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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Homofobia idiomática

Miguel A. Román

El idioma es la versión sonora del pensamiento del pueblo al que sirve, de su inconsciente colectivo, y por tanto alberga en sus tripas todo cuanto de bueno y malo anida en el corazón de quienes así le parieron. Si una nación quiere conocerse a sí misma debiera bastarle con estudiar a fondo tres cajones de su armario: sus leyes, su historia y su habla.

Así pues, si es cierto —dije por aquí mismo no hace mucho— que el castellano lleva una carga sexista, no lo es menos que la ha igualmente homofóbica (volveré luego sobre este término). O al menos refleja en sus modismos el hecho de que no termina de entender (ni aceptar) que la preferencia sexual de parte de sus vecinos sea hacia personas del mismo sexo.

Para empezar, el público en general no tiene clara la denominación “políticamente correcta” del varón que busca el cariño entre los varones. A la altura del nuevo siglo-milenio la lengua de Castilla había parido decenas de sustantivos para designar a estos individuos. Sin embargo todos y cada uno de ellos portaban indeleble el sello de la vergüenza, el insulto y la ignominia.

La única que al parecer podía salvarse de la quema era la voz “homosexual”. Irónicamente esta denominación fue acuñada por psiquiatras, lo que en origen convierte a una tendencia hoy formalmente tolerada en una patología. Sin embargo tiende a pensarse que lo científico es objetivo y desapasionado y se aceptó que estar “enfermo” de homosexualidad era más digno que ser cualquiera de los peyorativos que aparecían como alternativa.

Sin embargo, ni siquiera esta denominación es acertada, salvo que la consideremos para designar la cualidad genérica cualquiera que sea el sexo genital del sujeto. Pese a ello abundan los ejemplos en que se citan como conjuntos disjuntos a “homosexuales y lesbianas”, olvidando —u obviando— el hecho de que éstas últimas no son “heterosexuales” y por tanto en la primera palabra se engloba tanto al colectivo varón como al de mujeres (ellas con mejor fortuna léxica al tener a la poetisa Safo como valedora y a su patria –la mediterránea isla de Lesbos- como referente de su condición sexual, han podido así eludir otros términos mucho más injuriosos que los hispanohablantes les habíamos deparado).

Así las cosas, hubo de echarse mano del término “gay”, acuñado no sin ligereza allende el océano, para nombrar inequívoca y “respetuosamente” al caballero que orienta su sexualidad —y los sentimientos que la acompañan— hacia otros caballeros. Con tal éxito que a fecha de hoy figura con tales atributos en la prevista vigésimo tercera edición del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, inventario de canónica referencia de nuestro vocabulario.

¡Voto al diablo! ¿Tan pacato, enfermizo, escaso o malévolo era nuestro milenario castellano como para tener que importar una palabra que no dañara la imagen de aquellos a quienes señale? Hagamos en tal caso acto de contrición y pidamos perdón histórico a aquellos a los que durante siglos no pudimos nombrar sin hacer uso del escarnio o la infamia. No me vale que —a toro muy pasado— alardeemos de que tampoco había razón para buscar término preciso con el que englobar bajo tal característica a Lorca, Wilde, Tchaikovsky, Rock Hudson o Freddy Mercury. Cierto que a tales figuras históricas les debemos su genio sin importar lo que hicieran y sintieran en la intimidad de su alcoba y su corazón, pero no añadamos a la maledicencia, la hipocresía.

Al menos ahora podemos decir de ellos —sin ofender— que eran gays… o gayes, o gais, que lo que la Academia no ha hecho es pronunciarse sobre la fórmula del plural (presupongamos la primera por los precedentes ya aceptados de plurales de procedencia foránea).

Lo que sí ha hecho la que limpia, fija y da esplendor es incluir asimismo en su lexicón las entradas “homofobia” y “homofóbico” —un disparate etimológico también procedente del inglés de Norteamérica— para designar, v.gr. a un idioma que no tenga terminología adecuada para estos casos: el nuestro.

Miguel A. Román | 28 de septiembre de 2005

Comentarios

  1. Plúmbeo
    2005-09-28 20:15 Como si en el resto de idiomas no se hubiera acuñado con igual o mayor riqueza que el español todo un surtido de términos peyorativos hacia los homosexuales. Como muestra, el inglés posee toda una vitriólica colección.
  2. CLANDESTINO
    2005-09-29 03:56 ¿CUANDO NOS REGALAN LA LUPA PARA VER ESTAS LETRAS DIMINUTAS?

    ¡NO LAS PUEDO LEER!
  3. TrickyDicky
    2005-09-29 19:55 La lupa ya está disponible en tu browser. Es dentro del menu Ver/Tamaño de texto. Desafortunadamente yo mismo tengo que utilizarla más a menudo con muchos sitios web.
  4. Clandestino
    2005-09-30 04:50 Gracias TrickyDicky.

    Ahora leo perfectamente.

    Saludos.
  5. Marcos
    2005-09-30 05:33 Plúmbeo, ignoro los entresijos de otros idiomas, por desgracia, pero Román hace hincapié en algo que creo incontestable: aquí hemos tenido que recurrir a un vocablo extranjero para la palabra que nombre el “asunto” de una manera oficial y correcta, y aún así apenas se usa y su corrección política es todavía escasa. Sin embargo, por lo que sé, en el mundo anglosajón la palabra se usa con “total” normalidad.

    Saludos.
  6. Clandestino
    2005-09-30 05:42 “El idioma es la versión sonora del pensamiento del pueblo al que sirve…”

    Quiere decir que el idioma es un instrumento útil para comunicar mentes entre sí, pero solo en esos momentos es algo vivo. Después queda en una simple herramienta inerme. Esto indica que el idioma es inocente de todos los cargos.

    La importación de la palabra “gay” es un recurso del consciente para eludir los formatos tradicionalmente hirientes de la larga lista de ellas disponibles en nuestro idioma, tanto en la intención como en la percepción, a partes iguales probablemente. Pero esto es así solo por ser palabra extraña para nosotros, pero no sabemos el grado de respetabilidad o menosprecio que pueda imprimir a esa palabra una mente angloparlante.

    Sería inútil pretender ser respetuoso con los geys, utilizando cualquier expresión, tradicional, del castellano. El maricón o afeminado, o invertido, desviado, etc. etc. se sentiría ofendido, aunque no sea esa la intención. Denominándolos geys todos excluyen la posibidad de mala intención porque esa expresión nunca se utilizó con objeto de zaherir al no estar clasificada en nuestra memoria histórica, ni con esa ni ninguna función.

    Como apunta Plúmbeo todas las culturas y civilizaciones han venido discriminando al gey. Muchas lo siguen haciendo. Pero lo hacen las personas con sus distintos idiomas que solo son correos de sus mentalidades.

    Los idiomas solo son los mensajeros. Vida para todos ellos.

    Saludos
  7. Plúmbeo
    2005-09-30 17:09 Un término se hace peyorativo porque es usado en ese sentido, y gay, de aparente origen ‘feliz’ (importado del francés-provenzal, que a su vez dio gayo en el españo) lo puede ser también, y de hecho lo es.

    ¿O acaso no ha ocurrido igualmente con la palabra moro para designar despreciativamente a marroquíes, argelinos y otros musulmanes? Y sin embargo, moro proviene de un gentilicio, es un gentilicio.
  8. Miguel A. Román
    2005-10-01 04:09 El hecho peyorativo no es siempre característica inherente al vocablo sino que se genera en la mente del que lo usa (o en la de quien lo recibe).

    En efecto, en origen fue “moro” denominación bastante neutra en sus intenciones, e incluso dicha con respeto y admiración (Abenamar, Abenamar…”). Hasta no hace muchos años, en España se llamaba “morenos” a los negros intentando suavizar con el eufemismo la carga racista implícita (que sólo residía en la pobre cultura del que así hablaba). Hoy llamamos “seropositivos” a quienes han contraido SIDA e “invidentes” a quienes sencillamente son ciegos, como si cambiar el vocablo suavizara las condiciones.

    En realidad, culturalmente, instintivamente, asumimos que las palabras tiene poder por el mismo hecho de ser pronunciadas. Son las “bendiciones” y “maldiciones” que anidan en ese ancestral rincón que en nuestras mentes (por muy cultas y liberales que sean) concedemos a la magia.

    Por eso mismo en casi todos los casos, se reserva una palabra, al menos una, que no dañe el decoro ni atraiga a los malos espíritus por si hay que nombrarlo en voz alta en entornos de respeto debido: prostituta, lesbiana, pene, testículo, vulva, nalgas, excremento, copular, sodomizar, bastardo, ...

    Pero, sorprendentemente, con los varones homosexuales no estábamos “preparados” para que salieran de su armario, como si nunca jamás fueramos a aceptar su dignidad de personas.

    Me ha sorprendido la grafía que Clandestino utiliza: “gey”, usada en Mexico y caribe por mayor aproximación fonética al uso del inglés, y que sin embargo traiciona la sonora “g” española. Tendría que escribir “guey”, pero entiendo que instintivamente parecería decir “güey”.

    Muy curioso.
  9. César
    2005-10-04 21:27 Los eufemismos tampoco funcionan,si se acompañan a la vez que los pronunciamos, de gestos ambiguos,de tonos de voz poco naturales. Yo por ejemplo cada vez me siento más agusto pudiendo decir negro, que decir”de color”. Pero el único miedo que tenemos que vencer, es el de creer que estamos, cuando debamos expresarnos , expresándonos con naturalidad; que no nos queda resquicio para la duda o el rubor. De hecho creo que molesta menos decir negro, si se expresa con franqueza y sin menosprecio, que decir”de color” y que se te quede esa cara de panoli de estar utilizando un eufemismo rancio, edulcorado y cientificamente incluso mal empleado;puesto que para la ciencia ni el negro-ausencio de color, ni el blanco-mezcla de todos los colores del arco iris, son realmente colores.
  10. MA. S.N
    2005-10-05 09:45 Cierto que a tales figuras históricas les debemos su genio sin importar ….
    ¿Cree usted que esto está bien escrito, señor escritor?
  11. Miguel A. Román
    2005-10-06 00:09 a MA. S.N:
    Probablemente no. El relativo refiere a un complemento huérfano de verbo, dada la imposible verbalización de “Cierto”. La construcción correcta debiera ser “Es cierto que…”.
  12. Noctivagante
    2009-10-21 04:02

    Sé que pasaron 4 años… pero quería decir que la RAE finalmente se inclinó por “gais” como plural.



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