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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Sustantívame, lexicalízame

Sustantivar (o nominalizar) es poner en posiciones de sustantivo a una parte de la oración que normalmente juega en otra demarcación. (A este tipo de alteraciones gramaticales se les denomina genéricamente metábasis).

Generalmente con la finalidad de que se constituya como sujeto, complemento directo o complemento del nombre, cualquier componente del lenguaje puede sustantivarse, ya sea verbo, adjetivo, adverbio e incluso preposiciones y pronombres, locuciones y hasta oraciones completas:
Morir es solo el principio.
Lo mejor es el final.
Hay un antes y un después.
El mismo que viste y calza.
Tú pon el desde que yo decidiré el hasta.
Tengo aquí lo tuyo.
Quien bien te quiere te hará llorar
Ya sé lo que hicisteis este fin de semana.

Evidentemente, la forma más usual de sustantivar algo es escoltarlo con un artículo, de forma que no quede duda de cuál es su nueva función.

Pero, junto a la sustantivación funcional, usada por el hablante como recurso gramático eventual, está la sustantivación semántica o lexicalización, que implica que el vocablo se convierte en un sustantivo que designa un concepto propio, desligado de su anterior función y que incluso adopta las mañas propias del nombre con flexión de género y número.

Algunos ejemplos paradigmáticos son el sustantivo “porqué” (el porqué, los porqués, no confundir nunca con la conjunción átona “porque”), el mañana (ya no es el adverbio para el día después de hoy sino que es sinónimo de el futuro y es distinto del sustantivo femenino “la mañana” como parte del día), el bien y el mal, el sí y el no,…

Habría que aclarar que no podemos hablar propiamente de lexicalización de los infinitivos verbales en general, ya que el infinitivo es en sí mismo una forma sustantiva, salvo en los casos en que la sustantivación implica una desviación semántica; es decir: cuando aporta un concepto más o menos independiente de la forma verbal que lo origina: el amanecer, el anochecer, el deber (los deberes), el poder o un poder (p.ej. documento notarial), placer (el verbo placer –me place, como te plazca- ha quedado anacrónico en castellano, por lo que es difícil reconocerlo ahora como el sustantivo lexicalizado que es realmente), pesar (de dolor: “a mi pesar”, no de medir el peso), cantar (como colección de rapsodias: cantar de los cantares, cantar de mio Cid).

Es significativo que los hablantes parecen tender a lexicalizar aquellos infinitivos que sirvan para referirse a parámetros humanos (pesar, sentir –el sentir popular-, saber –el saber humano-, mirar –es tierno su mirar-, andar –la soltura de sus andares-, etcétera), frente a los que son propios de objetos inanimados, que rara vez sufren el proceso de llegar a ser concepto autónomo.

Pero, sin duda, el mayor conjunto de sustantivos lexicalizados lo compone el que procede de adjetivos (y participios,que es la forma adjetiva del verbo). Sin embargo, tampoco aquí cualquier calificativo evoluciona naturalmente a nombre con valor semántico propio.

Aunque no hay reglas estrictas ni marcas que permitan predecir que un adjetivo pueda ser lexicalizado, es infrecuente que alcancen ese rango aquellos que difícilmente se puedan aplicar a personas. No han sido lexicalizados, por ejemplo, profundo, ancho, frondoso, repentino, escaso, etcétera.

Pero, aun en el caso de los adjetivos propios de persona, parece haber una curiosa asimetría: lexicalizamos con muchísima mayor frecuencia aquellos con una carga peyorativa o negativa que los que resultan laudatorios.

Así, nos referimos con frecuencia a “un grosero”, “una enferma”, “un inútil” o “un mentiroso”, mientras que solo en una sustantivación funcional algo forzada emplearíamos sus antónimos: “un amable”, “una sana”, “un útil” y “un sincero”, respectivamente, y que prácticamente siempre se emplean como meros adjetivos (un señor amable, una persona sana, un empleado útil, un amigo sincero), negándoseles la opción sustantivada, menos aún lexicalizada.

Hablamos de “los ilegales”, pero nunca de “los legales” (pese a que el adjetivo “legal” haya sido implantado por el lenguaje de los jóvenes de fin de siglo: un tío legal), de los condenados e imputados, pero no sustantivamos a “los absueltos” o a “los exculpados”.

Bueno, reconozcamos que también hemos hecho sustantivo con genio y sabio (los genios de la pintura, los siete sabios de Grecia), pero también en este caso los adjetivos propios de la nesciencia (tonto, idiota, estúpido, lelo, necio,…) ganan por goleada.

Incluso podemos encontrar casos en los que se hayan lexicalizado los dos extremos, y ambos sugieren características negativas: un enano/un gigante, un flaco/un gordo, un pobre/un rico (“rico” parece un adjetivo beneficioso, pero cuando queda lexicalizado suele implicar desdén o burla: “los ricos son así”).

Tengo para mí que uno habla como piensa, máxima aplicable tanto al individuo como al colectivo. Tendré que concluir entonces que, como especie parlante, somos mucho más proclives a la maledicencia, la descalificación y el insulto que al enaltecimiento y el elogio. Así nos va.

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Inspirado por:
El proceso de sustantivación y lexicalización de los adjetivos con artículo en Español (PDF) de Antonio Briz, UCM, 1990

Miguel A. Román | 28 de mayo de 2013


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