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Ánfora de Letras por Max Vergara Poeti

Apuntes de viaje, recorrido en bote o hidroavión por el Amazonas literario. Imágenes desde el Jardín de Corifeo, lecturas recomendadas por Zenódoto de Éfeso. Max Vergara Poeti es escritor y traductor. Ha colaborado para diferentes revistas culturales y literarias de Colombia e Italia, sus dos patrias, asimismo como de otros países Hispanoamericanos.

Cadaqués

A ojo de pájaro, desde el balcón, omitiendo el mar, solo viendo un boquete de agua oscurecida en el cielo opaco de las cuatro de la tarde, Cadaqués podría parecer estar sobre un río, uno apacible y ligeramente rizado, o ser lamido por las aguas de un lago antiguo y frío. Sólo el calor y las olas dando contra el rompiente recuerdan que se está en el Mediterráneo y que es verano.

Era mi tercera visita a Cadaqués en toda una vida. Las dos anteriores habían tenido lugar en mi niñez. Cálidos veranos, noches de juego sin dormir, las historias de las ayudantas locales que, cuando se sentían incómodas en sus conversaciones, comenzaban a hablar en su catalán casi inteligible. A veces me pregunto si no era jerigonza aquello, y lo digo porque hoy por hoy domino estupendamente el catalán. Los primeros peregrinajes de mi familia al pueblo pesquero comenzaron en la década del 50, en el bronce apogeo de la era franquista. Desde el siglo XIX, había quedado fuertemente establecida la conexión entre una porción de mi familia y Cadaqués, sin hablar de Mallorca, por supuesto, gracias a un archiduque austríaco rebelde que hizo todo lo que sus hermanos dejaron de hacer, y murió después, contra su voluntad, en un castillo frío, enfermo y alucinando con el Mediterráneo español. O también la anécdota de mi madre quien, en su adolescencia, visitó el cercano Castell Pujol acompañada por sus dos hermanas mayores y la luminaria de Cecil Beaton, quien ya había fotografiado a Dalí en 1936. Allí, un pintor afamado y grandullón los recibió, y de inmediato procedió a darles una excursión privada por la propiedad, sin perder ni un minuto en banalidades. Al llegar a su estudio, Dalí abrió la puerta y fue enseguida hasta el fondo, giró sobre sus talones con cierto ademán teatral y, abriendo sus brazos, como si fuera a ser ungido o crucificado, dijo:

“C’est le coeur de mon art: ici je me masturbe.”

Cadaqués es un territorio especial, no solamente por Dalí, que es siempre como un satélite dominante, sino más bien porque ayuda a explicar un poco más su introversión. Hay algo magnético, mágico, casi sobrenatural en el aire, la tierra y el agua, la forma como cae la luz, el cielo y las noches. Un embrujo de Manuel de Falla, matizado por el misterio. Duendes, faunos, espíritus. Hongos que crecen a la inversa, dentro de la tierra, con las raíces que pueden arrancarse en las playas. Carcajadas en el fondo del mar. Mi correspondencia de aquel entonces comprueba que por poco me quedo a vivir.

Una carretera serpenteante, a través de las montañas, lleva a Cadaqués. De repente, en algún punto se ve el mar, y debajo, la ciudad, blanca como algunos sueños, blanca como si hubiera sido lavada con lejía. Y allí, creciendo al borde de la rambla, los azufaifos rezumando ante la amenaza de su extinción, de tanto en tanto, bajo arcos y túneles breves sobre los que se levantan las casas, como si pertenecieran a nómadas del Sahara.

La tierra es negra, con rastros de caliza por doquier, y justo donde las olas se retiran se hace un bozo oscuro, como si hubiese sido aquella línea irregular rociada con petróleo. Al fondo de la ciudad, con sus tejados de barro que podría haberlos descrito Stendhal magistralmente en alguna de sus novelas, se levantan las cuestas a veces cortadas por cierta borrasca mañanera, de un verde pardusco, algo erosionadas ya, aunque aún sólidas.

Mi habitación con balcón, en la casa alquilada, daba a la bahía, y podía ver los retorcidos y fantasmagóricos sicomoros, aunque inspiradores, y gran parte de la hermosa iglesia de Santa María, con las campanas señalando a sus horas el aviso a la misa. Allí, descendiendo, el sendero peatonal costero desaparece, y una playa se abre campo, donde los bañistas chapotean y resoplan a medida que desciende el sol. Hay barcazas de colores aquí y allá, y a veces uno que otro yate, y la luz se hunde sinuosa en la arena marrón, seca, muerta.

Había querido escribir en Cadaqués, y para ello había trasladado gran parte de mi despacho al pueblito costero. Sin embargo, estando allí me fue imposible: había algo, quizás, en las reproducciones de Dalí que colgaban de las paredes, probablemente en aquella del Cristo cúbicamente crucificado, o uno de los “rêve”, que no se por qué me recordaba a una profesora diabólica de química en mi niñez, sería (pienso) alguna manifestación de mi psique, bajo la influencia de la magia de este pueblo.

Cuando baja el sol, lo mejor que puede hacerse es pasear: además, como recientemente una amiga de noventa años me sugirió, pensando en ella más que en mí, “activa la circulación”. Pero más allá de los restaurantes, las tascas y las conversaciones en la playa, en Cadaqués la diversión se acaba pronto, y sólo queda el embrujo. Estuve un mes, y parece que no fue suficiente: una parte de mí, aún deambula por aquellas estrechas aceras que descienden hacia el mar, rodeadas de tapias blancas a cal y canto de las que caen, por fuerza de la misma magia, las encendidas buganvillas.

Si hay un lugar que valga la pena no perderse, en la Costa Brava, es Cadaqués, una auténtica perla de los españoles. La mejor época para visitar es en la temporada baja (cuando la primavera raya en verano y el verano en otoño), pues ya las hordas se habrán retirado de nuevo muy lejos. Cadaqués parece pintada por Dalí, y es ineludible tenerlo presente durante una estadía en el pueblo. Porque tal como lo dijo el pintor, se trata de “un grandioso delirio geológico”. El surrealismo hace parte de Cadaqués, extendiéndose incluso unos 8 kilómetros al norte, hasta Cap de Creus, donde los hongos, como ya lo dije antes, crecen al revés.

Puntualmente recurre la pregunta: ¿Entonces qué hay que ver? Comenzando por la dieciochesca (en gran parte) Església de Santa Maria, con su retablo barroco, y el circuito de callejas adyacentes, subiendo o descendiendo, invitando al amor furtivo y a la vitalidad. Está el Centre d’Art Perrot-Moore, en Carrer del Vigilant, fundado por el secretario de Dalí y que permite un refresco veraniego con Dalí y Picasso. También el Museu de Cadaqués, en el número 15 de Carrer de Narcís Monturiol, que a menudo exhibe grandes sorpresas nuevas, para el ojo incauto. Uno de mis lugares favoritos, con tantas pequeñas playas, es Platja Llaner, con el hogar veraniego de los padres de Dalí, y enfrente, la estatua de Josep Subirachs dedicada a la memoria de Federico García Lorca. En los alrededores, por supuesto, está Port Lligat, a donde puede irse a pie (poco más de 1 kilómetro), que ofrece la Casa Museu Dalí, una barraca de pescadores remodelada para albergar el gusto y ego del artista, y que fuera en parte su residencia entre 1930 y 1982 (se reconoce desde lejos por las dos torres en forma de huevo). También, Cap de Creus, al norte de Cadaqués, un lugar de elevada y corrugada belleza espiritual, con aguas color turquesa constantemente golpeando contra la línea costera rocosa. Sin duda, un lugar perfecto para un picnic antes del ocaso.

A Cadaqués le debo un mes mágico y una novela no escrita. Parece ser, que tendré algún día que regresar para terminarla, y quizás me quede por más tiempo, y es probable que una parte de mí se quede allí, al igual que hojas escritas y poesía nonnata, para siempre.

Max Vergara Poeti | 04 de diciembre de 2009

Comentarios

  1. pau
    2009-12-06 04:12

    El día que vayas, avísame; si coincidimos y hace un tiempo apacible, te llevaré en barca hasta el Cap de Creus bordeando aquella costa de paisaje alucinante.

  2. Hilario Barrero
    2009-12-07 06:40

    Precioso!!


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