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Kliong! por Carlos Acevedo

Kliong!, a razón de cada martes, se encargará de desmenuzar el mundo del tebeo y del cómic desde una perspectiva que llama a la rotura y al trompicón. Kliong tiene más que ver con una olla que cae por torpeza que con un arrebato o un golpe, aunque a buen seguro no saldrás sin moratones.

La hora de sentar cabeza no llegará jamás

Todo relato que pretenda expresar la ambigüedad de la realidad o lo real ha de contar, aunque sea forzosamente, con el factor tiempo entre lo más urgente al momento de estructurarlo: Ha de ubicar el relato en un contexto y ha de administrar una serie de nociones arquetípicas que tienen que dar pie a una idea de realidad que no produzca interferencias, a fin de construir/componer un relato donde todo debería resultar más o menos plausible o más o menos simple o… más o menos eso es lo que dicen los manuales.

Seth sabe de esto y, no conforme con manejar a su antojo el factor tiempo, va y le suma al tiempo el concepto archivo para terminar de ilustrar su George Sprott, ese pedazo de tebeo que nació para las Funny Pages de The New York Times, y que aquí editó hace unos meses Random House Mondadori, un tebeo donde la afectación se ve justificada por un talento y unas ganas de romper con todo que, joder, le ponen a uno las cosas cuesta arriba.

Vamos, que en George Sprott todo es grave y afectado; todo está ahí por algo y el riguroso proceso de semantización de la línea, así como una propia gramática de la imagen, es de una factura que merece la mejor de las disposiciones… Al menos en primera instancia, porque luego, a medida que pasas páginas, no lo notas. No. Pero, ejem, nos habíamos quedado en lo del archivo. Básicamente, el archivo es una máquina de producción de historias que nacen del material de la realidad que no ha sido recopilado. O viceversa. Dicho de otra manera, el archivo es esa cosa que permite que historia y leyenda funcionen como sinónimos, o casi, y que sean útiles siguiendo la conveniencia de a) quién utiliza el archivo y, por tanto, quien lo construye y configura y, b) del usuario tipo, que no sabe hacer otra que sospechar de aquello que está fuera del archivo. Teniendo esto en claro es posible augurar la pervivencia del archivo en cuanto puedes producir historias, anécdotas encadenadas o, como es el caso que nos convoca, un relato de una fuerza y una magnitud sin parangón en todos los aspectos posibles.

Hay que joderse con la gente que habita el mundo viejuno, que es donde habita Seth (es cosa de verle las pintas) y donde una de las dimensiones del archivo cobra particular interés para hablar de George Sprott: curiosamente, es en esa idea del pasado y de la historia y de lo que ha de conservarse donde el formato toma otra disposición y sus posibilidades lingüísticas son sublimadas al punto máximo que permite su factura, porque cuando hablamos de formato también hablamos de soporte y esto de encontrarte con un tebeo cuyo principal criterio de edición es el de los libros de arte que te regalan unas páginas en blanco para descansar la vista y la tensión, además de ponerte unos colorines para que sepas que la cosa va cambiando de tema, es una cosa a lo que no debemos mal acostumbrarnos. Y no exagero, que aquí siguen editando en papel satinado y eso no puede ser. Aunque aquí y ahora el caso es que lo de Seth es una narración completa, que se vale de la recuperación de un archivo y de una ingente diversidad de voces para narrarnos la vida de un anciano gordo y presentador de televisión que se ha dejado la vida entre aventutas, folleteo y uno que otro exceso con el alcohol que lo han terminado convirtiendo en un ser cuya muerte pasa a ser noticia sólo en el pueblo. O no, que para eso está el archivo, que pare eso no hay manera de bajarle el volumen a la gravedad que Seth le imprime a un relato que, además, de poner en duda el sentido de la vida, hay que ver en los berenjenales en los que se mete el canadiense, se acerca al terreno de los testimonios culturales que configuran lo que hoy sabemos del pasado.

Un pasado que existe sólo en el archivo o que existe sólo para los archivistas y que viene dinamizado por un recuerdo que ya no es aplicable porque, ejem, ya no existe en el archivo: ha sido destruído. Desde esta premisa, que es la que parece afrontar Seth en algo más que en sus pintas, se da forma a este relato de un orondo presentador que nunca fue lo que hoy llamaríamos un hombre bueno pero que sí, y de esto estoy seguro, es una estupenda respuesta a lo que hoy entendemos por historia y narración. A lo que entendemos por ficción y, además, una excelente manera de delimitar el alcance y la importancia del archivo; ese lugar donde pertenece Seth y donde pervivirá su obra. Porque, perdón, creo que no os lo he dicho, George Sprott es una obra estupenda.

Carlos Acevedo | 20 de abril de 2010


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