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Kliong! por Carlos Acevedo

Kliong!, a razón de cada martes, se encargará de desmenuzar el mundo del tebeo y del cómic desde una perspectiva que llama a la rotura y al trompicón. Kliong tiene más que ver con una olla que cae por torpeza que con un arrebato o un golpe, aunque a buen seguro no saldrás sin moratones.

Lo cierto es que resulta muy difícil colocarla en ninguna tradición independiente de sus propios y cuantiosos méritos (II)

La única cosa innegable respecto a la creación de Joe Shuster y Jerry Siegel es lo parodiable que resulta, lo fácil que es volverla alimento para el chiste. Cualquier punchline que haga referencia a Superman es reconocible, así como cualquier situación jocosa con una persona cambiándose de ropa/personalidad en una cabina telefónica es reconocible y, por ende, graciosa. Y esto no sólo porque Superman forma parte importante de un sector de la cultura popular sumamente reconocible y que da lugar a toneladas de gadgets, como Elvis, sino porque su punto de partida ha sido un concepto tan vago que ha podido ser usado desde multitud de lugares o paisajes. A día de hoy no sabemos si es porque en sí mismo es una parodia o si es porque cualquier lectura sesgada que da lugar o posición a una creación o a un discurso es siempre paródica o, simplemente, porque nació de ser un supervillano antisemita. Ser antisemita vende, que ya lo hemos visto con Hessa e Ilsa, pero estas inocente palomitas (Shuster y Siegel) iban por otro lado, que era el de generar un personaje que pudiera ser realmente competitivo en un mercado plagado de detectives y chistes de domingo. Igual, por cierto, era que un bajito con bigote no podía proponerse como interesante pero el caso es que deciden, entonces, crear al héroe lavándole la cara al supervillano y alejándolo de cualquier tipo de lectura política de la voluntad de poder que explicara y articulara el filósofo alemán Friedrich Nietzche en su texto Übermensch _ cuya traducción podría ser, sin problemas, la de superhombre. _El Superhombre, sí, el de Nietzche, es el punto de partida principal para el relato The Reign of the Super-Man que acabamos de mencionar y que Siegel firmó con el apodo de Herbert S. Fine. Y esto, vaya, ya deberíamos saberlo todos.

La influencia de Nietzche o la lectura (sesgada) del concepto de voluntad de poder como deseo por el poder y del poder son la principal fuente para Siegel al momento de usar por vez primera el palabro “superman”, en junio de 1933, cuando lo usa para referirse a un personaje que quiere dominar al mundo desde el número tres del fanzine Science Fiction. Desde ese momento hasta su aparición con un flequillo ridículo y los calzoncillos arriba de los pantalones, pasan nada más y nada menos que cinco años para que viera la luz bajo la cabecera del primer número de Action Comics convertido en un hombre überbueno con ganas de salvarlos y quererlos a todos pero, eso sí, sin dominarlos. Este cambio de tercio, por cierto, nos demuestra que a) la necesidad de vender no tiene parangón en cuanto a la creación y que b) los supervillanos cuidan mucho más su aspecto.

El hecho de que el miedo de Siegel, que no de Schuster, personificado y travestido hasta en sus baluartes morales, diera pie a uno de los grandes símbolos de la vida americana y, por ende, a una de las ideas más masificadas de justicia y bienestar en la cultura pop no puede ser otra cosa que una especie de mal entendido en función del dinero, que una especie extraña de chiste a escala mundial. O, dicho de otra manera, de articulación del miedo desde la idea de la victoria lo que, básicamente, nos deja bastante claro que cualquier juego llevado a cabo con la figura de Superman tiene todas las probabilidades de salir bien, independiente de como se le vea o de como se le tome. O de cuan en serio vaya la posibilidad de cambiar de tercio o maneras. La distancia real, ya puestos, del Superman Rojo de Mark Millar no es tal porque cambia la cara del terror, permitiendo que el hombre de acero se posicione desde el otro lado de una trinchera que la atemporalidad de la creación pop ha dado siempre por buena para el mismo. Pero no nos detengamos en Millar y avancemos hacia la posibilidad dada de una parodia con un elemento que a pesar de llevar los calzoncillos por encima de los pantalones fue capaz de alimentar la cultura pop y de fundar un género que hoy a primera hora todavía mueve millones.

Carlos Acevedo | 07 de julio de 2009

Comentarios

  1. Alvy Singer
    2009-07-07 23:54

    Maravilloso. Si Superman es un chiste (podemso decir que privado), entonces lo que salió en la revista Mad es…continuismo ¿no? :D We want the answers!

  2. Ibán
    2009-07-08 17:14

    Estoy bastante de acuerdo, aunque sí que es cierto que cuando nos metemos con Nietzsche hago aguas, no porque la metáfora no sea evidente, sino porque de lo que escribió Nietzsche no era fácil asumir algo claro. Cada persona con la que he hablado posee su propia visión de lo que significa la definición de superhombre…

  3. Joaquín A.F.
    2009-07-09 00:15

    En cierta ocasión alguien pensó que, del mismo modo que el Superhombre de Nietzsche ultrahombre, decía otro, que nada sabía sobre el “Ultra” de Action Comics podía tener que ver algo con el fin del Hombre, y por tanto, con el fin de Dios, el Superman americano no era más que la continuación, por confusión y unión del uno con el otro, del Hombre americano y del Dios veterotestamentario, que también era el Dios de los judíos. Seguramente, quien dijo esto no era un superhombre. Pero es cierto que, quien para defenderse del superhombre nazi una parodia del de Nietzsche colocó un disfraz al Dios judío para parodiarlo sin saberlo, tampoco podía serlo. Menuda dificultad.



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