahuantinsuyo, el antiguo estandarte del Imperio Inca, en torno al que giran las vidas de millones de descendientes de este pueblo. Al noreste está la catedral, flanqueada por las iglesias de Jesús María y El Triunfo. Del lado sureste está la muy ornamentada iglesia de La Compañía. Hay murallas incas, y una calle peatonal llamada Loreto, muy pintoresca.

Cuzco está llena de iglesias coloniales, pero se distancian de las demás en el país porque son más elegantes y están mejor preservadas. Generalmente están siempre abiertas, pero no son lugares turísticos, sino centros de alabanza. La Catedral, terminada en 1559, es muy bella, decorada con pinturas de la escuela de Cuzco. Su diseño combina muy bien el arte europeo de los siglos XVI y XVII con el ingenio indígena predominante en la época que se construyó, que casi copiaban a los pintores españoles que tenían como guía. En este edificio están los restos de otro prohombre, Garcilaso de la Vega. Uno de los detalles más bellos de interpretación cultural está en el cuadro de la Última Cena de Marcos Zapata, ejemplo vivo de la escuela de pintura cusqueña. Entre los alimentos que comparten Cristo y sus compañeros, está el cuy, o conejillo de indias andino, que era la base de la alimentación del pueblo Inca. La iglesia de San Francisco tiene una pintura de 9 por 12 metros que es la más grande de todo el continente, y muestra el árbol genealógico completo de San Francisco de Asís. La de Santo Domingo, de predominio morisco, guarda ruinas de un templo indígena.
Las ruinas incas en Cuzco son diversas: Coricancha, un templo Inca anexo a la muy católica de Santo Domingo, y cuyo nombre traduce el “jardín dorado”. Sin embargo, las murallas son recurrentes y se encuentran dispersas por toda la ciudad.

Macchu Picchu
El recorrido Inca es el más popular del hemisferio americano. Para muchos, profundizar en él es hasta ambicioso, ya que implica ponerse siempre por encima del cielo. Quien lo desee hacer, más allá de Macchu Picchu, debe preparase con antelación, y tener en cuenta que ante nada, prima la conservación arqueológica y ambiental. En épocas de Hiram Bingham, descubridor de Macchu Picchu, se accedía a las ruinas en mulas por un sendero tortuoso y trágico; la máquina trajo los autobuses, que se siguen usando hoy, pero el turismo reintrodujo el tren. Si el viaje es con bajo presupuesto, es sin duda que el acceso a la montaña sagrada será por autobús o microbús. Si es posible pagar los quinientos mil dólares por el billete de ida y vuelta, ningún turista puede perderse el ascenso, desde Cuzco, en el lujoso tren Hiram Bingham, que incluye servicio de primera clase y alimentación de menú con barra libre a través de las vistas más hermosas de Perú, almuerzo en el restaurante que domina las ruinas, y el retorno, bajo la inminencia del crepúsculo. Este precio, además, incluye la entrada a las ruinas, y la guía personalizada.

El acceso al parque comienza unos cien metros más allá del puesto de entrada, desde el cual ya uno se hace a la idea de la estructura urbana de esta ciudad religiosa. Enseguida comienzan las escaleras, y su ascenso lleva a la primera vista completa de Macchu Picchu, donde los turistas se sacan la obligada fotografía. Esta especie de cabaña se le conoce como la “cabaña del conserje de la roca funeraria”. El sendero inca entonces procede a ingresar en los cuadrantes que componen la ciudad. Para comprender a Macchu Picchu se necesita estar atento a los carteles indicativos, así como también se ofrecen prospectos ilustrativos de cómo lucían las ruinas antes de la Conquista. Los templos, las sacristías y las plazas se suceden. El viajero debe tener en cuenta que no está ante una metrópoli precolombina en su dimensión completa, sino ante una ciudad religiosa que fue para los Incas lo que hoy es la Santa Sede para los católicos. Esa metrópoli, donde se atrincheró el último bastión Inca, impenetrable a los españoles, se halla desperdigada a través del Valle de Vilcabamba, y que ameritaría un artículo, junto a las líneas de Nazca, al sur del país, y las ruinas de Chan Chan, en el Amazonas, la ciudad más grande de adobe que viera el mundo antiguo.

Perú es sin duda un país andino que sintetiza completamente el mundo de los Andes, todos los países en uno, y que exige dos o tres viajes para comprenderlo enteramente. Un país pintoresco, nostálgico y altamente cosmopolita.

Max Vergara Poeti | 04 de junio de 2010

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