Libro de notas

Edición LdN

Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve.

Hortografía se escribe sin hache

Entre los conceptos que se manejan en gramática hay uno que suele dejarme perplejo: reglas de ortografía.

En el común de las lenguas que han elegido la solución fonética para llevar a la escritura el pensamiento de sus hablantes, tal concepto choca con una realidad imbatible: la ortografía carece de reglas; al menos si por tales entendemos un conjunto de normas claras, objetivas, concisas y de aplicación universal, sin excepciones.

Decenas de compilaciones hay que intentan establecer la estructura alfabética de las palabras, buscando taxones distintivos para el uso de la be frente a la uve, la ge ante la jota, o justificar la presencia de la hache. Mas, aunque bienintencionadas, tales guías suelen limitarse a establecer conjuntos más o menos masivos de casos, para, a renglón seguido, relacionar una serie de excepciones que, lejos de confirmar la regla, en la práctica la inutilizan.

La regla ortográfica, por ejemplo, que establece que las vocales ‘e, i’ no deben ir precedidas de ‘z’ ha de eximir de ella precisamente al nombre de la propia letra: zeta. Ha de decirse que hasta hace unas decenas de años incluso éste escribíase “ceta” (o también “ceda”, del que nos queda la “cedilla”, zeta empequeñecida que cuelga de la ç para indicar que es una “ce” que tiende a “zeta”).

Pero hoy, decenas de vocablos bien naturalizados han preferido conservar “ze” o “zi” para dotarse de un cierto aire exótico, como zelote, zigurat, azerbaiyano, nazi, zepelín, Ezequiel… En ocasiones se argumenta que tal privilegio se les concede en respeto a su origen foráneo, mas tal pretensión no alcanza al muy castizo “zipizape”, al latino “ázimo” (que optativamente puede escribirse “ácimo”) o al tecnicismo bioquímico “enzima” (que mal puede ser escrito “encima” so riesgo de confundirse con el adverbio).

La muda presencia de la “h” en el castellano es un continuo motivo de preocupación para el escribiente no avezado. Poco ayuda a dominar el uso de esta letra el cúmulo de homófonos “herrar/errar”, “hojear/ojear”, “hora/ora”, “haya/aya”... las anómalas derivaciones como “huérfano/orfandad”, “Huesca/oscense”, “hueso/óseo”, o el ya inabordable tema de su aparición intercalada: alcohol, almohada o rehusar.

Corrige, elije; agente, ajeno; agitar, trajín; coger, cojera; cónyuge, estruje; ingerir, injerencia; jengibre, gingival… los encuentros y desencuentros entre la ge y la jota han puesto en un brete incluso a muchos de los grandes literatos, salvados –estoy seguro- justo antes de la edición por un anónimo pero heroico corrector de imprenta. Juan Ramón Jiménez rompió la baraja cuando proclamó “Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas”. Yo, por mi parte, confieso sin rubor que, con éstas dos, más de una vez he debido recurrir al truco de la escritura automática, esto es: escribir la palabra dudosa sin pensar en el cómo, porque si lo pienso no sale.

Hace ya casi diez años, Gabriel García Márquez pedía –no sin cierta ironía– jubilar la ortografía, “terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de limites entre la “ge” y la “jota” […]”. Sin llevar tan lejos la cosa, me atreveré yo a desanimar a quienes intenten encorsetar la ortografía entre reglas. Insisto en que no hay tales, sino grafías acrisoladas con un cierto capricho y cuya única nemotecnia de probada eficiencia es haberlas visto bien escritas decenas de veces, en largos ratos de lúdica y provechosa lectura.

28 de septiembre de 2006

Comentarios

  1. anxova
    2008-05-08 23:50

    Nunca me había parado a pensar en lo absurdo que es hablar de normas ortográficas. Es cierto que en casi todos los casos la tradición es la que manda, y de vez en cuando la Academia la bendice y santifica.

    No obstante yo tengo un problema: me resulta sumamente difícil leer de corrido un texto con abundantes faltas ortográficas. Cada una me produce desasosiego, como una nota desafinada en medio de una canción, y me olvido de lo que estaba leyendo. Seguramente no sólo me pasa a mí.

    Me entristece que se piense en la ortografía como algo del pasado. Y que esa opinión vaya calando poco a poco.

    En el pasado se escribía muy mal, basta ver algún texto del Renacimiento o posterior. Que una conquista moderna, como la norma ortográfica —que tanto debe a la alfabetización universal— se esté perdiendo sólo por dejadez, da mucha rabia.

    No me parece un fenómeno aislado. Estamos perdiendo el entorno natural, los monumentos y el patrimonio histórico y artístico y hasta el arte se ha convertido en una parodia sin gracia. La fealdad, la mediocridad y la desidia avanzan orgullosas comiéndose todo lo bueno y es como si nos gustase chapotear en esos lodos.

    Pero supongo que las cosas siempre han sido así.

  2. Francisco
    2008-05-09 00:38

    Que articulo! Roman va haciendo rutina de ellos. Y cuando algo bueno es rutina todos ganamos.

    Efectivamente, la ortografia no tiene congruencia en nuestro idioma; quiza la excepcion es la mania de poner rayitas que ruborizan de orgullo a los que las sobreusan, al sentirse cultos e instruidos por ponerlas siempre y sentirse dominadores del castellano. Esta conmovedora tozudes si es congruente.

    Pero el resto no. Como la extrana y ajena “X” de la lengua espanola que fue buena y familiar en el castellano de Nebrija, de Cervantes y de Mexico. Y Texas.

    Originalmente Don Quixote de la Mancha, se ha quedado en Quijo el del caballo flaco; Praxedes en Prajedes; luxo en lujo; complexo en complejo, Ximenes en Jimenez; don Luis Mexia en Luisin Mejia y, a no ser porque Unamuno cogio un cabreo y los cambio, se diria heterodojia, ortodojo, ejamen de literatura, ejito en la vida y que dura es la ejistencia

  3. Francisco
    2008-05-09 01:02

    Que articulo! Roman va haciendo rutina de ellos. Y cuando algo bueno es rutina todos ganamos.

    Efectivamente, la ortografia no tiene congruencia en nuestro idioma; quiza la excepcion es la mania de poner rayitas que ruborizan de orgullo a los que las sobreusan, al sentirse cultos e instruidos por ponerlas siempre y sentirse dominadores del castellano. Esta conmovedora tozudes si es congruente.

    Pero el resto no. Como la extrana y ajena “X” de la lengua espanola que fue buena y familiar en el castellano de Nebrija, de Cervantes y de Mexico. Y Texas.

    Originalmente Don Quixote de la Mancha, se ha quedado en Quijo el del caballo flaco; Praxedes en Prajedes; luxo en lujo; complexo en complejo, Ximenes en Jimenez; don Luis Mexia en Luisin Mejia y, a no ser porque Unamuno cogio un cabreo y los cambio, se diria heterodojia, ortodojo, ejamen de literatura, ejito en la vida y que dura es la ejistencia

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