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Porque me quité del vicio por Elia Martínez-Rodarte

Vicio es todo en exceso y desmesura hasta que lo abandonamos por un nuevo vicio, o nos convertimos en coleccionistas de ellos. Nunca es tarde para desechar uno y encontrar otro nuevo. De los vicios y pasiones que exponen nuestra humanidad hablaremos aquí, en este espacio comandado por Elia Martínez-Rodarte, mexicana, viciosa y escritora, autora de ivaginaria, el día 6 de cada mes.

Casa chica

En México y en algunos países de Latinoamérica, el término “casa chica” es la forma retro para llamarle al sitio en donde vive la amante, la amasia, el segundo frente, el chicharrón, el quelite, el detalle, el puche, la nalga, la querida, la pelada o como se le llame hoy en día a la persona con la cual un señor le pone los cuernos a su esposa.

Hace poco presenté el libro “La casa chica” (Planeta 2012) de la escritora Mónica Lavín, en el cual se revelan escenas entrañables que vivieron algunas de las amasias más famosas del país en un México postrevolucionario.

Ha cambiado mucho la casa chica desde entonces: las actrices, las espías, las artistas y las muchas mujeres osadas de aquella época, se atrevieron a ser la otra en un entorno más encorsetado en las buenas costumbres y rigores morales. En la idea de que la amante siempre iba a ser la dama elegante y sexosa, que le aportaría al señor poderoso “su puta” de oro y un sello de distinción.

Quien poseía los dineros, tenía la posibilidad de sostener a una señora controvertida recibiéndole en ropas sensuales en la privacidad de un íntimo sitio para follar. Era como una especie de padrote envidiado y un machín que redondeaba el círculo de su poder con una posesión femenina a la que muy pocos podían acceder.

Todas las mujeres que aparecen en el libro son dueñas de ovarios de acero, pero a algunas el amor las extravía dentro de los propios laberintos de los deseos que nunca cumplirán como amasias de un poderoso.

En el libro se narran los romances extracurriculares de Frida Kahlo, por despecho o lejanía de su sapo Diego Rivera; los dolores del corazón de la actriz checa Miroslava Stern, quien termina suicidándose por el torero Luis Miguel Dominguín cuando éste se casa con Lucía Bosé; la espía alemana que el hermano de un expresidente disfrutó; Lupe Vélez, la actriz mexicana en Hollywood, que amó y fue amada por los apolos de moda de la industria del cine gringo; las pobres y cuasi sufridas amantes de José Vasconcelos, un hombre con capacidades misteriosas para “salar” la vida de sus amadas. Las vicisitudes de Conchita Martínez, querida de Lorenzo Garza, el torero llamado “el ave de las tempestades”. Las novias núbiles del director de cine Emilio “El indio” Fernández, quien prefería a las adolescentes y mientras menores, mejor.

Contarles minuciosamente el chisme de cada relato, sería como realizar la cronología del amor y de las pasiones más importantes (y de absoluto escándalo) en una época en donde la amante del poderoso era una mujer glamorosa, bella, buenota, llena de pasiones y de energía para amar, pero como siempre, con un corazón a la deriva o a veces blandiendo el escudo contra el amor: la pasión que las amasias no se deben permitir, si es que quieren sobrevivir en el mundo de la depredación en el que las amantes se involucran. Ellas saben que los casados no se divorcian. Que son el segundo frente. Que no llegarán a ser las mujeres “honestas” que un día soñaron ser, algunas de ellas.

Al leer “La casa chica” se revelan los contenidos de los clósets y de lo que existía debajo de las sábanas en un México que estaba apenas dando pasitos endebles tras la independencia y revolución. Establece los usos y costumbres del sexo y el poder, y deja constancia de un mundo otrora glamoroso, pero inamovible en ciertos criterios al servicio de la pasión: a la amante se le deja en su casa, se le placea cuando es conveniente y se le pone también al servicio de los intereses de su amo/amor.

Ellas siempre se enamoraron de un hombre al que no podían tener, y a veces parece que todas se lo buscaban de esa forma, como si el miedo a relacionarse “de verdad” las obligase a buscar al señor con correa. La otra, la que les tocó ser en algún momento de su vida, fue la forma en que a las mujeres de “La casa chica” se les trastornó la existencia para siempre y quedaron para la historia, como las amantes inmortales. Un rol que muchas veces, la esposa nunca logrará.

PS: Los invito a mi blog: www.ivaginaria.wordpress.com

Elia Martínez-Rodarte | 06 de mayo de 2013


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