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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Por la dignidad del corrector

El pasado 23 de Febrero saltaba a esta bitácora un enlace sin comentarios, humilde, lejos de las ostentosas y estentóreas polémicas que cruzan como fugaces destellos el firmamento de la información. El mismo (aún andará por el margen derecho de nuestra primera plana) refería a un Manifiesto de los correctores de español. Desde esa página perdida en el océano internético un grupo de profesionales “como la copa de un pino” reclaman un derecho que la ignorancia les viene negando: el de elevar su rancio oficio a la categoría de profesión reconocida, moderna, titulada, reglada y avalada por una formación coherente y acreditable.

El corrector es un sujeto oscuro al que uno le coge cierto asco. A nadie que se dedique a juntar letras le apetece que tras parir con esfuerzo una frase que contiene un sublime mensaje expresado en geniales términos, le sea devuelta esposada bajo la acusación de flagrante error de concordancia, anorexia de signos de puntuación y bulimia de adverbios, firmando la denuncia alguien que ha tomado nuestro texto con un distanciamiento emocional que no habríamos sospechado en un ser dotado de alma.

Sin embargo, tras haber disparado tiros en ambas trincheras (tres si contamos la de lector, que no es banal) no puedo sino defender y ensalzar la labor de estos peritos de la lengua.

Como lector irredento me extasío en ocasiones ante la perfección estructural mostrada en las construcciones sintácticas de los grandes de nuestra literatura, las mismas citas que luego enarbolan los académicos para tirarnos de las orejas y plantarnos el ejemplificador texto ante nuestras nescientes narizotas, sentenciando: “así se escribe el español”. Y en ocasiones me he llegado a preguntar ¿qué porcentaje del poderío léxico y gramático de Galdós, Borges, Azorín, Rulfo o Larra fue tal cual cincelado por sus plumas y cuánto fue, sin desdoro suyo, bruñido por la inestimable profesionalidad de sus anónimos correctores de texto y estilo?

¿Cuántos barbarismos fueron naturalizados, cuántas redundancias desterradas, cuántos calcos maquillados y laísmos normalizados por estos profesionales antes de constituirse en gemas engarzadas en las joyas de nuestra literatura? Me temo –o más bien celebro– que muchos más de los que la mitomanía quisiera reconocer.

El idioma es un tesoro, una herencia de incalculable valor acrisolada durante siglos y que constituye, por encima de la etnia, la historia y aun de la geografía, la más íntima amalgama de un pueblo. Los hablantes del español, que nos contamos por centenares de millones, haríamos bien en formar una guardia pretoriana diestra en el manejo del diccionario, experta en las añagazas de la gramática, leal a los dictados académicos, profesionales dignos –en reconocimiento y salario– que velen por la pureza linguística de nuestros testimonios orales y escritos y confiárselos antes de echarlos a volar hechos una germanía descoyuntada e ininteligible.

Por todo esto, y más argumentos que sería ocioso presentar aquí, estampé mi apoyo virtual al pie del enlace antes citado. Tal vez, y al precio baldío que están estos respaldos cibernéticos, sirva solo testimonialmente, pero mi conciencia no me permitía salir de allí sin dejar mi registro.

Miguel A. Román | 28 de febrero de 2006

Comentarios

  1. Marcos
    2006-03-02 14:03

    Creo que es interesante pensar en torno al papel del corrector en internet, o mejor dicho a su ausencia: la edición en internet (y me refiero principalmente a bitácoras, pero también imagino que sucede en periódicos y otro tipo de páginas) prescinde por completo del corrector: la inmediatez, la individualidad, el carácter no profesional de la mayoría de las páginas hacen que la figura del corrector no tenga sentido; la corrección aquí llega, como mucho, a posteriori, en una actualización del texto y cuando el texto ya ha sido publicado: los costes de corrección o de una segunda edición corregida son nulos, pero si la corrección ortográfica sigue siendo posible, se pierde por completo la corrección estilística al no pasar los textos por los ojos de expertos externos al emisor, objetivos. No sé qué pensáis al respecto.

    Saludos.

  2. Otis B. Driftwood
    2006-03-03 00:08

    Depende de cuál sea el objetivo del texto y de si el autor tiene ojo crítico para consigo mismo. Cada vez que le hago una revisión ortográfica a mis textos, acabo cambiando varias frases; igual me pasa cuando transcribo textos que previamente he anotado en papel. Como mi trabajo (¿trabajo? no creo) no está dirigido a ningún público concreto, procuro no hacerle nunca segundas lecturas y, si he de rectificar una idea u opinión, lo hago en artículos posteriores. Para cosas más inmediatas, por ejemplo hechos que cito de memoria y luego resulta que son incorrectos, empleo la tachadura, dejando el error a la vista. Casi siempre ;-)
    Saludos.

  3. Marcos
    2006-03-03 00:43

    Claro, pero me refiero justo a eso: te falta, nos falta, el ojo ajeno, el tercer ojo (si estuerto el corrector, sino el tercero y el cuarto) que evite nuestra subjetividad y, por qué no, nuestra ignorancia.

    Saludos.

  4. Otis B. Driftwood
    2006-03-03 02:15

    Bueno, pero es que escribir para la red es bien distinto. Yo creo que sí existe el ojo ajeno, en la figura del comentarista. Los comentarios apostillan, complementan, corrigen, discuten y enmiendan la plana, si es necesario, al autor del texto, de tal suerte que se suman a lo escrito por éste. ¿Acaso no lo hacemos a diario en esta página, por ejemplo?

  5. Marcos
    2006-03-03 03:21

    Bueno Otis, no en el sentido de un corrector: no recuerdo ni un solo comentario que corrgiese el estilo de una frase, una falta de concordancia, la preferencia de un término en lugar de otro menos idóneo, la sintáxis equívoca o abstrusa… y sí, sé que escribimos como los ángeles, pero seguro que alguna vez —no yo claro— sino los otros, merecen alguna corrección.

    Alguna que otra erRata gorda sí que se nos ha corregido.

    Saludos.

  6. Otis B. Driftwood
    2006-03-03 07:32

    Tú escribes como los ángeles, Marcos. Yo, como el mismísimo diablo ;-)
    Estábamos entonces hablando de cosas distintas: tú, de las formas, yo del fondo. Si esto me pasa por leer los textos en diagonal…
    Saludos

  7. Silvia Senz
    2006-03-05 00:18

    Como promotora y corredactora de este manifiesto, no puedo menos que darte las gracias por tus palabras y tu apoyo, Miguel Ángel. En la bitácora Addenda et Corrigenda lo haré/haremos públicamente.

  8. Alber
    2006-03-06 17:55

    Buenas. Yo soy corrector de estilo y, aunque suponga una obviedad, estoy de acuerdo con la idea de que la concurrencia de un corrector de estilo es esencial en la edición de una obra literaria: la mayoría de los escritores necesitan un corrector de estilo, un servidor inclusive. Se trata, cuando el autor es competente (las menos de las veces), de hacer ver lo que para el autor es invisible: hay asuntos que o te los señala un tipo que no eres tú, o no lo ves. Y se trata, cuando el autor es un incompetente (más o menos siempre) de corregirle para que su voz literaria no dé náuseas: una faltilla de ortografía se le cuela a cualquiera, lo cual no evita que yo, personalmente, enviase al paredón a todo aquel fulano que escriba ‘ti’ con tilde. Pero al grano: no sé yo, pero todo este asunto de las regulaciones, de las acreditaciones y tal, como que no va conmigo. De hecho, una de las razones para trabajar como corrector y no como charcutero en un supermercado, es que siendo corrector puedo ir por libre: no necesito que nadie me acredite ni que nadie regule mi actividad. Me basta con cobrar a tiempo.

  9. Ana Lorenzo
    2006-03-07 20:49

    Todos necesitamos correctores, hasta los correctores, como bien dice Alber. Creo que no es necesario justificar esta necesidad, pero sí que es maravilloso que Miguel Ángel Román se encargue de recordarlo y de hacer público ese manifiesto en el que se pretende que las instituciones que están implicadas en la defensa y difusión del castellano se mojen en lo que respecta a corregir su olvido de esta profesión.
    Gracias.

  10. José LuisPalomera
    2006-04-01 19:56

    Hola . El idioma universal es el AMOR,todo lo demás conceptos,equivocos, e impromperios difereciales..No hay idiomas, hay vidas no hay pueblos, hay Tierra. Lo demás signos que cada cual moldea a su ser y vida para DIFERENCIARSE,cual inutil homo imbecilus..

    Atentamente:
    Un pensador, y muy mal escritor

  11. Samuel Panecatl Láscari
    2007-07-05 03:23

    Brillante defensa de un arte imprescindible pero olvidado.

  12. Julio
    2007-08-08 07:45

    Hablando de correctores de estilo, estoy a la busqueda de uno para una autoboiografia novelada. Favor contactarme. 690650186
    gracias

  13. Esteban García Nava
    2008-01-05 12:45

    Por casualidad di con esta página y a fuer de ser sinceros, siempre he creído que los correctores de estilo son islas en sí mismos.
    En mi país la corrección de estilo está dada a gente que pasó por una universidad y que en algún semestre cursó (?) una materia con tal nombre.
    Es una verdadera lástima porque no existe una cultura de lectura en México y porque la propiedad intelectual de la cultura está en manos de grupos anquilosados y pegados a la ubre del presupuesto que no permiten el acceso a gente con cultura que difiera de aquellos que no necesariamente leen las obras de sus cuates.
    Opino que es una incongruencia que los correctores de estilo tengamos que contar con un título universitario cuando no necesariamente una tesis en lingüística o filología te hace corrector, pues los sueldos que se les pagan a los correctores hacen inviable e inútil cursar una carrera para ejercer la profesion (ojo, yo sí la llamo profesión aunque en México no esté catalogada ni siquiera como oficio.
    Saludos.

  14. josabeth caballero
    2010-09-11 09:46

    para Samuel Lascari
    nada es más público que la expresión, de un sentimientoprivado,congelado para siempre en una fotografia



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