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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Un futuro sin futuro

Quien no estuviere en presencia,
no tenga fe en confianza,
pues son olvido y mudanza
las condiciones de ausencia.

Quien quisiere ser amado,
trabaje por ser presente,
que cuan presto fuere ausente,
tan presto será olvidado:
y pierda toda esperanza
quien no estuviere en presencia,
pues son olvido y mudanza
las condiciones de ausencia.

Inquietante ese conocimiento de los escondrijos del alma que muestra siempre sereno Jorge Manrique, revelando que los mecanismos del corazón son inmutables a través de los siglos.

Mas, pese a la vigencia del sentimiento, estas redondillas del palentino no pueden disimular su provecta edad, sobre todo por el uso reiterado de esa desinencia verbal en “-re”, marca inconfundible del futuro de subjuntivo, tiempo verbal cuyos días parecen haber quedado atrás de forma irremisible.

De hecho, ya en el Siglo de Oro se inicia una marcada decadencia del uso de este futuro, proceso que, con algún repunte esporádico, terminaría por hacerlo casi inexistente en el lenguaje culto del XIX, y damos por supuesto que completamente desaparecido en el habla de las calles, con la salvedad de expresiones costumbristas (“sea como fuere”) o citas literales.

El futuro de subjuntivo no es, propiamente, un condicional; nunca lo fue, aunque ciertamente frecuentaba la compañía de adverbios y relativos de ese cariz (si pudiere, cuando hubiere, donde fueres). Su uso legítimo venía siendo para expresar un futuro hipotético pero dignamente probable, una previsión o contingencia, por lo que pudiere suceder desde este mismo momento en adelante.

Por ello, de algún modo, su desaparición nos deja huérfanos de una herramienta eficiente para expresar esa incertidumbre de lo venidero que, por otro lado, es inquietud irrenunciable del ser humano.

¿Por qué, entonces, cae en desuso y languidece hasta quedar hoy erradicado del habla común? No se sabe, no hay una respuesta clara.

Que las palabras nacen y mueren con los cambios tecnológicos y sociales, merced a la mutabilidad de los conceptos que transmiten, es un hecho sobradamente conocido. Pero la caducidad de un tiempo verbal sin que, por supuesto, desaparezca el espacio subjetivo–temporal al que refiere, es un misterio que ha intrigado a no pocos gramáticos e historiadores de la lengua –tanto de habla castellana como extranjera– que hasta la saciedad han tabulado sus usos y frecuencias en siglos pasados, en un esfuerzo gramático forense por averiguar las causas de su defunción.

Para empezar, este futuro nunca gozó de buena salud. Ya desde los albores del castellano escrito parecía competir con otros tiempos por el nicho expresivo que le correspondía. Su hermano de modo, el presente de subjuntivo, fue y sigue siendo su principal sustituto, pero también el presente de indicativo le usurpa con frecuencia su posición en las oraciones condicionales.

Por otro lado, su empleo no estaba libre de ciertas restricciones. Imposibilitado, por su peculiar esencia, de aparecer en oraciones independientes o principales, su uso quedaba restringido a oraciones subordinadas adverbiales de determinado carácter (excluidas, por ejemplo, las finales o concesivas).

Adicionalmente, no contaba con homólogos en la mayor parte de los idiomas modernos, (solo algunas lenguas romances como el portugués o el rumano lo declinan), por lo que era sistemáticamente excluido de los textos traducidos.

Con tan estrecho campo de actividad y contando con sustitutos eficientes y más flexibles, debemos suponer que el futuro del modo subjuntivo ha venido agonizando naturalmente por una mezcla de asfixia y hastío, apagándose como un anciano que se sintiera inútil y postergado.

Yo, por mi parte, tengo mi propia teoría, absolutamente acientífica e indemostrable, pero que, por divertimento, se la cuento:

Mantengo –ya sabrán– que el idioma no es sino el vehículo sonoro o escrito del pensamiento colectivo. Viene esto a que los periodos en que el futuro de subjuntivo parece perder la batalla coinciden con momentos históricos de decepción y frustración. España perdía durante el XVII su hegemonía política y militar en Europa; el XVIII se abre con el final de una dinastía caduca y degradada tanto en lo moral como en lo genético; en sus últimos estertores literarios, en el XIX, los libertadores americanos comienzan la tarea de desmembrar el imperio.

En ese estado de cosas, no me extrañaría que a los hablantes del español les hubiese dejado de apetecer expresarse con hipótesis, contingencias y promesas. Déjenme vuestras mercedes de “hubieres” y “fueres”: O hay o no hay. El futuro de subjuntivo, incierto y poco halagüeño, no servía ya a las mentes de aquellos españoles de a pie, y sólo unos decenios más se mantuvo entre los americanos castellanoparlantes que aspiraban a regir sus propios destinos.

Sólo en el lenguaje oficialista, truculento y ampuloso, obtuvo refugio el futuro de subjuntivo: juzgadores y legisladores, leguleyos y picapleitos, lo ampararon y utilizaron profusamente hasta hace poco; incluso, en ocasiones, de forma ilegítima, refiriendo a hechos no futuros sino, paradójicamente, pretéritos:
“Son catalanes […] los nacidos fuera de Cataluña, cuyo padre ó abuelo paterno hubiere nacido ó estuviere domiciliado en Cataluña” (Código Civil de 1889, refiriéndose, con el verbo en presente, a ciudadanos cuyos padres o abuelos, según parece, nacerían posteriormente en un futuro hipotético).

“A todos los que la presente vieren y entendieren”, reza el encabezamiento de la Constitución Española de 1978, uno de los últimos bastiones del futuro de subjuntivo. Desde hace algunos años se recomienda encarecidamente se erradique su uso en los textos legales y sentencias judiciales, puntilla de descabello para un tiempo verbal que improbablemente volverá a formar parte del habla cotidiana, y cuya permanencia en las gramáticas estudiantiles sólo se mantuviere para que generaciones futuras vieren y entendieren, entre otras cosas, las coplas inmortales de Jorge Manrique.

Miguel A. Román | 28 de julio de 2008

Comentarios

  1. Francisco
    2008-07-29 09:03

    Efectivamente, el futuro de subjuntivo no es practico.

    Pero no solo lo practico debiere sobrevivir; so pena que nuestro idioma se volviese aridamente pragmatico y desabrido.
    Representa ese hecho, siempre eventual, que repetidamente forma parte de la vida y que es un enunciado de algo no acabado y latente.

    Ojala, si hubiere alguna desaparicion valida, que fuese lo ‘parlante’ en lo hispanohablante.

    Saludos.

  2. Ana Lorenzo
    2008-08-05 04:20

    Es curioso, sí, que un tiempo tan hábil en expresar lo hipotético haya dejado solo restos en la jerga, siempre arcaizante, del derecho y la burocracia y de los dichos. En los dichos: «Quien tal afirmare, no dice verdad», «Si vos lo cumplieres, Dios os lo pague; si no, os lo demande», y el «Donde fueres, haz lo que vier(e)s», en que más me parece que «vieres» se usa por «vieras» para conseguir la rima.
    Creo que, aparte de tu explicación, muy buena y bonita (aunque no alegre), puede ayudar otra más acientífica aún: el futuro del subjuntivo, en esta época tan pragmática, se sustituye muy bien por el futuro del indicativo; el matiz de hipotético y de futuro se pierde en este mundo de prisas y de presente inmediato en el que lo que no está no es más que futuro indemostrable e incertidumbre total en el que ya se pensará si llega, y así, ambos se neutralizan en uno.
    En Desequilibrios hicieron una campaña para salvar al futuro del subjuntivo: llegó a Menéame.
    Un beso.

  3. Lydia Raquel Pistagnesi
    2008-08-05 05:19

    Amigos les dejo cuatro pensamientos de mi libro “En el nombre del Ángel” y que vuestros lectores recuerden que la vida vale la pena y que se aprende desde el desgarro.

    Aurora de amor

    Eleva su plegaria la hojarazca.
    Un ruiseñor anuncia,
    que desde el vientre de la ausencia
    llegan los recuerdos
    para acariciar mi soledad…..................
    .................................................................
    Mediodía de nostalgia.

    Regresar
    con el resplandor del misterio
    hacia el principio de la creación,
    sin ambigüedades ni culpas…......................
    ...................................................................
    Tardes de reflexión

    Busco mi alma
    después de la tormenta
    en escarpados exilios de dolor
    donde una vez,
    quedó olvidada la inocencia….............

    ..................................................................

    Crepúsculo de recuerdos

    El crepúsculo
    habita espacios sin horizonte,
    mientras estrellas enmascaradas
    recorren el telón imaginario
    de la noche

    Estos son los cuatro mosaicos del libro, “En el nombre del Ángel” de
    Lydia Raquel Pïstagnesi

  4. Miguel A. Román
    2008-08-05 21:05

    Ana:

    Pues sí, en definitiva parece que este futuro no es patrimonio de descreídos o desesperanzados, que no me atrevo a emitir diagnóstico.

    De la campaña de Desequilibrios tuve noticia en su momento, justo es reseñarlo, a través de Marcos, pero hube de deplorar que en la misma se hiciera uso defectuoso de este futuro, empleándolo varias veces como pretérito; en concreto cuando dice “desconociere” o “hubiere olvidado”, ambos ejemplos imposibles (salvo patologías de la memoria). Pero bueno, quedó como simiente de este artículo que este mes ha visto la luz.

    Una de las razones que se apuntan para haber desechado definitivamente este tiempo verbal es, precisamente, la confusión de su verdadero sentido respecto de su pretérito, debido en parte a la homofonía de las formas “hubiera/hubiere” agravada por la dualidad de declinación del pretérito “hubiera o hubiese”.



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