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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Crimen y Castigo

El televisivo detective forense barre el escenario del crimen con el haz de luz de su linterna (me gustaría saber por qué sencillamente no encienden la luz); de pronto repara en algo minúsculo, lo recoge con sus pinzas y lo “embolsa” mientras le ordena a su ayudante: “guarda esta evidencia: parece un cabello humano”.

Dudo de que el policía científico haya encontrado alguna vez un cabello porcino, equino o bovino, pues si bien todos los mamíferos tenemos nuestra piel cubierta de pelo, sólo los humanos tenemos cabellos, ya que éste es el filamento piloso de especiales características que nos crece en la testa (con la muy digna salvedad de la calvicie), y ni aun en la leonina melena, la crin caballar o con algunos simios coronados de pelambre nos atreveríamos a utilizar ese término.

Redundancia cuando menos, aunque la verdadera falta se ha producido más probablemente en el preciosismo de traducir pelo como cabello. Sinónimos pero no tanto.

Pero incidiendo más en la frase del serial policiaco, el vocablo sajón evidence es asimilable al castellano indicio, tal vez llegaría a significar prueba, pero para ser traducido como evidencia deberá demostrar con claridad y contundencia el hecho supuesto. Tan diáfanamente que se incurre en oxímoron1 cuando se habla de que no hay “suficientes evidencias”, pues en puridad bastará con una sola evidencia para dejar algo probado más allá de cualquier duda.

De igual forma, dice el diccionario que evidenciar es “probar y mostrar que no solo es cierto, sino claro”, es decir, algo mucho más allá de un simple barrunte o sospecha, que es sin embargo el uso que con frecuencia se le da.

Sin salir aún del folletín, escenario (del crimen), es la traducción correcta de crime scene, y no escena del crimen, como en algunos pasajes se menciona, salvo que se refiera –que no es el caso– a una parodia que intente confundir a los protagonistas.

En idéntica línea legalista se suelen intercambiar los adjetivos supuesto y presunto. Aunque ambos indican que se sospecha de la implicación del individuo, el segundo sólo debería aplicarse cuando las maquinaria legal ha comenzado a funcionar ante la presunción de delito, y ello antes de que el juez se pronuncie, pues esclarecidos los hechos serán culpables o inocentes, pero no, como he llegado a leer, “queda en libertad sin cargos el presunto autor…”, afirmación que, tras la decisión del magistrado, no tiene sentido y tal vez así expresado sea difamación.

Los sinónimos son indicio –incluso evidencia– de la riqueza de una lengua, pero su presencia generalmente responde a la necesidad de matices y a limitaciones del significado que no cubren el resto del abanico léxico. Por ello convendría que antes de sustituirlos con displicencia nos aseguráramos de que pinta con fidelidad y respeto el concepto que queremos expresar. Y con mayor atención cuando transcribimos desde originales en un idioma extranjero poblado de “falsos amigos”, vocablos fonéticamente similares a los nuestros pero cuyo significado difiere más o menos ligeramente.

Otra pareja que coloquialmente intercambia sus puestos son los posibles y los probables. Posible es aquello que remota o excepcionalmente podría suceder, mientras que lo probable es aquello que, tirando de estadísticas está razonablemente dentro de lo esperable. A esta sutil diferencia le sacó partido Chesterton cuando afirmó que “el hombre tiende a dudar de lo improbable pero está dispuesto a creer en lo imposible”.

1 oxímoron: Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador (DRAE)

Miguel A. Román | 28 de junio de 2006


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