Libro de notas

Edición LdN
Opiniones misceláneas por Pablo Muñoz

Prefacios juveniles, reseñas de media tarde, lecturas a tiempo parcial… Un intento meridiano de soñarse columnista, por supuesto. Aquí vienen a leerse libros, a recomendarse unos cuantos y a discutir(los).

Esa cosa con plumas que se encarama en el alma

Félix de Azúa Historia de un idiota contada por él mismo o el contenido de la felicidad
Anagrama, Barcelona, 1984

Dice Félix de Azúa o, mejor dicho, su gracioso alter-ego, el botarate del título que se nos presenta como un idiota levemente curado, que ha descubierto los peligros de la felicidad y, por supuesto, lo ha hecho mediante la experiencia de tratar de alcanzarla. No me queda duda de que es una novela filosófica, pero sí del asunto que se trata en esta novela jovial, filosófica, breve y ensayística.

Tal vez no sea la felicidad sino la esperanza lo que se combata. Es en la esperanza donde permitimos que habite la idea de que existe una felicidad, y no la combinación de varias felicidades en grado distinto y circunstancial, y es la esperanza misma la que puede hacer vanos todos nuestros intentos.

Pero el narrador quiere llegar más lejos, o, al menos, observar qué hay tras cada una de las felicidades posibles de este mundo debe ahondar en las posibles razones para la felicidad.

Descartadas las felicidades educativas con prontitud, el idiota se pronuncia acerca de las posibles felicidades políticas:

“El jefe de célula (hoy conspicuo urbanista al servicio de una inmobiliaria californiana) tuvo un sentimiento altivo, pero nos lo llevamos a rastras gritando pues muchas gracias hasta tenerlo encerrado en el ascensor, en donde nos afeó la conducta mientras nosotros le hacíamos ver la inexistencia de contradicción entre aceptar aquel detrimento de la plusvalía patronal y el último discurso de Fidel sobre la cosecha del siglo.

¡Magníficos camaradas los de la militancia en la extrema izquierda revolucionaria! ¡Así nos luce el pelo! En cuanto alguien ni siquiera tan relevante como Sánchez Bella les ofreció una parcelita de promoción pública se dieron de codazos para entrar en palacio. España es hoy una así llamada democracia porque lo decidieron de este mundo los torturadores, los explotadores y los estafadores. La libertad conseguida como gracioso obsequio es un fruto venenoso; Adán y Eva ambién recibieron gratuitamente su Paraíso, pero nuestros primeros padres tuvieron la prudencia de decir no, gracias y largarse a la desdicha, es decir, al hogar, a lo habitable. Nuestros vendedores de felicidad planetaria tenían poca fe en su propia mercancia que acabaron por comprar el producto de la competencia, el contenido de la felicidad que vendía el enemigo”

¡Qué gran aliento libertario se respira en estos dos párrafos! Azúa, claro está, se encuentra escribiendo una novela filosófica —le interesan las preguntas en la medida en que otros han tomado ciertas opciones como respuesta— y no debe decirse, ni recordarse, que es obvio que la política no es la gestión de una felicidad, ni de cualquier otro sentimiento, sino de un bien común, de una serie de discursos públicos y bienestares. Y en pleno 2013, acaso no resulte consolador ver como ciertos intelectuales no añadieron mansas epístolas a la democracia cuando en 1984 publicaban novelas como estas, saludables.

Pero el protagonista, menos cándido y más idiota, prosigue en su búsqueda y el siguiente paso será, claro está, el sexo. Allí leemos:

“Para compensar y corregir el aburrimiento carnal se ha inventado el matrimonio, el cual lleva consigo todos los placeres, peligros, alarmas, aventuras y solazamientos de una vida, sólo que multiplicados por dos. Pero aquellas relaciones sexuales que no derivan en negocios, administración del patrimonio, pedagogía, codicia y otras actividades y pasiones semejantes, es decir, en matrimonio, son necesariamente efímeras”

¡Qué gran resumen de la novela del diecinueve —al concebir el relato económico que hay en la construcción del matrimonio— y de las negociaciones de la vida adulta aún vigentes en este siglo!

Pero Azúa, libertario como decía, está preocupado por el servilismo y es aquí donde la esperanza —la esperanza de ser libres— emerge como un posible tema de la novela

“Se me dirá que acabada una relación se empieza otra y ya está, que un clavo saca otro clavo; y en efecto, así es, INEVITABLEMENTE; las relaciones se sucederán, pero el contenido de la felicidad sexual se alejará cada vez más para dejar lugar a los FINES SUBALTERNOS de caudillaje, cuidado de la inseguridad, odio de sí mismo, temor a la vejez, hasta ocupar por completo el espacio de la esperanza”

Las exploraciones sexuales las lleva el héroe con una mujer algo mayor, Victoria, pero las que verdaderamente provocarán mayores quebrantos serán las amorosas que provocará una mujer, más joven, llamada Susana. Porque Azúa, buen lector de diccionario y enciclopedia, no ha entrado en el discurso bajo el cual el amor es solamente una declinación del sexo. De hecho, ha llegado a su altura metafísica:

“Es natural que el Amor se presente después – y no antes – del aprendizaje sexual, bajo el aspecto de una puerta más alta, noble y capaz de conducnros a la felicidad, ya que se trata de una síntesis entre la felicidad política (colectiva, ética, dogmática) y la felicidad sexual (individual, estética y acéfala). El Amor parece una solución perfecta entre las abstracciones universales de la organización social y la tendencia anárquica, destructiva, de la relación sexual. Un Enamorado cree que ha resuelto por su cuenta el conflicto entre Mundo y Yo, desde el momento en que está convencido de que pertenece a Lo Otro, sin por elljo dejar de ser él Mismo. Espejismo de muchísima fuerza por lo secreto de su truco y lo doloroso de su elucidación, como ya intuyera alguien tan alejado de la psicología como Platón”

Pero además tiene una gran capacidad observadora que no conviene desdeñar.

“En todas las parejas que inestigan la felicidad amorosa hay un reparto de funciones que no depende del sexo respectivo. Al principio, por ejemplo (pero las variables son infinitas), ella es buena, dócil, no sabe ganar dinero, es lista, frágil, cariñosa y fiel, en tanto que él es colérico, independiente, eficaz, inteligente, protector e infiel. Es un esquema vulgar, pero frecuente. Pues bien, sea cual sea el reparto de las funciones, a lo largo de una investigación amorosa TODAS LAS FUNCIONES SE TRUECAN, si es que estamos hablando de una investigación seria, porque se trata de un fenómeno de mutuo espejismo y cada uno de los Objetos quiere ser Otro”

Susana, además de fuente del quebranto inesperado, será también el nexo para la siguiente búsqueda de la felicidad: la que pueda encontrarse en la sabiduría, donde las reflexiones alcanzan el mayor calado. Porque a través del devaneo entre lectura y vida, filosofía y fe, encuentra el narrador una brillantísima reflexión sobre los hilos que sostienen nuestro mundo:

“Como es evidente, a los enemigos no hay quien los ame; a los enemigos se les combate y se les destruye, entre gente bien nacida. Para eso son enemigos. Si hubiera algún modo de amarlos, ya no serían enemigos. Y, sin embargo, Cristo lo dijo bien claro: enemigos, sí; pero amados, también. A diferencia de casi todas las religiones QUE NO SON INTELIGENTES, el cristianismo elige con exquisito tacto a un enemigo al que poder amar. El cristianismo no es indiferente a la calidad del enemigo, ya que su opción es someterlo al amor.

Pues bien, esta insensatez imposible de vivir en vida, puede vivirse en la muerte, y de hecho así es como se vive y el único modo de vivirla. Aportemos, como hemos venido haciendo, pruebas científicas. ¿Qué es sino el amor a los enemigos toda la producción artística de Occidente? ¿Qué es el Quijote, qué es esa inmortalización de seres abyectos coo el cura y el barbero, vistos con la ternura y la atención de un muerto QUE NO PUEDE PRESCINDIR DE ELLOS, aunque se cuide mucho de caer en sus manos en tanto que vivo? ¿No está en el mismo caso el analfabeto vesánico llamado Fernando VII cuando lo mira Goya como un muerto? ¿Pueden representarse con mayor dignidad Pilatos, Goliath, Herodes, que en la pintura del barroco italiano? ¿No son justamente los criminales, los canallas, los energúmenos quienes más atención recibe y más atinadamente nos conmueven en los relatos de Faulkner o Dostoievski, no vemos en ellos SU NECESIDAD? ¿Han oído cómo canta el aquel odioso chulo español, Don Giovanni? ¿No son los usureros, los políticos corruptos, los financieros explotadores, los aristócratas degenerados, lo más vivo, eocionante y humano de la Comedia Humana, del Tiempo Perdido, del Rojo y del Negro? ¿No quedamos pasmados al oír los parlamentos de un asesino y una asesina, la família Macbeth? ¿No es, en fin, la representación artística occidental un gigantesco conjunto de ENEMIGOS ALTAMENTE ESTIMADOS?”

Es esta una novela breve, de algo más de cien páginas. No carece de defectos: Victoria y Susana son indeseados borradores para el lector más curioso, y la autoparodia final, con un personaje llamado Judas que comparte no pocos rasgos con el propio Azúa, resulta bienvenida pero no tiene un gran peso cómico o dramático.

Sin embargo, esta obra alcanza sus mejores momentos al ser erudita sin parecer obtusa o extraterrestre a cualquier lector curioso que encontrará lecturas, diversiones y reflexiones. Porque Azúa obvia toda glamourización —para algo hay una magnífica desmitificación de la felicidad del suicidio— y al final nos termina arrojando a la vida, a la sabiduría y a la desdicha para que el aprendizaje de la decepción no sea sino un arma potente con la que vivir, esta vez sí, con el arrojo y la libertad de quienes eluden, al decir de Emily Dickinson, esa cosa con plumas que se encarama al alma.

Pablo Muñoz | 19 de mayo de 2013

Comentarios

  1. Emma
    2013-05-19 22:43

    Me ha encantado esta reseña, lamento profundamente haber vendido en su día este libro a una librería de viejo. La buscaré de nuevo. Saludos.



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