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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Escrito para ser libre

Tal vez el sueño democrático de la libertad de expresión esté hoy mucho más cerca de su materialización en espíritu (¡y letra!) con la no menos anhelable “libertad de difusión”. Y ello gracias a esta red de redes donde ahora mismo se me lee. Con enorme simplicidad de recursos materiales y mínimo quebranto monetario, cualquier ciudadano del occidente desarrollado –y aun de otros enclaves menos favorecidos tecnológica y económicamente– está en disposición de poner por escrito sus ideas, hechos, esperanzas y sentimientos y verterlos a la palestra [1] electrónica en espera de lectores caedizos en una estrategia al más genuino estilo arácnido.

Ha nacido la nueva “bitácora” (concedamos de momento como adecuada esta imprecisa traducción de “blog” y quedo entonces deudor de ustedes para aclarar el porqué de estos términos a un tiempo novedosos y arcaicos), diarios de a bordo con una cierta vocación de manuscritos en una botella y cuyo censo empieza a adoptar guarismos de progresión geométrica.

Pero este encomiable avance no debe quedar exento de un uso responsable por parte de quienes rellenan la virtualidad con el material que fluye desde sus discos duros. Y estimo que una de las consideraciones primarias debiera ser la atención debida a las reglas de la lengua escrita. Al menos las más elementales de gramática y ortografía. Día a día Internet se inunda de atroces patadas asestadas directamente en los mismísimos cojones del idioma (y disculpen la rudeza, pero con el tópico de “bofetadas” quedaba una imagen poco ilustrativa del daño infligido).

No me argumenten que deba pagarse tal precio en aras de la libertad–libertad (cuántos crímenes siguen cometiéndose en su nombre), guardando bajo el ala que la auténtica libertad requiere la sazón incondicional de la dignidad, y una manifestación escrita o hablada que no se atiene en sus bases a las normas idiomáticas entre todos edificadas y aceptadas, no enaltece su dignidad, sino bien al contrario, la degrada.

Hasta no hace mucho, mi consejo a los que buscaban eludir los errores comunes de la escritura sin necesidad de engullir a palo seco largas retahílas de enrevesadas normas, plagadas además de ilógicas excepciones, era leer, leer y leer (no necesariamente en ese orden) hasta conseguir adoptar por simple imitación los modos cultos y canónicos de nuestra lengua. Pero a tenor de la abrumadora oferta sin control ni enmienda empiezo a replantearme tal admonición sin matizarla debidamente.

Visto el deplorable influjo –ya mil veces denunciado– que los medios de comunicación con frecuencia ejercen sobre la población, sirviéndoles machaconamente inaceptables modismos lingüísticos, me alarma sobremanera pensar que en un futuro muy próximo (tal vez ya) ni siquiera serán profesionales de la palabra quienes se empeñen toscamente en malear los lexemas y morfemas que han de nutrir a las generaciones en proceso de formación.

Depositaré entonces mi esperanza en la evolución (sinceramente prometedora) de los correctores ortográficos y sintácticos automáticos, y no sin cierta tristeza confiar a la máquina la labor de cuidar de que la expresión escrita sea, además de libre, correcta.

1 (_Palestra: «Lugar donde se celebran ejercicios literarios públicos.», DRAE_)

Miguel A. Román | 28 de octubre de 2005

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