Libro de notas

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Ánfora de Letras por Max Vergara Poeti

Apuntes de viaje, recorrido en bote o hidroavión por el Amazonas literario. Imágenes desde el Jardín de Corifeo, lecturas recomendadas por Zenódoto de Éfeso. Max Vergara Poeti es escritor y traductor. Ha colaborado para diferentes revistas culturales y literarias de Colombia e Italia, sus dos patrias, asimismo como de otros países Hispanoamericanos.

Una semana en Turquía

Un viaje a Turquía es un viaje a Heródoto: contador de historias, embustero —¿qué más da? La Historia es, a fin de cuentas, una historia, e igual sucede con los viajes documentados. Si la literatura de viajes está relegada a menudo a un quinto lugar, es porque se olvida que su precursor no era otro sino Heródoto, quien vino al mundo dispuesto a saborear, indagar e ir por la historia jugosa, el chisme, la vivencia, que lleva a la historia. Hoy se leen los pasajes de Heródoto como una fuente de información sobre las guerras entre los persas y los griegos, y sin embargo, las narraciones son más que eso. Hay viajeros que van a Turquía por curiosidad, por un interés especial, o llamados por la Historia jugosa. La evidencia de los vestigios de Heródoto en el país son casi inexistentes: nada más ir a su lugar de nacimiento, Bodrum (antigua Halicarnassus) que es hoy una impenetrable meca turística sobre el Mediterráneo. Asfixiada por hoteles y clubes nocturnos a rebosar todas las noches de turistas europeos en excursiones de paquete, la moderna Bodrum carece de completa conciencia sobre su glorioso pasado griego. La Tumba de Mausolos (una de las otrora Maravillas del Mundo, y la raíz de nuestra palabra «mausoleo», no es más hoy, como muchos otras ruinas históricas, que un hueco ante una modernidad que busca desembarazarse de él. Las piedras de la Tumba, por ejemplo, fueron robadas continuamente a lo largo del tiempo para terminar adosadas en otros monumentos como el Castillo de San Pedro en la bahía. Heródoto, que vivió antes de Mausolos, no obstante es recordado en el nombre de una calle vulgar de la que sólo sobresale una estación de servicio.

A pesar de este ya muy borroso pasado, Turquía sigue dibujado en el mapa, y es un país aún con muchos tesoros para ver antes de abandonar este mundo. No todo es malo, y no todo es bueno, y un viaje al antiguo imperio Otomano debe por lo menos contar con una semana para ver, si no lo más gratificante, una muestra completa de lo que da a Turquía su valor histórico-cultural.
En este recorrido sugerido de una semana, el viajero podrá disfrutar de Estambul, Bursa, Bergama, Izmir y Kusadasi, rematando con una excursión detallada a Éfeso.

DÍA 1 y 2 – ESTAMBUL
Estambul tiene aún ese aire de antigua capital del mundo. Y no sólo eso: sino que encarna el espíritu turco. De cualquier forma como uno llegue a la ciudad, la impresión es la misma: ya sea por tren, mientras los vagones recorren la costa de Tracia y luego siguen el patrón de las viejas murallas hasta el Palacio Topkapi en Constantinopla. En autobús, a través de una carretera construida sobre una antigua autopista romana, que termina en la ciudad, hace mil años, llamada Semistra. O en avión, magnificando en la ventana, durante el descenso, el inmenso Bósforo y el Halic (Cuerno de Oro), y las incrustaciones de mezquitas y palacios de tamaños que ya no se construyen, a vista de Mehmet II durante la Conquista. Por yate (este es mi favorito), comienza uno a “navegar hacia Bizancio” inmediatamente abandona Grecia, a través del Mar de Mármara, sin perder de vista los minaretes y las torres bulbosas de las mezquitas siempre como sombras vaporosas en el horizonte.


Estambul es la Ciudad Antigua. Su centro es el Palacio Topkapi, la residencia de sultanes ya olvidados por más de tres siglos. Construido por Mehmet el Conquistador en 1453, la historia turca pasa por sus pasillos hasta Mahmut II, el último emperador que residió allí. El europeísmo de mediados del siglo XIX llevó a que los monarcas se trasladaran a palacetes mediterráneos sobre el Bósforo. Al Topkapi se le conoce, también, como el “Seraglio”, por la ópera de Mozart, que se toca en el palacio durante el Festival anual internacional. Se necesitará medio día para recorrer Topkapi, y es mejor estar allí al momento que abre sus puertas (9:30am), si se está en la temporada de verano. A menudo, por tener a la vista a Aya Sofya, los turistas se precipitan a dejar a Topkapi para después, cuando en realidad, es más fácil comenzar por el palacio y después seguir con Aya Sofya, que lleva 1500 años en ese mismo lugar y no pondrá de pie y marchará. En Topkapi es indispensable ver los cuatro Patios y el Harén.

Santa Sofía (Aya Sofya) o la iglesia de la Divina Sabiduría no lleva el nombre de una santa, sino el de “sancta sophia”. Está construida sobre las ruinas de la acrópolis de Bizancio, a su vez, el sitio de la primera Sancta Sophia que se destruyó en el 532 por el levantamiento Nika. Aya Sofya fue la iglesia más importante de la Cristiandad hasta 1453, cuando cayó Constantinopla. Muchas cosas pueden sucederle a un edificio tan antiguo, por lo que es mejor, para el viajero, pasar por alto los vendedores informale, palomas y demás accidentes que en la calle se pegan a sus gruesas paredes. “Ver” Santa Sofía es un error: el edificio hay que experimentarlo con rigor arquitectónico y artístico, como hicieran sus constructores, Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto. Además de los retratos (como el de la Madonna), están los riquísimos mosaicos, que deben por lo menos ser “vistos”.

En el segundo día puede visitarse los museos textiles y de mosaicos, el Hipódromo (con su estatua del Káiser Wilhelm, en honor a su visita de 1901 y su fuente, obsequiada por el monarca alemán, terminada en el 1898 a.C.). Como en Roma, uno de los botines de los bizantinos es el Obelisco de Teodosio, que conmemoraba las victorias del faraón Tutmosis III en Egipto. Otra visita que vale la pena es el Museo de Artes Turcas e Islámicas. En cuanto al pasado, es imprescindible el Museo del Oriente Antiguo, que exhibe las puertas de la antigua Babilonia en tiempos de Nebuchadrezzar II y las tablas de Hammurabi. También es merecido pasar por Divan Yolu, y terminar en el mercado más grande que yo haya visto, Kapali Carsi, con más de 4000 tiendas en un radio amplísimo de calles y algarabía.

DÍA 3 – BURSA
Bursa es imprescindible por dos razones: porque, primero, fue la primera capital del imperio Otomano; y segundo, porque es la cuna de la cultura turca contemporánea.

La ciudad no es difícil (a pesar de su millón de habitantes y sus toques industriales), pero guarda sus recompensas. Fundada en el 200 a.C. la ciudad fue un importante centro de comercio de sedas hasta que fue puesta en los mapas por Justiniano al construirse allí un palacio y unos baños famosos. Además, en Bursa nació el teatro de títeres nacional, el Karagöz, que es un teatro de sombras, y el nombre de la ciudad recurre en las fábulas de Nasreddin Hodja, para los turcos comparable con Esopo. Sólo se necesita un día para ver lo más sobresaliente de esta ciudad entre colinas, comenzando con la mezquita del Emir Sultán Camii, con su rico rococó otomano y un cementerio que se enmarca en un mirador natural hacia Bursa y el valle, con árboles enormes que parecen que crecerán como secuoyas. También, la mezquita de Yesil Cami, y los bellos “hünkar mahfili” o aposentos del Sultán, en el nivel superior. Las tumbas de Yesil Türbe, con su exterior azul, también son un punto obligatorio. Otros sitios de interés: Bat Pazari (el viejo mercado de los gansos), Bedesten (el bazar cubierto), Koza & Emir Hans (el mercado de capullos de seda), la mezquita rectangular de Ulu Cami, Hisar (el fuerte), el complejo Muradiye (necrópolis de viejos sultanes, que justifica la visita por los decorados en las tumbas) y los baños minerales (para uso del turista y otros de significación histórica, y un final con la experiencia “hamam”).
DÍA 4 – BERGAMA, IZMIR Y KUSADASI Bergama es Pérgamo, y su paisaje remonta a cualquiera a las épocas de Alejandro Magno. Lo que sobresale de este poblado son sus ruinas antiguas. La magia de la restauración ha hecho que las ruinas de Pérgamo brillen con luz propia. Desde el centro de la ciudad, un camino asciende por seis kilómetros hasta la Acrópolis, que domina las ruinas. Desde allí, al oeste, se ve el Asclepeion, el edificio consagrado al dios de la Medicina, que vio su gloria con la fama de Galeno (y futuro médico personal del emperador Marco Aurelio Antonino). Recorriendo las ruinas, están: la biblioteca (le seguía a la de Alejandría con 200,000 volúmenes), el Templo a Trajano, y el teatro (para acomodar a diez mil espectadores). También, el Templo a Dionisio (con sus evocaciones a la ambrosía) y el Altar a Zeus, del que sólo quedan las bases, ya que lo demás fue llevado a Berlín por los arqueólogos del siglo XIX, y allí todavía están.

Izmir es el mayor puerto sobre el Egeo, y una ciudad de tres millones de vidas que explotan en cada esquina. Lastimosamente, la antigua ciudad desapareció con la invasión griega de 1923, que acabó con ella. En Izmir, además de ser un punto para las excursiones alrededor, hay que ver: el Konak, el centro de la ciudad, donde se levanta el Hükümet Konagi o mansión gubernamental otomana; el Ágora, o mercado, construido en tiempos de Alejandro y destruido parcialmente en el terremoto del 178 d.C. También hay un museo interesante, y un monumento a Atatürk, con la magnífica inscripción tomada de una de sus consignas, del 26 de agosto de 1922: “soldados, su meta es conquistar el Egeo.”

Kusadasi, una amable y próspera ciudad costera, es el punto de partida para las excursiones típicas (pero imprescindibles) a Éfeso, Priene, Mileto y Didyma. Kusadasi figura en este itinerario por dos razones: las playas, que se insinúan como un remanso al viajero en medio de su apretada agenda y corridas, y los baños turcos, al estilo “mixto” que, aunque son costosos, justifican el gasto.
Bergama, Izmir y Kusadasi pueden verse en un día, teniendo como centro Kusadasi. Se sugiere pasar el quinto día (o la tarde de éste) en la playa y descansar, antes de incursionar en el mundo antiguo alrededor.

DÍA 6 y 7 – EL MUNDO GRIEGO SOBRE EL EGEO
De todas las ruinas griegas en suelo turco, Éfeso es la más impresionante. Es la muestra de una metrópoli griega de la edad clásica, aunque lo que queda de ella apunta más a la dominación romana. En verano, el calor es impresionante, por lo que se recomienda comenzar el recorrido muy temprano en el día. Si sólo quiere echarse un vistazo, lo ideal es dedicarle medio día a las ruinas, pero son más los que deambulan entre las ruinas hasta el ocaso. Un recorrido a pie (provechoso y personal) es en este orden:

Hay que comenzar por la Gruta de los Siete Durmientes, donde, según la leyenda, miles de jóvenes cristianos, perseguidos por los romanos, se escondieron, hasta que fueron descubiertos y enterrados vivos en la cueva. Dos siglos después, un terremoto removió la cueva, y los enterrados despertaron para caminar hacia la ciudad y pedir comida. Porque se estaba ya en tiempos Cristianos, los habitantes de entonces interpretaron el fenómeno como una resurrección, y una vez los durmientes murieron, fueron enterrados de nuevo en la Gruta. Artísticamente, los Siete Durmientes es una necrópolis bizantina cortada en la misma roca.
La siguiente parada es el Gimnasio de Vedius (data del siglo II d.C.), y el estadio. El primero, con sus patios, baños, cuartos de ejercicios, una piscina y un sitio ceremonial. El segundo, sólidamente erigido en piedra, que ha sobrevivido todos los terremotos que en otros lugares históricos han reducido las ruinas a migas.

Siguiendo el ascenso, hacia los estacionamientos, está el templo a la Virgen María, también llamada “doble iglesia”. Originalmente este templo fue dedicado a las Musas, un centro académico cuyo ambiente uno imagina que es el que se ve la pintura de Langetti en la que aparece Diógenes y Alejandro. Reconstruido tras un incendio en el siglo IV, el templo sirvió como sede del Tercer Consejo Ecuménico del 431, modificando su historia para siempre. Siguiendo el camino (la vía Mayor o Campestre), rodeado de preciosos árboles perennes, aparece el Gimnasio de la Bahía, antes de comenzar a caminar por el tramo de mármol. Desde este punto, la vía campestre se convierte en la gran avenida de Éfeso, con alcantarillado y lámparas en las columnatas. Al final, está el impresionante Nymphaeum (fuente y piscina), uno de los sitios grandilocuentes construido bajo órdenes del emperador bizantino Arcadius. Al este, se encuentra el Gran Teatro, de arquitectura helenística, reconstruido con esmero por los romanos entre el 41 y 117 d.C., que sugiere que la sublevación liderada por Demetrio el platero tuvo lugar en un teatro en obra gris. La “cavea”, o “theatron”, en griego, tenía capacidad para 25 mil personas (hoy sólo un número así se congrega alrededor de un partido de fútbol o frente a un televisor). Detrás del Teatro, se ven las ruinas de las murallas de Lisímaco de Tracia en el Monte Pion, y la ciudad.

Desde el teatro, hacia el sur, se ingresa en la vía Sagrada, también con losas de mármol, con sus huellas de ruedas (no se permitía su tránsito por la vía Mayor), y la ágora comercial (del siglo III). Casi al final, a la izquierda, está el Prostíbulo, que ofrece, al ingresar en él, un mosaico hermoso de la Cuatro Estaciones, del que resaltan, principalmente, las cabezas de Invierno y Otoño, muy bien conservadas. La vía Sagrada termina en el Embolos, o el centro de Éfeso, con la Biblioteca de Celso (construida por el hijo del gobernador famoso en su honor, y que albergó 12 mil volúmenes) y la puerta monumental de Augusto. Allí, se empata con la vía de Curetes, que lleva a los baños públicos para varones. En el Pozo, junto al Prostíbulo, fue encontrada, por cierto, la famosa figura de Príapo (está hoy en el museo de Éfeso en Selcuk), que exhibe galante “el pene de sus sueños”.

En esta dirección, el punto álgido es el Templo de Adriano, de arquitectura de la vieja Corintio, y una cabeza de Medusa en la entrada “para mantener a raya los malos espíritus”. Generalmente, este templo lo llaman “de Artemisa en Éfeso”. Siguen al templo diez tiendas típicas de los tiempos, de frente a un mosaico espléndido. Pasos después, están las casas excavadas hace poco, y una exhibe en un nicho del atrio un bellísimo mosaico de cristal. Bien al fondo, a la izquierda, aparece la Fuente de Trajano, emperador en el centro del espejismo de aguas del que sólo quedan los pies. La vía de Curetes termina con la Puerta de Hércules, construida en el siglo IV d.C., y con el músculo con piernas en ambos pilares.

Max Vergara Poeti | 04 de mayo de 2010

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